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Mediante la asignación de sacerdotes, religiosos y laicos, todos entre­

In document Illich Ivan – Obras Reunidas Vol 1 (página 83-101)

Durante 10 años, el filósofo itinerante hizo escala cada invierno en Bre men, ciudad de los famosos músicos del cuento de Grimm Todos los vier­

3) Mediante la asignación de sacerdotes, religiosos y laicos, todos entre­

nados a un costo considerable y a menudo apoyados financieramente en sus empresas apostólicas.

Este tipo de generosidad extranjera ha tentado a la Iglesia latinoameri­ cana a convertirse en satélite de la política y los fenómenos culturales del Atlántico Norte. El aumento de los recursos apostólicos intensificó la nece­ sidad de ese flujo continuo, creando islas de bienestar apostólico que cada día están más lejos de la capacidad local de mantenerlas. El nuevo floreci­ miento de la Iglesia latinoamericana tiene lugar mediante un regreso a la marca que le impuso la Conquista: una planta colonial que florece median­ te el cultivo extranjero. En lugar de aprender a arreglárselas con menos di­ nero o de plano a cerrar las puertas, los obispos caen en la trampa de pre­ cisar más y heredar al futuro una institución cuyo funcionamiento no será viable. La educación, que es una de las inversiones que podría dar ganan­ cias a largo plazo, es concebida en su mayor parte como el entrenamiento de burócratas que conservan la estructura presente.

Hace muy poco, un grupo considerable de sacerdotes latinoamericanos enviados a Europa para cursar estudios avanzados, me ofreció un buen ejemplo de lo anterior. Con el fin de poner a la Iglesia en contacto con el mundo, nueve de cada 10 de ellos se dedicaron a aprender métodos de en­ señanza —catequística, teología pastoral o ley canónica—, sin avanzar por lo tanto directamente ni en sus conocimientos de la Iglesia ni del mundo. Sólo una reducida minoría estudió la historia o las fuentes de la Iglesia, o el mundo tal cual es.

Es fácil recaudar grandes sumas para construir una iglesia nueva en la selva o una escuela secundaria en un barrio bajo y luego rellenar los plan­ teles con misioneros nuevos. Se puede mantener artificialmente y a gran­ des costos un sistema pastoral a todas luces inaplicable y considerar que la investigación básica, que puede permitir la instauración de un sistema pas­ toral nuevo y vivo, es un lujo extravagante. Las becas para el estudio de hu­ manidades no eclesiásticas, el dinero inicial destinado a la experimenta­ ción pastoral imaginativa, y las donaciones hechas para la documentación y la investigación dirigidas a formular una crítica constructiva específica, corren por igual el riesgo aterrador de constituirse en amenazas de nues­ tras estructuras temporales, planteles clericales y métodos de los “buenos negocios”.

Hay una segunda fuente de recursos todavía más sorprendente que la generosidad eclesiástica hacia la propia Iglesia. Hace una década la Iglesia se parecía a una grande dame1 empobrecida que trataba de mantener una tradición imperial de dar limosnas de su reducido ingreso. Durante algo más de un siglo, desde que España perdió a América Latina, la Iglesia per­ dió gradualmente donativos de los gobiernos, regalos de patronos y, por úl­ timo, las rentas de sus antiguas tierras. De acuerdo con el concepto colo­ nial de la caridad, la Iglesia perdió su poder de ayudar a los pobres. Pasó a ser considerada una reliquia histórica, inevitable aliada de los políticos conservadores.

En 1966, y al menos a primera vista, lo contrario parece ser verdad. La Iglesia se ha convertido en un agente en quien se confía para ejecutar pro­ gramas dirigidos al cambio social. Se halla suficientemente comprometida como para producir algunos resultados. Pero cuando se siente amenazada por el cambio verdadero, prefiere retirarse antes que permitir que la con­ ciencia social se extienda como fuego griego. La supresión de las escuelas

radiofónicas de Brasil por una alta autoridad eclesiástica constituye un buen ejemplo de ello.

