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LA MINERÍA 5 5 unas dimensiones aproximadas de 100 por 45 m, condujeron a la proliferación

In document HISTORIA DE AMÉRICA LATINA (página 53-57)

LA MINERÍA EN LA HISPANOAMÉRICA COLONIAL

LA MINERÍA 5 5 unas dimensiones aproximadas de 100 por 45 m, condujeron a la proliferación

de pequeñas minas, que apenas valía la pena explotar con cierto cuidado. Por úl- timo, la disponibilidad de mano de obra indígena no favorecía la buena planifi- cación de las explotaciones: resultaba más barato, por ejemplo, emplear el «sis- tema del rato», haciendo que los trabajadores sacaran el material a través de una cadena serpenteante, que cavar pozos verticales especiales. Ello fue así especial- mente en las primeras décadas, mientras abundó la mano de obra indígena; hacia finales del siglo xvi ésta se fue haciendo escasa y cara, y los indicios de ra- cionalización que se evidenciaron entonces en las explotaciones fueron proba- blemente consecuencia, al menos en parte, de esta contracción de la oferta de mano de obra.

La primera mejora que condujo a una notable racionalización de las explota- ciones subterráneas fue la excavación de socavones: túneles ligeramente inclina- dos que, desde la superficie, intersectaban las galerías inferiores de la mina. Los socavones permitían la ventilación y el drenaje, y facilitaban la extracción del mi- neral y los escombros. Resultaba mucho más ventajoso en las explotaciones con- centradas, ya que entonces podía cortar varias minas al mismo tiempo. Concen- traciones de este tipo existían en la cima de la montaña de Potosí. No debe sorprender, por lo tanto, que en 1556 se iniciase la excavación de un socavón en dicha mina, ni que a principios de la década de 1580 funcionasen nueve. En Nueva España, incluso los grandes centros carecían de semejante concentración de minerales y de minas. No obstante, el homónimo mexicano de Potosí, San Luis Potosí, utilizó con excelentes resultados un socavón a principios del siglo xvii para la explotación de su fuente principal de mineral, el Cerro de San Pe- dro. Para entonces, el socavón se había convertido en una técnica normal de la explotación subterránea llamada a perdurar. Los socavones también sirvieron para consolidar las explotaciones como sistemas más amplios. Los mineros co- menzaron a proponerse tal consolidación hacia mediados del siglo xvii, com- prando las concesiones adyacentes y conectándolas mediante socavones y gale- rías. Las dimensiones de estas explotaciones integradas fue creciendo con el tiempo, haciéndose considerables en algunos casos hacia finales del siglo xviii, momento en que aparecieron grandes compañías mineras. Estas compañías po- dían reunir a numerosos socios cuyo capital servía para financiar extensas explo- taciones subterráneas. La empresa La Valenciana de Guanajuato que según un historiador era una «ciudad subterránea», es el mejor ejemplo.' Esta era precisa- mente la mina que Humboldt criticaba. Pero, con sus galerías con apuntala- miento de obra, sus muchas fuentes de ataque, sus pozos verticales (especial- mente el gran pozo octogonal de San José con 550 metros de profundidad y 10 metros de ancho), La Valenciana distaba mucho del primitivo «sistema del rato». La integración a gran escala tuvo lugar en otros lugares de México, pero fue infrecuente en Sudamérica, por razones aún no elucidadas.

Deben mencionarse otras tres mejoras aplicadas a la extracción, de tipo pu- ramente tecnológico. Hacia finales del siglo xvi, se utilizaban ocasionalmente bombas para el drenaje de las minas. Probablemente eran bombas aspirantes,

