Los medios de comunicación y algunos dirigentes políticos llevan más de una década haciendo ruido en relación a la delincuencia juvenil y a las actividades de las pandillas. Sólo muy recientemente cierto sector de la sociedad civil –la academia y la cooperación externa, con un tímido eco de algunos medios de comunicación y con la declarada oposición de otros– emprendieron un contra-ataque y denunciaron valientemente el inescrupuloso afán de lucro y protagonismo que vierte galones de sangre sobre las páginas de sucesos y trabaja las noticias con una visión del periodismo como promotor del escándalo. Hemos tenido mucho ruido y muchas nueces. El ruido de la página roja. Las nueces de elevar la clientela de ciertos telediarios, del aumento de pánico y del crecimiento de las inversiones en seguridad privada. Hay intereses en juego. Los tienen también los comisionados de la Policía Nacional: inversiones en seguridad privada e interés de mostrar incrementar el prepuesto policial. La venta de seguridad ciudadana es un negocio muy lucrativo. Todos estos elementos dificultan el conocimiento de la violencia juvenil. Las dimensiones del riesgo y la percepción de las mismas no siempre coinciden. Algunos estudios han mostrado la significativa brecha que se abre entre ambas. Desafortunadamente, según Duce y Pérez Perdomo (2005:102), el concepto de seguridad ciudadana suele definirse a partir del número de delitos violentos y “sólo unos pocos estudios adoptan el enfoque contrario, según el cual la percepción de la seguridad constituye una construcción social y, por lo tanto, no se deriva exclusivamente del número de hechos violentos.”
Rodgers (200:6)) encontró que, en la Nicaragua de 200, los pandilleros eran considerados como los más probables perpetradores de crímenes. Más generalmente, las pandillas han llegado a ser el epítome simbólico del crimen en la conciencia colectiva nicaragüense contemporánea. La palabra “pandilla” es empleada de manera intercambiable con términos más generales como “criminalidad” o “delincuencia”. Como vimos en el apartado de las estadísticas, la alarma respecto de las pandillas no guarda proporción con su presencia y su comisión de delitos. De acuerdo a la corriente psicoanalítica en criminalística, este fenómeno de selección de determinados tipos como arquetipo del criminal es el “mecanismo de la alarma social suscitado por la representación de los crímenes a través de los mass media, que por intermedio de la fantasía lleva a los miembros de la sociedad a proyectar las propias tendencias asociales en figuras de delincuentes particularmente temibles o en tipos de sujetos desviados. (…) El fenómeno de la proyección de las agresividades y del correspondiente sentimiento de culpa en los delincuentes es analizado en la literatura psicoanalítica a través de la mítica figura del chivo expiatorio que se encuentra en el delincuente, sobre el cual son proyectadas nuestras tendencias criminales más o menos inconscientes.” (Baratta, 2004:51-52)
La presencia de las pandillas en los medios no guarda proporción con sus acciones. Los medios dramatizan, operan como una lente de aumento de las acciones de los pandilleros y las colocan en escenarios apocalípticos: “Espiral de violencia en barrios capitalinos”, “ personas ingresaron a los centros asistenciales con heridas de bala o arma blanca que les infligieron grupos de antisociales”100, “Pandilla agrede brutalmente a joven: lo dejaron de golpear hasta que
lo creyeron muerto”, “Pandilleros del barrio Austria agredieron sin misericordia a un joven”101,
las agresiones de las pandillas”102, “otra víctima de Los Galanes”10, “Pandilleros lo hieren en
el pecho y se salva de milagro”104, “Mareros apedrean puesto policial”105, “Pandillas asedian
Villa Austria”106, “Enfrentamiento entre vagos deja un muerto”107, “Pandilleros decapitan a El
Garrobo”108, “Pandillas matan a dos: a una de las víctimas le desbarataron la cabeza a pedradas y
al otro le dejaron caer un adoquín”109, “Pandilleros matan a joven de dos balazos”110, “Antisociales
protagonizan tremenda batalla a pedradas, balazos y machetazos”111, “Joven muere ‘pasconeado’
por balas de panilleros”112, “Segunda víctima mortal de pandilla ‘La Católica’”11, “Sangre en el
Reparto Schick: pandilleros se ensañan en su víctima y le descargan 12 puñaladas”114.
En el estudio “Sangre en la pantalla”, que analiza la llamada “nota roja” en los medios audiovisuales, Arturo Wallace (2006) insiste en que “más allá de las diferentes motivaciones que explican el consumo de la Nota Roja, el énfasis excesivo en la violencia tiene consecuencias negativas que los mismos televidentes reconocen.” Existe un sesgo que disemina el estigma: “esta sobre-representación de la violencia y la criminalidad está limitada a los sectores más pobres de la población capitalina (el 96% de las notas analizadas se originan en Managua), lo que también tiene sus consecuencias. En las palabras de la experta en temas de violencia, Mónica Zalaquett, los noticieros sensacionalistas ‘están criminalizando la pobreza...están haciendo un circo de
la pobreza’, estigmatizando a todo un sector de la población que, en su búsqueda de referencias,
tiende por lo general a encontrarse con imágenes fundamentalmente negativas de su realidad.” Esta estigmatización es patente en la asociación de barrios populares-nota roja, y en el constante uso del apelativo “antisociales”, uno de los más empleados por los medios de comunicación y repetidos incluso por instancias con tradición de defender los derechos humanos, como el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH, 2006: y 4)). De modo que, a la desigual distribución del riesgo, sigue una desigual y desproporcional distribución de la cobertura sensacionalista en los medios de comunicación. El estigma se convierte en la dimensión cultural de la segregación espacial. La dimensión cultural de la segregación (también llamada efecto gueto), cuyo locus es el espacio público barrial, constituye uno de los atributos principales que dan a
la pobreza estructural un nuevo carácter, según Saraví (2004:47). Los medios de comunicación
difunden percepciones que fomentan la segregación residencial, la criminalización de los barrios y la construcción de prejuicios: “Yo al René Cisneros no voy”, “Yo en el Reparto Schick no pongo un pie”, suelen decir habitantes de uno y otro barrio, asumiendo la nota roja como un reflejo de la vida cotidiana en el barrio en que no habitan.
La antropóloga brasileña Teresa Caldeira (2000:8-9) estudió y describió la ‘plática del delito’ como un dispositivo que engendra un orden simbólico discriminatorio. Esa compulsiva ‘plática del delito’ promueve la criminalización de ciertos grupos y hace circular el miedo a través de la repetición de historias. Creando estereotipos y prejuicios, refuerza las inequidades, anula el respeto de los derechos ciudadanos y permite los abusos de las organizaciones del orden. Los medios de comunicación, especialmente los noticieros televisados, han convertido a los policías nicaragüenses en protagonistas de unas ‘imágenes de la violencia’ que cumplen una función semejante a la ‘plática del delito’. Esas imágenes reconfiguran el orden simbólico para segregar. Los domicilios –espacios privados– de los jóvenes delincuentes son invadidos y exhibidos hasta ser transformados en espacios públicos criminalizados. Las invasiones filmadas son rituales de discriminación que muestran a ciudadanos –denominados ‘anti-sociales– que en la práctica carecen de derechos y sobre los cuales el abuso policial es normal, lícito y hasta plausible. Las imágenes de la violencia, como la ‘plática de la violencia’, descansan sobre simplificaciones y estereotipos para crear un criminal simbólico que es la esencia del mal (Caldeira, 2000:44) y contra el cual todo se puede.