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Metáfora y objeto metafórico en la terapia

El lenguaje metafórico

La metáfora está ampliamente presente en el lenguaje cotidiano, donde, por la evocación de imágenes de seme- janza, permite reproducir la realidad y los objetos del mundo circundante, como podría hacerlo un mapa en relación con un territorio. Ahora bien, a diferencia del mapa, el lenguaje y sus imágenes metafóricas cambian de significado no sólo según el contexto en que se sitúan, sino según las connotaciones que se agregan en virtud de las circunstancias de su empleo (Eco, 1975; Conté, 1981). Ello implica que, según los casos, cobrará mayor relieve esta o aquella característica del objeto, de la situación o de la acción a que la metáfora se refiere, como si un objeto cualquiera revelara características diferentes bajo la acción de un haz de luz que explorara su superficie desde diferentes ángulos.

Así se explica que la metáfora se preste a que la utilicen los miembros de la familia para expresar estados de ánimo o situaciones de vínculo; o el terapeuta, para llevar adelante su trabajo de análisis y de reestructuración. Parece que la metáfora brotara de nuestro común reclamo de detener el perpetuo fluir de la realidad y apropiárnoslo; sería el intento de recuperar lo que se pierde en la experiencia de todos los días por medio de algo que lo recuerde. El mismo síntoma que el paciente o la familia presentan se puede convertir en la metáfora de un problema relacional, el intento de conciliar exigencias contradictorias por medio de un símbolo polivalente.1

1 Esto explica que no baste la pesquisa del suceso o de los sucesos «traumáticos», y de la vivencia que se tuvo de ellos, para resolver el problema existencial del individuo o de la familia; en efecto, el momento de su reevocación pertenece a un contexto diferente y se inserta en una estructura cognitiva que les imparte una connotación de algún modo distinta. Por ejemplo, cuando un adulto recuerda en la terapia las emociones asociadas con el trauma de la separación

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Así, un paciente desavenido con su cónyuge, pero de- pendiente de él, puede manifestar con un vómito irreprimible su imposibilidad de tragar lo que anda mal en la relación; acaso este síntoma se convierta en el medio para poner de manifiesto su exasperación, al tiempo que le permite mantener una relación de dependencia. Es como si el aspecto metafórico del síntoma lograra conciliar lados contrapuestos de la realidad, y obtuviera su simultánea cristalización. En efecto, si el síntoma no es resuelto, con el tiempo se puede convertir en el cruce de caminos en que confluyen situaciones muy distantes entre sí. Para retomar el ejemplo anterior: el vómito del paciente expresará los problemas conyugales, pero además se convertirá en la metáfora de otros problemas de relación, por ejemplo con las familias de origen, en una continua caza de imágenes que se reflejan unas en otras como figuras en un salón de espejos. De ese modo se habrán creado una superposición y una condensación de situaciones que se manifestarán por el mismo símbolo. Entonces el síntoma puede perder poco a poco sus caracteres de especificidad: el símbolo del malestar específico se convertirá en el síntoma en sentido generalizado, ajeno al espacio y al tiempo, y válido en cualquier circunstancia; será sólo la historia personal la que confiera un tiempo y un espacio particulares a sus manifestaciones.

Por lo general, en el momento de intervenir el terapeuta, la evolución de la «metáfora» del paciente hacia características cada vez más abstractas e inespecíficas ha llegado a su culminación; por eso mismo, él se encuentra en la necesidad de iniciar un proceso opuesto a fin de redescubrir en el interior de la imagen presentada los elementos históricos y relaciónales originarios. Podrá en- tonces condensar en una metáfora propia los datos de ob- servación recogidos en el curso de las interacciones entre los miembros del sistema terapéutico; en ese caso utilizará imágenes genéricas y adaptables a muy diversas situacio- nes, pero que contengan elementos singulares que se pue- dan superponer perfectamente a la situación en examen. de uno de sus progenitores, se encuentra de hecho en una condición muy diversa de la situación originaria, porque en su historia personal intervinieron muchísimos factores desde aquel momento. Por eso, el significado que atribuya al episodio en cuestión será fruto de numerosas interacciones de su experiencia pasada, que, por su repetición, concurrieron a plasmar su actual estructura cognitiva.

