Mesalina había muerto, mi seguridad estaba garantizada. Ya no tenía por qué hacer que se olvidaran de mi existencia, antes bien, y eso tal vez fuese para mí más importante aún, con la muerte de la Augusta desaparecía el principal obstáculo que me separaba del poder. De ahora en adelante me estaba permitido conquistar a Claudio, convertirme en su esposa. Eso implicaba, yo tenía perfecta conciencia de ello, que Crispo cediese el puesto a otro marido. Yo no abrigaba sentimientos de hostilidad hacia él, que ni estorbaba ni tenía ambiciones personales. Durante aquellos días de otoño, en que se tejía y destejía el drama en torno a Mesalina, él estaba en Tusculum, en su amada casa de campo, atareado con la vendimia. Me había dicho muchas veces que en aquel lugar ése era el momento más delicioso del año. Y yo lo creía de buen grado, aunque por mi parte prefería con mucho permanecer en Roma, donde tantas cosas interesantes reclamaban mi atención. Pero, forzada por la necesidad, hice una excepción y me dirigí a Tusculum. Sentía cierto desasosiego. Lo que tenía que decir no era muy agradable, y lo que habría de callar no lo era más. Así, cuando después de la cena nos quedamos solos -cosa que no sucedía desde hacía tiempo- en el comedor de verano, al aire libre, y abordé el tema que me preocupaba, distaba mucho de estar feliz y en paz conmigo misma. El plan que yo había formado era sencillo: o disolver nuestro matrimonio, o bien, si Crispo rehusaba, encontrar el medio de poner término a su existencia. Seguía habiendo, sin embargo, una dificultad. Crispo, en su generosidad, se había ocupado hasta entonces del bienestar de Nerón y mío. Nuestros bienes no eran tan abundantes. Desde la época de mi padre, un sinfín de acontecimientos desagradables los habían mermado. Era absolutamente necesario que una parte al menos de la inmensa fortuna de Crispo quedara para nosotros. Así que, una vez más, empecé a explicarle que yo vivía en una relativa pobreza y que lo mismo podía decirse de Nerón; añadí que éste, además, pronto estaría en edad de ocupar las magistraturas, y que eso costaba mucho dinero. Habría que dar Juegos, ofrecer banquetes al pueblo. Jamás podríamos permitirnos algo así. Tendríamos que pedir préstamos, pero ¿a cambio de qué garantías?
-No te inquietes, Agripina -me dijo Crispo-. Yo ya me he ocupado de eso. Tú eres mi heredera. Nadie te negará un crédito y tu hijo podrá dar los Juegos más espléndidos que jamás se hayan visto en Roma.
Yo le di las gracias, mi gratitud era del todo sincera. Pero la solución que él me proponía entrañaba una dificultad imprevista. En tal situación ¿cómo podía anunciarle yo que deseaba disolver nuestro matrimonio? ¿No daba eso al traste con su plan? Comprendí bruscamente que el mío no podía salir adelante si Crispo no moría. ¿Así que tenía que decidirme a provocar su muerte? ¿Qué me había hecho él para que yo tomara tal determinación? Crispo había sido siempre para mí el mejor y el más discreto de los maridos. Y era el más inofensivo de los hombres. ¿Tenía que sacrificarlo yo a mis ambiciosos planes? ¿O bien, para salvarlo y respetar su vida, renunciar a todas mis esperanzas? ¿Pero me estaba permitido renunciar? ¿No era sagrada la misión que me habían confiado los dioses? Volví a ver mentalmente el rostro de mi padre, con extraordinaria intensidad, y me pareció oírle decir:
-No me abandones, hija mía. Por duro que sea el camino, recórrelo hasta el final. Nuestra sangre tiene la misión de reinar en el mundo entero!
La visión desapareció tan bruscamente como había venido. Una extraña angustia se adueñó de mí. Al cabo, me recuperé. Crispo me miraba fijamente, como tratando de leerme el pensamiento; y supe que lo había logrado cuando oí que me decía:
-Creo que sé lo que estás pensando, Agripina. Pero has de saber claramente que yo no siento ira ninguna ni contra ti ni contra nadie. La Fortuna ha hecho que puedas realizar ahora lo que siempre has deseado: eso lo he comprendido no tanto por tus palabras como por ciertos silencios tuyos durante nuestras conversaciones, cuando abordábamos tal o tal tema. Yo soy el último obstáculo que se interpone entre el poder y tú. Pero no voy a serlo por mucho tiempo. Si te he nombrado heredera, es porque mi muerte está próxima. No haré nada por retardarla. Antes bien, la aceleraré. Tú sabes cómo ha sido mi vida; he cumplido mi deber de romano; he gozado plenamente de los placeres de la carne y del espíritu: que el divino Epicuro sea mi testigo. He conocido la amistad. Ah, por cierto, en cuanto te sea posible, no te olvides de levantar el destierro de Séneca, que se aburre en su isla y que me ha enviado unos versos tan hermosos. Por mi parte, en cuanto el sol se marche a visitar las lejanas regiones de los etíopes, pondré fin a mi existencia. Seré como ese comensal que, saciado, se retira del banquete. Y te dejaré, camino de tu destino: ¡ojalá sea tan apacible como el mío!
