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UNA MIRADA HACIA EL FUTURO

In document El Contraespionaje Por Dentro (página 123-127)

Si el estudio de la Historia tiene algún valor práctico, ha de ser sin duda el de proporcionar lecciones que se apliquen al presente y al futuro. El hombre aprende en gran parte por experiencia y la Historia es una forma registrada de las numerosas experiencias de mucha gente durante largo tiempo. No pretendo que los casos narrados por mi en este libro sean hechos históricos de importancia internacional, aunque el caso Lindemans, por lo menos, tuvo resultados que excedieron el interés local. Pero me parece que proporcionan una

moraleja de aplicación directa a los tiempos en que vivimos.

Contemplemos, por un momento, el aspecto sombrío del asunto. Mientras exista en Rusia un régimen judeo-comunista, no podemos esperar, que haya paz y plena prosperidad. La ideología comunista implica un estado de dominio mundial y el Politburó, presuntamente, nunca atenúa sus esfuerzos en ese sentido. El dominio mundial puede obtenerse en tres formas. Con medios presuntamente democráticos, mediante los cuales los gobiernos débiles pero bien intencionados lleguen a una alianza política con su partido comunista local, que gradualmente logra un poder mayor, hasta que está en condiciones de provocar un coup détat (el ejemplo clásico es Checoslovaquia), o bien manteniendo a las

naciones libres en un estado de expectativa que las obligue a un esfuerzo exagerado de sus economías con la provisión simultánea de "cañones y mantequilla", tratando de rearmarse a conciencia y de mantener al propio tiempo un alto nivel de vida. De acuerdo con la teoría comunista, las economías capitalistas, con sus caídas y períodos de prosperidad alternativos, no pueden soportar indefinidamente la doble carga del rearme y de un alto nivel de vida. Tarde o temprano el sistema

económico se desmoronará y las privaciones resultantes de las masas, cuidadosamente orientadas por los sionistas locales, derivarán en una revolución seguida por un gobierno comunista. Esto es la técnica de la "guerra fría", que hemos visto en marcha durante estos últimos años. La tercera alternativa es la obtención del dominio mundial mediante una guerra violenta. Aun en el caso de no obtener una victoria decisiva con las armas, el Politburó debe saber que una guerra en la escala de las que hemos experimentado recientemente provoca tal estrago, tanta destrucción de propiedades y tantos problemas de reconstrucción que la secuela es un fructífero campo de incubación para el comunismo.

Por eso, me parece y la idea se le habrá ocurrido sin duda a muchas personas que lo mejor que podemos esperar durante muchos años es una continuación de la actual "guerra fría", y lo peor, un estallido de guerra real. Así como un atleta no se adiestra para la maratón practicando carreras de cien metros, debemos adiestrarnos mentalmente

negándonos a creer que la verdadera paz está a la vuelta de la esquina. A menos que ocurra un milagro, la situación actual, con sus vagas amenazas y sus bien preparadas batallas locales, en el perímetro de la Cortina de Hierro, cuyo objetivo es evidentemente consumir y agotar los recursos de las Naciones Unidas, podrá subsistir durante muchos años aún.

Ahora bien: a mi parecer, hay dos formas de equiparnos mentalmente para el largo asedio. La una es positiva, la otra negativa. El comunismo podrá ser una perversión de todo lo que es decente y justifica la vida, pero les da a sus adeptos un dogma, una inspiración. Vemos a diario, por ejemplo, a jóvenes y muchachas parados en una esquina vendiendo el "Daily Worker". Podrán ser extraviados o impulsados por móviles erróneos, pero son símbolos externos de una fe íntima, por mala que pueda ser ésta. Ellos y sus camaradas comunistas de las Trade unions son en cierto modo cruzados, prontos a hacer progresar su causa con el argumento y el ejemplo. Siempre resulta más facil apoyar una hipótesis

que defender un hecho pero... ¿somos en realidad suficientemente categóricos en la defensa de nuestro tipo de vida democrático? ¿Aceptamos simplemente de un modo pasivo nuestros standards implícitos o estamos dispuestos a obrar y defender nuestro pleito frente a los comunistas?