En la metáfora, pues, tanto si es expresada por los pa- cientes en sus síntomas como si es el terapeuta quien los enfrenta a ella, observamos operar mecanismos análogos a los que se activan en cada uno de nosotros cuando se infringen las reglas que mantienen la coherencia de los mensajes enviados por el interlocutor. En efecto, si a) yo 10. digo algo c) a alguien d) en una situación específica, puedo evitar definir la relación negando uno de estos ele- mentos, o los cuatro. Puedo: a) negar que personalmente comuniqué algo; b) negar que algo haya sido comunicado; 11. negar que haya sido comunicado al otro, y d) negar el contexto en que se lo ha comunicado (Haley, 1974). Esto no sólo es válido para el lenguaje verbal, sino para el no verbal, en que cada elemento puede ser respetado en un nivel y negado en otro.

En el caso del paciente sintomático, es manifiesto que formalmente no envía mensaje alguno, puesto que su con- ducta no es voluntaria y, en consecuencia, «no es él» quien comunica algo; no se establece una comunicación estructurada de manera explícita y, por lo tanto, no se la puede reconocer formalmente como tal; menos aún cuando no está dirigida manifiestamente a la persona con quien interactúa el paciente. Por otra parte, cuando el terapeuta emplea la metáfora para responder al paciente, utiliza ese mismo tipo de procedimiento, y la negación puede recaer sobre uno o más aspectos formales de la comunicación. La metáfora es trasmitida del mismo modo en que el paciente manifiesta el síntoma; en virtud de su contexto y de su forma, se afirman y niegan al mismo tiempo el contenido del mensaje o su destinatario (Bateson, 1976).

La metáfora literaria

Para que se comprenda mejor lo que llevamos dicho, lo ejemplificaremos con un extracto de la primera sesión con una anoréxica de 15 años; participaron los padres, la abuela paterna y otros parientes del padre. En la primera parte de la reunión habían aflorado notables diferencias entre los padres, sobre todo acerca de la centralidad de la abuela, al par que la posición de la madre se presentaba más bien marginal, porque na se sentía aceptada por la familia del marido. El nacimiento de Carla, la pa-

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ciente anoréxica, parecía haber contribuido a desplazar el eje del equilibrio familiar en el sentido de un reacerca- miento entre los padres, a expensas de quedar ella como la intermediaria «oficial» de todas sus relaciones.

T.(al padre): ¿Entonces Carla los ayudó a unirse y a se- pararse al mismo tiempo? ¿Quiere decir que lo que no hizo usted por su esposa, lo pudo hacer por su hija? Padre: En cierto sentido fue así.

T.(a la paciente): Tú, bella señorita... No logro entender por qué esta bella señorita se ha sentido tan grandiosa, tan... ¿Conoces a Don Quijote? Don Quijote creía siempre que vencería; en cualquier empresa, él siempre se entremetía... pero al cabo era un pobre Cristo que recibía palos a diestra v siniestra... En apariencia un gran personaje, pero en el fondo uno que... ni siquiera sabía quién era. ¿No? ¿Estás de acuerdo? Carla: Yo me debo...

T.(interrumpiéndola): Pero era un poco como tú. Tenía tu apariencia, tenía todo esto. (Indica la figura de la paciente.) Siempre un atuendo perfecto, con su rocín, su escudo... Tú en lugar de la espada y del escudo tienes una linda carterita, un vestidito de damita, pero tengo la sensación de que por dentro te pareces a Don Quijote, porque se te ha puesto en la cabeza que vencerás, como él lo creía; que puedes tomar sobre ti todas las tensiones que por aquel lado (señala a los padres) no se pueden administrar; el odio feroz que tu mamá sigue alimentando, pero que debe negar siempre... Y entonces te has hecho cargo de odios, de extorsiones y de alguna otra cosa que todavía no tengo clara, y te has puesto a dirigir el tránsito con tu rocín... Noble gesto, pero ciertamente... Carla: No sé si he hecho esto, pero si lo hice... en cuanto a mí lo hice inconcientemente.

T.: ¡Hum!, con ese «inconcientemente» no cambia el gui- sado . . . porque si lo empezaste a hacer inconcientemen- te, ahora lo sigues haciendo con conciencia (Carla intenta replicar, pero su padre la hace callar.)... Sabes muy bien que tu mamá nunca fue aceptada, que tu mamá tiene la sensación de que lo que ha conseguido lo consiguió por- que estabas tú y no por ella misma, y acaso alguna vez ha pensado que mejor sería que no hubieras nacido... (Carla prorrumpe en llanto.) La única diferencia está en que Don Quijote nunca lloraba, y esto me consuela; si

logras llorar quiere decir que... es menos seguro que tendrás el fin de Don Quijote.

