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Minorías étnicas e inmigrantes de ultramar

A) Bretones. La población peninsular durante la época visigoda estuvo también constituida por algunos otros grupos populares que, pese a su carácter minoritario, deben ser expresamente recordados. Así procede, no sólo por constituir porciones bien distintas dentro del conjunto de la población de Hispania, sino también porque alguno de esos grupos jugó un papel importante en la historia social, religiosa y política de la sociedad española en los siglos V al VIII.

En el noroeste de la Península, quizá durante la segunda mitad del siglo V, se instaló en tierras del reino suevo una colonia de inmigrantes bretones, que estudió P. David en el comentario a su edición del Parochiale, un texto que se describirá al exponer la administración eclesiástica. La diáspora bretona siguió a la conquista anglosajona de la antigua Britania romana. Una parte de la antigua población céltica se refugió en la

Domnonea —la Península de Cornualles—, en el extremo suroccidental de la isla. Otros

bretones cruzaron el mar y se instalaron en la Armorica —la «Bretaña» francesa—. Un grupo de emigrantes llegó más lejos y se estableció compactamente en una franja costera de Galicia, entre El Ferrol y el río Eo. Esos bretones de Galicia conservaron su típica organización eclesiástica, formando una diócesis centrada en torno a un monasterio —Britonia—, cuyo obispo, que asistió al concilio I de Braga de 572, tenía un nombre céltico inconfundible, Mailoc. La existencia de una estructura diocesana propia, con jurisdicción sobre las iglesias de los «britones», hace pensar que éstos constituyeron durante mucho tiempo un grupo popular diferenciado y con personalidad bien definida.

B) Africanos y orientales. Sería impropio hablar de otros grupos humanos de procedencia extranjera constituyendo en Hispania núcleos compactos de población y asentados sobre un determinado territorio, como fue el caso de los «bretones». Africanos y orientales vinieron a la Península por razones de diversa índole —religiosas, políticas, mercantiles—, individualmente o en grupos reducidos. Muchos de ellos se instalarían aquí de modo estable, integrándose a la larga en la población hispánica de la época.

La Península Ibérica y el áfrica latina mantenían desde época romana intensas relaciones, que no se interrumpieron en la época visigoda. Los hispanos estaban acostumbrados a viajar a áfrica, y los africanos a España, y a buscar refugio en unas u otras costas, si las circunstancias lo exigían. Así, en el año 484, la población católica de la ciudad marítima de Tipassa —en la Argelia actual— se trasladó a tierra española, huyendo de la persecución del rey vándalo Hunérico. Desaparecido el reino vandálico, la situación del áfrica latina, en poder del Imperio bizantino, fue a menudo insegura, a consecuencia de las reiteradas agresiones por parte de tribus moras del interior, rebeldes a la autoridad imperial. El estado de cosas se hizo particularmente crítico en la segunda mitad del siglo VI, y determinó, según parece, una nueva oleada migratoria de africanos a la Península. Ahora, no por motivos de opresión religiosa, llegaron a Hispania monjes africanos, ansiosos de encontrar bajo los reyes visigodos arrianos la seguridad que no podía ofrecerles el emperador ortodoxo de Constantinopla. «Dándose cuenta de que amenazaba la violencia de los pueblos bárbaros» —según dice san Ildefonso—, el abad

Donato se trasladó desde áfrica con los 70 monjes de su comunidad y la biblioteca monástica, y fundó en la Celtiberia el monasterio Servitano. Otro africano, el abad Nancto, recibió de Leovigildo tierras para establecerse en la región de Mérida.

No se sabe si fueron muchos los bizantinos venidos a España como funcionarios, militares o comerciantes que permanecieron en la Península tras la desaparición de la provincia imperial y se integraron de modo definitivo en la población hispánica. Pero existe un volumen considerable de documentación literaria y arqueológica que atestigua la presencia de numerosos orientales y colonias de orientales establecidos en Hispania desde largo tiempo atrás. El término «orientales» significa aquí gentes procedentes de Oriente mediterráneo, en especial, griegos, sirios, egipcios y judíos. El elemento judío será estudiado luego por separado, dada la excepcional importancia que alcanzó. Ahora procede dedicar la atención a los otros orientales establecidos en la España visigoda.

Las colonias de orientales —muchas de ellas de antiguo origen— tuvieron de ordinario su asiento en los principales puertos marítimos y fluviales del levante y mediodía peninsulares. Entre los orientales figuraban en primer lugar los sirios, que dominaron el comercio marítimo en el Mediterráneo hasta las invasiones árabes. Salviano de Marsella, refiriéndose a la región del sur de las Galias, escribió que los comerciantes sirios se hallaban establecidos en las principales ciudades, y lo mismo sucedía en España. Sirios serían, sobre todo, los transmarini negotiatores, a los cuales están dedicadas cuatro leyes «antiguas» del Liber Iudiciorum. Y sirios eran la mayoría de los muchos clérigos orientales presentes en Hispania a principios del siglo VI, a los que hace referencia una epístola del papa Hormisdas (2 de abril de 517).

