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Mecanismos implicados en pautas de comportamiento social: el

4.4 Algunas nociones b´ asicas sobre diferenciaci´ on sexual

4.4.2 Mecanismos implicados en pautas de comportamiento social: el

Hemos avanzado que uno de los agentes implicados en diferencias cognitivas y de com- portamiento es la testosterona fetal (TF). De modo que los diferentes niveles de testos- terona fetal a los que est´an expuestos en media ambos sexos, as´ı como los niveles de exposici´on de individuos del mismo sexo, explica tanto las diferencias de sexo como la variabilidad individual existente dentro de cada sexo.

Tambi´en hemos visto que para disciplinas como la sociolog´ıa o la antropolog´ıa los fen´omenos sociales son raramente estudiados en relaci´on a factores de tipo biol´ogico. Esto se produce por la posici´on ambientalista adoptada en el eje naturaleza-cultura, que surge a su vez, de un rechazo a todo lo que pueda ser usado para perpetuar la de- sigualdad hist´orica de los sexos. Sin embargo, en nuestra investigaci´on hemos defendido que esta posici´on es dif´ıcilmente defendible si uno examina la literatura disponible. Por tanto, mantener esta postura resulta de un ejercicio ideol´ogico, y no cient´ıfico. Tambi´en hemos subrayado que hay que diferenciar entre el quehacer cient´ıfico y las reflexiones o juicios personales que estos descubrimientos induzcan, as´ı como del uso benigno o malo que de ellos se haga. Es decir, hay que diferenciar entre el ejercicio descrip- tivo y explicativo caracter´ıstico de la ciencia y los juicios normativos que resulten de lo primero. Por otra parte, este miedo es infundado pues, tal y como se˜nala Steve

4. EVALUACI ´ON DEL MODELO EST ´ANDAR DEL FEMINISMO DEL G ´ENERO

Pinker, ninguna de las diferencias de sexo se aplica a todos los miembros de cada sexo, y todos los rasgos psicol´ogicos se encuentran en diverso grado en ambos sexos. A ve- ces se trata de grandes diferencias y en otros casos se trata de diferencias peque˜nas en t´ermino medio pero grandes en los extremos. Hombres y mujeres comparten los mismos genes con excepci´on de un peque˜no pu˜nado de ellos que se encuentran en el cromosoma Y. Sin embargo, estas diferencias no son arbitrarias y muchas de ellas se encuentran en primates no humanos y en otros mam´ıferos. Pero lo m´as importante de todo ello es que ambos sexos tienen similares coeficientes de inteligencia, perciben su medio externo de igual manera, son capaces de amar y cuidar de sus hijos, de ejercer distintas ocupaciones modernas, y ambos son capaces de realizar tareas ling¨u´ısticas, matem´aticas y espaciales, aunque destaquen en media en algunas de ellas. Una vez dicho esto pasemos al objetivo de este apartado: ahondar en el papel de la TF como mecanismo directamente implicado en el origen de las diferencias de sexo de tipo social. El estudio de preferencias visuales en ni˜nos muy peque˜nos ha arrojado una serie de resultados que van en la misma linea que las investigaciones anteriores sobre pautas de juego en primates no humanos: la orientaci´on masculina hacia los objetos y la orientaci´on femenina hacia las personas. Es conveniente se˜nalar que el contacto visual y la detecci´on de la direcci´on visual en otros individuos son elementos muy importantes en el proceso de desarrollo psicol´ogico de los individuos, y de ello depende, en gran parte, la interacci´on social (Baron-Cohen et al., 2004). Percibir la mirada de un individuo es vital a la hora de transmitir informaci´on social, decodificar emociones y estados mentales, as´ı como a la hora de orientar la atenci´on a aquellas caracter´ısticas relevantes del medio (Baron-Cohen, 1995; Emery, 2000; Macrae et al., 2002). Realizar contacto visual puede ser interpretado de muy diversas maneras; seg´un el contexto puede tratarse de una muestra de hostilidad o bien puede interpretarse como algo positivo, ya sea una prueba de amistad, de atracci´on rom´antica o de inter´es en general (Macrae et al., 2002). Por ello desde un prisma evolutivo tiene sentido que la detecci´on e interpretaci´on de la mirada sea un rasgo de vital importancia en muchas especies animales, incluida la humana. Se ha demostrado la importancia de estimular el contacto visual en beb´es (Baron-Cohen, 1995), y la capacidad de establecer contacto visual a los doce meses de edad es considerada como una se˜nal de desarrollo normal (Baron-Cohen et al., 2004). Tambi´en se sabe que los mecanismos neurales implicados en el contacto visual parecen estar da˜nados en individuos que sufren algunos trastornos graves del desarrollo como

