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La mayoría de las actas de mártires están falsificadas, pero todas ellas se consideraron como documentos

históricos totalmente válidos

Los cristianos falsificaron primero, a partir del siglo u, los edictos de tolerancia del emperador: como por ejemplo el de Antonino Pío (ha- cia 180), o un escrito de Marco Aurelio al Senado en el que el emperador atestigua la salvación de las tropas romanas de la sed gracias a los cristia- nos. Falsificaron también una epístola del procónsul Tiberiano a Trajano con la presunta orden imperial de finalizar la sangrienta persecución; se falsifica un edicto de Nerva que revoca las duras medidas de Domiciano contra el apóstol Juan. En efecto, el propio Domiciano, informa el histo- riador de la Iglesia Eusebio (apoyándose en el cristiano oriental Hegesi- po, el autor de los cinco libros de Recuerdos}, el propio Domiciano, des- pués de haber encarcelado a «los parientes del Señor» como sucesores de David, los puso en libertad y ordenó «cesar la persecución de la Igle- sia».282

Si los cristianos comenzaron falsificando documentos para que el em- perador les exonerara, cuando habían pasado las persecuciones y ellos mismos, lo que es peor, comenzaron a perseguir a los paganos, acabaron falsificando documentos para inculpar a los soberanos paganos; falsifica- ron en serie, por un lado un gran número de edictos y cartas anticristia- nos de los soberanos y cónsules (especialmente a finales del siglo m), su- puestos documentos que se encuentran en su mayor parte entre las actas de martirios no históricas, y por otro lado infinidad de martirios. Los cris- 122

tianos que aparecen como testigos de falsas pasiones y biografías son in- contables.283

Ya la primera de las presuntas persecuciones bajo Nerón, que hicieron de este emperador durante dos milenios un monstruo sin igual para los cristianos, no fue una persecución contra los cristianos sino un proceso por incendio provocado. Incluso los historiadores Tácito y Suetonio, hos- tiles a Nerón, juzgaron el proceso de justo y razonable; «no se puso en discusión la cristiandad», escribe el teólogo evangélico Cari Schneider. Y también la historia del cristianismo del teólogo católico Michel Cléve- not establece «que ni Nerón, ni la policía ni los romanos debieron saber que se trataba de cristianos. Se movían todavía demasiado en la oscuri- dad y su número era todavía demasiado pequeño como para que sus eje- cuciones hubieran constituido un motivo de interés público [..,]».284

Pero puesto que la lógica de los teólogos católicos rara vez es brillan- te, Clévenot finaliza su capítulo sobre el incendio de Roma en julio del año 64, no sin haber registrado primero la «sorprendentemente» buena memoria del emperador Nerón entre los romanos: entre los cristianos se le sigue considerando un loco sanguinario. Y esto sería «quizá (!) la me- jor demostración de que los cristianos fueron realmente las víctimas de la horrible masacre de julio del año 64».285

Resulta significativo que los motivos religiosos no desempeñaran en el proceso ningún papel, o a lo sumo uno muy accesorio. Significativa- mente, Nerón se limitó a los cristianos de Roma. Aunque más tarde se falsificaron las actas para localizar mártires en otros lugares de Italia y en las Galias, según el teólogo católico Ehrhard: «Todas estas actas de mar- tirio carecen de valor histórico».286

La tolerancia de los romanos en cuestiones religiosas era por lo gene- ral grande. La tenían frente a los judíos, garantizando su libertad de cul- to, e incluso después de las guerras sostenidas con ellos no les obligaron a adorar los dioses del estado y les liberaron de las ofrendas obligatorias a los emperadores. Hasta comienzos del siglo m, el odio contra los cris- tianos, que se consideraban exclusivos, que con toda humildad (!) se creían especiales, como «Dios de Israel», «pueblo elegido», «pueblo san- to», que se sentían la «parte dorada», procedía sobre todo del pueblo. Durante mucho tiempo los emperadores se imaginaron demasiado fuer- tes frente a esta oscura secta como para intervenir seriamente. «Evita- ban siempre que era posible» los procesos contra cristianos (Eduard Schwartz). Durante doscientos años no les sometieron a ninguna «perse- cución». El emperador Cómodo tenía una favorita cristiana. En Nicome- dia, la principal iglesia cristiana estaba enfrente de la residencia de Dio- cleciano. También su preceptor de retórica, el Padre de la Iglesia Lactan- cio, permaneció a salvo en las proximidades del soberano durante las persecuciones más duras contra los cristianos. Lactancio no hubo de pre-