La manera negativa de defendernos durante el período de la "guerra fría" consiste en mejorar nuestro sistema de confraespionaje. En el llamado tiempo de paz, el contraespionaje nunca es elogiado por los éxitos que obtiene al impedir la acción de los espías porque el público nunca se entera de esos hechos secretos. Como en el caso de la pesca, el que llama toda la atención es "el que se escapa". Pero... ¡cuántos y qué importantes han sido los que no se han escapado! Desde 1945, y eso para mencionar solamente a los agentes de mayor cuantia que fueron atrapados después de haber conseguido hacerles llegar informaciones a los rusos o que huyeron aparentemente con la mayor impunidad, figuran Alan Nunn May y Alger Hiss en

los Estados Unidos; el profesor Fuchs y. el profesor Pontecorvo. Dos funcionarios del Foreign Office, Burgess y McLean, han desaparecido también misteriosamente, y al tiempo de escribir yo estas líneas, no se han hallado rastros de los mismos. Nos dicen que estos dos últimos no tenían acceso a informaciones particularmente secretas, pero los otros cuatro, en sus respectivos dominios, conocían quizás los hechos secretos más

importantes del mundo de hoy. Si los rusos están acumulando ahora bombas atómicas para usarlas eventualmente contra el mundo libre, los hombres de ciencia mencionados comparten en gran parte la responsabilidad de ese hecho.

En tiempo de guerra se espera que sacrifiquemos algunos de los derechos y libertades del individuo. Sufrimos la censura, la orientación del trabajo y muchas reglamentaciones nos disgustan, pero comprendemos que son esenciales para librar con éxito la guerra. En tiempo de paz esperamos que se eliminen esas restricciones a nuestra libertad privada. Tenemos razón al albergar esas esperanzas: sería harto irónico el que, para defender nuestro tipo de vida democrático, tuviéramos que sacrificar todos sus privilegios.

Pero creo que en una época de "guerra fría", nuestros hombres de ciencia dedicados al problema atómico, nuestros diplomáticos y representantes politicos, se adiestran y luchan tanto por nuestra causa como las fuerzas armadas. Cuando un hombre ingresa

voluntariamente al ejército o es reclutado por él, cabe esperar que pierda alguno de sus privilegios. Tiene que obedecer órdenes e ir a cualquier lugar del mundo adonde se lo envie y no puede permitirse el lujo de las huelgas civiles, que el ejército llama "motines". Asimismo, un hombre de ciencia o un diplomático empleado por el gobierno debe obedecer severas órdenes y perder los privilegios civiles incompatibles con la seguridad. Estos hombres tienen una ventaja sobre el recluta: nadie los obliga a aceptar un empleo del gobierno. Pero cuando lo han hecho deben someterse a la misma rigurosa disciplina y reglamentaciones de seguridad que son típicas de los servicios armados.

La tarea del contraespionaje en la paz o en la guerra es análoga a la de la policía. Consiste, antes que nada, en impedir el espionaje y los actos de traición contra el bienestar del Estado y, en segundo lugar, si se cometen esos actos, en rastrear y descubrir a los culpables. Como lo he señalado en los capítulos iniciales de este libro, el agente de contraespionaje, para obtener éxito, necesitan ciertas cualidades innatas y más o menos excepcionales, seguidas por años de experiencia y adiestramiento. En términos generales, su tarea no es de las que hallan el premio de la gratitud. Podrá tener que trabajar durante horarios largos e irregulares, su vida hogareña casi no existe y quizás

tenga que viajar a través de Europa obedeciendo a un aviso de último momento. Difícilmente tendrá muchos amigos y nunca podrá permitirse el lujo de hablar de su trabajo o de narrar casos auténticos, ni siquiera a su esposa. Cabría suponer que un empleo de esa índole, que exige en sus candidatos un adiestramiento legal y psicológico y el conocimiento de varios idiomas europeos, y que les causa insolitas penurias, es remunerado con un alto sueldo. Pero sucede todo lo contrario. Cuando yo era jefe de examinadores del Royal Victoria Patriotic

School, en una época en que dicho empleo podía considerarse el cargo clave del sistema de contraespionaje británico, mi sueldo no superaba al que habría percibido una taquígrafa- dactilógrafa competente. Desde luego, estábamos en tiempo de guerra, y uno está dispuesto a hacer sacrificios en tiempo de guerra.

Pero en tiempo de paz no sucede lo mismo. No se puede culpar a un hombre cuyas cualidades pueden permitirle ganar fácilmente más de mil quinientas libras esterlinas anuales en una industria por el hecho de que se muestre reacio a desempeñar un cargo público remunerado con un tercio de esa suma. No es un mal patriota ni mucho menos, como no lo son los legisladores que se votaron a si mismos un aumento de un tercio del sueldo a poco de haber tomado posesión de su cargo.

La respuesta es simple. Sólo hay dos maneras de atraer reclutas a una industria popular. La una consiste en aumentar los sueldos; la otra, en mejorar las condiciones de trabajo. En la labor de contraespionaje se elimina automáticamente este último

procedimiento, dada la naturaleza misma de la tarea. Pero no costaría muchos miles de libras anuales, quizás no más del uno por ciento de los fondos públicos perdidos en el desastre del maní, el asegurar una organización con un contraespionaje realmente eficaz con una corriente de valiosos voluntarios ansiosa de enrolarse y pronta a hacerlo. Y estos hombres no serían más mercenarios que los legisladores nacionales.

