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2. EL MODO DE SER DE LAS COSAS EN LA MEMORIA

2.2 La memoria como potencia que recuerda

La potencia de la memoria no se agota en su inmensa capacidad de registro y almacenamiento, a ella se le suma la posibilidad de poner sus contenidos a disposición de la mente toda. La descripción inicial de la memoria realizada en el parágrafo 10.8.12 concede tanta importancia a la dimensiones de la memoria, a sus anchos campos y tesoros, como a la función de recordar, cuya presentación inicial nos dice que las cosas se guardan para ser recordadas, para que se hagan presentes cuando se las solicita, lo cual sucede con variaciones de tiempo, dificultad y orden: “Cuando estoy allí pido que se me presente lo que quiero, y algunas cosas preséntanse al momento; pero otras hay que buscarlas con más tiempo […] otras, en cambio, irrumpen en tropel […] Otras cosas hay que fácilmente y por su orden riguroso se presentan según son llamadas” (10.8.12).

La mente no daría cuenta del mundo, no podría hablar de las admirables cosas que sabe que existen fuera de él, si no las viera interiormente, pudiendo relatar al mismo tiempo a través de qué sentido del cuerpo fueron aprehendidas. Sin problematizar que la realidad correspondiente a esas imágenes sea una realidad ajena, si tales imágenes no estuvieran en la memoria, no existiría una relación de la mente con el mundo exterior, ni siquiera podría ser nombrado.

Cuando el contenido de la memoria no es una imagen, sino que es la cosa misma con su realidad la que se encuentra en la memoria, como es el caso de los números y de lo aprendido en las artes liberales, el recuerdo participa de la unidad e inmutabilidad propia del ser. Si bien en el catálogo de contenidos se afirma que la memoria conserva las cosas mismas cuando éstas han sido aprendidas, al revisar el proceso de aprendizaje se encuentra que para acercarse a la verdad es necesaria la colaboración entre la memoria y otras facultades de la mente: “Aprender estas cosas […] no es otra cosa sino como un recoger con el pensamiento las cosas que ya contenía la memoria aquí y allí y confusamente, y cuidar con la atención […] para que, donde antes se ocultaban dispersas y descuidadas, se presenten ya fácilmente a una atención familiar” (10.11.18). El proceso de cogitare, recoger en el alma, se da en la memoria y consiste en tomar cosas dispersas y reunirlas con el pensamiento, y dejarlas en la memoria a disposición de todas las facultades; y se reitera, se pueden recordar como cosas en sí, pero si se dejasen de recordar, habría que volver a sacarlas con el pensamiento y reunirlas de nuevo.

Sin importar el tipo de contenido, es decir, la jerarquía del recuerdo en el orden del ser, cada recuerdo es evocado con la participación de la voluntad. No se produce, entonces, una aparición espontánea del ser o de las imágenes en la memoria, sino que el recuerdo se enuncia como un acto de la voluntad. Durante la exposición de las imágenes, su recuerdo se vincula permanentemente a voliciones, los contenidos son mencionados en el texto del obispo junto con verbos que sugieren deseo o sentimientos agradables: “Porque cuando estoy en silencio y en tinieblas, represéntome, si quiero, los colores, y distingo el blanco y el negro, y todo lo demás que quiero […] Porque también a ellos los llamo, si me place […] Del mismo modo recuerdo, según me place” (10.8.13). Sucede lo mismo cuando se refiere el obispo a las nociones de las artes liberales, al referirse a ella indica que están a disposición de la voluntad: “¿y por qué parte han entrado a mi memoria? No lo sé. Porque cuando las aprendí, ni fue dando crédito a otros, sino que las reconocí en mi alma y las aprobé por verdaderas y se las encomendé a ésta, como en depósito, para sacarlas cuando quisiera” (10.10.17).

La detallada revisión de la memoria la muestra como una potencia grande sobremanera, inmensa, capaz de alojar gran variedad de contenidos, pero que en sí misma no contiene ni da respuesta sobre lo que se ama cuando se ama a Dios, en otras palabras; la potencia de la memoria no podría por sí sola dar cuenta sobre el ser de Dios. El recuerdo de Dios en la memoria, el amoroso recuerdo de Dios, se comporta de alguna manera como el recuerdo de los gozos pasados cuya noticia se adhiere a la memoria para que pueda recordárselo, y se lo haga con deseo, en algunos casos. La diferencia radica en que el recuerdo de Dios que pide que se lo traiga al presente, incluye el deseo de adherirse a él, es una verdad que se desea y que se quiere alcanzar, en esto se diferencia de la verdad de los números. Así, solo un alma, con tres facultades relacionadas, puede traer al presente la verdad de la vida buena: “¿dónde y cuándo he experimentado yo mi vida bienaventurada, para que la recuerde, la ame y la desee?” (10.21.31). La memoria recuerda a Dios, y con ello faculta al alma para entenderlo y desearlo.

Una vez que se realiza el giro que permite encontrar y poner en consideración la potencia de la memoria, el obispo descubre los salones inmensos y también la facultad de recordar que expresa la semejanza del alma con la Divina Trinidad. Así, la memoria es la condición de la relación entre Dios y el alma.

La memoria para A. es una bodega de imágenes; una facultad pasiva en la que el intelecto y la voluntad ejercitan sus fuerzas. Cuando memoria, intelecto y voluntad son hipostasiadas como una imagen de la Trinidad en la humanidad (esp. in trin. 11: cf. du Roy 439–443), la memoria corresponde a la primera persona de la Trinidad (cf. esp. trin. 11.8.14), y es el lugar del sí mismo. (O’Donnell 1992. Pág. 716).

Recordar es traer al presente, dar cuenta de algo a través de un contenido depositado en la memoria. Este recordar con realidad es la condición de la mente para inspeccionar una vida como la que se narra en las Confesiones, o mejor para darle validez al recorrido filosófico que se realiza en ellas. El obispo de Hipona trae al presente el recuerdo de Dios, el recuerdo amoroso que le ha quedado del Jardín de Milán o de Ostia precisamente en el libro 10, éste, en el que tiene por cometido hablar de su presente, hablar de aquello que puede decir con certeza sobre su alma. Comprender la fuerza de la memoria, y con ella la

semejanza del alma con Dios le permite comprender las condiciones que tiene para la felicidad. Así comprendida, el alma que de acuerdo con el libro 7 habita la desemejanza, es una criatura semejante a Dios, que vive en el tiempo, en lo múltiple, pero que desde ahí anhela y busca la unidad.

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