La muerte de mi madre casi llegó a hundirme en la desesperación. Ella había sido para mí todo lo que yo necesitaba: una madre, pero también una confidente, y como un padre. Su carácter exento de debilidad, su lucidez, su clara conciencia de lo que debíamos a nuestra estirpe, me ayudaron a soportar los golpes que sufrió nuestra familia. Yo le debía la voluntad, profundamente arraigada, de permanecer durante todos los días de mi vida lo más cerca posible del poder. Y así, sin ser completamente consciente de ello, empecé a sentir una especie de menosprecio por Domicio, quien se contentaba tan fácilmente, pero a qué precio, con una vida de placeres mediocres, olvidando que era el nieto de Antonio, quien, eso yo no lo olvidaba, también era antepasado mío. Al mismo tiempo, a medida que pasaban los años, iba surgiendo en mí una angustia, la angustia de no llegar a dar nunca a luz. Deseaba ardientemente que la muerte de Tiberio liberase a mi marido de su cobarde promesa. Pero los años pasaban, y Tiberio seguía siendo el dueño del Imperio. Aunque ausente de Roma y obstinadamente aferrado a su isla, donde, según decían, llevaba una vida degenerada, no por eso se notaba menos el peso de su poder. Casi a diario podían verse, expuestos en la Escalera de los Gemidos, nuevos cadáveres. Los procesos ante el senado concluían invariablemente con la pena de muerte. Nuestra familia fue de las más afectadas: a mi tía Livila se la declaró culpable de haber ayudado a Sejano a asesinar a Druso. Su crimen fue revelado por la viuda de Sejano, Apicata, a quien le había tocado sufrir las múltiples infidelidades de su marido. Livila fue castigada, no por Tiberio mismo, sino por su propia madre, Antonia, quien la dejó morir de hambre. Antonia tuvo esa cruel valentía, aunque de los tres hijos que había tenido del primer Druso, sólo quedaba mi tío Claudio, quien no podía ser para ella más que un pobre consuelo. Claudio, quien proseguía en silencio, alejado de la vida política, sus eruditos trabajos sobre la historia antigua de nuestra ciudad.
Tras la muerte de su marido, nuestra abuela Antonia vivió en casa de su suegra, Livia, quien la ponía como ejemplo a todas las grandes matronas romanas. Era públicamente notorio que Druso y ella habían formado una pareja perfectamente unida y en todas partes se comentaba que él jamás la engañó y que ella también le había sido obstinadamente fiel. Llevaba su viudez con gran dignidad. Cuando yo la conocí, tenía más de sesenta anos. Era una mujer alta y seca, de expresión severa, que tenía la particularidad de no escupir jamás. A mí me intimidaba un poco, y yo no envidiaba en absoluto su fama de mujer virtuosa. Sólo se le conocía una debilidad: amaba con pasión los peces del vivero que poseía en su villa de Baules, no lejos de Nápoles, y hasta había llegado a colgarle del cuello unos aros de adorno a su murena favorita. Y eso me daba miedo, no porque yo compadeciese al animal por tener que soportar un aderezo sin duda bien molesto, sino porque las murenas, esos peces carniceros, son temibles, capaces de devorar a todos los animales que se hallan a su alcance, y hasta a seres humanos. No sé si Antonia hizo alguna vez la experiencia e imitó a aquel Vedio Polión quien, en los tiempos de Augusto, les echaba a sus murenas los esclavos condenados a muerte. Yo no lo creo. El divino Augusto acabó con aquellos horrores. La piscina de Polión fue cegada, la memoria del dueño relegada al olvido. Nadie tenía ganas de volver a empezar. Pero cuando me enteré de que nuestra abuela había condenado a sangre fría a su hija, a nuestra tía Livila, a morir de hambre, me fue imposible no pensar en la crueldad de las murenas. Y, por una especie de lógica interior, yo no me sentía inclinada a imitar sus virtudes. Me hallaba en ese período de la vida en que todavía no se han extinguido los ardores de la adolescencia, y eso me predisponía a no admirar sino muy moderadamente
las virtudes de calidad excepcional. Las de nuestra abuela me parecían, como toda su persona, de una austeridad que yo no tenía ningún interés en imitar. Sobre todo, no quería parecerme un día a ella, tan despreocupada de su belleza, una belleza que antaño fuese admirable, al parecer, pero que ella dejó marchitar al quedarse viuda, como si la muerte de Druso hubiese acabado con su feminidad. Por mi parte, yo estaba totalmente resuelta a no inmolar la mía, pasase lo que pasase, al recuerdo de un hombre. Mis relaciones con Domicio no eran de tal índole que llegasen a justificar una vez tal sacrificio. Pero, aun diciéndome todo eso a mí misma, no podía dejar de sentir una cierta simpatía hacia ella. Aquella dureza no carecía de fuerza de atracción. Quizás yo también... pero por razones distintas al abnegado amor a un ser amado, y menos aún a la memoria de un muerto. Quedaba aquella voluntad inflexible, de la que yo me sentía tan afín. Después de todo ¿no era yo de su misma sangre y, por tanto, de la de Antonio?
