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El Contraespionaje Por Dentro

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Academic year: 2021

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Pinto, Oreste. Editorial Espasa Calpe. Buenos Aires, 1953 ---

EL CONTRAESPIONAJE POR DENTRO

CAPÍTULO PRIMERO - INTRODUCCIÓN

Mi tarea principal ha sido siempre la de cazar espias. Durante la última guerra, ordené personalmente que ejecutaran a varios e hice encarcelar por largo tiempo a muchísimos otros. No cito esos hechos por vanidad ni para alabarme, sino más bien porque son mis credenciales para escribir un libro sobre los espias. Las páginas que siguen podrán carecer de méritos literarios, pero la información que contienen es, por lo menos, auténtica.

Durante una serie de disertaciones que di desde que me retiré del trabajo activo en el contraespionaje, muchas personas, jóvenes y viejas, hombres y mujeres, me preguntaron cómo podrían llegar a ser agentes oficiales de dicho servicio. A la mayoria de ellos, impresionados por las innumerables películas, novelas y libros presuntamente auténticos sobre el espionaje, los seduce la idea de una carrera emocionante en que se les

sigue la pista a hechiceras espías hasta los bares de los hoteles de lujo, en que hay contraseñas y consignas secretas, en que figuran emocionantes persecuciones en veloces automóviles que le permiten a uno atrapar a su hombre" después de una difícil cacería que culmina al acorralar a la presa en las alcantarillas de Viena o de alguna otra capital extranjera exótica. A veces, sin duda, hay emoción en la vida de un auténtico cazador de espias, ocasionalmente algunos riesgos, y de vez en cuando, el peligro de perder la vida. Pero así como el servicio en el campo de batalla es una larga y aburrida espera, matizada por relámpagos de peligro, así también lo es la carrera de un auténtico cazador de

espías. Las películas o la novela se proponen entretener a su público tienen que concentrarse en los aspectos más importantes de la trama y saltear las largas y laboriosas horas de

investigaciones rutinarias, de monótonos interrogatorios y de lenta reconstrucción de un rompecabezas de pistas.

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El cazador de espias en potencia necesita poseer por lo menos diez

cualidades, siete de las cuales deben ser innatas: sólo puede adquirir tres de ellas por su propio esfuerzo. Por eso, desde el comienzo mismo, la mayoría de los agentes del

contraespionaje en potencia están en desventaja en su búsqueda. En los párrafos siguientes he enumerado esas cualidades necesarias, aproximadamente por orden de importancia, tales como las veo.

La primera es una memoria fenomenal. Esto es esencial por dos razones. El cazador de espías no sólo necesita recordar rostros, hechos y lugares que pueda haber conocido mucho antes, sino que debe poder efectuar un interrogatorio que dure varios días, quizás, sin tomar notas. En el capítulo segundo hablaré con más detalles de los interrogatorios, pero, para decirlo en pocas palabras, uno de los factores básicos es ganarse la confianza del sospechoso, y, de ser posible, adormecerlo con un sentimiento de falsa confianza. Si el investigador tiene que interrumpir sus preguntas para tomar notas, pierde toda oportunidad de

convertir la charla aparentemente amistosa en una entrevista formal y el sospechoso se pone en guardia. Peor aún: se le da tiempo, entre pregunta

y pregunta, mientras el interrogador está atareado garabateando, para reagrupar sus

pensamientos y meditar respuestas adecuadas a las nuevas preguntas. El investigador, sentado aparentemente a sus anchas, puede darle al sospechoso la presión de que se limita a cumplir con una mera rutina, oficial e inducirlo así a un exceso de confianza, que termina por

traicionarlo.

Yo mismo me veo bendecido o maldecido- con una memoria excepcional. Recuerdo con exactitud, por ejemplo, no sólo qué regalos se me hicieron cuando cumplí los tres años, sino quien me los dió y a que hora llegaron. Mis primeros recuerdos se remontan a los seis meses y conservo aún impresiones precisas de mi cuna y de los volantes con orlas que pendian a su alrededor. Mi padre tenía uno de los primeros teléfonos que se instalaron en Holanda. Los números locales de importancia estaban anotados en una hoja de papel que pendía junto al aparato. Esto ocurrió hace más de cincuenta años y recuerdo aún con exactitud todos esos numeros telefónicos. No menciono esos hechos por jactancia. Si mi memoria

es excepcional, ello no implica una virtud ni un duro esfuerzo de mi parte. Pero sin esa memoria yo nunca habría sido cazador de espías.

Luego, tenemos una doble cualidad: una gran paciencia y preocupación por el detalle. Un buen ejemplo de esto se presenta en el capítulo sexto de este libro, al tratar el extraño caso del patriota Mynheer Dronkers. Por lo tanto no hay necesidad de que me explaye aquí sobre la utilidad de la paciencia y la preocupación por el detalle en el oficial del

contraespionaje solo diremos que, cuando un, espía lucha por su vida en un interrogatorio debe evidentemente apelar a toda la paciencia de que pueda disponer. Su vida depende de ello. Su

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un espía eficaz y los ineficaces no duran mucho confiará evidentemente a su memoria los lineamientos principales de cada caso. Es muy improbable que un

interrogador pueda hacerle dar un traspié en los aspectos importantes de su relato, muchos de los cuales de todos modos se basarán en hechos y los demás serán lo más actuales que sea posible. Sólo en los detalles de menor cuantía el espía hábil podrá equivocarse o no estar provisto de un relato plausible. Esta preocupación por el detalle, unida a una paciencia casi inagotable, se trueca así en un arma importante en manos del interrogador.

En tercer lugar, en mi lista figura la facilidad para los idiomas. Por bien que se exprese un hombre en su propio idioma, lo limita evidentemente el tener que interrogar a un

sospechoso valiéndose de un intérprete. No podrá descubrir si el detenido que afirma ser un comerciante sueco, por ejemplo, lo es realmente, o si es un alemán o un noruego que conoce a la perfección el sueco. Cuando se trata de registrar los objetos de un sospechoso, el mejor pesquisante del mundo seria inútil si no comprendiera el idioma en que están escritos las cartas, los diarios y los documentos oficiales. Quizás yo pueda añadir aquí, también como un hecho y no a título de jactancia, que tengo la suerte ,de poseer

ese don de los idiomas y que domino el holandés, el flamenco, el inglés, el francés, el alemán y el italiano, teniendo un conocimiento funcional y eficaz del castellano, el portugués, el danés, el sueco, el noruego, el rumano y el swahili.

La cuarta condición del agente del contraespionaje debe ser un conocimiento de la psicologia practica. Ha de ser capaz de sondear con sagacidad el carácter del hombre a quien está interrogando, para saber qué rumbo deben tomar sus preguntas., Hay algunos ,sospechosos en quienes las amenazas o el tono perentorio sólo endurecen las fibras morales; en cambio, un poco de simpatía, algunas observaciones bondadosas, ayudarán a quebrar la reticencia. Otros reaccionan en forma totalmente opuesta. Algunos espías son vanidosos y se los puede tornar locuaces mediante un razonable elogio. Y así sucesivamente. El examinador que, en una temprana

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etapa del interrogatorio, no logra obtener una sintesis del carácter de su adversario es como un pugilista que sube al "ring" con los ojos vendados.

La quinta cualidad es el valor. Esta observación podrá parecer

extraña y quizás el lector crea que se requiere poco valor para ser examinador de espías. Sin duda, dirá, es el sospechoso que lucha por su vida quien debe tener valor. Es cierto. Ningún espía, por imprudentes que puedan ser sus actos, carece de valor, ya que esta pronto a arriesgar la vida en un país extraño, consagrándose a una tarea solitaria, en la cual le faltará la estimulante influencia de la camaradería en las filas del ejército y que no comportara un reconocimiento de su valor. Pero a lo largo de estas pocas páginas quizás resulte evidente que el cazador de espías es el duplicado perfecto del espía y que debe poseer todas las cualidades de éste, y además el ingenio o la inteligencia esenciales para derrotar a su adversario.

Quienquiera haya presenciado un debate parlamentario o concurrido a un juicio importante en que se ha interrogado a los testigos, sabe que existe una cualidad a la cual sólo

puedo llamar, con cierta latitud, "superioridad moral". No es forzoso que esa cualidad la posea el fiscal, sino que puede hallarse en la defensa.

Es una manifestación inequívoca de coraje y el interrogador del contraespionaje debe tratar de ostentaría a su manera frente al sospechoso, no maltratándolo en forma alguna, sino creyendo más firmemente en la justicia de su misión que el sospechoso en la de la suya. Si el

interrogador logra vencer en esa silenciosa batalla de voluntades, habrá ganado bastante terreno para triunfar en su pleito. Y, por eso, necesita un valor moral de alto orden.