Así, la disciplina eclesiástica le asegura al donante que su dinero rinde el doble en manos del sacerdote. Ni se evaporará ni se le tendrá por lo que es: publicidad para la empresa privada e indoctrinación en un modo de vi­ da que los ricos han decidido como el que mejor le viene a los pobres. El receptor inevitablemente entiende el mensaje: el cura está del lado de W. R. Grace & Company, Esso, la Alianza para el Progreso, el gobierno democrá­ tico, los sindicatos del afl-cio y todo lo que sea sagrado en el panteón oc­

cidental.

Las opiniones se dividen, por supuesto, cuando se discute si la Iglesia se metió de lleno en los proyectos sociales debido a que así podía obtener fondos “para los pobres" o si fue tras esos fondos porque de ese modo po­ día contener el castrismo y asegurar su propia respetabilidad institucional. Al convertirse en agencia “oficial" partidaria de un tipo de progreso, la Igle­ sia deja de hablar para los de abajo, que son ajenos a todas las agencias pero que constituyen una mayoría creciente. Al aceptar el poder de ayudar, la Iglesia debe necesariamente denunciar a un Camilo Torres que simboliza el poder de la renuncia. De esa manera el dinero le construye a la Iglesia una estructura “pastoral" que está más allá de sus medios y la convierte en un poder político.

El compromiso emotivo superficial oscurece el pensamiento racional con que debe considerarse la “asistencia" norteamericana internacional. Un deseo extrañamente motivado de “ayudar" en Vietnam reprime los sa­ nos sentimientos de culpa. Por fin, nuestra generación comienza a ver más allá de la retórica “lealtad" a la patria. A fuerza de golpes reconocemos la per­ versidad de nuestra política de poder y la dirección destructiva de nuestros torcidos esfuerzos por imponer a los demás “nuestro modo de vida". No he­ mos empezado aún a enfrentar el reverso del compromiso de la mano de obra clerical y la complicidad de la Iglesia en el sofocamiento de un desper­ tar universal demasiado revolucionario como para descansar mansamente en el seno de la “Gran Sociedad".

No sé de ningún sacerdote o monja extranjeros cuyos trabajos hayan si­ do tan artificiales como para que sus estancias en América Latina no hayan enriquecido alguna vida. Y no hay misionero tan incompetente como para que a través suyo América Latina no haya hecho una mínima contribución a Europa y Norteamérica. Pero ni nuestra admiración por la conspicua ge­ nerosidad ni nuestro temor de hacer enemigos acérrimos de amigos indife­

rentes pueden llevamos a darle la espalda a los hechos. Los misioneros enviados a América Latina pueden: a) hacer de una Iglesia extraña una Iglesia más extranjera; b) cargar de más sacerdotes a una Iglesia ya sobre- poblada, y c) convertir a los obispos en mendigos abyectos. El reciente des­ acuerdo público ha hecho pedazos la unanimidad del consenso nacional estadunidense sobre Vietnam. Espero que cuando el público caiga en la cuenta de los elementos represivos y corruptores contenidos en los progra­ mas de ayuda eclesiástica “oficial” aparezca un verdadero sentimiento de culpa: la culpa de haber desperdiciado la vida de hombres y mujeres jóve­ nes dedicados a la tarea de evangelización en América Latina.

La importación masiva e indiscriminada de clero ayuda a la burocracia eclesiástica a sobrevivir en su propia colonia que cada día se vuelve tanto más extranjera como agradable. La inmigración ayuda a transformar la ha­ cienda de Dios —que era el estilo antiguo en el que el pueblo estaba forma­ do sólo por advenedizos— en el supermercado del Señor —con abundante surtido de catecismos, liturgia y otros medios de gracia—. Transforma a los campesinos vegetativos en consumidores resignados, y a los antiguos devo­ tos en clientes exigentes. Reviste los bolsillos sagrados, proporcionando re­ fugio a los hombres temerosos de la responsabilidad secular.

