• No se han encontrado resultados

TABLA 33 – EXTRACTO ENTREVISTAS INFORMANTES CLAVES (VER ANEXO 4)

O. Mirleni (CIMACG) “ La Fundación ExportAr, aporta un subsidio sin el cual el consorcio no

se hubiera constituido. Para que sea sostenible, tendría que cambiar el perfil del mueble que produce Cañada. Pero además, [los competidores] hace 25/30 años, están el mercado, y van a seguir estando… No sólo cambia por precio un cliente. “

Fuente: Elaboración propia.

En las expresiones de los informantes claves (Ver también Anexo 4 para las desgrabaciones completas) es posible advertir ciertos tópicos comunes. Y en torno a ellos, convergencias y divergencias. Esos tópicos son, en primer lugar,

el origen de los grupos. En segundo, las mejoras posibles que admiten los

programas del estilo. En tercero, sobre el papel del individualismo para

entender estos procesos.

Respecto del origen de los grupos, la opinión de nuestros informantes

coincide en que la formación de los grupos es inducida no necesariamente

193 Colectivos (“organizaciones del territorio” como sostiene Carlos Braga;

instituciones en un sentido más coloquial). Esa convicción se expresa de maneras alternativas en sus entrevistas: “Lo primero es que tiene que haber alguna una institución que los lidere un poco…” (C. Braga – CIDETER); “Una primera cuestión, radica en que los grupos se arman en general desde arriba (profesionales, o instituciones) y no desde abajo, del productor (C. Pernuzzi – ADERSJ); “No se puede sustentar una experiencia en base al compromiso asociativo “impuesto”…. Lleva mucho tiempo… Por eso SPL no anda… No puedo ir a un pueblo a decir <júntense 5>, compren un galpón, yo pongo la mitad… No funciona así.” (O. Mirleni – CIMACG); “Tendría que surgir desde los grupos, y los programas deberían apoyar esas conformaciones. Si los forzamos, los grupos se terminan cayendo…” (B. Bedetta – Coordinadora). El primer denominador común en estas expresiones es que la cooperación

efectiva, para que ocurra, necesita ser catalizada. Que uno o más actores

tienen que ponerla en acto, iniciarla, porque de otra manera no ocurre. El segundo, es que esa manera no necesariamente produce buenos

resultados: “lo forzado”, “lo impuesto”, desde arriba, no termina bien. Y por ello

“No anda”, “se terminan cayendo” (las experiencias, los grupos). Esta

convergencia puede ser interpretada en más de una forma.

Por un lado, es posible arriesgar que si en efecto, la elección racional está en

la base de la decisión de cooperar, puede que para que efectivamente se active, haga falta “algo más”. Siguiendo esta línea argumental, si es tan decisivo el papel catalizador (o promotor, como se ha se mencionado aquí) de

actores individuales o colectivos (Profesionales, referentes sectoriales o

gremiales, cámaras, fundaciones o centros de I+D), ¿No correspondería entonces valorar aún más los instrumentos de política que hacen posible la emergencia de la cooperación? En efecto, si el cálculo auto interesado por sí solo no basta, hay entonces que “estimularlo”, y las medidas de política que analizamos pueden facilitar, lubricar la cooperación. Ese es el sueño de todo partidario del NIER. Sin embargo, esa interpretación es muy controversial para estos informantes. Antes bien, se entiende que aquello forma parte del fracaso de las experiencias.

194

Por el otro, aquella convergencia puede ser interpretada de otro modo. La

cooperación no es natural, no emerge espontáneamente (como señalan casi todos los científicos sociales aquí considerados, y los mismos documentos del SPL y el FCE). El papel promotor que actores individuales o colectivos pueden tener es necesario. Como señala C. Braga, ciertas formas

asociativas, las más simples, emergen de manera más espontánea luego de

ciertos procesos de maduración117. Pero otras, demandan el papel decisivo

de aquellos visionarios, de aquellos actores del territorio que “las

lideran”.

Que aquella convergencia pueda entenderse de dos modos diferentes, ¿Implicaría reconocer que cualquier forma de promoción de la cooperación

funciona (sean actores visionarios de la sociedad civil, sean organismos

públicos, o sean instrumentos de política basados en el NIER), por que

produce, cualquiera sea su forma, los mismos efectos? Como si la

cooperación motivada por el autointerés fuera una pila de ramas y hojas secas, que cualquier chispa próxima logra encender. Nuestra respuesta, en principio, es negativa.