La sexta cualidad requerida en el cazador de espías es un conocimiento casi tipo Baedeker de las capitales y ciudades importantes de Europa. Con esto, quiero decir que no sólo debe conocer las calles principales y los edificios importantes, sino también las callejuelas, restaurantes, hoteles, características locales y distancias entre dos puntos. Todos esos hechos deben ser almacenados en sus pensamientos en tal forma que pueda evocarlos a su antojo. (Aquí, desde luego, volvemos a la primera cualidad que mencioné, la memoria.) Ilustraré mejor lo que sostengo con un ejemplo que se me presentó en un interrogatorio auténtico.

En marzo de 1942, trajeron a mi oficina a Hans para que yo lo sometiera a un

interrogatorio. (Dado que nunca lo juzgaron como espía, no puedo dar su verdadero nombre.) Me eché atrás en mi sillón cuando se sentó y lo escudriñé detenidamente. Era alto y delgado, pero fuerte y muy dueño de sí mismo. El recortado cabello rubio, los ojos azul acero, los pómulos altos y las mejillas hundidas le habrían hecho exclamar a cualquiera: alemán, sin necesidad siquiera de mirar la cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha y que parecía confirmar el testimonio de sus demás facciones. Pero había buenos alemanes y malos alemanes: yo lo sabía. El problema era... ¿a cuál de estas categorías pertenecía Hans?

Su relato fue simple y sincero. A las pocas frases, comprendi que no sólo era culto, sino también muy inteligente y resuelto. Reconoció con franqueza que era alemán, pero afirmó haber huido en 1936 a Dinamarca cuando su abierta oposición a los nazis hiciera peligrar su vida y sus propiedades. En Copenhague, había trabajado como abogado y logrado ganarse cómodamente la vida. Pero cuando los nazis avasallaron Dinamarca en 1940, advirtio que

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corría un peligro mayor que antes. De modo que ingresó al movimiento clandestino y entró deliberadamente en la guarida del león, volviendo a Alemania y luego a través de la frontera a Suiza, de Suiza al Sur de Francia y a través de la frontera española a

Barcelona. Se trataba de una ruta de evasión consagrada, yo lo sabía.

Lo interrogué detenidamente sobre la parte inicial de este relato. Pronto resultó evidente que debía haber vivido varios años en Copenhague. Conocía la ciudad a fondo. También era probable que hubiera trabajado como abogado, dados los giros legales que usaba casi inconscientemente y parecía evidente que había recorrido la ruta de evasión mencionada, ya que me daba detalles que sólo podía recordar un hombre que hubiese viajado por allí. Hasta ahí íbamos bien.

Me eché atrás en mi sillón y encendí un cigarrillo.

-Digame -le pregunté en alemán-. ¿A qué hora del día llegó a Barcelona? -En las últimas horas de la noche. Alrededor de las diez, quizás.

-¿Dónde pasó la noche? -En el hotel Continental.

-¡Ah, sí! El Continental. ¿Recuerda en qué piso estaba el restaurante? -le pregunté. Hubo una brevisima pausa y entonces me sonrió, con una sonrisa muy

atrayente.

-Temo que no lo sé ... Era tan tarde cuando llegué... Alrededor de las díez, como le dije. Me comunicaron que el restaurante estaba cerrado, de modo que comi una cena ligera en mi cuarto.

-Comprendo.

La respuesta era buena y eludía hábilmente mi pregunta. -Y a la mañana siguiente... ¿qué hizo?

-Me desayuné en mi cuarto y salí del hotel. Fui a la Oficina Británica de Pasaportes. -¿Cómo llegó allí? ¿En taxi o a pie?

-A pie -dijo mi interrogado.

-¿No le parece un poco raro? Usted era un perfecto extraño en la ciudad y, sin embargo, fue a pie a un lugar donde nunca había estado.

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Pensé que podía toparme con un chofer a sueldo de la Gestapo. Y mi aspecto es el de un alemán típico.. . ¿Verdad?. Sonrió con aire lastimero y se tocó con las yemas de los dedos la cicatriz causada por el duelo. Asentí. La excusa era muy razonable.

-¿Cómo halló el camino, pues?

-Se lo pregunté a un agente de policía.

-¿Y cuánto tiempo tardó en ir a pie desde el hotel Continental hasta la Oficina Británica de Pasaportes?

-Unos veinte minutos -me respondió.

Hubo una pausa. Saqué un cigarrillo, lo golpée contra la caja, lo encendí y aspiré a fondo el humo.

-Amigo mío, es usted un embustero -dije-. Un embustero inteligente, pero un indudable embustero... y también probablemente un espía.

Se sonrojó intensamente y se levantó de un salto. -¿Cómo se atreve a acusarme de mentir? -gritó.

-No se altere -le dije. Siéntese.La comedía ha terminado. No hay necesidad de seguir fingiendo. Me incliné hacia él.

-Dos puntos lo condenan. A diferencia de casi todos los hoteles de Europa, el

Continental tiene su restaurante en el segundo piso y no en la planta baja. Usted sospechó una celada y la eludió hábilmente, diciendo que el restaurante estaba cerrado cuando llegó esta noche a las diez. Y así habría ocurrido... en Berlín o en Londres o en Copenhague. Pero lo que no advirtió usted, amigo mío, es que en España, como en la mayoría de los países que bordean el Mediterráneo, la vida nocturna comienza mucho más tarde que en la Europa septentrional. ¿Ha oído hablar de la siesta? En todos los países de clima cálido existe esa costumbre. La parte más fresca de las veinticuatro horas, cuando la gente se divierte, son las últimas horas de la noche. Los cinematógrafos y teatros de España sólo se abren a las once, aproximadamente. De modo que, como ve, el

restaurante del Continental no pudo estar cerrado a las diez. A esa hora

debía estar más ocupado que nunca, atestado de clientes. La deducción es simple. Usted no fue al Continental. Mi interlocutor iba a responder algo con vehemencia, de modo que proseguí presurosamente:

-No hay necesidad de que me interrumpa. Aunque ese error no hubiese bastado para probar que me mentía, lo probaba este otro. Tomé un trozo de papel y un lápiz de mi

escritorio.

-Mire. Ya que sus conocimientos sobre Barcelona son -¿debo decirlo?- elementales, le dibujaré un pequeño diagrama. Aquí está el hotel Continental... sobre la Rambla de Cataluña. Más allá hay una gran plaza, la Plaza de Cataluña... ¿ve? La dibujo ,en el papel. En el otro

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extremo, se sale de la plaza por el Paseo de Gracia. Y aquí, precisamente, sobre el Paseo, está la Oficina Británica de Pasaportes. Desde el hotel Continental, se llega allí a pie en cinco

minutos.... Está, digámoslo así, al alcance de la mano. Sin embargo, usted dice que tardó veinte minutos en recorrer esa distancia. Un hombre alto y vigoroso como usted no puede caminar con tanta lentitud. Toqué el timbre para que los guardias se lo llevaran.

-En realidad, sí hubiese parado realmente en el Continental, cosa que naturalmente no hizo, usted, según todas las probabilidades, habría podido ver la Oficina Británica de

Pasaportes desde la ventana de su cuarto -agregue-. Usted fue, ciertamente, a la Oficina Británica de Pasaportes: sus funcionarios lo confirman. Pero me pregunto cómo llegó allí. ¿En un automóvil sedan perteneciente al Servicio de Espionaje Alemán?

Es fácil sospechar de un refugiado, pero a menudo resulta muy difícil hallar una prueba indubitable de su culpa. De modo que Hans nunca fue juzgado, aunque estoy convencido de que era un espía, y peligroso, por lo demás. Lo internaron por el resto de la guerra, de modo que al menos no pudo seguir dedicándose activamente a la carrera que había elegido. La moraleja de este caso es que otros hombres más astutos que yo habrían podido pasarse horas enteras interrogando a Hans, pero si no hubieran conocido como un Baedeker las ciudades extranjeras en este caso, Barcelona no habrían podido sorprender los dos diminutos errores de su relato, por lo demás sólido y verosímil.

La séptima cualidad que debe tener el oficial del Servicio de Contraespionaje es un acabado conocimiento del derecho internaclonal. Todo sospechoso, sea cual fuere su nacionalidad, tiene ciertos derechos y privilegios de acuerdo con el derecho internacional. Sólo se lo puede detener durante un período limitado: hay que observar ciertas condiciones durante su detención. Aun en el caso de que no lo proscribiera el

sentimiento de justicia inglés, el derecho internacional impediría que se maltratara a los prisioneros y a los sospechosos. Un espía hábil, muy versado en los detalles de la Convención de La Haya, podría frustrar a su interlocutor con una engañosa bravata, reclamando ]a protección del derecho internacional más allá de lo que se merece. De modo que el interrogador debe saber afrontar y vencer en ingenio al sospechoso en éste y otros aspectos del duelo de ambos.