5. D. A. Brading, Miners and merchants in Bourbon México, 1763-1810, Cambridge, 1971, p. 287.

impelentes o de cadena y trapos, según los modelos mostrados en el sexto libro de la obra de Agrícola De re metallica, consultada por los mineros españoles.'' Por lo menos algunas de las bombas eran accionadas mediante fuerza humana. El agua era elevada mediante grandes bolsas de cuero, que podían arrastrarse a lo largo de túneles inclinados, mientras que las bombas requerían pozos vertica- les especiales. También podían emplearse malacates impulsados por fuerza ani- mal, para este cometido. Los malacates* fueron la segunda mejora tecnológica importante. Hacia el siglo xviii, se habían convertido en Nueva España en un re- curso habitual para la extracción tanto del agua como del mineral, aunque son menos frecuentes en las minas andinas. Los malacates se hicieron más potentes a medida que crecieron las explotaciones mineras. En el gran pozo de La Valen- ciana, operaban no menos de ocho malacates simultáneamente, siendo acciona- dos por muías o caballos. El vapor no llegó a Hispanoamérica hasta la segunda década del siglo xix. El tercer avance tecnológico digno de mención fue la vola- dura. La primera utilización de esta técnica tuvo lugar en Hungría en 1627; pero se desconoce exactamente cuándo se adoptó en Améríca. Existen alusiones de su utilización en Huancavelica hacia 1635, pero se sabe de su presencia induda- ble en el distrito de Potosí en la década de 1670. En el siglo xviii era una técnica generalizada que probablemente contribuyó en gran medida a la reanimación de la producción de plata en Hispanoamérica durante la primera mitad del siglo, y a su crecimiento extraordinario durante la segunda.

Las prácticas descritas hasta aquí eran aplicables a los filones auríferos, aun- que dichas explotaciones fuesen considerablemente menores que las minas de plata. Además, las minas de filones de oro eran infrecuentes; los principales ejemplos se encontraban en las tierras altas de Nueva Granada. La mayor parte del oro procedía de yacimientos aluviales, de donde se extraía mediante técnicas relacionadas con el placer o lavadero de oro.

PROCESOS DE TRANSFORMACIÓN

El mineral de plata era desmenuzado en la mina con el fin de eliminar los materiales inútiles. El concentrado resultante quedaba entonces listo para ser so- metido al proceso de transformación, que normalmente se llevaba a cabo en una refinería conocida en Nueva España como «hacienda de minas» y en los Andes como «ingenio». La refinería para la amalgana tenía una planta compleja. Nor- malmente consistía en una amplia plaza cercada por un muro, donde había al- macenes, establos, una capilla, alojamiento para los amos y los trabajadores, ma- quinaria para triturar el mineral, tanques o patios pavimentados para amalgamarlo y cisternas para lavarlo. Las refinerías se emplazaban en poblacio- nes mineras, donde se beneficiaban de la concentración de los servicios y los su- ministros, como la mano de obra, los artesanos (especialmente carpinteros y for- jadores), y la comida. Alrededor de 1600, Potosí, que entonces se encontraba en su apogeo, tenía 65 refinerías; y Nueva España un total de 370. En cualquier

6. Georgius Agrícola, £)e re meía//ica, Basilea, 1556.

FIGURA 1. Vista esquemática de un molino hidráulico de cuño

momento de su historia colonial es probable que Hispanoamérica contara con 400 a 700 refinerías en activo, variando la cantidad según las condiciones impe- rantes de auge o depresión.

El mineral concentrado en la refinería era triturado hasta quedar reducido al tamaño de los granos de arena, para garantizar así el máximo contacto entre la plata y el mercurio en la amalgama y obtener la máxima producción de plata. El sistema comúnmente empleado era el bocarde o machacadora, máquina simple pero maciza consistente en un cierto número de martinetes de pilones con pe- sado revestimiento de hierro (generalmente seis u ocho) levantados alternativa- mente mediante levas fijas en un pesado eje rotatorio, y que caían sobre un lecho de piedra, provisto en ocasiones de bloques de hierro (véase figura 1). Cada re- vestimiento podía llegar a pesar aproximadamente hasta 70 kg. En algunos casos se montaron prensas dobles, en las cuales un solo eje era accionado por una rueda hidráulica dispuesta en el centro verticalmente. En estos casos, el número de martinetes podía llegar a dieciséis.