Más apropiado parece entender, a partir de los testimonios aquí

considerados, que lo impuesto, lo forzado, no es el papel de los

promotores de la cooperación, sino el formato, los requisitos, las

exigencias de los programas. Ese papel de actores promotores de la

cooperación, es visto de manera muy diferente, si se trata de Profesionales, especialistas en ciertas temáticas o sectores, o si se trata de actores colectivos (cámaras, organismos públicos, organismos privados, entes mixtos, etc.). C. Braga, A. Citroni y C. Pernuzzi ponen un énfasis especial en la figura del

Coordinador de Grupo. Para Pernuzzi, “Hay grupos que se forman porque es

el medio de vida del profesional; es el profesional el que arma el grupo, reuniendo a productores o empresarios e intentando que eso funcione. Distinto

117 CBraga señala que debe tenerse en cuenta que “Pensá que este sector, la mayoría de los fundadores eran ex empleados de fábrica, con bajo nivel de management, bajo nivel de manejo de empresa. Muy emprendedores, muy innovadores, pero bajo nivel de manejo de empresas profesional…”

195 es el caso de los grupos armados, también desde arriba, pero promovido por las instituciones. Las instituciones están para esto; es lo que hacen, tienen un interés en intentar que los productores progresen, que se salven…”. Semejante es la observación que hace C. Braga, de aquellos coordinadores que “que arman un grupo, luego arman otro, un poco para perpetuarse o seguir cobrando un honorario. Y siempre están detrás de la plata, y no de la cosa estratégica…”. Pero en este último caso, no es la figura del profesional

devenido en Coordinador que tiene en mente C. Pernuzzi (distinto del Técnico de una ADER, o el personal de una Cámara, o el funcionario de un municipio o comuna), sino ciertos usos que ciertos coordinadores hacen de estos instrumentos, con todas las implicancias que ya se han apuntado. Para explicitar esta diferencia, hay un dicho: “Hay grupos que tienen coordinadores, y hay coordinadores que tienen grupos”.

Por último, para C. Braga y A. Citroni hay claramente una oportunidad de mejora en trabajar más y mejor en la identificación de los Coordinadores de los Grupos (en particular, del FCE), la selección de las empresas, y el trabajo articulado con los “actores del territorio”. La lectura sobre el papel de ciertos actores en la cooperación, es consistente con aquella otra relativa a las mejoras sugeridas para medidas de política o instrumentos como los que

nos ocupan. En efecto, para que ese papel de los promotores individuales o

colectivos pueda surtir efectos duraderos, los apoyos o estímulos que proveen estos programas pueden mejorar, complementándolos.

Un primer reclamo de C. Braga es que estos programas trabajen “más estrechamente con las organizaciones intermedias del territorio”. Ello permite que “los grupos” y las representaciones sectoriales tiren (“pidan”) para el mismo lado. O existan ciertos grados de “ajustes con planes estratégicos del sector”. En el mismo sentido, considerar los plazos que demanda el asociativismo. B. Bedetta afirma que “Los programas son de dos años; la conformación lleva mucho tiempo, hay conflictos, hay que gestionar esas relaciones, y el programa suele irse cuando el grupo está fortaleciéndose…”. Este reconocimiento es también compartido por A. Citroni, quien apunta a “los dos años” que dura el apoyo, entre los aspectos que pueden ser mejorados. O en palabras de O.

196 Mirleni, “Lo he discutido mucho con la gente del Ministerio. No se puede sustentar una experiencia en base al compromiso asociativo “impuesto”…. Lleva mucho tiempo…”. La flexibilidad reclamada, en sintonía con que en materia de asociativismo “damos pasos para adelante, para atrás, y estos procesos llevan tiempo…” (C. Pernuzzi), alcanza también a las exigencias de cantidades mínimas de empresarios, formularios y rendiciones. Muy exigentes, propios de otras realidades, “enlatados”, que no viajan bien de sector en sector.

De más está decir que ninguna de estas menciones asocia los elementos inflexibles a las exigencias de los organismos internacionales que, al financiarlos, los hacen posibles.