sentarse ante los tribunales ni fue a la cárcel. Casi todo el mundo conocía a los cristianos, pero no gustaban mancharse las manos persiguiéndoles. Cuando era necesario porque el pueblo pagano estaba furioso, los funcio- narios hacían todo lo posible para volver a liberar a los encarcelados. Los cristianos sólo tenían que renunciar a su fe -y lo hacían masivamente, era la regla general- y nadie les volvía a molestar. Durante la persecución más intensa, la de Diocleciano, el estado únicamente exigía el cumpli- miento de la ofrenda de sacrificios que la ley imponía a todos los ciuda- danos. Sólo se castigaba el incumplimiento, pero en ningún caso la prác- tica de la religión cristiana. Incluso durante la persecución de Dioclecia- no, las iglesias pudieron disponer de sus bienes.287

Hasta el emperador Decio, en el año 250, no puede hablarse de una persecución general y planificada de los cristianos. En aquella época mu- rió el primer obispo romano víctima de una persecución, Fabiano, y murió en prisión; no pesaba sobre él ninguna condena a muerte. Pero hasta esa fecha, la Iglesia antigua señalaba ya como «mártires» a once de los diecisiete obispos romanos, ¡aunque ninguno de ellos había sido már- tir! Durante doscientos años había residido lado a lado con los emperado- res. Y a pesar de eso, por parte católica se sigue todavía mintiendo -con imprimátur eclesiástico (y dedicatoria: «A la amada madre de Dios»)- a mediados del siglo xx: «La mayoría de los papas de aquel tiempo murie- ron como mártires» (Rüger).

El «papa» Comelio, que falleció en paz el 253 en Civitavecchia, apa- rece como decapitado en las actas de los mártires. Igualmente están falsi- ficadas las que hacen al obispo romano Esteban I (254-257) víctima de las persecuciones de Valeriano. El papa san Eutiquiano (275-283) incluso enterró «con sus propias manos» a 342 mártires, antes de seguirles él mismo. La apostasía de varios papas a comienzos del siglo iv intentó ta- parse asimismo falsificando los documentos. El Líber Pontificalis, la lis- ta oficial del papado, señala que el obispo romano Marcelino (296-304), que había hecho sacrificios a los dioses y había entregado los libros «sagrados», pronto se arrepintió y murió martirizado, una completa falsi- ficación. En el martirologio romano, un papa tras otro van ciñéndose la corona del martirio, casi todo puro engaño. (Curiosamente, hasta finales del siglo ni no se inicia en Roma el culto a los mártires.)288

Pero precisamente los obispos -cuyo martirio se consideraba natural- mente «algo especial» frente al de los cristianos corrientes, elevándolo hasta el más allá- muy raras veces fueron mártires. Huyeron en masa, a veces de un país a otro, hasta los límites del Imperio romano, natural- mente por mandato de Dios y sin olvidar enviar desde lugar seguro cartas de apoyo a los fieles de menor grado encarcelados. ¡En la antigua Iglesia esto era tan conocido que incluso en numerosos relatos de mártires falsí- ficados hay pocos obispos que figuren como mártires! (El patriarca de 124

Alejandría, Dionisio, tenía tanta prisa cuando estalló un pogrom local que huyó a lomos de una caballería desprovista de silla; con razón lleva el apodo de «el Grande».)289