Además, el cazador de espías debe ser un actor nato. Ha de poder simular ira o impaciencia o simpatía sin perder en ningún momento la rígida fiscalización de sus

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sentimientos. He hablado ya de la psicologia práctica que entra en juego cuando se trata con un sospechoso. Esta virtud quizás sea un duplicado de la otra. Después de haber apreciado la personalidad del sospechoso y resuelto el mejor método de abordarla, el interrogador debe ser capaz de desempeñar su papel. Es inútil adoptar un tono intimidatorio cuando los ojos de uno se muestran benévolos aún y la voz traiciona inflexiones compasivas. A la inversa, el interrogador se delatará prontamente si adopta la táctica de la compasión y olvida desterrar de su voz el dejo áspero y de sus ojos la mirada severa. Un buen espía es también un perito para valuar a sus adversarios. Pronto

descubrirá la nota falsa en la voz, y la sonrisa forzada que no oculta el verdadero propósito. Además, el cazador de espías debe saber ocultar sus

verdaderos sentimientos y adoptar un aspecto ficticio. El sospechoso puede haber cometido un diminuto traspié y no advertirlo. El interrogador debe insistir en ese punto, pero con negligencia y sin interés aparente. Si un fulgor en sus ojos ó una tensión en sus modales revela su excitación íntima, el sospechoso se pondrá en guardia, alerta ante nuevas preguntas. Asimismo, los interrogatorios pueden llegar a ser fastidiosos cuando, durante días y más dias, un sospechoso obstinado sigue repitiendo la misma historia. El interrogador puede hastiarse contra su voluntad e impacientarse. Pero debe reprimir rígidamente esos sentimientos y no permitir jamás que un gesto o una expresión de su rostro traicione sus cavilaciones íntimas.

La novena cualidad es el don de la averiguación. En muchos aspectos, se trata de un sentido muy desarrollado de la lógica. Es la capacidad de percibir la causa y el efecto, de verificar mentalmente cada eslabón de la cadena de pruebas que le presenta el sospechoso. Todo espía eficaz tendrá una historia plausible que narrar... aparentemente. Sólo el

interrogador capaz de buscar debajo de la superficie y de sacar a la luz con sus preguntas una prueba oculta podrá triunfar contra el espía capaz. Aquí, el factor tiempo reviste una gran importancia. En teoría, un sospechoso sabrá justificar hasta el último minuto del tiempo transcurrido durante el periodo examinado. En cambio, un hombre honrado, sobre todo bajo la influencia de la emoción, puede narrar una historia que no sea totalmente plausible. Al principio, quizás omita tanto detalles como episodios de mayor cuantia por razones de confusión o de verdadero olvido. Sin duda, como lo testimoniaría cualquier funcionario policial, poca gente es capaz de hacer un relato coherente de algún hecho, empezando por el principio y tocando todos los puntos hasta el fin. A menos que esté adiestrada para declarar, no mencionará hechos importantes, dirá los que recuerda en un orden erróneo y se repetirá a menudo. Dos testigos de un accidente callejero

podran presentar relatos absolutamente distintos de lo que han visto con sus propios ojos. Si el lector advierte esto, imaginará hasta qué punto resulta más confusa la historia de un refugiado,, a quien sobreexcitan el alivio de haberse puesto a salvo y la tensión y las

privaciones que pueda haber sufrido durante el viaje.. Además, quizás haya viajado de noche, por un territorio totalmente extraño. En su relato habrá lagunas muy comprensibles y quizás haya olvidado realmente, si sus viajes han durado dias, semanas y aun meses, el día y la hora en que cruzó ,tal frontera o llegó a cual ciudad. El funcionario del Servicio de

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Contraespionaje debe saber distinguir la afirmación verdadera de la falsa, excusar la auténtica falta de memoria y la exageración causada por el exceso de tensión.

Hasta ahora, he concentrado principalmente mis observaciones sobre el interrogatorio verbal de los sospechosos. En el capitulo siguiente hablaré con más detalles de los métodos para interrogar, que involucran el registro de las cosas del sospechoso. No necesito añadir que todo lo que trae un refugiado reviste gran importancia para establecer o refutar sus credenciales, desde su

indumentaria hasta su equipaje. Sólo un investigador experto, sabedor de las pistas que busca, puede hallar la verdadera prueba registrando cartas, libros, ropa y hasta parte del cuerpo. Sólo el espía excepcional se permitirá confiarle a la memoria las claves o direcciones del extranjero adonde habrá de enviarse la información. Los demás ocultarán anotaciones o elementos capaces de recordárselas. El investigador no sólo debe conocer los distintos sitios donde pueden ocultarse esas acusadoras pruebas, sino también, aproximadamente, el tipo de pruebas que busca. Ya me he referido al caso de Mynheer Dronkers, que se relata en un capítulo posterior. Este extraño caso no sólo ejemplifica cuán necesaria es una paciencia colosal, sino que revela también la necesidad de saber qué se busca.

Finalmente, la décima cualidad del cazador de espías debe ser una

experiencia práctica de tretas anteriores. Hay ciertos métodos bien conocidos de escritura secreta o para ocultar pruebas vitales. Una de las grandes desventajas del sistema de espionaje alemán en ambas guerras mundiales fue su rigidez al atenerse a la rutina y su aparente falta de iniciativa. Al ser descubierto un método secreto o una clave, debía haberlo abandonado inmediatamente, hallándole un substituto. Pero los alemanes insistieron a menudo en el mismo método mucho después de haber sido descubierto, y arriesgaron así innecesariamente las vidas de sus espías. Me gustaría dar dos ejemplos, uno de la segunda guerra mundial, y el otro de la primera.

En la guerra del 14, cuando sé libraba la lucha en toda la extensión del continente, el problema del espía no era tanto adquirir información como hacerla llegar. En la segunda, los problemas tendieron a invertirse, en gran parte a causa de dos inventos que habían sido hechos o perfeccionados en el ínterin:

la radiotelegrafía y la microfotografía. Un transmisor de onda corta de alto poder podría instalarse fácilmente en un lugar solitario de las ciénagas de Essex, pongamos por caso, y luego sería posible transmitir un mensaje, desarmar el aparato y trasladarlo a muchos kilómetros de allí antes de que se lo pudiera identificar y localizar debidamente el origen del mensaje. La microcamara era más ingeniosa y escurridiza aún. He visto un modelo alemán no más largo que una estilográfica y cuyo grosor era aproximadamente del triple. Se lo podía sujetar dentro del bolsillo interior de una chaqueta O un chaleco. Permitía filmar un documento y el negativo podía reducirse literalmente al tamaño de una cabeza de

alfiler. A un espía le bastaba con poner el negativo debajo de la estampilla de un sobre y con enviar la carta a una dirección del extranjero. La carta en sí, desde luego, era absolutamente inofensiva. El Departamento de Censores, recargado de trabajo en plena guerra, no tendría

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tiempo para desprender todas las estampillas de las cartas de negocios enviadas a una dirección de Lisboa, por ejemplo, en el caso de que se hubiese puesto debajo un negativo diminuto y fácil de pasar por alto. Por desgracia para ellos, los espias alemanes siguieron enviando cartas a direcciones en el extranjero cuando ya se sospechaba de ellos.

Esas cartas fueron examinadas con un cuidado hasta superior al normal y pronto se descubrió el ingenioso método.

Tomemos otro ejemplo de la primera guerra mundial. Este episodio ocurrió en 1916, en el frente francés, cerca del Somme. Sucedió que parte de un pueblo pertenecía a la tierra de nadie y el resto estaba detrás de las lineas francesas. Durante un período de calma en la lucha la gente de la localidad, con la impasibilidad propia de los campesinos, procuraba mantener la cohesión

su trastornada vida pueblerina. Una campesina que vivía en el lado de la población que estaba en manos de los alemanes solía viajar todos los días a través del claro destruido por las granadas para visitar a su hermano, cuya cabaña estaba detrás de las líneas francesas. Al llegar a éstas, la interrogaba y registraba todos los dias un funcionario del Servicio de

Contraespionaje, como una cuestión de rutina, pero, como todos los lugareños que viajaban de una zona a la otra, la muchacha parecia completamente inofensiva. Cierto día, al volver de la cabaña de su hermano, la campesina llegó al puesto de control con un cesto donde estaba su almuerzo. Era una comida rústica de huevos hervidos, pan y

manteca. El funcionario del Contraespionaje se había habituado ya a ella y la acogió con tono cordial. Le formuló las preguntas usuales, casi por mera fórmula y mientras hablaba revolvió con negligencia el contenido del cesto. Tomó uno de los huevos hervidos y jugó con él, arrojándolo a unas cuantas pulgadas de altura y volviendo a recogerlo.