Las machacadoras eran impulsadas por agua, por caballos o por muías. A comienzos de la década de 1570, existían en Potosí machadoras accionadas me- diante ftierza humana, pero desaparecieron debido a su ineficacia. La elección de la ñiente de energía dependía de las circunstancias locales. Eran muchas las zonas de Nueva España que carecían del agua suficiente para impulsar la maqui- naria, mientras que muchas regiones andinas eran demasiado áridas para susten- tar a los animales necesarios. Así pues, hacia 1600, solamente un tercio de las

machacadoras mexicanas eran accionadas por fuerza hidráulica, la mayoría de ellas en la zona central de Nueva España, más húmeda que la zona norte del alti- plano; mientras que en Potosí, hacia la misma época, no quedaba casi ninguna impulsada por fuerza animal debido a la falta de pastos, lo cual obligó a cons- truir embalses y acueductos que suministrasen agua durante todo el año. La do- cumentación referente a Potosí en la década de 1570 sugiere, además, que gene- ralmente las machacadoras impulsadas por agua daban un mayor rendimiento por unidad de capital y trabajo invertido, que las de fuerza animal. Con una idéntica inversión de capital en la instalación, las machacadoras impulsadas por agua trituraban el doble de mineral por día que estas últimas, mientras que la productividad del trabajo (cantidad de mineral procesado por cada trabajador indígena por día) era quizá cinco veces superior. Los distritos mineros bien abas- tecidos de agua gozaban, por tanto, de notables ventajas.

Existían otros tipos de prensas, por ejemplo la clásica rueda de molino gi- rando de costado sobre una base de piedra; pero la machacadora se impuso rápi- damente en los principales distritos debido a su mayor capacidad. Su diseño ha- bía sido ya perfeccionado en Europa antes de que se empezase a procesar el mineral a gran escala en América, y está claramente descrito en el libro VIII de la obra de Agricola De re metallica. Si se requería un mayor grado de pulveriza- ción, se recurría a otro procedimiento conocido como tahona, arrastre o arrastra. Se trataba de un simple mecanismo consistente en una base de piedra enmarcada por un múrete bajo, con una o más piedras duras y pesadas que colgaban de una viga montada sobre un eje clavado en el centro de la base. Los animales hacían girar la viga, arrastrando la piedra sobre la base. Según Humboldt, la finura de grano conseguida en estas instalaciones no era igualada por ningún centro mi- nero europeo. Sin embargo, la tahona, aunque conocida desde los comienzos de la etapa colonial, se utilizó sobre todo en el siglo xviii en Nueva España, pero no en todos los centros. Su ausencia en otros momentos y lugares carece aún de ex- plicación.

Una vez triturado, el mineral ya estaba listo para la amalgama. Este proceso lento pero seguro era la base de la producción de plata, porque permitía refinar con costos bajos las grandes cantidades de mineral de baja calidad de que se dis- ponía en Hispanoamérica. Se sigue discutiendo sobre la identidad de los intro- ductores de dicho proceso en América, y sobre si, de hecho, era un invento to- talmente original. La opinión general es que su «invención» fue debida a Bartolomé de Medina, sevillano que, con los consejos de algún técnico alemán, introdujo la técnica en Nueva España a comienzos de la década de 1550. No se discute el hecho de que, a pesar de que los principios de la amalgama se cono- cían desde la antigüedad, su primera utilización a escala industrial tuvo lugar en el Nuevo Mundo. En feste sentido, se puso en práctica en varios centros mexica- nos a finales de la década de 1550, en los Andes centrales desde 157L Este re- traso se debió posiblemente a que las minas andinas fueron descubiertas más tarde, y por tanto se dispuso en ellas hasta una fecha más tardía que en México de buen mineral de fundición, por lo que durante un tiempo la amalgama fue in- necesaria.

El clásico proceso de amalgama realizado en América tenía lugar en un patio —superficie amplia, llana y pavimentada en piedra, techada en ocasiones—. Se-

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