Pero la práctica totalidad de los «santos» de los primeros siglos fue- ron declarados con posterioridad «mártires», «incluso aunque hubieran muerto en paz. Cualquiera digno de veneración de la época de Constanti- no tenía que ser mártir» (Kótting). Por eso, «muy pocas» de las Acta Martyrum son «verdaderas o se basan en material documental verdade- ro» (Syme). Y sobre todo a partir del siglo iv los cristianos católicos te- nían actas y relatos de mártires que les parecían falsificados por los «he- rejes», por lo cual los «purificaron» mediante contrafalsificaciones. Aun- que admitían los milagros de los apóstoles que se relataban, no querían considerar válidas las «doctrinas falsas» que les acompañaban. De este modo, falsificadores ortodoxos como el Pseudo-Melitón, el Pseudo-Jeró- nimo, el Pseudo-Abdías y otros, proporcionaron contrafalsificaciones.290

Las «actas de mártires» cristianas no retrocedían ante ninguna exage- ración, ninguna falta a la verdad, ninguna cursilería.

Puesto que la Iglesia no hizo uso alguno del martirio de la mujer del apóstol y primer papa, san Pedro, que transmitió un Padre de la Iglesia, se considera como primera mártir a santa Tecla, aunque se dice que esca- pó del martirio por un milagro.

Pero la martirología católica está estrictamente documentada con el martirio de Policarpo, conociéndose incluso la hora de su muerte, algo casi único en la literatura protocristiana. Sin embargo, se desconoce la fecha; no se sabe tampoco si fue bajo Marco Aurelio o con Antonino Pío. En este testimonio ocular de la muerte de un mártir cristiano, el texto más antiguo, un texto en el que sin embargo se falsifica al comienzo, al final y por en medio, en el que hay revisiones e interpolaciones, un aña- dido preeusebiano y otro posteusebiano y un anexo falso, el santo obispo conoce con antelación el tipo de su muerte. Al entrar en el estadio le ani- ma una voz procedente del cielo: «¡Mantente firme, Policarpo!». No se quema en la hoguera, a la que «especialmente los judíos» arrojan leña, todas las llamas arden en vano. El verdugo debe entonces rematarle, apa- gando su sangre el fuego y saliendo de la herida una paloma, que asciende al cielo... Estas actas «surgieron poco a poco y de modo fragmentario» (Kraft). Todavía en el siglo xx en el Lexikonfür Theologie und Kirche católico este relato brilla como «el testimonio más valioso para la adora- ción católica de los santos y las reliquias». Aún hoy se sigue venerando al valiente mártir que, por lo demás, como corresponde a un obispo, con anterioridad había huido varias veces y había cambiado de escondrijo: las Iglesias bizantina y siria lo festejan el 23 de febrero, los melquitas el 25 y los católicos el 26 de enero, y sigue actuando como «patrón con- tra el dolor de oídos».291

Echemos sólo un vistazo, a modo de ejemplo, a las Actas de los már- tires persas.

Los cristianos se dirigen en masa hacia su ejecución «cantando los salmos de David». Sonríen mientras que el verdugo levanta la espada. Se les arrancan todos los dientes y se les muelen todos los huesos. Se compran a propósito nuevos látigos para hacerles papilla. Se les golpea hasta que son sólo una tumefacción. Se les rompen las articulaciones, se les desuella desde la cabeza a los pies, se les corta lentamente desde la mitad de la nuca hasta el cráneo, se les cortan la nariz y las orejas, se les clavan agujas ardientes en los ojos, se les lapida, se les corta con una sierra, se les deja morir de hambre hasta que la piel se les cae de los hue- sos. Una vez se hace que 16 elefantes pisen a los héroes... Pero sea lo que sea, soportan casi todo durante un tiempo sorprendentemente lar- go y con buen ánimo, por así decirlo, con alegría. Despedazados, siendo sólo sangre y carne desmenuzada, lanzan los discursos más edificantes. Gritan de alegría: «Mi corazón se alegra en el Señor y mi alma se rego- cija en su bienaventuranza». O bien reconocen: «Este sufrimiento es sólo alivio».292