Al mirar a la campesina, notó, con sorpresa, alarma en su rubicundo rostro. Siguió tirando el huevo y cuanto más alto lo arrojaba, mayor era la inquietud de la mujer. El funcionario examinó detenidamente el huevo, pero en la cascara no había señal ni mancha alguna y sólo se veía una lisa e inocente blancura. Pero el funcionario sospechaba allí algo siniestro, dada la turbación de la mujer. Repentinamente, rompió el huevo contra el borde del cesto y comenzó a quitarle la cáscara. Sobre el blanco del huevo había palabras microscópicas y señales de color marrón. Cuando se hizo una ampliación de aquello y se descifró, las señales resultaron un plan del sector francés con las identidades de las diversas divisiones y brigadas que lo ocupaban. La campesina fue ineludiblemente juzgada y ejecutada como espía.

Los alemanes habían descubierto el ingenioso hecho de que, si se, escribe con ácido acético sobre la cáscara de un huevo, y después de secarse el ácido se hierve el huevo, la escritura es absorbida a través de la cáscara hasta el blanco del huevo y no deja rastros sobre la cáscara para el ojo humano y hasta para un microscopio potente. La circunstancia de que el Servicio de Contraespionaje lo descubriera se debió a un mero accidente, o quizás sea justo decirlo, a un accidente unido al conocimiento que tenía aquel funcionario de la psicologia práctica y que provocó sus sospechas, apenas notó turbación en la

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campesina. Pero una vez descubierto el método, los alemanes debieron dejar de usarlo, a pesar de lo ingenioso. Con su único defecto como adversarios, sin embargo -el amor a la rutina, con su correlativa falta de iniciativa-, insistieron en la misma treta mucho después de haber sabido que el Servicio de Contraespionaje estaba enterado del asunto y había divulgado la información. Conozco personalmente tres casos de la segunda guerra en que se usó y descubrió este ardid. En muchas otras oportunidades que desconozco, sin duda, un espía alemán fue sacrificado sin necesidad a causa del espíritu rutinario de sus superiores.

Estas son, pues, las diez cualidades principales que debe tener el cazador de espías potencial. Evidentemente, no basta con el entusiasmo. El lector a quien ello le interese puede averiguar si reúne los requisitos para ese trabajo, tratando de clasificarse a si mismo hasta un máximo de diez puntos para cada factor. Quienquiera pueda honradamente considerar que tiene más de setenta y cinco puntos de los cien que corresponden en total, debe ponerse al habla sin demora con el MI 5. Un hombre asi puede serle de inmensa utilidad a su país. Pero dudo de que haya una persona sobre cien mil capaz de llenar realmente las condiciones necesarias. A esa persona debo advertirle también que, aun supuestos esos requisitos, se necesitarían por lo menos cinco años de adiestramiento para hacer de él un eficaz agente del contraespionaje.

En las últimas páginas de este libro me propongo dedicar algún espacio al estudio del contraespionaje a la luz de los acontecimientos de posguerra. Me bastará con observar aquí brevemente que cuando ha estallado un conflicto bélico es demasiado tarde para crear o ampliar una organización eficaz dedicada a atrapar espías. Se requieren muchos años para escoger a los hombres

adecuados y adiestrarlos. Ahora llego a uno de los aspectos más controvertidos de mi tema el lugar que ocupan las mujeres en la labor del contraespionaje Algunos lectores habrán notado que, hasta ahora, sólo he hablado de cazadores de espías. Mi opinión, apoyada en treinta años de experiencia, es que las mujeres, tanto en el papel de espias como en el de cazadores de espías, son en general absolutamente inútiles. En principio, no soy misógino. Me gustan las mujeres... en su lugar. Pero fuera de Mademoiselle Docteur en la primera guerra mundial, nunca hubo una espía o una cazadora de espías capaz de rivalizar con los mejores hombres en ese terreno. Mata Hari, ciertamente, conquistó fama y le dió su nombre a la concepción pública de la espía hechicera, pero era un ser estúpido e impulsivo y si no la hubiesen ejecutado y promovido así al martirologio, no la recordarían. Permítaseme que trate de fundamentar mis asertos.

En cierta etapa de la última guerra, yo estaba ayudando a adiestrar a agentes secretos que debían ser lanzados con paracaídas en la Europa ocupada. Varias holandesas que huyeran de su país vinieron a pedirme que las aceptara para esa peligrosa tarea. Eran evidentemente sinceras y de un profundo patriotismo. A cada una de ellas le dije:-¿Qué riesgos está dispuesta a correr?

Invariablemente, con sencillez y sin falso heroísmo, todas me contestaron: -Estoy dispuesta a dar mi vida por mi país.

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Mi respuesta mecánica fue:

-Eso es lo que menos necesitamos. Muerta, usted nos seria inútil. Pero ¿está dispuesta a seguir viviendo y a entregar su cuerpo?

El deber me obligaba a formular esta pregunta, pero no sin un sentimiento de repulsión. Eso era lo más espinoso del asunto. La mayoria de las mujeres tienen tres

debilidades en materia de espionaje. Una de ellas es que, por fuerza, les faltan conocimientos técnicos y adiestramiento. Si, por ejemplo, hay que descubrir los detalles de un nuevo motor secreto que está fabricando el un mecánico de garage tiene ventajas iniciales superiores a las de la mujer mas inteligente. Dado su oficio, conoce ya los elementos del asunto, mientras que la mayoría de las mujeres tendrán que empezar por chapucear y antes que nada aprender las piezas y principios del motor. Cuando se trata de secretos militares, pocas mujeres conocen, como los hombres, los diversos grados y subunidades, brigadas, divisiones, etc., que

constituyen un ejército moderno. Ese conocimiento puede adquirirse, desde luego. Pero hace falta un tiempo valioso, que podría aprovecharse mejor aprendiendo cosas más importantes.

En segundo lugar, las mujeres llaman más la atención que los hombres en lugares desusados. Un hombre, en traje de obrero, puede pasarse horas cerca del emplazamiento solitario de un cañón, por ejemplo, sin que se note su presencia. Pero una mujer, sobre todo si es joven y linda, llamará la atención inmediatamente y es probable que atraiga lo que nuestros amigos los norteamericanos llaman silbidos del lobo. Asimismo un hombre puede entrar en un bar del puerto, y si viste adecuadamente, no llamará la atención. Una mujer, inmediatamente, estará fuera de lugar. De modo que su mismo aspecto limita los movimientos de una mujer como espía y su valor como agente.

En tercer lugar, y éste es el factor más importante, no se puede confiar en que la mayoría de las mujeres sabrán dominar sus sentimientos tan bien como los hombres. Me arriesgo a un diluvio de injurias de mis lectoras, pero la experiencia me ha enseñado que es así. Conocí dos o tres casos de mujeres, una alemana, otra inglesa y otra francesa, a quienes se les asignó el objetivo de ganarse los afectos de algún oficial de categoría del otro bando. Esto, esas espias lo hicieron con demasiado éxito y luego lo estropearon todo enamorándose de sus víctimas. Sucedió lo que era lógico. Se pasaron al enemigo y les revelaron todas las enseñanzas y secretos que habían adquirido en su propio Servicio de Inteligencia. He conocido a espías masculinos que se convirtieron en renegados, pero nunca por ese motivo. En un espía, está fuera de lugar un corazón tierno.

En mi opinión, el único uso limitado que puede hacerse de una espía es destinarla a seducir a un alto oficial o funcionario del bando enemigo, para obligarlo más tarde a dar informaciones con la extorsión. amenazandolo con delatarlo a sus oficiales de seguridad o, lo que es peor aún quizás, a su esposa. Por eso, les he preguntado siempre a las mujeres

holandesas que se ofrecían voluntariamente para la labor del espionaje si estaban dispuestas a hacer el sacrificio de su cuerpo por su país. Esto es algo que la mujer decente media no puede hacer a sangre fría. Una mujer capaz de dormir con un extraño, a menudo un extraño

repulsivo, para sonsacarle secretos, necesita tener alma de ramera. Y las rameras, como es bien sabido, no son dignas de confianza. Por eso, como espías en potencia, no cotizo muy alto

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a las mujeres. Tampoco resultan buenas cazadoras de espías. Muchos maridos que, al volver tarde a casa, temen el minucioso sermón de su esposa, podrán discrepar violentamente conmigo en este sentido. Sin embargo, durante los treinta años de experiencia en cuyo transcurso me he encontrado con los más destacados exponentes del espionaje o el

contraespionaje en Europa, o estudiado su táctica, nunca he conocido a una mujer, con la sola excepción quizás de Mademoiselle Docteur, que brillara en ambos aspectos.

