LA MINERÍA EN LA HISPANOAMÉRICA COLONIAL
LA MINERÍA 6 5 Huancavelica de los centros argentíferos En Potosí, los precios decayeron de
104,25 pesos a finales del siglo xvi, a 97 en 1645, permaneciendo estables hasta 1779 en que bajaron a 79 pesos, y en 1787 a 71 pesos. Sólo en 1809 llegó a ser casi tan barato el mercurio en Perú, a 50 pesos, como lo había sido en Nueva Es- paña en las postrimerías del siglo xviii.
El aumento general de la producción de plata a finales del siglo xviii, espe- cialmente en Nueva España, coincidió estrechamente con reducciones del precio del mercurio. Este hecho no puede ser totalmente fortuito, y sugiere que las re- ducciones anteriores habían sido provechosas para la corona, especialmente a partir del momento en que Almadén empezó a producir en abundancia después de 1700.
SISTEMAS DE TRABAJO
La minería dependía de la fuerza de trabajo indígena. Los negros, esclavos o libres, representaban tan sólo una pequeña proporción, excepto en las minas de oro, donde integraban la mayor parte de la mano de obra. La ocupación más cercana al trabajo físico de las minas que realizaban los blancos era la prospec- ción; por lo general eran supervisores y propietarios. También podían encon- trarse mestizos ejerciendo tareas físicas en las minas hacia el siglo xviii, pero cuanto más españoles parecían, más difícil era que se dedicaran a dichos tra- bajos.
; Los sistemas comunes de trabajo implantados en la etapa colonial proporcio- naron a la minería sus trabajadores indígenas: generalmente, por orden cronoló- gico, dichos sistemas fueron los de encomienda, esclavismo, trabajo forzado y trabajo a jornal. La minería inicialmente practicada en las Antillas antes de 1500, de placer o de excavación para la extracción de oro, era realizada por in- dios que Colón había distribuido entre los colonos, según una temprana y des- piadada forma de encomienda. Se añadieron rápidamente aborígenes esclaviza- dos de las Pequeñas Antillas y rápidamente se agregaron los del mar Caribe. Y después, cuando la población nativa se derrumbó, bajo circunstancias entre las que la demanda de las minas de oro no es la menos culpable, se recurrió a los es- clavos negros. Mientras tanto, el empleo de indios en la minería en régimen de encomienda o esclavitud se extendió por Centro y Sudamérica según estas tierras se iban incorporando al imperio. Por supuesto, el avance de la conquista produjo esclavos, ya que en todas partes hubo indígenas que se resistieron obstinada- mente, justificándose así su esclavización cuando eran capturados en la batalla. Así pues. Cortés, por ejemplo, podía emplear cerca de 400 indios en los yaci- mientos de oro de Tehuantepec en la década de 1540.
El reclutamiento forzado de trabajadores indígenas sucedió a la encomienda, aunque no se puede distinguir una separación neta entre ambos sistemas. En los dos virreinatos, el reclutamiento de mano de obra para la minería estaba amplia- mente organizado hacia finales de la década de 1570: se trataba del «reparti- miento» en Nueva España y la mita («tumo» en quechua) en el Perú. Pero los orígenes de estos sistemas precedieron con mucho a la década de 1570. Hacia 1530 en Guatemala; por ejemplo, los colonos y oficiales españoles simplemente
obligaron a cuadrillas de indios nominalmente libres a lavar oro durante perío- dos determinados. Y hacia 1549, los indios de encomienda enviados a Potosí por sus amos desde ciertas zonas del Perú y de Charcas, se referían a su estancia en las minas como mita, estancia de 6 a 12 meses tras los cuales eran substituidos por otros y regresaban a sus hogares. La utilización del término quechua, indi- caba claramente que se asociaba el trabajo para los españoles a la mita impuesta previamente por los incas, reclutamiento para diversos tipos de obras públicas, incluida la minería. Los aztecas habían establecido un tipo parecido de recluta- miento (^coatequitl) en sus dominios. Sin duda la existencia de estos antecedentes autóctonos facilitó la imposición de sistemas de reclutamiento.
A lo largo del siglo xvi, la mano de obra reclutada superó gradualmente a la de encomienda y a los esclavos indígenas en las minas. A medida que finalizaba la fase militar de la conquista, los suministros de esclavos fruto de las guerras jus- tas decayó; y simultáneamente se reforzaron las leyes que limitaban la esclaviza- ción de los indígenas.'iMientras tanto, la corona y muchos colonos empezaron a encontrar ventajas en los sistemas de reclutamiento de mano de obra, ya que su consecuencia inmediata era la de apartar a los indios del arbitrario control de los encomenderos y ponerlos a disposición del creciente número de españoles no encomenderos. En ello, la corona veía tanto una satisfactoria reducción de la ri- queza y poder político de los encomenderos, como una utilización más produc- tiva de la menguante mano de obra indígena. Los reclutamientos oficiales tam- bién proporcionaban a la corona la posibilidad de cumplir otros objetivos: primeramente, crear una fuerza de trabajo nativa asalariada en América, ya que otra diferencia entre los reclutamientos oficiales y la encomienda era que los indios reclutados recibían un salario; por otra parte, limitar la duración de los períodos de trabajo de los indios, puesto que se asignaban los reclutamientos para períodos determinados, aunque variables, según las necesidades locales de trabajo.
El más extenso, organizado, famoso y —según las estimaciones generales- infame de los reclutamientos forzados mineros fue la mita de Potosí. Puede to- marse como modelo de otros reclutamientos tanto en Nueva España como en Sudamérica, aunque cada uno tuviera detalles específicos. Normalmente se res- ponsabiliza personalmente de la mita de Potosí y de su crueldad, al virrey pe- ruano que implantó el sistema, don Francisco de Toledo. Pero Toledo actuaba de acuerdo a instrucciones generales de la corona para forzar a los indios a la mi- nería —instrucciones que le crearon tales cargos de conciencia que vaciló du- rante dos años antes de llevarlas a la práctica—. Finalmente, en 1572, mientras viajaba del Cuzco a Potosí realizando una inspección general del Perú, empezó a organizar la mita, instruyendo a los jefes {curacas) de los altos pueblos andinos para que enviasen hoi^bres bien capacitados a Potosí. La zona que finalmente se designó como fuente de trabajadores era enorme, y comprendía unos 1.300 km, entre Cuzco en el norte y Tarija en el sur, y un máximo de 400 km a lo ancho de los Andes; a pesar de todo, sólo se incluyeron 16 de las 30 provincias que»com- ponían la zona, descartándose principalmente las más bajas y cálidas, porque se temía que los habitantes de estas provincias fueran demasiado propensos a con- traer enfermedades si se les enviaba a las altas y frías tierras de Potosí. Aproxi- madamente un 14 por 100 (la séptima parte) de la población sometida a tributo
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