Mar Jacobo, el despedazado, después de que le han arrancado los diez dedos de las manos y tres de los pies, sonriendo hace profundas compa- raciones: «Tercer dedo del pie, sigue tú también a tus compañeros y no te preocupes. Pues lo mismo que el trigo que cae a la tierra y en primavera hace crecer a sus compañeros, también tú te reunirás en un instante con tus compañeros el día de la resurrección». ¿No está esto bien dicho? Pero después de caer el quinto dedo del pie, clama venganza: «Oh Dios, dirige mi castigo y haz caer mi venganza sobre el pueblo despiadado».293

Pero a menudo estos santos se vuelven groseros e insultan a sus im- píos torturadores o jueces según todas las reglas de la religión del amor; les auguran «rechinar de dientes para la eternidad», les insultan lla- mándoles «impuros, sucios, lamedores de sangre», «cuervos impúdicos, que se posan sobre cadáveres», «una serpiente de encantador sedienta de morder», «verdes» de odio «como una mala víbora», un lascivo que bus- ca «mujeres en el dormitorio», un «perro impuro». El santo Aitilláhá apostrofa a su verdugo: «Realmente eres un animal irracional». Y san José no piensa precisamente en amar a su enemigo, en ofrecerle la otra mejilla, o no, muy acertadamente se dice: «José se llenó la boca de saliva y de pronto le escupió en toda la cara y dijo: "Tú, impuro y manchado, no te avergüenzas [...]"».294

Después de que a Mar Jacobo le hubieran cortado uno o a uno todos los dedos de las manos y de los pies, acompañado cada vez por una sen- tencia noble o venenosa contra «los lobos carniceros», sigue firme en la fe y dispuesto a la tortura. «¿Por qué ganduleáis? -pregunta impaciente-. Que no perdonen vuestros ojos. Pues mi corazón se regocija en el Señor 126

y mi alma se eleva hacia él, que ama a los mortificados.» Así, tras los diez dedos de las manos y de los pies, los ayudantes del verdugo cortan de manera sistemática y con rechinar de dientes nuevos miembros, y con cada uno de los que cae, el santo varón hace comentarios con una sen- tencia piadosa. Tras perder el pie derecho dice: «"Cada miembro que me cortáis será un sacrificio al rey de los cielos." Le cortan el pie izquierdo y dijo: "Escúchame, oh Señor, pues Tú eres bueno y grande es Tu bondad para todos los que Te llaman". Le cortan la mano derecha y grita: "La gracia de Dios fue grande conmigo; libera mi alma del profundo reino de los muertos". Le cortan la mano izquierda y dijo: "Mira, hiciste milagros con los muertos". Se acercaron y le cortaron el brazo derecho y él volvió a hablar: "Quiero alabar al Señor en mi vida y cantar himnos de alaban- za a mi Dios mientras yo exista. Que le agrade mi alabanza; quiero ale- grarme en el Señor"».

Los perversos paganos le cortan el brazo izquierdo, arrancan la pierna derecha de la rodilla... y finalmente «el glorioso» queda reducido a «ca- beza, tórax y abdomen»; entonces reflexiona brevemente sobre la situa- ción y abre «de nuevo la boca» para contar a Dios en un breve discurso -ya es osadía en estado tan reducido- todo lo que al final ha perdido por Él: «Señor, Dios, misericordioso y compasivo. Te ruego, escucha mi ora- ción y atiende mis súplicas. Aquí estoy sin mis miembros; estoy aquí por la mitad y permanezco callado. Nada tengo, Señor, no tengo dedos para implorarte; ni los perseguidores me han dejado manos para extenderlas hacia Ti. Los pies me los han cortado; las rodillas me las han arrancado; los brazos se han desprendido; las piernas están cortadas. Aquí estoy ante Ti como una casa destruida, de la que sólo queda una corona de tejas. Te suplico. Señor, Dios [...]», etc.