Cartagena sostuvo ya relaciones con Siria en época romana; luego, durante los 70 años de dominio imperial, fue la principal urbe bizantina y mantenía constantes comunicaciones con Oriente. En Málaga existió en época romana una importante colonia de negotiatores sirios, que al parecer se mantuvo durante el período visigodo. Sevilla contaba también con una colonia siria, que en el siglo III celebraba fiestas en honor de Salambó. La presencia de un obispo sirio monofisita en la ciudad, cuando se celebraba el concilio Hispalense II, en noviembre de 619, parece un indicio de que en el siglo VII Sevilla seguía albergando una comunidad siria. Inscripciones griegas indican la probable existencia de colonias orientales en otras localidades como Tarragona, Elche, Cartega, Mértola, Lisboa y Mérida. En esta última ciudad, las noticias literarias complementan a los datos arqueológicos. Las Vidas de los Padres de Mérida contienen la biografía de dos obispos griegos que ocuparon sucesivamente la sede metropolitana en el siglo VI: Paulo y Fidel, su sobrino. El obispo intruso, favorecido por Leovigildo, que usurpó aquella sede durante el destierro de Másona, su legítimo pastor, parece que sería de ascendencia oriental, a juzgar por su nombre, Nepopis, seguramente egipcio.

C) Los judíos. En la población visigoda, el elemento judío tuvo extraordinaria importancia. Gran número de los miembros de esta minoría sería de ascendencia oriental, exponente en España de la «Diáspora», que sembró de comunidades judías las provincias del Imperio romano. Judíos serían muchos de los «orientales» o de los «comerciantes de ultramar», llamados así genéricamente por las fuentes

contemporáneas. Pero, aunque no sabemos en qué proporción, había también judíos de procedencia indígena hispana, conversos a la religión mosaica por el proselitismo hebreo. En torno a los judíos visigodos se creó, como es sabido, un gran problema político- religioso, que, desde esos puntos de vista, es objeto de estudio especial en otro lugar. Ahora procede tan sólo considerar a los judíos como elemento constitutivo de la población hispánica de aquel período histórico.

Comunidades judías existieron en las principales ciudades de la Hispania visigótica, que fueron también focos de la vida mercantil. El comercio, incluido el ultramarino, constituiría una actividad profesional ampliamente difundida entre los judíos. Baste recordar que dos medidas tomadas por Egica contra ellos fueron la prohibición de ejercer el comercio con cristianos y de tener acceso al cataplus, la lonja de contratación especialmente destinada a las operaciones del comercio exterior. Sin embargo, la dispersión territorial de muchos judíos, que se desprende de una ley de Sisebuto a la que se hará en seguida referencia, parece indicar que hubo también judíos en localidades menores, dedicados seguramente a labores agrícolas. El poder económico de las comunidades hebreas sería grande; prueba de ello es el interés demostrado igualmente por Egica, en los momentos de más acerba persecución, por asegurar la continuidad en el cobro del «tributo judaico», el impuesto especial pagado por los judíos, al que el Fisco regio no quería de ningún modo renunciar.

La palabra «judío» se emplea aquí en el mismo sentido ambiguo que imponía el estado de cosas existente en la España del siglo VII, tras los bautismos forzosos impuestos por Sisebuto. La misma palabra —«judíos»— se empleó para designar tanto a los hebreos no bautizados como a aquellos que recibieron el bautismo, pero seguían integrados en sus comunidades tradicionales y constituían un grupo propio y homogéneo; estos últimos eran tenidos por suspectos, pese a la conversión, y no se habían integrado con el resto de la población cristiana. Las principales ciudades en las que consta la existencia de judíos son las que a continuación se relacionan.