Las palabras de Crispo me sacaron del dilema en que me hallaba, pero al mismo tiempo me traspasaron como puñales, y al punto sentí por él una ternura de la que nunca me hubiese creído capaz. Protesté, con una falta evidente de convicción, diciendo que deseaba verle aún mucho tiempo a mi lado, que él me atribuía ideas que yo nunca había tenido. Fijó en mí una larga mirada, sin responder directamente a mis palabras, y dijo finalmente:
-Cuando haya muerto, tú serás la encargada de construir mi tumba. Deseo que ésta se eleve en la Vía Apia, muy a la vista, en un terreno que tú comprarás, al borde mismo de la calzada. No repares en el precio, añadió sonriendo. Poco importa la forma del monumento. Quiero solamente que pongan allí mi estatua, de pie, sobre una cuadriga. Cuatro hermosos caballos, ya sabes, como a mí me gustan. No estarán allí para llevar mi alma a las islas de los Bienaventurados, sino para dar testimonio del triunfo interior que he obtenido sobre las tentaciones y los vicios que nos acechan. Lo ves, yo triunfo incluso de esa estúpida pasión que tenemos por la vida. Si mi muerte puede servirle a Roma de provecho, sea bienvenida.
Guardó silencio, y al cabo añadió:
-Ya sabes que yo no creo que los dioses intervengan en nuestros asuntos. Sin embargo de eso no hay certeza absoluta, y, por si acaso interviniesen, no querría contrariar su voluntad. Me retiro, pues, amada Agripina, con el deseo de que tú también conozcas un día la paz que para mí espero y que ya voy entreviendo.
Por orden de Crispo me habían preparado unas habitaciones separadas a las que me retiré. Al día siguiente salí de la quinta, a primera hora de la mañana. Me dijeron que él aún estaba durmiendo y que no quería que le despertaran. Partí, pues, sin despedirme. Nunca lo volví a ver. Habíamos estado casados algo más de cuatro años; en la inscripción de aquella tumba de que me habló, yo podía escribir que habíamos vivido «en concordia y sin querella», según la fórmula usual. No me abandonó la melancolía durante el viaje de regreso a Roma. Cuatro días después un liberto de Crispo, llegado de Tusculum, me comunicó que, después de mi partida, su amo había rehusado tomar alimento y que se extinguió aquella misma mañana. Ni siquiera fue necesario que yo regresara a Tusculum. Ya se habían celebrado los funerales. Encargué a un contratista que se ocupara de comprar el terreno necesario en la Vía Apia y de construir el monumento que Crispo deseara. Todavía sigue hoy allí. Los caballos son magníficos. Aunque, la última vez que pasé por allí, me pareció notar que se había producido una fisura en el pecho de uno de ellos. ¿Es la piedra perecedera, como lo es toda carne?
No tardé en tomar posesión de los bienes de Crispo. Eran aún más considerables de lo que yo esperaba. En Roma, las noticias no permanecen secretas. Domicia, que nunca
me había perdonado que le quitase a Crispo, fue presa de un furor terrible cuando supo a cuánto ascendía la fortuna que me había legado y juró venganza. Pero, contra ella, sabré defenderme.
Estando en esto recibí una carta de Séneca, a quien yo había dado la noticia de la muerte de Crispo. Su respuesta era un epigrama muy corto, en el que manifestaba su dolor, afirmando que había perdido «la mejor parte de sí mismo», que ya nada le causaba nunca el menor placer y que habría querido compartir con él lo que le quedaba de vida. Adiviné que deseaba más que nunca regresar a Roma y me prometí que le daría satisfacción tan pronto me casara con Claudio.
Ese matrimonio debía ser la siguiente etapa en mi camino hacia el poder. Claudio no podía seguir sin mujer. Él no soportaba la vida solitaria. Claro es que no le faltaban concubinas, pero el placer ocasional que éstas le procuraban no le satisfacía. Le gustaba aparecer en público con una esposa a su lado. Deseaba que fuese bella y que supiese engalanarse. Y, más en lo hondo, tenía necesidad de una esposa con quien compartir las preocupaciones del poder, que fuese una consejera, aunque él, finalmente, se adhiriese a la opinión de otros. Yo conocía bien el carácter de mi tío. Lo sabía a la vez tímido y testarudo, vacilante y dispuesto a seguir la inspiración del momento. Sabía también que era enormemente distraído, que tendía a olvidar lo que le causaba cierto desagrado, y eso incluso en los asuntos más graves. Contaban que, habiendo ordenado por una u otra razón la ejecución de no se qué gran personaje, cuando el centurión encargado de hacerlo le dio el parte, como hacen los soldados, y le anunció que la orden había sido cumplida, él le dijo:
-¿Pero de qué me hablas? Yo no he dado ninguna orden. -Y añadió después-: Pero has hecho bien. Has venido en mi ayuda por propia iniciativa. Te recompensaré.