4.4 Algunas nociones b´asicas sobre diferenciaci´on sexual

el autismo (Baron-Cohen, 1995). Adem´as, la incapacidad de establecer contacto visual observable en ni˜nos que sufren de autismo no se debe a una incapacidad de procesar rostros, puesto que los ni˜nos autistas son capaces de discernir el sexo de una persona por sus rasgos faciales, y saben reconocer estados emocionales muy b´asicos (Baron-Cohen et al., 2004).

Diferencias de sexo en contacto visual han sido encontradas por diversas investiga- ciones: las mujeres establecen m´as contacto visual que los hombres y estas diferencias emergen en edades muy tempranas (Baron-Cohen, 1995; Benenson, 1993; Podrouzek and Furrow, 1988). Por otra parte, los hombres tienden a establecer m´as contacto visual en situaciones en las que existe amenaza por parte de otros individuos (Baron-Cohen, 1995).

Dentro de la serie de estudios realizados por el equipo de Baron-Cohen sobre la testosterona prenatal (medida en l´ıquido amni´otico) se encontr´o que a los doce meses de edad las ni˜nas realizan m´as contacto visual que los ni˜nos, y el nivel de testosterona fetal explica la diferencia entre ambos sexos y la variabilidad dentro de los ni˜nos aunque no dentro de las ni˜nas (Lutchmaya et al., 2002). La capacidad predictiva de la TF fue encontrada incluso cuando otras variables sociales de control, como el n´umero de hermanos, la edad y el nivel educativo de los padres se inclu´ıan en el modelo de an´alisis. Doce meses de la vida de un individuo quiz´as no escapen a la influencia social y a los roles de g´enero. Por ello se realiz´o una investigaci´on con reci´en nacidos a los que se les expon´ıa en la habitaci´on a dos tipos de m´oviles: uno conten´ıa una cara humana y el otro estaba formado por formas mec´anicas que no asemejaban un rostro humano. En dicho estudio se encontr´o que las reci´en nacidas prestaban m´as atenci´on a la cara humana mientras que los reci´en nacidos prefer´ıan las formas mec´anicas (Conellan et al., 2000). Sin duda, los resultados de este ´ultimo estudio no pueden ser interpretados en t´erminos de socializaci´on.

Ambos estudios analizan diferencias de sexo en preferencias visuales, que como hemos se˜nalado, son necesarias para el buen desarrollo psicol´ogico del individuo. Pero, ¿hay tambi´en una relaci´on directa entre TF y diferencias de sexo en sociabilidad? Un tercer estudio analiz´o el rol de la TF en habilidades comunicativas y sociales de ni˜nos de cuatro a˜nos. Para ello se emple´o un instrumento est´andar llamado chidren’s co- munication checklist (CCC) que mide cinco dimensiones distintas: discurso, sintaxis,

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habilidades ling¨u´ısticas pragm´aticas, calidad de las relaciones sociales e intereses res- tringidos. Estas dos ´ultimas medidas son usadas en el diagnostico del autismo, pues este s´ındrome se caracteriza por un d´eficit en habilidades sociales y por intereses limi- tados. Al igual que en los anteriores estudios la TF fue controlada por otras variables biol´ogicas y por las mismas variables sociodemogr´aficas. Las ni˜nas puntuaron m´as en la dimensi´on de relaciones sociales y mostraron un mayor n´umero de intereses, y la TF result´o ser una variable predictiva: a menor nivel de TF mejor eran las relaciones sociales de ni˜nos y ni˜nas (Knickmeyer et al., 2006). Estos resultados son compatibles con otros estudios anteriores, que usaron instrumentos similares como el cuestionario de habilidades cognitivas sociales (Scourfield et al., 1999; Skuse et al., 1997) o la escala de receptividad social (Constantino and Todd, 2000; Constantino et al., 2000).

En definitiva, estos estudios realizados con infantes y reci´en nacidos demuestran que la superioridad femenina en habilidades sociales tiene un componente hereditario. Aunque sin duda los factores culturales o los procesos de socializaci´on pueden influir a la hora de desarrollar una mente t´ıpicamente masculina fascinada por los sistemas o una mente femenina interesada por las personas, estas distintas orientaciones surgen antes de que los procesos sociales puedan dar forma a esta diferencia.