CAPITULO II - MÉTODOS DE INTERROGATORIO

Hay varias maneras de obtener información de un sospechoso. Antes de analizar los métodos que he desarrollado personalmente mediante un proceso de juicio y de error, me gustaría mencionar sucintamente los usados en Inglaterra y en otras partes. En la Alemania nazi se usó ampliamente la tortura física; los metodos variaban según el ingenio del interrogador, desde la paliza lisa y llana hasta el atornillamiento de los pulgares, o bien se arrancaban las uñas de las manos y los pies sin anestésico o se fracturaban brazos y piernas o se ceñía cada vez más la cabeza del sospechoso con una banda de metal. También resultó un arma muy eficaz el torno del dentista, sobre todo cuando empezaba a penetrar

en los nervios sensibles existentes bajo el diente. Los métodos de la Rusia soviética no son fáciles de calcular con exactitud, porque han sobrevivido pocos presos políticos que puedan narrarnos la historia de su interrogatorio y son menos aún los que han logrado escabullirse por las grietas de la Cortina de Hierro. Es razonable presumir que la M. V. D. rusa confía muchísimo en la alimentación deficiente y las drogas para debilitar la resistencia de un preso, agregándole a esto los interrogatorios largos e intensos que suelen durar treinta y seis horas

ininterrumpidas. Luego, el sospechoso es devuelto a su celda, se queda dormido inmediatamente en el profundo sueño del agotamiento total y, al cabo de una hora, lo despiertan para proseguir con el interrogatorio. La falta continua de sueño quiebra la

resistencia de la persona más robusta y obstinada. Los métodos usados en los Estados Unidos varian desde el "acoso" de "tercer grado", en que un sospechoso es interrogado durante muchas horas bajo la luz de un poderoso reflector por relevos de interrogadores, hasta el uso de colaboradores científicos presuntamente de confianza, tales como la "droga de la verdad" y el detector de mentiras. Digo "presuntamente de confianza", porque yo, personalmente, no creo en la infalibidad de esos métodos. Una inyección de la droga de la verdad, o pentathol, que es su nombre exacto, adormece el pensamiento consciente del sospechoso y el

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Después de numerosos experimentos, he descubierto que años de práctica pueden adiestrar el pensamiento subconsciente de una persona hasta el extremo de restringir su habla bajo la acción de un anestésico. El detector de mentiras es un mecanismo ingenioso basado en la teoría de que el metabolismo de una persona se altera bajo el apremio de una emoción, cosa científicamente comprobada. Los expositores de este método llegan más lejos y afirman que se puede aplicar para saber si la persona interrogada está diciendo la verdad o miente. Estoy dispuesto a admitir que la teoría tiene a la estadística en su favor, pero no que alcanza siquiera a un uno por ciento de eficacia. La experiencia me ha enseñado que hay hombres resueltos y serenos capaces de burlar al detector de mentiras. Sólo son unos pocos, pero bastan. Para que en un tribunal puedan admitirse pruebas de esta

clase no debe haber excepciones a la regla general.

La Alemania nazi, la Rusia soviética y los Estados Unidos, en cuanto se refiere a los métodos de "tercer grado", confían grandemente en las privaciones físicas para obtener las informaciones requeridas de un sospechoso. No cabe duda de que la tortura física debe quebrar en definitiva la resistencia de cualquier hombre, por fuerte que sea su cuerpo y por, resuelto que sea su espiritu. Conozco a un hombre de un valor increíble que cayó en manos de la Gestapo y se dejó arrancar todas las uñas de las manos y los pies y fracturar una pierna sin dejar escapar una sola palabra de información útil. Pero él mismo reconoció que su resistencia había llegado al extremo límite. Sin embargo, ocurrió que sus

torturadores, contrariados, abandonaron sus tentativas a esta altura. Si

hubiesen proseguido, aun con un tormento de menor cuantía si se lo compara con los refinados suplicios a que lo habían sometido, la víctima hubiera desfallecido, terminando por confesarlo todo.

Ningún hombre puede soportar indefinidamente la tortura del agua. Se trata del simple y viejo método de hacer gotear el agua con intervalos de pocos segundos sobre la cabeza de la víctima. Esto, tengo la convicción quiebra en pocos minutos la resistencia de un hombre fuerte y convierte a cualquier ser humano en un loco que desvaría al cabo de una hora.

Aparte de ser naturalmente repulsiva, y del hecho, que le podemos agradecer devotamente a Dios, de que la prueba obtenida bajo coacción no es admisible en un tribunal inglés, la tortura física tiene una abrumadora desventaja. Bajo su acicate, un inocente confesará a menudo algún delito que nunca ha cometido, sólo para lograr una tregua. Si la tortura ha sido muy intensa, podrá hasta inventar un delito que involucre la pena de muerte, prefiriendo la muerte rápida a una continuación del suplicio. La tortura física hará hablar en definitiva a cualquier hombre, pero no se puede asegurar que éste dirá la verdad.

Es un hecho bien conocido que, en tiempo de guerra, a los agentes del servicio activo se les da tres clases distintas de píldoras para que las lleven siempre consigo. Una de ellas es la "píldora de knock-out", que deja inconsciente a un hombre durante veinticuatro horas. En segundo lugar, está la píldora de benzedrína, que estimula a una persona cansada para nuevos arranques de energía mental. La tercera clase es la píldora del suicidio: es de cianuro de

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potasio o de cualquier otro veneno igualmente mortifero y que obra con igual rapidez. Cada una de esas píldoras tiene su uso y la mencionada en último término es más que nada para el espía que sabe inminente su captura y comprende que no podrá soportar la tortura

subsiguiente. El hombre capaz de llevar consigo a todas partes su muerte bajo la forma de una diminuta pildora y que hará uso de ella antes que revelar informaciones vitales, es un individuo valeroso, ciertamente.

Esto es todo lo quiero decir sobre los métodos de tortura fisica para obtener

información. Tales métodos son habitualmente eficaces pero torpes y repugnan en absoluto a la gente civilizada. Constituyen, asimismo, una confesión de debilidad. El interrogador está pronto a admitir desde el principio que su sospechoso le es mentalmente superior y descarta así sus probabilidades de aventajar al detenido mediante el simple interrogatorio.

El Deuxieme Bureau, el primer equivalente francés del MI 5 en que recibí todas mis enseñanzas iniciales, tenía un método ingenioso que habitualmente rendía frutos. A cada sospechoso se le asignaban dos interrogadores. Uno de ellos era el hombre de tipo

intimidatorio, que siempre gritaba, amenazaba y asestaba puñetazos sobre la mesa. El otro era el individuo tranquilo, que mostraba simpatía y se ponía aparentemente de parte del preso y hacia todo lo posible por contener a su violento colega. El interrogatorio alcanzaba un

crescendo y el matasiete vociferaba injurias y profería las más terribles amenazas y entonces lo llamaban repentinamente con cualquier pretexto oficial y

tenía que alejarse. El interrogador "que simpatizaba" proseguía entonces interrogando al detenido con tono suave y cordial, ofreciéndole quizás un cigarrillo y calmando sus temores. El repentino cambio de atmósfera daba casi siempre los resultados buscados y el relajamiento de la tensión inducía muy pronto al sospechoso & hacer una confesión total.

Scotland Yard usa por lo general el método de la simpatía. Sus pesquisantes son expertos en la tarea de crear una atmósfera de "amistad"

que implica que, a fin de cuentas, todos somos seres humanos y estamos expuestos a cometer errores. Sus pesquisantes son corteses, cordiales y comprensivos... y muy eficaces para

obtener confesiones espontáneas. En mi carácter de holandés que ha pasado muchos años en Inglaterra, gozo quizás del privilegio de desechar la autocensura y modestia del inglés medio y de decir que esos métodos de simpatía por el sospechoso provienen de la esencial tolerancia y del deseo de tratar al perseguido con la equidad caballeresca propia de los buenos deportistas que caracterizan a Inglaterra. A diferencia de muchos otros sistemas judiciales, el acusado ante un tribunal inglés empieza con la inestimable ventaja de que la prueba está a cargo del fiscal. Esto también está implícito en todas las etapas que van desde el arresto hasta su aparición en el tribunal. Los

funcionarios públicos miran con malos ojos toda insinuación de abusar de un preso antes de que lo juzguen o de que se le extraiga una confesión mediante amenazas o coacción física. Muchos lectores recordarán el caso del brigadier de una ciudad costera del Sur durante la guerra. Un aviador nazi que había sido derribado después de haber ametrallado las calles de la ciudad fue traído ante el brigadier y se mostró a un tiempo altanero e injurioso. El brigadier,

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momentáneamente irritado por su actitud y pensando que el aviador sólo había disparado contra mujeres y niños indefensos, lo golpeó con su bastón. Por esto fue sometido a consejo de guerra y exonerado del servicio activo. Esto parece una pena exagerada por un golpe impulsivo asestado bajo una provocación extrema, pero, si se piensa un poco, se comprende el profundo principio que subyace en ella. En 1941, me sucedió un caso más divertido. Yo había estado interrogando a un sospechoso, que luego resultó culpable de espionaje, y durante el interrogatorio lo llamé embustero... y lo era, indudablemente.