Los feligreses, acostumbrados como estaban a sacerdotes, novenas, li­ bros y cultura de España (y muy posiblemente al retrato de Franco en la rectoría), se encuentran ahora con un nuevo tipo de financiero ejecutivo, administrador y talentoso, que promueve una cierta clase de democracia como ideal cristiano. El pueblo ve muy pronto que la Iglesia está alejada y alienada de él, habiéndose constituido en una operación importada y espe­ cializada que es financiada desde el extranjero y que habla con un acento, por lo extranjero, sagrado.

Esta transfusión extranjera —y la esperanza de que aumente— dio a la pusilanimidad eclesiástica un nuevo contrato a su vida, una nueva posibi­ lidad de echar a andar el sistema colonial y arcaico. Mientras Norteaméri­ ca y Europa envíen suficientes sacerdotes para llenar vacantes, no habrá necesidad de pensar en laicos que trabajen gratuitamente durante algunas horas diarias cumpliendo la mayoría de las tareas evangélicas, ni de reexa­ minar la estructura de la parroquia, la función del sacerdote, la obligación de los domingos y el sermón clerical, ni de probar el uso de un diaconato casado, la práctica de nuevas formas de celebración de la Palabra y de la Eucaristía y la implementación de íntimas reuniones familiares que cele­ bren en el seno del hogar la conversión al Evangelio. La promesa de un au­

mentó de clero es una sirena encantadora. Hace invisible el crónico exce­ dente de clérigos que tiene América Latina e imposibilita el diagnosticarlo como una de las enfermedades más graves de la Iglesia. En la actualidad, esta evaluación pesimista resulta ligeramente alterada por un puñado de personas valientes e imaginativas, entre las que se cuentan algunas no lati­ nas, que miran, estudian y luchan por una verdadera reforma.

Una gran proporción del personal de la Iglesia latinoamericana se em­ plea actualmente en instituciones privadas que sirven a las clases media y alta, y que frecuentemente obtiene ganancias cuantiosas en un continente que necesita desesperadamente maestros, enfermeras y trabajadores socia­ les en instituciones públicas que presten servicio al pobre. Una gran parte del clero está metida en funciones burocráticas a menudo vinculadas con la venta de chucherías sacramentales y “bendiciones” supersticiosas. La mayoría de ellos vive en la mugre. Incapaz de emplear a su personal en ta­ reas pastorales significativas, la Iglesia no puede siquiera sustentar a los sa­ cerdotes y a los 670 obispos que los gobiernan. Para justificar ese sistema se echa mano de la teología, del derecho canónico para administrarlo y del clero extranjero para crear un consenso mundial acerca de la necesidad de su continuación.

Un sano sentido de lo valores vacía los seminarios y las filas del clero mucho más eficientemente que la falta de disciplina y la generosidad. De hecho, el nuevo sentimiento de bienestar hace a la carrera eclesiástica más atractiva para los que andan en pos de sí mismos. Obispos convertidos en mendigos serviles se sienten tentados a organizar safaris e ir a la caza de sacerdotes extranjeros y recursos económicos para construir anomalías ta­ les como los seminarios menores. Mientras esas expediciones tengan éxito será más difícil, si no imposible, tomar el sendero emocionalmente más pe­ sado y preguntamos honestamente si necesitamos ese juego.

La exportación de empleados eclesiásticos a América Latina enmasca­ ra el temor universal e inconsciente que se le tiene a una nueva Iglesia. Las autoridades norteamericanas y sudamericanas, con motivaciones distintas pero con un mismo temor, se hacen cómplices en el mantenimiento de una Iglesia fuera de propósito. Al sacralizar la propiedad y los empleos, esa Igle­ sia se ciega cada vez más a la posibilidad de sacralizar a la persona y a la co­ munidad.