Tras la muerte de Livia, Antonia pasó a ser la dueña de la casa del Palatino, donde había vivido tanto tiempo junto a su suegra y donde, como he dicho, había acogido a Cayo, y también a nuestras dos hermanas, Drusila y Livila. No resulta difícil creer que Cayo tuviera en poco aprecio la disciplina que Antonia mantenía en torno a ella. A él le consideraban un niño aún. Aunque iba a cumplir diecinueve años, seguía sin recibir la toga viril: por orden y por deseo de Tiberio. El emperador procuraba así retardar lo más posible el comienzo de su carrera. Antonia lo trataba, pues, como a un niño y no le permitía casi nada. Cayo, según su costumbre, se mostraba con ella complaciente y cariñoso y perfectamente obediente. Lo cual encantaba a la anciana. Hasta el día en que le sorprendió muy poco vestido y abrazado a su hermana Drusila, que estaba menos vestida aún. No cabía ninguna duda: Cayo acababa de hacer con su hermana lo que Júpiter había hecho con Juno. ¡Se había puesto a la altura del dios!
Unos días más tarde Cayo me contó la escena, sin ningún pudor. Había ocurrido en una sala retirada de la casa del Palatino, por donde Antonia aparecía muy pocas veces; pero quiso el azar que ese día, buscando a una sirvienta, entrara allí en un momento muy poco apropiado. Estupefacta cuando los vio así a los dos, enlazados, montó en cólera, primero contra Drusila, a la que trató de desvergonzada y amenazó con los peores castigos. Con su nieto fue menos severa. Cayo logró calmarla y le hizo prometer que guardaría el secreto. Lo que ella, de todas maneras, estaba decidida a hacer.
-¿No pensarás -dijo-, que voy a decirle a todo el mundo que mis nietos se conducen de esa manera? Vuestra ignominia debe quedar oculta. ¡Los dioses saben que, en nuestra familia, hay otras! ¡Que esa, al menos, no aparezca a la vista de todos!
Así, por razón de Estado, el incesto de Cayo y de Drusila no salió a la luz. Al menos de momento. Más tarde, sus amores alcanzaron notoriedad pública, y el propio Cayo no dejaba pasar ocasión de manifestar el cariño que siempre sintió por ella. A mi parecer, esa pasión fue uno de los mejores sentimientos que tuvo en su vida. Cuando Cayo la hizo mujer, Drusila tenía sólo doce años. Casi había alcanzado la edad de contraer matrimonio y el juego amoroso no parecía desagradarle. Me pregunté entonces qué tenía de tan terrible el incesto. Recordé que cuando viajamos a Egipto, Cayo descubrió que entre los reyes y entre los dioses existían tales cosas. Recordé también que tal descubrimiento le impresionó mucho. Nuestra familia era la familia de un dios y en ella no faltaban los reyes, cualquiera que fuere el nombre que se daba al príncipe. ¿Por qué iba a estar prohibido para nosotros el incesto?
Yo no quería admitir que también sentía atracción, fascinación, por Cayo, si bien es cierto que hasta entonces yo había permanecido fiel a Domicio, de quien deseaba ardientemente tener un hijo, y eso yo no podía comprometerlo entregándome a otros amores. Recordé lo que decía nuestra abuela Julia, una frase muy comentada en Roma. Madre de numerosos hijos, cuya legitimidad era incontestable, respondía a quien se
asombraba de ello, en vista de los numerosos amantes a que se entregaba, que ella «sólo tomaba pasajeros cuando el barco estaba cargado». Yo pensaba hacer lo mismo. Pero había que esperar. De momento, la cala del buque estaba vacía. Tiberio no había muerto y Domicio no quería arriesgarse a contravenir la orden recibida.
Esperaba, pues, el momento de poder ser madre. Había visto, no sin despecho, que la hermana menor de Domicio, Domicia Lépida, daba a luz -y eso, ya antes de nuestro matrimonio- a una hija, aquella Valeria Mesalina que fue después mi rival. Había visto también cómo su otra hermana se casaba con un hombre brillante, un orador cuyas ingeniosas frases iban de boca en boca, aquel Crispo que sería después mi marido, pero a quien tuve que sacrificar cuando se convirtió en un obstáculo para mi matrimonio con Claudio. Domicia era de una avaricia sórdida. Se decía que revendía sus zapatos viejos en lugar de desecharlos o de dárselos a las sirvientas. Había incoado un proceso contra Domicio en relación con la herencia paterna, y si se casó con Crispo ello se debió a que éste era extraordinariamente rico y también a que quería disponer de los servicios de un buen abogado sin tenerle que pagar. Siguiendo su ejemplo, empecé a interesarme yo también por nuestros bienes, y es ésa una preocupación que jamás me ha abandonado desde entonces.