Dio la casualidad de que me oyeran y más tarde me llamaron a presencia de un funcionario de alta jerarquía del Ministerio del Interior que me endilgó un sermón sobre la enormidad de mi agravio. El interrogatorio se había efectuado en una finca de dicho ministerio y al parecer existe una severa disposición del mismo de que a ningún sospechoso se lo podrá calificar lisa y llanamente de mentiroso. El interrogador puede hacer un

circun

diciendo: "Insinúo que su respuesta a mi última pregunta contenía ciertas inexactitudes" o, algo así, pero no insultar a la pobre víctima o agraviar sus sentimientos calificándolo de embustero tranco y desembozado! En esa oportunidad me senti a un tiempo divertido y un poco irritado, porque mi presunta víctima era un individuo particularmente repulsivo, así como un descarado mentiroso

de primer orden. Al evocar el episodio, comprendo que esa disposición del

Ministerio del Interior inglés, aunque algo exagerada quizás en su aplicación, era acertada en sus líneas generales.

Después de la liberación de Holanda, mis deberes consistieron en parte en adiestrar a muchos jóvenes holandeses para el Servicio de Contraespionaje. Las notas para una de las disertaciones de la serie que di figuran al final de este capítulo. Se refieren exclusivamente a mis métodos de interrogación. Por eso, no necesito decir gran cosa sobre ellos a esta altura, ya que toda la informacion se proporciona después.

Pero hay un punto que me gustaría destacar. Mi objeto, en todo interrogatorio, siempre era simplemente uno: provocar en el sospechoso una crisis emotiva, lo antes posible, en el curso del mismo. La razón no es muy difícil de descubrir. Un interrogatorio es antes que nada una batalla de ingenios y una u otra parte deben colocarse en situación ventajosa y mantenerla. El interrogador comienza con una ventaja natural. No tiene nada que temer, salvo el fracaso, y aun en ese caso ello no le será fatal. Puede practicar el interrogatorio cuándo y dónde quiera hacerlo y decidir cuándo ha de ser interrumpido y cuándo reanudado. Pero

perderá las ventajas propias de esta situación si no las aprovecha trastornando desde los primeros momentos a su adversario. Si puede conseguir que el sospechoso se irrite o asuste ante sus preguntas, habrá dado un gran paso hacia el éxito. Para trabajar con los sentimientos de un sospechoso, hay que ser algo así como un psicólogo práctico, según lo he mencionado en el capitulo primero, y valuarlo con precisión y sin demora.

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funcionarios del contraespionaje han usado la incomodidad física como arma auxiliar. Le dan al sospechoso una silla dura o lo obligan a mantenerse en pie y atento durante largos períodos del interrogatorio. Una treta muy común, usada según creo por los interrogadores del ejército cuando deben vérselas con un oficial enemigo de jerarquía que podría ser fácil víctima del malestar fisico, consistia en ofrecerle grandes cantidades de té o de café antes del

interrogatorio y prolongar luego las preguntas hasta que las necesidades naturales fueran tan apremiantes que el detenido estaba dispuesto a menudo a revelar informaciones vitales con tal de poder desahogarse. Personalmente, desapruebo con severidad esos métodos. Es cierto que no constituyen en realidad una tortura física. Pero están próximos a la línea divisoria con ésta y a veces suelen franquearla.

Quizás parezca quijotesco, pero siempre he tratado de mantenerme en

igualdad de condiciones con el sospechoso. Este podrá sentarse en una silla cómoda si lo desea; podrá recostarse hacia atrás, si lo prefiere. Las horas fijadas para el interrogatorio no deben ser excesivas al punto de agotar su resistencia. Pueden ser desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, con una hora de intervalo para almorzar. Más que nada, confío en llevar a cabo todo el interrogatorio personalmente y no estoy dispuesto a descansar un rato mientras me substituye alguien. Tampoco como lo he mencionado ya tomo notas durante el interrogatorio. Mi intención es disipar la atmósfera oficial y hablar en términos de confianza con el interrogado, salvo que me parezca más conveniente, en determinado caso, impresionarlo con una severidad formal. Y nunca me olvido de tomar la iniciativa,

provocándole una crisis emotiva. A menudo, si fracasa todo lo demás y tengo serias sospechas de que mi hombre es un

espía aunque su relato parezca impecable, se lo hago repetir muchas veces, desde el principio hasta el fin, sin omitir un solo detalle.

Esta repetición puede durar una semana, trabajando las horas normales, y constituir una prueba suprema tanto para su paciencia como para la mía... y para nuestras memorias. Tarde o temprano, si el interrogado no es sincero, dará un traspié en algún detalle de menor cuantía y entonces se abrirá un poco la puerta para desenmascararlo finalmente. Cuando yo, para decirlo en lenguaje figurado, puedo meter el pie dentro del vano de esa puerta, estoy en el camino del éxito.

Me gustaría ahora bosquejar sintéticamente la atmósfera en que se efectuaban los interrogatorios durante la segunda guerra mundial. Las condiciones eran mucho más difíciles que cuando estallara la primera. Un golpe de suerte y un criterio sagaz permitieron acorralar y atrapar a todos los espías alemanes que operaban en Inglaterra a las veinticuatro horas de haber estallado el conflicto bélico anterior, en agosto de 1914. Karl Lody, el primer espía

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alemán que llegó al iniciarse las hostilidades, era esperado ya y fue detenido con la mayor facilidad. Este caso se ha narrado con frecuencia y no necesito explayarme sobre él, salvo para dar sus lineamientos generales. En 1911, durante una visita oficial alemana a Londres, un agregado de embajada de alta jerarquía se habituó a visitar una barbería del Caledonian Road. Este tipo de

establecimiento no era el más indicado para que lo visitara normalmente un oficial alemán de categoría y ello provocó inmediatamente las sospechas del Servicio de Contraespionaje. Se vigiló la barbería y las cartas que llegaban y salían de allí. El Contraespionaje pronto advirtió que la barbería era el "correo" del sistema de espionaje alemán de Inglaterra.

Inteligentemente, nuestras autoridades no revelaron lo que sabían a esta altura, sino que se limitaron a vigilar con atención y formaron un legajo completo con las actividades que provenían de la barbería. Apenas se declaró la guerra, asestaron el golpe y de un solo golpe destruyeron toda la red de espionaje construida tan cuidadosamente en el curso de tres años. Ello significó un grave contraste para el espionaje alemán, que no logró reparar el daño en todo el resto de la guerra. Todo porque un oficial alemán de jerarquía había elegido un barrio insuficientemente aristocrático para cortarse el cabello.

La segunda guerra mundial estalló en condiciones muy distintas y más difíciles para el Servicio de Contraespionaje inglés. Normalmente, en Londres y las demás grandes ciudades del país hay muchos extranjeros, que pueden ser amigos de los enemigos de Gran Bretaña. Desde 1930 y tantos, aquellos elementos habían sido engrosados por los miles de refugiados llegados de Alemania e Italia, violentamente antagónicos en su mayoría a Hitler y Mussolini y que habían huido en gran parte por esa causa. Pero siempre era posible que los nazis y fascistas aprovecharan esas circunstancias e infiltraran a varios espías entre los refugiados auténticos. También había algunos ingleses que simpatizaban políticamente con los métodos nazis o que creían sinceramente que debíamos evitar la guerra tomando partido por Hitler.

De acuerdo con la Reglamentación de Defensa 18b, los sospechosos más importantes fueron internados al estallar la guerra, pero por ancha que fuera la red, la trama no era suficientemente apretada para atrapar a todos los peces. Una de las irónicas tragedias de la guerra total es que la libertad del individuo, causa principal de la voluntad de un país de luchar contra un agresor, es la primera baja que se sufre. Muchos sinceros patriotas se opusieron a que se restableciera la Reglamentación 18b y no cabe duda de que algunos hombres y mujeres inocentes quedaron atrapados en la red. Por ejemplo von Rintelen el célebre "invasor negro" de la primera guerra mundial, que odiaba con vehemencia a Hitler y sus métodos, y cuya absoluta sinceridad se probó más tarde, se pasó la mayor parte de los años 1941 y 1942 internado en Chelsea. Llegué a conocerlo muy bien durante esa época y nunca pude comprender por qué el país al cual quería ayudar y que se habría beneficiado grandemente con su vasta experiencia en materia de espionaje alemán lo trataba con tanta rudeza. Es la vieja historia de la tortilla y los huevos. No se puede hacer la guerra sin violar ciertos principios..., lo cual es una de las mayores catástrofes de una guerra.