Respecto de la tercera de las convergencias en los testimonios, el papel

del individualismo es uno que se destaca. Aparece de formas diversas. A

priori, podría pensarse que el individualismo tendría un lugar como motor

de la cooperación. Como motivación sino exclusiva, al menos predominante,

de acuerdo a lo que puede esperarse si se siguen los lineamientos de los programas bajo estudio, que pretenden precisamente, incentivar el cálculo interesado y hacer más atractiva la conducta cooperativa, que de otro modo no sucedería. Sin embargo, es antes bien sugerida como una fuerza

disruptiva de las experiencias.

Aparece, en primer lugar, a horcajadas de la “desconfianza”. Como enfatiza B. Bedetta, “Hay un gran nivel de desconfianza entre los productores; la sospecha es siempre que “por atrás” los van a traicionar, y van a tratar los otros, de hacer un arreglo mejor de manera individual”. En segundo, aparece más abiertamente como una motivación contraria al asociativismo. Así lo entiende C. Braga, al señalar “… creo que las empresas van entendiendo que tienen una problemática común… <Mi vecino, que en algún punto es mi competidor en algunas cosas, pero es también una persona que tiene la misma problemática>. Una forma inteligente de poder crecer ambos es ceder un poco el individualismo en pos de llegar a un cierto objetivo… Esa es la realidad”. Realidad que guarda una estrecha relación con la que pinta C. Pernuzzi, al sostener que “Si a eso le sumás que cuando estos se acercan a las instituciones o a los profesionales, lo hacen para resolver un problema propio; y

197 ven al otro productor como un competidor, al que si le va mal, mejor, eso te da una pauta…Esa formación, ese individualismo, que es cultural… Eso actúa…”. Finalmente, la principal divergencia puede encontrarse en la opinión general sobre estos programas e iniciativas; quizás, una cuestión de matices. Podría decirse que C. Braga y A. Citroni tienen una mejor imagen de los programas (en particular del FCE), coincidiendo en que son “buenas ideas”, “bien diseñadas”, pero que necesitan “dar un salto de calidad”, “profundizar”. Sus sugerencias o propuestas apuntan a proveer una sintonía fina para mejorar su desempeño. Y que tanto C. Pernuzzi como B. Bedetta y O. Mirleni, tienen una mirada crítica más profunda; conceptual podría decirse, respecto de estos programas.

198

Capítulo 6

Hemos sostenido en este trabajo, que entre el reconocimiento del

problema (la necesidad de promover la cooperación entre empresas) y las

hipótesis de trabajo para intervenir sobre el mismo (los instrumentos de

política que se proponen elevar el nivel de cooperación inspirados en el NIER),

hay una brecha muy grande, que es necesario explicar. Lo hemos hecho,

inicialmente, desde un punto de vista lógico: la cooperación entre empresas sucede, en un número mucho más significativo de casos, en ausencia de incentivos “extra mercado” como los que aquellos instrumentos ofrecen. Al mismo tiempo, porque en la abrumadora mayoría de los casos la cooperación entre empresas no sucede a pesar de la existencia de estos incentivos “extra mercado”. Esta brecha puede ser apreciada observando la proporción de empresas (todas potencialmente cooperadoras) que son alcanzadas por dichos instrumentos. Entre las posibles razones de aquella brecha, interesaba

explorar en este trabajo una en particular: si los supuestos del NIER

capturan la complejidad de la cooperación, y dan cuenta de las

motivaciones para actuar que reconocen los agentes, o si hay algo importante

que cae por fuera de ellos. ¿Cómo nos propusimos determinarlo?

En primer lugar, analizamos las contribuciones de los Enfoques del Desarrollo

Local, sirviéndonos de desarrollos de los principales referentes de Italia, España y América Latina, y de la Teoría del Capital Social. Señalábamos que estas contribuciones tenían al menos una de las siguientes debilidades: o se asentaban en micro fundamentos para comprender la conducta humana cooperativa que compartían con el NIER la preeminencia de la Elección Racional, o dichos micro fundamentos brillaban por su ausencia. Rescatando igualmente el papel de la confianza como parte de una motivación más compleja en la explicación de la cooperación, decidimos explorar otras posibilidades teóricas.