Poco después de la muerte de nuestra madre, Tiberio juzgó que se iba haciendo urgente dar estado a mis dos hermanas, Drusila y Livila. Les buscó maridos honorables, pero sin ilustración, hombres apacibles, que jamás pretenderían ejercer la menor influencia en el Estado. En cuanto a él, no teniendo ya más descendientes que Cayo y que su nieto carnal, Gemelo, se esforzaba por mantener nivelada la balanza entre ambos. No podía sustraerse a la necesidad de designar un sucesor, mas no se resignaba a hacerlo. En el fondo de sí mismo, y puede que sin saberlo él, prefería a Cayo. Se dejaba ganar, como todos nosotros, por su extraordinario poder de seducción, mientras que Gemelo no tenía más virtud para él que su origen. Además, a veces se preguntaba si no sería en realidad el hijo de Sejano, nacido de los amores secretos de Livila. Ciertas palabras del emperador, captadas por Cayo en el curso de sus conversaciones, hacen suponer que al menos se planteaba esa pregunta. Cayo, en cambio, era el verdadero hijo de Germánico, y, según decían, su viva imagen.
Cayo me contaría más tarde la historia de aquel periodo, durante el cual Tiberio lo llamó muchas veces a su lado. Supe así que el emperador se había convertido en su profesor y que le daba lecciones de elocuencia. Admirador de los antiguos oradores, evitaba ante todo las innovaciones, las palabras nuevas calcadas del griego. Decía que Roma se bastaba a sí misma, que el latín era nuestra herencia más sagrada, que había que velar por su pureza. Lo que no le impedía componer poemas en griego, versos en el estilo más refinado y preciosista. Decía que la prosa era la expresión que convenía al pensamiento de los romanos, que sólo ella poseía la gravedad necesaria para pronunciarse en derecho o para aclarar las circunstancias de un proceso, la fuerza suficiente para mostrar a una muchedumbre de qué parte estaba la razón, para calmar una sedición, para inflamar los ánimos. La lengua griega, decía también, era la del deleite; era adecuada para las horas en que el espíritu se relaja y se complace en relatos de viejas leyendas. Ya he hablado de su predilección por la Odisea, pero conocía también perfectamente todo lo que contaron los antiguos poetas sobre los héroes de tiempos pasados. Podía dar el nombre de los personajes más recónditos, decir cómo se llamaba la madre de la reina Hécuba, y era feliz discutiendo sobre todo ello con los sabios letrados que gustaba de tratar. Todo eso hacía feliz a Cayo, quien era el mejor alumno que imaginarse pueda. No sólo retenía todo en la memoria, sin ningún esfuerzo, sino que se iba convirtiendo por propia voluntad en el calco de su maestro, devolviéndole su imagen, y Tiberio estaba embelesado. De forma que en poco tiempo se convirtió en un
magnífico orador, como aquellos que entusiasmaban a nuestros antepasados, y estaba muy orgulloso de esas dotes oratorias. Pensaba que podría cultivarlas cuando fuese emperador. Porque, según me confesó un día, hacerse con el poder era su más caro deseo. Jamás había vivido sino para eso. Reconocí entonces que era enteramente uno de los nuestros. A mí me dominaba la misma pasión, la que antaño torturase a mi madre y acabara causando su ruina. Las más de las veces Cayo se quedaba en Capri, con Tiberio. Había dejado la casa de Antonia, una vez que el emperador le permitió por fin tomar la toga viril y le inscribió en la lista de los pontífices, como le sucediera a Claudio, en tiempos de Augusto. Pero no se privaba de viajar un poco por la Campania. Sentía predilección por Pompeya, adonde iba con bastante frecuencia. Allí era huésped de nuestro tío Claudio, quien poseía una quinta en aquella ciudad. Entre otras dependencias, tenía aquella quinta un gran huerto donde, aparte de otros frutales, había unos magníficos perales que daban peras de un tamaño excepcional. Lo cual fue el origen de un drama. De uno de sus numerosos matrimonios, Claudio tenía un hijo, a quién había dado el nombre de Druso. Ese Druso, a quien su padre había prometido, aunque sólo tuviese tres años, con la hija de Sejano, se hallaba, en la época en que las peras estaban en sazón, en la quinta de Pompeya y jugaba a tirar una fruta al aire y recogerla después con la boca, imitando a los peces o a los perros, cuando se les echa algo de comer. Pero él no fue tan hábil. La pera que tiró por los aires le volvió a caer de lleno en la boca, pero llegando hasta la garganta y obstruyéndola. El niño, que estaba solo