Apenas estalló el segundo conflicto bélico, hubo que "pasar por el tamiz a los muchos millares de refugiados alemanes que habían estado llegando durante años a Inglaterra. Esto, en sí, ya era una tarea magna. Después de Dunquerque, a los pocos meses, llegaron en

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avalancha otros 150.000 refugiados de Dinamarca, Holanda, Noruega, Francia y aun Checoslovaquia y Polonia. Y plantearon un grave problema, sobre todo porque había que pensar también en la evacuación de las fuerzas expedicionarias inglesas y en la amenaza de una invasión posiblemente

inminente. Poco después, mientras proseguía la avalancha de los refugiados, empezaron las incursiones aéreas de la Luftwaffe y esto complicó más aún el problema. Inglaterra tenía sus propios desamparados que cuidar, así como a los refugiados de ultramar.

El sistema improvisado para afrontar este último problema fue el

siguiente: se instalaron cinco centros de recepción en Londres: Fulham Road, Balham, Bushey Park, Crystal Palace y Norwood. Los organizó el London County Council y cada uno de ellos fue dirigido, con un criterio que revela un admirable ingenio, por un director de hospicio. La sección seguridad me asignó al centro de Norwood, el que llegué a conocer mejor. Había sido un hospital y sus edificios eran del tipo de dos pisos. No tenía sótanos ni refugios antiaéreos. Se había erigido precipitadamente una alambrada en torno del perímetro y lo custodiaban soldados.

Las crecientes tandas de refugiados llegaban a menudo en las primeras horas de la mañana. A partir de junio de 1940, su arribo coincidía habitualmente con una incursión aérea. A veces, llegaban hasta setecientos en una sola tanda a Norwood, en un grupo de autobuses londinenses. Las mujeres y algunos de los hombres estaban ya al borde de la histeria a causa de las privaciones causadas por su fuga y de su inquietud por la suerte de sus familias. La confusión que implicaba llegar en la oscuridad, helados, solitarios y hambrientos, agravada por los peligros de la incursión aérea que los agobiaba y solía desequilibrar la balanza y

convertirlos en un grupo de semidementes, gesticulantes y vociferantes.

El restablecimiento del orden en la oscuridad entre una multitud de perfectos desconocidos no es la más sencilla de las tareas. Pero de algún modo había que hacerlo y era necesario registrar a todos los refugiados y anotar debidamente sus nombres y nacionalidades. Después de esto, una bebida caliente y algún alimento, y luego el problema de buscarse un lugar donde dormir y frazadas con qué cubrirse durante el resto de la noche. En esos

momentos, la, apariencia de orden tan penosamente lograda podía ser trastornada totalmente por el pánico de otra incursión de la Luftwaffe. Los, bombarderos alemanes parecían usar una "calle de bombas", que atravesaba Norwood y Crystal Palace, de modo que cualquiera de ambos centros o los dos podían tener la seguridad de recibir su ración de bombas en cada incursión aérea.

Al amanecer, los funcionarios del centro y yo, después de habernos pasado la noche desvelados, nos disponíamos a dormir. Pero entonces empezaba el verdadero trabajo. Cuando a los refugiados les habían dado un baño y quizás desinfectado sus cuerpos y ropas por si tenían piojos, los examinaba cuidadosamente un oficial médico. Todos los que tenían

enfermedades contagiosas, desde la viruela hasta la sarna, eran separados, naturalmente, de los demás. Muchos otros podían necesitar atención médica después de sus largos y penosos viajes.

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Entonces ponía manos a la obra el contraespionaje. Había que clasificar y examinar escrupulosamente el equipaje perteneciente a unos setecientos refugiados. Todos los trozos de papel, y las páginas de todos los libros, debían ser examinados con detenimiento. Había que registrar la ropa, inclusive los forros y las costuras, y lo mismo todas las cajas y maletas. Esta tarea debía cumplirse con la máxima atención. Muchos refugiados, en una honrada tentativa de ayudarle al país que les daba albergue, solian traer mapas, fotografías y dibujos que proporcionaban informaciones sobre las fuerzas alemanas de ocupación y todos esos documentos debían ser estudiados con detenimiento.

Concluida esta labor, empezaba la del interrogatorio. A los sospechosos los separaban de los refugiados evidentemente sinceros, y eran retenidos, para un examen detallado. Estos procedimientos podían demorar una semana, durante cuyo período se incomunicaba a todos los refugiados. No se les permitía

recibir cartas ni entrar en relación con el mundo exterior, hasta que el

Servicio de Contraespionaje los hubiera liberado oficialmente de toda sospecha. Luego, se los enviaba al oficial de inmigración y cuando éste los había provisto ya de los distintos permisos y tarjetas de identidad, se les autorizaba oficialmente a "desembarcar" en Inglaterra. A todos los refugiados dudososy en ese número estaban incluidos algunos individuos sinceros que tenían la mala suerte de carecer de pruebas corroborantes de su testimonio- los retenían aún bajo custodia. Existía un registro Central muy eficaz que contenía detalles sobre todos los refugiados que habían llegado. A menudo, resultaba posible verificar la historia de un refugiado sincero gracias a ese registro y, quizás, localizar a un refugiado que llegara antes y que respondía de la buena fe de los

dudosos.

Este método improvisado de "tamizar" refugiados prosiguió hasta abril de 1941, mes que a un colega y a mí nos encargaron la organización de un centro especial que se llamó Royal Victoria Patriotic School. Estaba en Clapham. Guiados por la experiencia penosamente

obtenida en muchos días y noches de habérnoslas con refugiados en los centros provisionales, mis colegas y yo logramos descubrir un sistema eficaz que permitia disminuir al mínimo las molestias de los refugiados y nos proporcionaba la más rigurosa seguridad. Además, la avalancha de refugiados había menguado para convertirse en una corriente incesante y como el número de examinadores aumentaba continuamente, podíamos dedicarle más tiempo y atención a cada uno. Desde abril de 1941 hasta

octubre ,de 1942, en que me trasladaron al Servicio de Contraespionaje holandés, trabajé exclusivamente en esa institución como director de los examinadores. En ese período, vi aumentar el personal de cinco a un total de treinta y dos.

Para mi, no cabe duda de que durante esos seis agitados meses, aproximadamente, después de la evacuación de Dunquerque, algunos espías

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pudieron atravesar nuestro tamiz, y probablemente lo atravesaron. En la

confusión existente y dado el insuficiente número de interrogadores adiestrados, era

imposible asegurarse de que todo refugiado sospechoso fuese apartado de los demás. Los que llegaban eran demasiado numerosos y el tiempo disponible harto breve para obtener

resultados de un ciento por ciento.

El tamizamiento de refugiados en Londres no señaló el fin de mis actividades en los días posteriores a Dunquerque. Después de la caída de Francia, la costa de Europa quedó bajo la fiscalización alemana, salvo la

angosta franja de Portugal. El único puerto de entrada oficial a Inglaterra era entonces Lisboa. Los barcos de Lisboa visitaban con regularidad Liverpool y Glasgow, mientras que los

hidroaviones del mismo origen llegaban dos veces por semana a Poole, una localidad próxima a Bournemouth, y los aviones terrestres a Whítchurch, cerca de Bristol. Además de mis deberes en Londres, se me asignó la misión de llevar sucesivamente a un equipo de

examinadores a cada uno de esos cuatro lugares para fiscalizar a todos los que iban llegando, tanto ingleses

como extranjeros. Aquello implicaba muchas horas de viaje por el país y creo que fui el único agente del Servicio de Contraespionaje a quien mantuvieron permanentemente en esta tarea, hasta que debí dedicar todas mis energias al Royal Victoria School de Clapham, adonde enviaban para su examen a todos los que llegaban en avión y en barco.

Tal era, pues, el medio del cual surgieron los casos auténticos que debo narrar. Si se la compara con la guerra de 1914, en que todos los espías alemanes fueron localizados y

atrapados rápidamente y en que no huyeron refugiados del continente, la labor del Servicio de Contraespionaje fue difícil y se efectuó en circunstancias difíciles. Así como las fuerzas

expedicionarias británicas no estaban preparadas para afrontar la ofensiva de las divisiones blindadas alemanas en mayo de 1940, tampoco lo estaba el Servicio de Contraespionaje para afrontar la avalancha de refugiados que penetró impetuosamente en el país. Y así como el ejército tuvo que reagruparse y aprender a vencer a los alemanes en

su propio deporte nacional, también tuvo que adiestrarse el Servicio de Contraespionaje a base de una experiencia duramente ganada. Pero con la diferencia de que cada error podía ser de magnitud y con consecuencias de largo alcance. Durante los cinco últimos años, he estado esperando a

diario la aparición en Alemania de un libro titulado "Mis años de espionaje en Inglaterra", de algún alemán que pasara en este país cinco años felices, y provechosos para él, de 1940 a 1945. Hasta ahora no se ha publicado semejante libro, pero no me sorprendería que

apareciera. A menos que ese posible autor esté aún cumpliendo alguna misión y no haya salido todavía a la luz del día.

