Liliana E Tamagno
UNA MIRADA DESDE LA ANTROPOLOGÍA
Una vez planteada teóricamente esta cuestión y revisada la descalificación, el prejuicio y el racismo que sobre dichos pueblos estableció la situación colonial y que se extendieran a los procesos de gestación, constitución y desarrollo de los Estados-Nación, es posible que los pueblos indígenas, reconocidos en la actualidad como pueblos preexistentes, sean valorados como expresión de la multiplicidad del ser, como expresión de la diversidad humana (Bartolomé, 1987). Esta ruptura con el pensamiento evolucionista conlleva a que el conocimiento antropológico –aún aquel producido bajo concepciones teóricas que hoy podemos revisar fuertemente- se constituya en un aporte de información necesario para pensar la situación de los pueblos indígenas hoy. Algo que implica tener en cuenta los señalamientos de Godelier (1987), quien retoma el materialismo histórico de Marx y deja sentada la necesidad de estudios etnológicos para comprender la humanidad en su historicidad.
El conocimiento producido al interior del campo antropológico debe ser entendido como un conocimiento de valor en tanto que -proyectado al campo de las ciencias sociales- aporta un sinnúmero de datos, interpretaciones y reflexiones respecto de los modos diversos en que
conjuntos humanos particulares han organizado su existencia, recreándola en prácticas y representaciones que, por un lado, ponen en cuestión la visión evolucionista y la posibilidad de pensar sólo en términos de un pensamiento único y, por otro, contribuyen a pensar críticamente el desarrollo del modelo hegemónico impuesto en el mundo por Occidente a través de la expansión colonial. Chomsky (1993) presenta una serie de argumentos a los fines de señalar el modo en que el viejo orden mundial establecido por la expansión colonial a partir del siglo XV se proyecta sin solución de continuidad en el nuevo orden mundial, que presenta su máxima expresión en el Consenso de Washington; contribuyendo al mismo tiempo a la revisión crítica de los modos con que Occidente ha mirado al mundo y su diversidad a medida que lo conquistaba y se apropiaba de él, y las consecuencias que ello ha tenido y tiene aún en la actualidad. Al mismo tiempo y a través de la comparación que todo conocimiento implica y a la que Occidente no pudo rehuir, el mundo de los dominadores toma conciencia de sí mismo en contraste con los “otros”, viéndose incluso reflejado en ellos. Unos “otros” que le devolvieron y le devuelven a Occidente imágenes de sí mismos que no coinciden con la propia, cuestionando la imposición y la soberbia de quien se siente poderoso pues ha logrado su objetivo y de quien cree que es el desarrollo tecnológico el que guía los destinos de la humanidad. Se oculta falazmente que el desarrollo tecnológico es una construcción social, producto de políticas de investigación cuyos intereses son -aunque no debería serlo- el lucro y la ganancia y no el bienestar de la humanidad. Aquí apelamos nuevamente a Worsley (1966) cuando reflexiona sobre la ética del conquistador, una ética que le permitió expropiar, reprimir, aniquilar, diezmar, someter, descalificar; señalando por lo tanto que fue la ética del conquistador y no su superioridad tecnológica –siempre relativa- lo que aseguró su triunfo, permitiéndose, para asegurar sus objetivos, grados de violencia impensados que implicaron que en nuestro continente desaparecieran entre 50 y 90 millones de individuos entre represión, guerras y enfermedades contraídas por contagio de los europeos (Escudero, 1992).
Otro aporte importante de la antropología al campo de las ciencias sociales es el hecho de poder pensar una temporalidad que se extiende mucho más profundamente en el tiempo que la temporalidad reconstruida por el Occidente cristiano al erigirse en líder del mundo. En este sentido, podemos mencionar como un ejemplo de ello las palabras del entonces Presidente de México, Salinas de Gortari, cuando señaló al inaugurar el XIII Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnológicas en la Ciudad de México en 1993 -tal vez sabiendo lo que se avecinaba-, que comprender México y su devenir implicaba tener en cuenta más de tres mil
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años de historia. El 1 de enero de 1994 -justamente un día después de que el citado presidente hubiera firmado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte- el Ejército Zapatista de Liberación se hizo visible en México y al mismo tiempo en el mundo. La insurrección armada conocida como Levantamiento Zapatista luego de hacer efectivas ocupaciones territoriales emitió la Declaración de la Selva Lacandona exigiendo “trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz”. Al mismo tiempo, y amparándose en el Artículo 39º de la Constitución Política de México, planteaba el derrocamiento del presidente Salinas de Gortari, bajo la acusación de que en las elecciones de 1988 “había usurpado el puesto de primer mandatario tras un fraude electoral de enormes proporciones”. Los ejes centrales del levantamiento fueron la defensa de derechos colectivos e individuales negados históricamente a los pueblos indígenas mexicanos, la construcción de un nuevo modelo de nación que incluyera a la democracia, la libertad y la justicia como principios fundamentales de una nueva forma de hacer política, y la construcción de una red mundial de resistencia al neoliberalismo. La irrupción del zapatismo marcó un punto de inflexión a nivel internacional en el modo de observar e interpretar la cuestión indígena, al mismo tiempo que los movimientos indígenas de otras latitudes se miraron y se vieron reflejados en él.
RELACION NATURALEZA/CULTURA. PRÁCTICAS Y