Y por la noche los cristianos robaron el cadáver, o mejor dicho, «re- cogieron los veintiocho miembros cortados» y el resto y entonces cayó fuego del cielo, «lamió la sangre de la paja [...] hasta que los miembros del santo enrojecieron y se pusieron como una rosa madura».295

¡Actas de mártires!

Siguiendo estas muestras pudieron morir tantos héroes cristianos como se quiera.

Comparemos el martirio de Mar Jacobo en Persia con el de san Arca- dio en el norte de África (recogido también en el martirologio romano), al que todavía hoy honra la Iglesia católica el 12 de enero.296

Lo mismo que san Jacobo, san Arcadio es héroe y cristiano desde la coronilla a la planta de los pies, o sea, literalmente inquebrantable. Con- frontado finalmente con los instrumentos de tormento por el cónsul ra- bioso, sólo se mofa: «¿Ordenas que tengo que desnudarme?». Y la sen- tencia de cortarle lentamente un miembro tras otro la escucha con «ánimo alegre». «Ahora se precipitan sobre él los verdugos y le cortan las articu-

laciones de los dedos, de los brazos y de los hombros, y desmenuzan los dedos de los pies, los pies y las piernas. El mártir ofrecía voluntariamen- te un miembro tras otro [...] nadando en su sangre rezaba en voz alta:

"¡Señor, Dios mío! Todos estos miembros me los has dado, todos te los ofrezco [.,.]"», etc. Y todos los presentes nadan en lágrimas lo mismo que hace el santo en sangre. Incluso los verdugos maldicen el día en que nacieron. Sólo el perverso cónsul pagano permanece impertérrito. «Cuando al santo confesor le habían cortado todos los miembros meno- res, ordenó arrancar también del cuerpo todos los mayores con hachas romas, de modo que no quedó más que el tronco. El santo Arcadio, toda- vía vivo (!) ofreció a Dios sus miembros desperdigados y gritó: "¡Felices miembros!"», tras lo cual -como se ha dicho, «nada más que con el tron- co»- siguió un ardiente sermón religioso a los paganos...

El editor de la gigantesca obra católica citada, que en el prólogo ase- gura que sólo desea «ofrecer hechos fundados en lugar (!) de las llama- das leyendas», «sólo hechos verdaderos y probados históricamente», ofrece en esta obra infinidad de historias espeluznantes.297

Ya partir de tan horribles ramplonerías, todavía en el siglo xx -con múltiple autorización de la superioridad- el gobierno de las almas católi- co extrae la «doctrina» con las palabras de san Arcadio: «¡Morir por Él es vivir! ¡Sufrir por Él es la mayor alegría! Soporta, ¡oh Cristo!, las pena- lidades y adversidades de esta vida y no dejes que nada te desvíe del ser- vicio a Dios. El cielo bien vale por todo».298

Volvamos brevemente a las Actas de los mártires persas.

Para quien no le sea suficiente maravilla ni el martirio de Mar Jacobo: suceden además grandes cosas naturales o sobrenaturales. A un cristiano que debe y quiere matar a otro cristiano, la «fuerza de Dios» le levanta por dos veces y casi le arroja al suelo; tres horas queda como muerto. Al santo Narsé no le pudieron cortar la cabeza, perseverante, ni con diecio- cho espadas; después lo hizo un cuchillo. Y allí donde estos héroes mue- ren, ya que deben morir, «a menudo por la noche [...1 ejércitos de ángeles ascienden y descienden [...]». Y en efecto, no hay duda, incluso unos pastores paganos vieron que «tres noches estuvieron flotando por encima del lugar de la muerte ejércitos de ángeles y alababan a Dios».299

¡Actas de mártires!

Sólo queda por decir que no se trata de leyendas piadosas, sino de ac- tas, de relatos históricos; que además estos documentos recalcan expresa- mente los «apuntes correctos»; que escriben: «La historia exacta de aque- llos que fueron antes que nosotros la hemos anotado de labios de ancianos y solventes obispos y sacerdotes amantes de la verdad. Éstos lo vieron

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