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APÉNDICE DEL CAPÍTULO II - NOTAS SOBRE EL EXAMEN

1. Examen del equipaje

Todo lo que se diga sobre la vital importancia de un examen muy minucioso de los objetos de los recién llegados será poco. Antes de examinar al propio recién llegado, hay que inspeccionar con minucioso cuidado y especial atención el contenido de las carteras, los diarios, las libretas y todos los fragmentos de papel escrito que ese hombre haya traído.

Todo trozo de papel, aun diminuto, como un arrugado pedazo de papel de cigarrillo, debe ser examinado cuidadosamente. Todo lo que resulte enigmático debe ser apartado y ha de pedirse una explicación al concluir el primer interrogatorio.

Deben anotarse todas las direcciones y pedir una explicación cuando

se practica el interrogatorio. Si entre los objetos del recién llegado figuran libros, se les debe prestar especial atención a las guardas, y si tienen envolturas de papel, hay que quitarlas. Si está doblada la esquina de alguna página, hay que examinar especialmente esa página, en busca de marcas o pinchazos con alfileres.

Si hay diccionarios, hay que mirar las páginas donde se inicia cada

letra nueva y ver si hay alguna señal encima o debajo de esa letra. Hay que vaciar y examinar por dentro las cajas de fósforos. Hay que analizar toda substancia química, ya sea un específico en forma de comprimidos o en polvo.

Se debe vigilar especialmente los trozos de algodón en rama y los mondadientes o palos de naranjo que se llevan en las Carteras.

Hay que tener mucho cuidado con las hojas de papel carbonico usadas y también con las de papel secante usadas: pueden, en alguna oportunidad futura, proporcionar una prueba fundamental.

II. Primer Interrogatorio.

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El primer interrogatorio de todo recién llegado no debe consistir tanto en un interrogatorio como en una declaración completa en detalle del examinado.

Esto debe llevarse a cabo en todos los casos con una perfecta cortesía: y en ningún momento, el examinador deberá expresar con ]a palabra o la expresión fisonómica, la menor duda, sorpresa o cualquier otro sentimiento humano, salvo quizás la admiración.

Las mentiras o jactancias evidentes deben ser alentadas, no aplastadas.

No se debe señalar las contradicciones. Si el examinado forma parte de un grupo, y los demás miembros del grupo, durante su primer interrogatorio, han formulado declaraciones en pugna con las suyas, no se debe hacer notar jamás esas discrepancias durante el primer interrogatorio. Cuanto más dudosa o sospechosa es una narración, tanto más deberá parecer que el examinador la acepta sin vacilar. El examinador no debe formular preguntas ni

observaciones de ningún género que puedan poner en guardia al examinado y hacerle comprender que se duda de su relato.

Si al terminar su exposición uno se siente razonablemente seguro de que el relato es sincero y de que se trata de un caso más o menos rutinario, puede iniciar sus preguntas y formular todas las interrogaciones que crea necesarias para aclarar y cumpletar la historia narrada. Si después de esas aclaraciones uno se convence de que el examinado es inobjetable y de que no hace falta un segundo interrogatorio, puede recomendar concretamente que se lo deje en libertad.

Pero si a uno le inspira dudas cualquier punto del relato, la terminación de éste debe señalar al propio tiempo la terminación del primer interrogatorio.

(b) Informe.

Al iniciar su informe, además de los puntos standard ya expuestos, uno debe incluir siempre, asimismo:

a) La región del sujeto.

b) Si ha pertenecido alguna vez a algún partido político o sindicato, y en ese caso, a cuál.

c) Los idiomas y su habilidad para hablarlos.

Al cerrar el informe, no se debe iniciar la recomendación con la frase de que ese hombre causa una buena o mala "impresión". Las impresiones son fatales.

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Se puede dar por sentado que el espía realmente hábil causará una excelente impresión. Uno de los criminólogos más famosos del mundo afirmó en Cierta

oportunidad que la persona que le había causado la mejor impresión era una mujer que había envenenado a sus hijos para cobrar el importe del seguro, y la que le había causado peor impresión era un famoso filántropo y reformador. Si la historia que le han narrado a uno no lo satisface, no se debe llegar a una conclusión categórica.

Uno debe especificar sus dudas y objeciones, exponiendo su opinión, y si tiene una explicación lógica adecuada a todos los hechos, hay que

darla en detalle y recomendar que se espere un nuevo interrogatorio. Si no se ha hecho esto, hay que pedir otra opinión.

Las averiguaciones deben ser solicitadas inmediatamente después del primer interrogatorio por el propio examinador. Conviene no demorar en hacerlo, ya que los

resultados de esas averiguaciones son habitualmente muy útiles si se poseen ya al efectuarse el segundo interrogatorio.

III. El Segundo Interrogatorio.

Antes de comenzar un segundo interrogatorio, si el individuo ha sido examinado antes por otro oficial del contraespionaje, hay que estudiar muy cuidadosamente por lo pronto el informe del primer interrogatorio.

Pero al hacerlo hay que estar constantemente en guardia contra los

efectos de la sugestión, ya sea intencional o inconsciente. Cuando un examinador presenta los hechos de un caso lo hace casi siempre, consciente o inconsciente-mente, en forma de deducción.

Ciertos hechos, que le parecen esenciales al primer examinador, están registrados en forma destacada y minuciosa, mientras que otros, considerados subalternos o triviales, han sido suprimidos parcialmente. E] segundo examinador nunca debe aceptar esta valuación del valor probatorio hecha por el primero. Debe encarar todo el asunto y pesar por separado cada hecho y quizás descubra que el factor fundamental del caso se le ha pasado por alto casi por completo al primer examinador, por considerarlo virtualmente desdeñable.

A veces, resulta provechoso montar en cólera artificialmente: uno NUNCA debe irritarse de veras. NO se debe abordar gradualmente ningún punto critico.

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emboscada para el soldado en el campo de batalla. Además, siempre que ello resulte posible, este ataque sorpresivo no debe consistir en una pregunta, sino en una afirmacion. Por ejemplo: si uno tiene buenas razones para creer que el

interrogado ha estado en contacto con el cónsul alemán de determinada ciudad, no se le debe preguntar: "¿Visitó usted alguna vez el consulado alemán allí?", sino "¿En qué fecha hizo usted su última visita al consulado alemán allí?".

Esta pregunta fundamental, o digamos mas bien esta afirmación vital implícita, debe hacerse bruscamente, sin vinculación con nada: obsérvese la reacción de la manzana de Adán y los párpados del sujeto.

Si hay en su relato varios puntos dudosos e importantes, es aconsejable no tratarlos sucesivamente sino llevar el interrogatorio a los tumbos, saltando a menudo sin advertencia previa de un punto a otro.

Antes de iniciar sus preguntas, uno debe hacer un minucioso examen

psicológico para valuar al sujeto y tratarlo en consecuencia. Hay hombres a quienes se puede quebrar con la intimidación: en otros causa un efecto contrario.

Se debe decidir de antemano si uno tendrá mayores probabilidades de obtener resultados con el interrogado mediante la intimidación, el sarcasmo y el trato frío e impasible, o usando la compasión y valiéndose de sus sentimientos.

LA HISTORIA DENTRO DE LA HISTORIA

En muchas recomendaciones de los primeros informes se suele descubrir que el primer examinador recomienda retener al individuo en cuestión hasta que se aclaren ciertos puntos de la historia narrada, que resulta improbable o quizás hasta sea imposible aclarar. En todos los casos, se debe estar muy en guardia contra lo que llamo, por falta de otra denominación mejor, "la historia dentro de la historia".

El autor de cualquier historia que ha de ser narrada por un espía en país enemigo, si sabe su oficio, incluirá siempre esta "historia dentro de la historia" por lo que pueda suceder.

Procuraré dar un ejemplo de lo que quiero decir. Se interroga a un marinero. Cuenta su evasión de un territorio ocupado, donde durante seis meses no ha hecho nada, por haberse negado a trabajar para los alemanes y sólo ha tratado de ayudarle a alguna organización clandestina concertando un sabotaje, etcétera. Luego, ha huido y llegado a Inglaterra vía España y Portugal.

Referencias

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