La presencia de una mujer a su lado no era superflua, para devolverle, cuando fuese necesario, al sentido de la realidad.
Por todas esas razones, hacía falta una esposa al lado de Claudio. Había que reemplazar a Mesalina. Todos los miembros de la casa imperial convenían en esa necesidad. ¿Pero a quién elegir? Debía ser una mujer noble y bella, joven aún y, a ser posible, poco dispuesta a renovar los excesos de la difunta emperatriz. Los tres favoritos del príncipe que habían sobrevivido a Polibio tenían cada uno su candidata. Calixto se inclinaba por Lolia Paulina, Narciso por Elia Petina. Mi propio campeón era, evidentemente, Palas. Y de todas partes venían argumentos, más o menos sinceros. Cada uno de los libertos esperaba que, si salía elegida la mujer que él recomendaba, ésta le daría pruebas de su agradecimiento. Elia Petina había estado casada en otro tiempo con Claudio; la separación se debió a razones fútiles. El tiempo había borrado aquel malentendido. ¿Por qué no reanudar una unión que, en suma, no había sido desafortunada? Así hablaba Narciso. Añadía que de aquel matrimonio había nacido una hija, Antonia, que de esa manera volvería a hallar una verdadera familia.
Calixto abogaba por la causa de Lolia. Ensalzaba su belleza, recordaba que ya había reinado, cuando Cayo se casó con ella; había sido repudiada, eso sí, pero por ser estéril, y eso constituía un argumento más a su favor, puesto que así no podría dar al príncipe unos hijos que suplantaran a Octavia y a Británico. La paz reinaba en la mansión imperial. Por un momento, aquella Lolia pareció a punto de llevarse la palma. Deseaba apasionadamente volver a hallar el rango que tuviera durante unos meses al lado de Cayo. Yo supe que consultaba a los adivinos para averiguar si Claudio la tomaría por esposa, y eso me procuraba contra ella un arma de la que me serviría más tarde.
Palas, quien sabía que desde hacía tiempo mi tío y yo sentíamos un hondo y vivo afecto el uno por el otro, fue más hábil que los otros dos. Se las ingenió para organizarme encuentros con Claudio en el curso de los cuales volvimos a reanudar nuestra intimidad
de antaño, y más aún. De manera que no tardé en ser para él algo más que una sobrina y ya casi una esposa. Abiertamente, Palas ensalzaba mis orígenes, traía a la memoria el recuerdo de Germánico, convertía en mérito mío el hecho de traerle al príncipe un hijo ya crecido, nacido de un padre que pertenecía a la más ilustre nobleza romana y que se había hecho célebre combatiendo en defensa de la libertad. Además, decía Palas, mi marido acababa de morir y yo era lo bastante joven como para -caso de contraer nuevo matrimonio con otro que no fuese el emperador- traer al mundo hijos que, por su nobleza, podrían hacer sombra a la casa imperial. Y no se me podía obligar a permanecer viuda.
No competía desde luego a los libertos el tomar una decisión. Esta sólo podía venir de Claudio, pero la discusión pronto pasó a la plaza pública. Mi matrimonio se convertía en asunto de Estado, sobre el que todo el mundo opinaba. Había una tendencia general a darme a mí la preferencia. Había poca gente que hablara en favor de Lolia y de Petina: ellas no eran hijas de Germánico ni recogían los frutos de su prestigio. En contra de lo que cabía esperar, el hecho de que Cayo hubiese sido mi hermano era otro argumento a mi favor. La gente había olvidado sus locuras, su crueldad, para conservar únicamente el recuerdo de su juventud, de su alegría, y de los primeros meses de su reinado, cuando el pueblo le amaba. Es cierto que sólo los círculos más allegados a él fueron los que hubieron de sufrir sus ataques de ira y su tiranía. Yo, por mi parte, creí notar que el exilio al que Cayo nos condenó a Livila y a mí favorecía mi causa. Se me compadecía, se me admiraba por haber triunfado sobre la desgracia y vencido a la Fortuna. Y luego ¡yo era tan distinta de Mesalina! Se hablaba con indulgencia de lo que llamaban mis descarríos de adolescente; y se hacía responsable de ellos a Cayo; por lo demás, yo jamás había provocado escándalos. Todo lo más, fui la víctima inocente de las intrigas inevitables en torno al poder. En una palabra, era a mí a quien el senado y el pueblo deseaban ver casada con Claudio.