En segundo lugar, reconocimos que la conducta cooperativa es un tipo

general de comportamiento, que tiene se expresa en tipos específicos. Una posibilidad entonces era explorar respuestas de un nivel más general al

199 problema también más general: ¿Porqué y bajo qué condiciones los agentes cooperan? Esta pregunta ha estructurado los desarrollos de la Teoría de la Cooperación, que habitualmente se preocupa de los problemas de coordinación, que aquí hemos llamado también Dilemas Sociales. La creencia en base a la cual se ha seguido este camino, era que la mencionada Teoría, y los enfoques en pugna que conviven en su interior, podían iluminar la búsqueda de respuestas que complementaran los supuestos del NIER, o que fueran alternativas a él, y que a la vez se expresaran en decisiones cooperativas del tipo específico que nos ocupa.

Los desarrollos revisados críticamente son los que asignan un papel central en la explicación de la cooperación a las emociones pro sociales, junto con las

normas sociales que contribuyen a sostener, y el liderazgo. Ciertos rasgos de

estas contribuciones han permeado nuestro trabajo de campo; otras han sido discutidas a la luz de posiciones críticas que hemos sostenido frente a lo que algunos autores aquí presentados han denominado el modelo del hombre económico puro (FEHR y GINTIS, 2007), y que para este trabajo constituye, sin más, un reduccionismo rampante del complejo motivacional humano.

Estas posiciones se han respaldado con las aportaciones de J. Elster, de M. Bunge, D. Kahneman, y A. Sen, entre otros. En el intento de sintetizar un posible camino intermedio, hemos destacado particularmente el planteo

de J. Woodward, quien reconoce que las personas son motivadas por el

propio interés o por el interés en los demás; y más frecuentemente, motivaciones diferentes en las mismas personas, que cambian de situación en situación, porque somos sensibles tanto al contexto como al otro, a sus motivaciones, y a nuestras creencias sobre cómo se comportará en una interacción determinada.

De esta manera, nos servimos de algunas ideas que nos permitieran guiar un trabajo de campo, que pudiera determinar las motivaciones reconocidas por las y los entrevistadas/os para cooperar, y establecer lazos con los modelos causales conocidos (NIER, Emociones Pro sociales, Normas Sociales, y Liderazgo) De todo ello nos hemos ocupado en el Capítulo 3.

200 Muñidos entonces de la intención de poner en cuestión al NIER en las explicaciones sobre la cooperación entre empresas o firmas, y de ciertos rudimentos rescatados de la revisión crítica de la Teoría de la Cooperación, nos propusimos bajar al terreno, y someter ciertas proposiciones teóricas, algunas evidencias y nuestras intuiciones al contraste con los hechos.

Con la aspiración de conducir un estudio cualitativo de casos múltiples con el máximo rigor que las Ciencias Sociales y la Ciencia Política en particular hoy nos permiten, se tomaron al menos tres decisiones de vital

importancia para hacerla realidad. Una primera, fue determinar dónde estos

programas son más exitosos en términos relativos, para conducir allí nuestra indagación. La Provincia de Santa Fe se impuso claramente. La segunda, fue construir una muestra en condiciones de satisfacer los criterios sugeridos por John Gerring y Robert Yin para la selección de casos, asegurando a la vez relación con la población, y dispersión temporal, espacial, y sectorial. La tercera, que el relevamiento pudiera capturar las relaciones que existen entre Grupos Asociativos o Consorcios (“experiencias”) y productores/as o empresarios/as (casos), que Yin denomina broader level y narrower level

respectivamente. La consistencia de la evidencia aumenta por la coincidencia entre ambos.

Para el análisis cualitativo de las fuentes primarias (entrevistas con empresarios/as y/o productores/as, y con informantes claves) y de las fuentes secundarias (publicaciones de los organismos) se han seguido las recomendaciones de Robert Yin, y su modelo de 5 fases. Los pasos seguidos para poder conducir el trabajo de campo se describen en el Capítulo 4.

El Capítulo 5 esencialmente describe el trabajo de campo efectuado, presenta

los instrumentos de relevamiento, y organiza los datos relevados para una favorecer un primer contraste entre los hechos y los argumentos teóricamente fundados que guían este estudio. A partir de los hallazgos en las fases de

desarmado y rearmado de los datos (2 y 3 en la propuesta de R. Yin), nos proponemos en este Capítulo 6, presentar las fases 4 y 5 (interpretación de los hallazgos, y presentación de conclusiones respectivamente).