Como lo muestra el análisis del fragmento reproducido, por medio de la imagen de Don Quijote se conseguía figurar en concreto una serie de conductas y de funciones de la paciente, al tiempo que se le atribuían las connota- ciones que caracterizaban al personaje, que entonces re- presentaba un término de cotejo. De esta manera, Carla ya no debía buscar una definición de sí en una realidad en movimiento y en relaciones continuamente mudables; en efecto, esos procesos quedaban fijados en una imagen que en sí misma contenía una definición y una historia, que obraban como elemento de comparación «externo» a la paciente. Este es un punto muy importante, porque una de las mayores dificultades con que cada persona tropieza en su proceso evolutivo y en su afán de cambiar es, justamente, no poder salirse de sí misma para cotejarse con la propia imagen. Ahora bien, el cambio sólo puede brotar de un cotejo, es decir, de la apreciación de la diferencia entre un estado y otro, de una discontinuidad y una esquematización arbitraria del continuo fluir de la experiencia.

La imagen proporcionada define no sólo al miembro de- signado, sino a las relaciones e interacciones que mantiene con los demás, situándolas en una atmósfera irreal y fantástica. Así, aunque el mensaje representativo se envía en apariencia a una sola persona, su estructura incluye de manera indirecta a las demás en la medida en que están en relación con aquella. Es como si se les dijera: «En el momento en que aceptan el intercambio con Carla, entran ustedes en un mundo de fábula». También este mundo pierde las características espaciales y temporales específicas, a la vez que mantiene los atributos de universalidad ligados con el personaje literario. Es este el que establece el marco en que se desenvolverán los intercambios posteriores, mientras que los detalles, y por lo tanto también su situación espacial y temporal específica, serán proporcionados por la posición de Carla en la historia familiar y por la definición que los demás dan de ella, y ella de sí misma por sus propias acciones. Por otra parte, el mundo de la literatura y el teatro nos proporciona un ejemplo de este proceder cuando nos propone la reedición de un personaje clásico en un drama moderno.

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La metáfora contextual

El empleo de la metáfora no se limita a una situación como la que expusimos, en que el terapeuta hizo explícita la referencia a la persona, operando él mismo la ligazón con la imagen metafórica. En otras situaciones, esto mismo se lleva a cabo de manera mucho más sutil, por la amplificación de expresiones singulares de significado metafórico de los pacientes mismos, que pasarían inadvertidas si no se las extendiera de suerte que dejen de ser un elemento del discurso para convertirse en su marco con- textual, según lo veremos con más detalle cuando tratemos del objeto metafórico.

En otros casos, el terapeuta puede condensar en una metáfora muchos elementos que pudo observar en el curso de las interacciones familiares, haciendo de manera que la ulterior definición de los rasgos de detalle de la metáfora se produzcan por obra de los pacientes, como en el ejemplo que a continuación referiremos.

La paciente, deprimida desde hacía muchos años, se presentó en la sesión con su actual marido y con el anterior, que seguía administrando los bienes de la familia; además estaban sus hijas, de los dos matrimonios. Era todavía atractiva, a pesar de su edad y su «depresión»; esmerada en su aspecto exterior y atenta a la impresión que causaba, por su modo de presentarse y de hablar imponía a todos la centralidad de su persona. El cabello arreglado en forma de turbante y una larga boquilla en la mano daban el toque que completaba su imagen de mujer fatal. Los dos maridos tenían aire más bien distraído y ausente, como si estuvieran ahí por pura casualidad; las hijas parecían pobres huérfanas en busca de un punto de referencia; la atmósfera general era de un grupo de personas sobre las que pesaba el hechizo de un «hada ma- léfica».

T. (en el momento de iniciar la sesión, aun antes de sentarse): ¿Tendrían la amabilidad de dejar libre un sillón para la mamá? (Indica un sillón situado en un ángulo, donde hay amontonados objetos personales. A la paciente.) Señora,

¿querría usted sentarse ahí? (A los demás.) ¿Pueden ustedes cerrar el círculo y olvidar la presencia de Tiziana? Todos saben que no hay esperanza alguna de aquel lado. (Señala a Tiziana, que permanece sentada en

el sillón.) Esta reunión será útil únicamente si ustedes, o alguno de ustedes, logra salir del maleficio... ¿O todos han renunciado y a.. . ? Primer marido (con aire sorprendido): No entiendo. T.: ¿Hay

esperanza para ustedes? ¿Para quién hay más, para quién menos? Giulia (de 27 años, primogénita del primer matrimonio, con tono fúnebre): Creo que cada uno de nosotros trata de hacerse un camino para vivir bien.