Es difícil ayudar rehusándose a dar limosna. Recuerdo una ocasión cuando hice detener la distribución de alimentos en las sacristías de un área asolada por el hambre. Todavía siento el aguijón de una voz acusado­

ra que me dice: “Duerme bien el resto de tu vida con la muerte de docenas de niños en tu conciencia”. Algunos doctores prefieren incluso la aspirina en lugar de la cirugía radical. No sienten ninguna culpa si el paciente mue­ re de cáncer, pero temen el riesgo de aplicar el cuchillo. Hoy es necesaria una valentía como la expresada por el jesuita norteamericano Daniel Be- rrigan, quien escribió sobre América Latina: “Sugiero que cesemos de en­ viar personas o cosas durante tres años, que pongamos los pies en la tie­ rra, que enfrentemos nuestros errores y que busquemos la manera de no canonizarlos”.

Después de seis años de experiencia en el entrenamiento de cientos de misioneros asignados a América Latina, sé que cada vez es mayor el núme­ ro de voluntarios auténticos que quieren enfrentarse a la verdad para po­ ner a prueba su fe. Los superiores deciden administrativamente rotar el personal y no tienen que vivir con las decepciones consecuentes, se hallan emocionalmente en desventaja para hacer frente a esa realidad.

La Iglesia estadunidense debe encarar el reverso doloroso de la genero­ sidad: la carga que una vida gratuitamente ofrecida le impone al recipien­ te. Los hombres que van a América Latina deben aceptar humildemente la posibilidad de que, por más que den cuanto tengan, pueden ser allí inútiles o dañinos. Deben aceptar el hecho de que un programa de ayuda eclesiás­ tica tullido los usa como paliativos para amortiguar el dolor de una estruc­ tura cancerosa, con la única esperanza de que el remedio le dará al orga­ nismo tiempo y calma suficientes para iniciar una curación espontánea. Es mucho más probable que la píldora del farmacéutico aleje al paciente de los consejos de un cirujano y lo convierta en un adicto.

Los misioneros norteamericanos se dan cada vez más cuenta de que atendieron a un llamado para remendar agujeros en un barco que se hun­ de porque los oficiales no se atrevieron a lanzar los botes salvavidas. A me­ nos que esto sea visto claramente, los hombres que ofrecieron obediente­ mente los mejores años de sus vidas se encontrarán engañados en una lucha estéril por mantener a flote un barco sentenciado que navega sin rumbo.

Debemos reconocer que los misioneros pueden convertirse en peones de una lucha ideológica mundial y que es blasfemo emplear el Evangelio para apuntalar a este o aquel sistema político o social. El dinero y los hom­ bres enviados a una sociedad como parte de un programa llevan consigo ideas que les sobreviven. Se ha señalado, en el caso de los Cuerpos de Paz, que la mutación cultural catalizada por un grupo extranjero puede ser mu­ cho más efectiva que todos los servicios inmediatos que ese grupo preste. Lo

mismo puede ser cierto de los misioneros norteamericanos que —no lejos de casa, con grandes medios a su disposición y cumpliendo a menudo un cometido muy corto— penetran en un área intensamente colonizada, cul­ tural y económicamente, por Estados Unidos. Ese misionero es parte de esta esfera de influencia y a menudo de intriga. A través del misionero es­ tadunidense su país sombrea y colorea a gusto la imagen pública de la Igle­ sia. El influjo de los misioneros estadunidenses coincide con los proyectos de la Alianza para el Progreso, el plan Camelot y la cíay se parece a un bau­

tizo de los tres. La Alianza aparece dirigida por la justicia cristiana y no se ve en lo que es, independientemente de sus varias motivaciones: una decep­ ción designada para mantener el statu quo. Durante los primeros cinco años de dicho programa se triplicaron los capitales netos que escapan de América Latina. El programa es demasiado pequeño como para permitir si­ quiera el logro de un umbral de crecimiento sostenido. Es un hueso que se le echa al perro para que no alborote el corral de Estados Unidos.