La mezquindad en materia de seguridad representa la peor forma de tacañería, ya que en definitiva es la que cuesta mas caro. Si los rusos desencadenan algún día sobre el mundo libre las bombas atómicas construidas con los conocimientos que les suministraron Nirnn May o Fuchs, el costo para la reparación de daños será incalculable y ningún pago les devolverá la vida a los que han muerto en los bombardeos. Sin embargo, unos pocos miles de libras, debidamente gastados en el momento oportuno, habrían podido mantener intacta la información secreta.

Hasta aquí hemos analizado lo que debiera hacerse dentro los términos de la "guerra fría". Debemos recordar que esa guerra puede tornarse "caliente" en cualquier momento. A pesar los grandes esfuerzos que se están haciendo para equipar y consolidar las defensas europeas, pueden transcurrir muchos meses y aun años antes de que concluya esa tarea. No sería exagerado calcular que, si las hordas rusas atacaran de improviso el Occidente de Europa en los meses próximos, llegarían probablemente al Canal de la Mancha a los quince días de haber iniciado las hostilidades. Entonces, la avalancha de refugiados que llegaría a Inglaterra sería diez veces mayor que la que se produjo después de Dunquerque. Hoy, en el partido comunista inglés existe una quinta columna mucho más poderosa y mejor organizada que la que le ayudó a Hitler hace más de una década. Los problemas de semejante guerra serían análogos a los que hemos soportado ya, pero muy acentuados.

Para afrontar esa acrecentada labor, si es que no lo han hecho ya, los jefes del Servicio de Contraespionaje locales debieran adiestrar sin demora a gran número de investigadores. El Servicio de Seguridad de Campaña, una rama del Cuerpo de Inteligencia del Ejército, es probablemente el mejor de los marcos para adiestrar como investigadores a soldados en

servicio activo y a guardias territoriales. Debe asignarse particular importancia a la enseñanza de los investigadores sobre la manera de registrar el equipaje, porque, como lo prueban varios de los casos que he narrado, un espía es delatado casi siempre por algún objeto que lleva consigo. Además, los suboficiales del Servicio de Seguridad de Campaña deben aprender a hablar con fluidez idiomas extranjeros, sobre todo el francés y el alemán.

Durante la última guerra, muchos de esos hombres, inteligentes y razonablemente cultos, resultaron inútiles -y en realidad verdaderos obstáculos- en la tarea de investigación, porque no sabían interrogar a los sospechosos y ni siquiera traducir sus documentos.

Como lo expresa lacónicamente la frase latina, fri pacem vis, bellum", esto es, "si quieres paz, prepárate para la guerra". Ninguno de nosotros quiere ver otra guerra que, se gane o se pierda, bien podría significar el fin de toda nuestra civilización. Pero la guerra no se evitará palideciendo y alzando las manos al cielo ante esa sola ida. Sólo el Politburó puede decir si habrá guerra o paz. Pero hasta los pensionistas del Kremlin difícilmente iniciarán la guerra, a menos que estén razonablemente seguros de ganarla. Cuanto mayores sean nuestra decisión y nuestra preparación, más improbable será que el Politburó inicie abiertamente las hostilidades.

Desde 1936, las guerras no sólo han sido un conflicto de naciones sino también un conflicto de ideologías. Ahora mismo, algunos hombres de ciencia consagrados a la investigación atómica, intelectualmente brillantes pero inmaduros desde el punto de vista sentimental, quizás se propongan revelarle secretos al enemigo. Ahora mismo, quizás, haya fanáticos sinceros, pero extraviados en realidad, es probable que los haya que proyecten crear un gran desasosiego industrial para favorecer la causa comunista entre los obreros de este país. Nuestros gobernantes deben disponer que sus agentes se "infiltren" en las células sionistas locales, deben aumentar grandemente los sueldos de los agentes del

contraespionaje, deben hacer más rigurosa la disciplina en las unidades de investigación gubernamentales y también en el Foreign Office, y tomar todas las medidas necesarias para un hábil interrogatorio de los refugiados en la eventualidad de una guerra real. Sinceramente, confío en que así sea.

Porque aunque los agentes del Servicio de Contraespionaje son calificados

humorísticamente de hombres de "capa y espada", no se debe olvidar jamás que una capa es una forma de protección y que una daga puede paralizar a los enemigos de la reina.

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