en el jardín, no pudo o no supo sacarla y murió asfixiado. Cayo me contó muchas veces aquel incidente, que le parecía divertidísimo. Lo comentaba diciendo que Druso era talmente el hijo de su padre, aunque también lo fuera de Urgulanila, que no era un modelo de virtud. Y la prueba era el juego estúpido que había inventado y que le causó la muerte. Por su parte, los habitantes de Pompeya se sentían halagados porque su ciudad gustara tanto al nieto favorito del emperador y le nombraron magistrado municipal, uno de los dos magistrados más relevantes, y ese honor encantó a Cayo. Como es natural, no podía cumplir las obligaciones inherentes al cargo, pero ya el título en sí le pareció un presagio estupendo para su futura carrera. Por la misma época en que casó a nuestras dos hermanas, Tiberio dio también mujer a Cayo, a quien veía muy proclive a buscar por doquier aventuras fáciles. Le dio por esposa a una joven que pertenecía a una de las más ilustres familias de Roma, al clan de los Junios. Esa Junia Claudia, a quien daban el diminutivo de Claudila, era muy joven, y yo la compadecía por tener tal marido. ¿Pero no era yo también la mujer de un hombre bastante poco recomendable y de quien me constaba que me engañaba? Por otra parte, estaba totalmente decidida a pagarle con la misma moneda o, mejor aún, a desembarazarme de él de una manera u otra cuando me hiciera madre, y yo sabía que él lo sabía, lo que creaba entre nosotros una situación curiosa, una tensión que se convertía en ocasiones en una especie de odio amoroso y se traducía en ímpetus carnales, tan violentos como poco satisfactorios, para él y para mí. Salíamos de ellos destrozados y detestándonos mutuamente más que nunca.
Jamás llegué a saber exactamente cuáles fueron las relaciones de Cayo y Claudila. Sus bodas se celebraron en Antium, en una villa que formaba parte de nuestra herencia paterna, y Tiberio asistió a ellas, abandonando para ello su retiro, lo que mostraba la importancia que atribuía a esa boda, aunque no hubiera podido decidirse a ir hasta Roma. Como es natural, yo también estuve. Cayo se comportó con gran dignidad, lo que no le impidió empezar a hacerme guiños en cuanto pudo, dándome a entender que para él aquello era sólo una comedia a la que le obligaban y por la que no se sentía verdaderamente comprometido. ¡No era fácil ponerle trabas! No habría tolerado ningún obstáculo a su ambición o incluso a la realización de cualquier fantasía momentánea. Viéndole prestarse tan seriamente a los ritos del matrimonio que debían unirle por toda
una vida a aquella joven e insignificante Claudila, yo también tuve ganas de echarme a reír. En cuanto a Claudila, ella no tenía segundas intenciones. En aquella solemne ocasión, estaba orgullosa de unir su existencia para siempre a la de un hombre joven y bello, del que estaba visiblemente enamorada. Tiberio quiso que las bodas se celebrasen de la forma más tradicional, la que crea entre los esposos una unión casi indisoluble. Los novios compartieron, conforme al ritual, una torta de far, ese antiguo cereal que yo considero incomible. Prefiero con mucho las tortas de trigo, que se rellenan con carne de cerdo picada, pero parece que eso no estaba aún de moda en los tiempos antiguos en que nuestros antepasados regularon, de una vez para siempre, el rito de la confarreatio. Yo bien que lo lamento. Por suerte, Domicio y yo nos habíamos casado de un modo más simple, librándonos así de la torta de far. Cayo no se libró, pero pareció gustarle mucho, mientras que Claudila ponía cara de asco. Yo me dije que ella no sabría disimular y que no estaría a la altura de su joven marido. Aceptó de buen grado encender la antorcha que le presentaron y absorber la copa de agua clara que, con la llama de la antorcha, simbolizaba las necesidades más elementales de la vida, las necesidades que no podían satisfacer aquellos a quienes la ciudad arrojaba fuera de su seno, aquellos a los que se privaba del agua y el fuego. Durante el reinado de Tiberio yo había visto a muchos de esos parias, que ya habían dejado de existir para las divinidades y a los que no estaba permitido acoger en el propio hogar. Mis pensamientos iban hacia mis dos hermanos y también hacia mi madre, a quien la voluntad del príncipe excluyera tan injustamente de la comunidad humana. Tales pensamientos ensombrecieron considerablemente la alegría que yo habría debido sentir ante esa boda que se celebraba en nuestra villa de Antium,