XII MAURO
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XX. RUTH CONTINUA PRIMERA VOZ EN EL ESPEJO
h, tú pobre viajera, ¿en qué roca del camino abandonaste tu cuerpo? Hay que realizar balances inoportunamente. Balanza uno por aquí y al otro lado pesa. Recuerdo suspendido en un hilo de araña que aniña el alma y uno tiene que recomponer su vida constantemente en este mundo o pasar al otro. No hay caso. Pero el auténtico solitario es fuerte en su soledad a la hora de la quiebra, y cumple para vivir, sin vivir para cumplidos. Y contar y seguir contando ¿Hasta cuándo y hasta cuándo? seguirá la inaudible
SEGUNDA VOZ EN LA VENTANA —Y yo debo ser fuerte a la hora de las frustraciones. Ruth continuó sentada frente a su máquina de coser, confeccionando el mosquitero de cuna que, unos meses atrás, pensó obsequiárselo a Delia (la pobre). Pero ahora ¿para quién seguía cosiendo? No tenía hijos. Pero quizá llegaría a tenerlos algún día. Con buena fortuna el "Guacho" podría engendrarle uno, si es que no se lo había engendrado ya. (Hay mujeres que poco antes de que las atrape la menopausia, conciben. Felices ellas, pues no hay que perder las esperanzas, entonces. Delia, la pobre, no las perdió jamás. ¡Sep u ltad a viva! ¡Qué pavorosa y desesperada lucha sostendría la pobre! Mejor ni pensar en ello. No tiene o b j e to torturarse recordando las cosas desagrada-
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bles y horribles que acontecen en la vida). El pedal de la máquina seguía su marcha, independiente, impulsado por la inercia... (Debe ser espantoso que la entierren viva a una —otra vez lo mismo.... Si no hubiera parido, nada le hubiera sucedido... Pero nunca se sabe lo que va a ocurrir. ¿Cómo sería el mundo si se anticiparan con exactitud los acontecimientos? Aburrido, seguramente, porque el factor sorpresa es lo estimulante). Si su vida se hacía bastante mo- nótona y aburrida era debido a una atosigante falta de cosas sorpresivas. El toldo estaba ya por terminarse, y uno debe terminar lo que comienza. (Hay que guardarlo y esperar a quien obsequiárselo o venderlo, aunque el médico aseguraba que todavía puedo concebir). Pues se habían visto casos así a su edad. La menopausia podía venir retrasada en ella y, además se la veía fuerte y rozagante, aparentando menos años de los 44. Pero hay el peligro de tener hijos mongoloides a esta edad. Horrible. Mejor es nada. Aunque digan que los mongoloides son cariñosos y apegados a sus padres. ¿De qué otro modo pueden ser los desvalidos, después de todo? Compensaciones, por lo menos... Se irguió en la silla, sintiéndose halagada. El doctor tenía sus dudas acerca de su estado. "Vuelva el próximo mes, señora, para estar segura. La naturaleza es sabia y extraña y, a veces, nos envía compensaciones. Se han visto casos, si señora, haremos algunas pruebas". ¡Ah, si fuera verdad! Pero el parto primerizo es peligroso en las viejas. Y, además, están los mongoloides. (Bueno, de todos modos me haría una operación cesárea. No importa que este un poco gorda). "Qué rica vieja" —dijo un patán. "Ni tan vieja" —añadió otro. "Como papobre". Cosas de la ciudad. En la superficie y en el fondo le chocaban la vulgaridad, la grosería, la calle. Siempre fue retraída y de pocas amigas. A Washington lo había conocido cuando moza, durante sus primeros viajes en lancha a La Campana. Un brindis amigable y lejano.
Era entonces un cholito flaco, comerciante ambulante, que siempre la galanteaba al pasar, cuando la topaba en la ciudad. De aspecto vivaz, frecuentaba pandillas inofensivas. No era para ella, pero le simpatizaba. Luego lo había perdido de vista por muchos años. Ahora, a la edad
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madura, se lo había vuelto a encontrar oportunamente. Elegante y cambiado. Siempre despierto, más corpulento. El afirmaba haber cumplido el sueño de su vida, después de tantos años de deseo. Quizá fuera mejor así...
(Y bien, aquí estoy, sola, librada a mi destino nuevamente. Mi destino... ¿cuál será mi destino? —Recordó la respuesta de broma infantil— "comer maíz como un cochino"). Sonrió. (Extraña mi cabeza, debe ser este maldito clima. Pasar de lo serio a lo cómico, así no más, sin saber por qué... to ntería s...). Pedagoga no era por afición sino por necesidad concupiscente quizá. —{Se dice concupiscente, ¿ n o ? ) . Exagerada y severa consigo misma. D e b í a ayudar a la familia y lo había logrado. Su misión estaba, pues, cumplida. Hoy, ya liberada de Gómez, por abandono, a-parecía (este " G u a c h o " ; nombre derivado seguramente de Washington) -4a pedagoga—. Cuando se acostaba con ella parecía quererla a la buena (en eso nos equivocamos las mujeres: los hombres saben fingir, hacen teatro en ese acto). Quería casarse con ella, pero era aconsejable pensarlo hasta conocerlo mejor. Ah, si llegaran a tener un hijo... Sin darse cuenta dejó de coser. Washington Portilla, parecía ser un buen hombre, aunque sus actividades no fueran muy claras. Le h a b í a dado a entender que negociaba, en forma ilícita seguramente, con productos yanquis, ingleses y colombianos. Desaparecía durante varios días, que a veces ella llegaba a temer otro abandono. En fin, qué se iba a hacer. Reingresaría al magisterio rural; al fin y al cabo tenía en su haber varios años de servicio, y mucho se aprende en- señando y soñando también. Pero el " G u a c h o " siempre retornaba, cargado de regalos y manejando buenos y abundantes billetes. Si hasta sobraba algo de los gastos de la casa para remitir platita a la vieja. Una especie de acida ternura filial la invadió al recordarla y deseó sentirla de cerca nuevamente. Fugazmente, la acometió el impulso de viajar para visitarla. Pero, viéndolo bien, ¿qué tenía ella que hacer en ese p u e b l o ? Nada. T o d a su vida estaba aquí ahora, cerca de la esperanza que representaba este hombre. Para cuando realizara un gran negocio verdadero, Guacho proyectaba retirarse y establecerse en algo más seguro. Posiblemente llegaría a tener fortuna, porque sus planes eran