Seguía habiendo, sin embargo, un obstáculo. Claudio era el hermano de mi padre y, por esa razón, nuestro matrimonio tenía carácter de incesto. Impuro a los ojos de los dioses, constituía una amenaza para el conjunto del Estado. Me preguntaba yo cómo podría resolver la dificultad, cuando vino en mi ayuda un aliado imprevisto, Vitelio, quien, a la sazón, era censor y gozaba por ello de un prestigio muy especial en asuntos de moral. Poco tiempo antes de las Saturnales, vino a verme espontáneamente y, sin más preliminares, me declaró que estaba dispuesto a ayudarme si yo lo deseaba. Ya no llevaba consigo la zapatilla de Mesalina y, aparentemente, estaba curado de la pasión por ella de que había hecho gala. Cuando estuvimos solos me dijo:
-No creas, Agripina, que echo de menos a Mesalina. Se estaba volviendo peligrosa en exceso. Gracias a los dioses, tú no te pareces a ella, y yo sería feliz si pudiese servirte. El pueblo romano desea que tú seas emperatriz. Lo sabes y no hace falta que te explique las razones de esa preferencia. Las conoces tan bien como yo. Tampoco ignoras el prejuicio que existe contra ese matrimonio que tú y yo deseamos. Lo que hay que hacer es crear una situación tal que tu unión con Claudio sea inevitable, y se imponga con tanta evidencia que elimine ese viejo prejuicio. Y hay una manera de llegar a esa situación: imagina que el príncipe dé a\su hija en matrimonio a tu hijo. Estaríais unidos ya, automáticamente. Nada podría impedir entonces que lo fueseis oficialmente.
Yo le respondí que su plan me parecía muy ingenioso, pero que tropezaba con una grave dificultad. Octavia estaba ya prometida con Silano y no había ninguna razón plausible para romper esos esponsales. El novio era del agrado de Claudio quien le había concedido honores excepcionales. ¿Cómo iba a volverse atrás el príncipe?
-No te preocupes. Yo tengo un arma infalible contra Silano. Déjame hacer a mí y el éxito está garantizado.
No quiso precisarme cómo era aquel plan, pero no tardé en saberlo. Unos días después, en el senado, Vitelio acusó a Silano de haber mantenido relaciones incestuosas con su hermana Junia Calvina. ¿Era verdad? Puede que sí, pero a mí eso no me interesaba. Calvina me resultaba odiosa; tenía fama de bella (sin serlo, en realidad), pero era, sobre todo, vanidosa y y deseaba que la admirasen. Y lo conseguía. Si su hermano se casaba con Octavia, mi influencia se había ido a pique. Era muy posible que Claudio no opusiera resistencia a sus avances. Yo le conocía lo suficiente como para saber que eso era más que probable. Así que la acusación lanzada contra ella por Vitelio, verdadera o no, era bienvenida.
Mientras que hablaba Vitelio, Claudio se mostró muy interesado. Le repugnaba, evidentemente, dar a su hija a un marido que había tenido relaciones de esa índole con una hermana. Finalmente, se dejó convencer. Al día siguiente, comunicaba a Silano que quedaban anulados los esponsales y Vitelio, en su calidad de censor, excluía al joven de la lista de senadores. Silano dimitió inmediatamente de las funciones de pretor, que ejercía aquel año, y se retiró de la vida pública. ¿Era realmente culpable? Hoy pienso que no. Vitelio acudió en mi ayuda y en ayuda del Destino. La suerte de Silano contaba poco cuando estaban en juego asuntos de tal gravedad.
Yo le había escrito a Séneca contándole toda la historia y él me respondió ingeniosamente con un epigrama de los que le gustaba hacer para distraer su monótona existencia. Lo he vuelto a encontrar y no resisto la tentación de reproducirlo aquí:
«Eres bella, lo confieso, rica, noble, seductora; lo admito, bueno: págame con la misma moneda. Sí, no eres casta; sí, te han sorprendido. Dirás que no. El asunto ha llegado a los tribunales; otra vez dice ella que no es verdad. Di más bien: "Sí, pero sólo una vez, sí, pero yo era una niña, y cuando me sorprendieron, con quién, ¡con mi hermano!" Era tu hermano. No es nada, Júpiter hizo lo mismo. Pero lo que no hizo Júpiter, lo hacéis vosotros.»
Aquel poemita circuló por Roma y provocó gran hilaridad. Pero -eso era para mí más importante- Nerón iba a poder casarse con Octavia. De forma que mi matrimonio con Claudio parecería casi inevitable. También fue Vitelio quien forzó esta vez la decisión. En el mismo momento en que deshacía la alianza de Silano y Octavia, preguntó solemnemente a Claudio, que estaba en el Foro, en una sesión de su tribunal, si estaba