En esas circunstancias el misionero estadunidense tiende a cumplir el papel tradicional que tenía el capellán lacayo de un poder colonial. Cuando la ayuda la administra un “gringo” para tranquilizar a los “subdesarrolla- dos”, los peligros implícitos en el uso de dinero extranjero con fines ecle­ siásticos adquieren.proporciones caricaturescas. Por supuesto sería mucho pedir a la mayoría de los norteamericanos que hicieran una crítica abierta, clara y contundente a la agresión sociopolítica de Estados Unidos en Amé­ rica Latina; y más difícil todavía pedir que lo hicieran sin la amargura del expatriado o el oportunismo del que cambia de partido.

Los grupos de misioneros norteamericanos no pueden evitar proyectar la imagen de “puestos de avanzada de Estados Unidos”. Esta distorsión só­ lo la podrían impedir individuos norteamericanos mezclados con personas locales. El misionero es por necesidad un agente “solapado” que sirve —por más inconsciente que esté de ello— al consenso social y político norteame­ ricano. Pero es consciente y deliberado en su deseo de trasplantar los valo­ res de su Iglesia a Sudamérica; la adaptación y la selección natural rara vez alcanzan el nivel para cuestionar los propios valores.

La situación no era tan ambigua hace 10 años, cuando las sociedades misioneras eran canales de buena fe para el flujo de la quincallería tradi­ cional de la Iglesia estadunidense hacia América Latina. No había mercan­ cía que no fuera vendible en el mercado latinoamericano que apenas se abría —desde los collarines romanos hasta las escuelas parroquiales, desde los catecismos norteamericanos hasta las universidades católicas—. Tampo­

co se necesitaba mucha mercadotecnia para convencer a los obispos lati­ noamericanos que probaran la etiqueta con el sello Made in USA.

Entretanto la situación ha cambiado considerablemente. La Iglesia es­ tadunidense se sacude todavía a raíz de los resultados de su primera auto­ crítica científica y masiva. No sólo los métodos y las instituciones, sino tam­ bién las ideologías que ellos implican, son objeto de exámenes y ataques. De ahí que también se tambalee la confianza del vendedor eclesiástico estadu­ nidense en sí mismo. Así es que vemos la extraña paradoja de un hombre que trata de implantar en una cultura realmente diferente estructuras y programas que hoy son rechazados en su propio país de origen. (Hace po­ co me enteré de que el personal norteamericano planea establecer una es­ cuela primaria católica en una parroquia de una ciudad centroamericana que ya tiene una docena de escuelas públicas.)

Está también el peligro opuesto. Latinoamérica ya no puede seguir to­ lerando ser un puerto para los liberales norteamericanos que no pueden acertar en su país, una salida para apóstoles demasiado “apostólicos” co­ mo para que encuentren en su propia comunidad sus vocaciones de profe­ sionales competentes. El vendedor de quincallería amenaza con inundar el resto del continente con imitaciones de segunda clase de parroquias, es­ cuelas y catecismos, que han pasado ya de moda en el mismo Estados Uni­ dos. El escapista vagabundo va más allá y amenaza con confundir a un mundo extranjero con protestas superficiales que ni siquiera son viables en su casa.

La Iglesia estadunidense de la generación de la guerra de Vietnam en­ cuentra difícil comprometerse en ayuda al extranjero sin exportar sus solu­ ciones y sus problemas. Para las naciones en desarrollo ambos lujos son prohibitivos. Los mexicanos, para evitar ofender a los remitentes, pagan fuer­ tes sumas en derechos para sacar de las aduanas regalos inútiles o jamás solicitados que les envían amigos estadunidenses bien intencionados. Los que hacen regalos no deben pensar en el presente y en la necesidad actual, sino en los efectos futuros sobre toda una generación. Los planificadores de la caridad se deben preguntar si el valor global del regalo, en hombres, di­ nero e ideas, amerita el precio que el destinatario tendrá que pagar en últi­ ma instancia. Como sugiere el padre Berrigan: los ricos y los poderosos pue­

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