En primer lugar estaba Toledo, la capital del reino, cuya comunidad hebrea revestía verdadera importancia. A principios del siglo VII, seguramente durante el reinado de Witérico, el conde Froga, gobernador de la ciudad, favorecía abiertamente a «la sinagoga» frente a la Iglesia local y su obispo Aurasio. Los judíos toledanos acatarían luego el mandato de Sisebuto de recibir el bautismo y se hicieron formalmente cristianos, aunque con una conversión forzosa, que estuvo lejos de ser sincera. La comunidad hebrea toledana, formada desde entonces por cristianos judaizantes, suscribió al menos en dos ocasiones —bajo los reyes Chíntila y Recesvinto— un compromiso corporativo por el cual prometían ser desde entonces fieles a la fe católica. Cuando llegó la conquista islámica, la comunidad de Toledo seguía existiendo, pese a las persecuciones que había sufrido; Tarik, la organizó militarmente y le confió la guarda de la ciudad. Eso mismo sucedió por lo menos en otras localidades de importancia, lo que demuestra que también en ellas sobrevivían comunidades hebreas considerables al final de la época visigoda: los judíos de Elvira, Mérida y Sevilla se transformaron igualmente en guarnición de su respectiva ciudad al servicio de los invasores árabes. En Mérida, capital de Lusitania, casi siglo y medio antes de la ruina del reino toledano, los judíos abundaban tanto que, cuando el obispo Másona fundó allí un hospital, dispuso de modo expreso que estuviera abierto indistintamente a toda suerte de personas, lo mismo cristianos que judíos.

A los ojos de los historiadores árabes, Tarragona sobresalía por la importancia que tenía el elemento judío en la población de la ciudad; tal fue la razón del sobrenombre que aquellos historiadores le adjudicaron: Medina-al-Yahud, ciudad de los judíos. No lejos de

allí, en Tortosa, la inscripción sepulcral trilingüe —en hebreo, griego y latín— dedicada a Meliosa, una joven mujer de 24 años, sirve también de prueba de la presencia judía en la ciudad. Una fuente literaria correspondiente a los primeros años de ocupación islámica descubre igualmente huellas judías inequívocas en otra importante localidad de la Tarraconense: Zaragoza. Apenas instaurado el nuevo dominio, salió allí a la luz un grupo de cristianos que defendían la observancia de costumbres judaicas en materia de alimentos, lo que determinó una consulta de los mozárabes cesaraugustanos a un eclesiástico de fama, el arcediano de Toledo, Evancio. Resultan evidentes los antecedentes hebraicos de aquel foco de cristianos judaizantes, que acredita la existencia de un elemento judío en la población de la ciudad, durante la precedente época visigoda.

Los núcleos judíos que acababan de enumerarse estaban emplazados en ciudades: se trataba, por tanto, de comunidades urbanas. Pero parece que existieron también algunas regiones con una implantación judaica difusa, extendida por las zonas rurales. Así ocurriría en ciertos territorios de la Bética y en la Galia Narbonense. El rey Sisebuto, en el 612, promulgó una ley acerca del problema que representaba la existencia de siervos cristianos en poder de amos judíos, una situación con la que el monarca pretendió terminar (LV, XIII, 2, 13). Esta ley iba dirigida a unos destinatarios concretos, que al parecer estaban especialmente afectados por aquel problema: los obispos de Córdoba,

Tucci (Martos) y Mentesa, y los sacerdotes y funcionarios regios de otras nueve

localidades. Estos lugares, entre los que figuraban además de los ya mencionados, los de Jaén, Baeza, Toya, Cabra y Aguilar de Córdoba, configuran una amplia comarca del sureste andaluz, extendida por las actuales provincias de Córdoba, Jaén y Granada, en la cual el elemento judío —no sólo urbano, sino también rural— pudo representar una buena parte de la población regional.

La otra región donde parece haber existido un contingente grande de judíos que representaría una porción notable de la población fue el único territorio extrapeninsular del reino visigodo: la Galia Narbonense. Julián de Toledo, en su Insultatio dirigida a esa provincia, lanzó fuertes acusaciones a propósito del «filojudaísmo» de sus habitantes. La Galia —dice— cultiva más la amistad de los judíos que la de los cristianos. Y habla incluso, como si se tratase de un hecho sociológicamente relevante, de apóstatas de la fe, que resplandecieron antes con el título de cristianos y se habían pasado a la religión judaica. La Insultatio constituye una vehemente diatriba, que no ha de tomarse como fuente histórica en sentido estricto. Pero otras informaciones llegadas por conductos de muy diversa índole confirman la profunda impregnación hebraica de la población de la provincia. La prueba más palmaria la aporta, justamente, el monarca visigodo que persiguió a los judíos con mayor rigor: Egica. En el concilio XVII de Toledo —a la vez que proponía durísimas medidas contra los judíos de Hispania, que, de haber sido realmente aplicadas, hubieran significado la desaparición de sus comunidades— el propio rey pedía que de esas medidas fueran excluidos los judíos de la Galia Narbonense, en atención a la crítica situación en que se hallaba la región, gravemente probada por distintas calamidades. Más aún, Egica exhortaba a los judíos narbonenses a que prestasen ayuda al duque, gobernador de la provincia. Ninguna prueba más elocuente podría

desearse de la importancia que tenía el elemento judío en la población de la región, que, a juicio de Julián de Toledo, se hallaba toda ella infestada por la «perfidia hebraica».