T.: Sí, tú hablas de lo que uno busca, pero yo me refería a lo que uno tiene. ¡No es lo misino! Giulia; Creo que cada uno de nosotros vive... buscando. T.: ¿Usted, por ejemplo, se ha librado del

maleficio? Giulia: ¿Qué entiende usted por maleficio? Este... este malestar a causa de ciertos hechos de carácter familiar... No, no me he librado; seguramente que no. T.: ¿Es usted la que está más adentro? Giulia: Sin duda que estoy muy mal. Hay cosas que pue- den ocurrir ahora pero que pueden traer consecuencias después. Ella, la más pequeña, por ejemplo. (Mira a Sabina, la hernuinita de once años.)

T.: ¿Eso es como si pudiera producir daños a distancia? Giulia: No lo sé, quizá los haya producido ya, pero los puede haber peores más adelante. Además de todo, siento también la responsabilidad por ella. En cierto sentido es una niña.

T.: ¿Que usted le haga de mamá a Sabina, forma parte del maleficio?

Giulia: No es que le haga de mamá... a veces me preocupo por todo lo que le sucede, además de lo que me toca. T.: ¿Tiene hijos usted? Giulia: No, no tengo. . . Creo que no quiero tenerlos porque no estoy en condiciones... no tendría serenidad de ánimo, no podría dar nada de bueno a mis hijos, creo. T.: Quiere decir que el maleficio le ha llegado hasta el útero. (Se dirige acto seguido a Grazia, la

primogénita del segundo matrimonio.) ¿Y tú cómo estás? ¿Tienes más esperanzas de escapar del maleficio? Grazia: Más o menos como ella. (Mira a Giulia.) T.: Es decir que tampoco tú tendrás hijos. Grazia: Más o menos como ella. (Mira a Giulia.) T.: ¿Cuánto tiempo hace que actúa en ti el maleficio? Grazia (con una mezcla de ira y resignación): Bueno, creo que desde siempre o casi... ¡bah!, no lo sé con precisión.

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Como se advierte, el terapeuta obligó a sus interlocutores a cotejarse con la imagen que les habría proporcionado (el maleficio), que se fue definiendo más y más en los detalles, adquiriendo connotaciones personales a medida que se avanzaba en las respuestas. En el momento mismo en que todos aceptan la metáfora, esta se convierte en la estructura vehiculizadora del discurso y toda afirmación se sitúa de manera implícita en su interior. Por lo tanto, el terapeuta señala la vía para el curso de las asociaciones, mientras que la familia provee el «material».

En este proceso se integran dos mundos de percepción, que derivan de dos diversas historias personales: el mundo del terapeuta y el de la familia; el producto de esta inte- gración pasa a formar parte de la cultura del sistema te- rapéutico y de este modo se erige en un poderoso factor de asociación entre los elementos que lo componen. En el ejemplo que acabamos de dar, el signo de que se había producido esa asimilación al patrimonio cultural común fue proporcionado por el uso espontáneo que uno de los miembros de la familia hizo de la misma imagen que el terapeuta había propuesto antes.

En ocasiones, el terapeuta se sirve de continuas metá- foras hasta llegar a un discurso alegórico en que a menudo la conexión con el sujeto real a quien apunta es establecida sólo por el contexto en que se desenvuelve el diálogo. En estos casos, el terapeuta puede traer a cuento fantasías que se le ocurrieron o relatos sobre otros pacientes, en que, para evitar eventuales objeciones, el nexo con las personas directamente interesadas puede ser negado con frases del tipo «Pero no me refería a usted», o «Este detalle evidentemente no tiene nada que ver con usted». La idea del símil, aunque se la niegue formalmente, es empero propuesta por vía implícita, como veremos en el ejemplo que sigue. En él, la familia fue invitada a crear un cuento que contenía alusiones evidentes a su problema; este procedimiento se justificaba por la edad del paciente designado, Marco, un niño de cinco años que había sido puesto en terapia por problemas de «identidad sexual». El objetivo era volver explícita la relación entre la función de los síntomas de Marco y las funciones de los padres, en un clima en que estos pudieran expresar sus propios conflictos sobre su sexualidad. Era preciso dar una respuesta a este interrogante: ¿quién tiene el pene en la familia, papá o mamá?

T. (en el momento de entrar): Ahora quiero jugar con us- tedes. Dejemos las sillas y sentémonos en el suelo. (Todos lo hacen, riendo.) El juego será así: los grandes cuentan un cuento a los niños... empiezo yo. Madre: ¿Y quién sigue? T.: Decidan ustedes... Había una vez un niño que no sabía bien si papá tenía el hace-pipí o si lo tenía mamá... ¿Quién sigue, mamá o papá? Madre: Marco, debes escuchar.

Padre (a Marco): Entonces... Este niño que no sabía si papá tenía el hace-pipí o la hace-pipí, ¿cómo se las arregla