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Misión social de la universidad

service learning y campus compact

3.1 Misión social de la universidad

La universidad tiene un lugar especial en la sociedad y desempeña un papel irreemplazable en ella; un lugar no sólo físico, sino funda- mentalmente cultural, social, de promoción de la investigación, del desarrollo, etc.

Son muchos los temas que contiene la misión social de la universi- dad. Me gustaría señalar tan sólo tres: las relaciones de la universidad con el mundo exterior y, más en concreto, con la realidad que la rodea; la docencia e investigación universitaria realizadas con esta mentalidad y actitud de servicio social, y la participación de los estudiantes en la vida universitaria y de la comunidad.3

Para quienes estamos empeñados en la tarea universitaria, son mu- chas las ocasiones en que nos planteamos cómo afrontar la pasividad que en ocasiones muestra el alumnado, cómo suscitar intereses en los estudiantes, cómo promover el compromiso cívico. Es esto motivo de conversación y trabajo con los colegas.

Lógicamente, para poder aportar soluciones, conviene en primer lu- gar indagar en las causas y actuar sobre ellas. Habrá también que buscar motivos que les ayuden a salir de esa cómoda o incómoda pasividad en la que a veces se hallan, encontrar fi nes compartidos por los que valga la 1. Otras tendencias en la Educación Superior, concretamente en Estados Unidos, Reino Unido y Japón pueden verse en Rasines (2003, p. 61).

2. Se incluye en anexos información sobre estos temas para facilitar el acceso a quienes tengan interés.

3. Para un enfoque histórico cfr. De Riddler-Symoens, H. (ed.) (1999), Historia de la Universidad Europea, 4 volúmenes, vol. 1, 1995, Bilbao, Universidad del País Vasco.

pena ponerse en acción. Convendrá, en fi n, invertir con magnanimidad en formación humanística, antropológica y ética de los estudiantes, que será fructífera a largo plazo.4

A la Educación Superior le compete colaborar en la preparación del alumnado para ser ciudadanos refl exivos, críticos, capaces de pensar por cuenta propia. No se concebiría un universitario sin crítica. Es ésta una disposición que lleva a implicarse en las cuestiones sociales cuando es necesario, y a tratar de cambiar lo que sea preciso cuando lo pide la justicia y el bien común. Se trata de una crítica que «no se apoltrona escépticamente, refugiándose en su propio discurso o en su pereza» (Llano, 2003; Colby et al., 2003; Dahrendorf, 2000; Barnett, 2000).

La pregunta que a veces surge cuando alguien piensa en estas cues- tiones, mirando a la universidad en su conjunto, es: ¿quién se encarga de promover medidas positivas o programas formativos en un sentido amplio de compromiso cívico en nuestras universidades?

Se podría responder que, por un lado, es tarea de los equipos de los vicerrectorados de alumnos, también de los decanos o vicedecanos de alumnos de cada Facultad, las ONG presentes en la vida universitaria, la representación estudiantil, etc. Pero sin ninguna duda somos los mis- mos profesores, cada cual dentro de su materia científi ca y a partir de ella, quienes podemos hacer mucho u omitir hacerlo en esta faceta de la formación universitaria. El profesorado es pieza clave, porque tiene la inmediatez del día a día con el alumnado. Sin duda alguna es también la universidad en su conjunto quien colabora: desde las instalaciones ma- teriales y el uso y cuidado que se les da, hasta el clima que se crea en las cafeterías, pasando por las actividades culturales que se promueven, etc.

Contemplar la universidad desde la perspectiva de la formación ofre- ce interesantes virtualidades desde nuestro punto de vista, ya que es nú- cleo genuino y esencial de la institución. Formación intelectual, lógica- mente, pero que atiende a todos los demás aspectos que el concepto de formación implica: educación estética, afectiva, moral y social o cívica. La preparación para el trabajo profesional es un tema candente en el planteamiento actual sobre el sentido y misión de la universidad. Toman- do las competencias profesionales como concreción actual de esa prepara- ción, se puede entroncar con la tradición de la formación universitaria, lo

4. La enseñanza universitaria genuina es aquélla que capacita para el diálogo, ayuda a pensar juntos. Como dice MacIntyre: «It is a familiar truth that one can only think for oneself if one does not think by oneself» ([1987], «Th e Idea of an Educated Public», p. 24, en Haydon [ed.], Education and Values. Th e Richard Peters Lectures, Londres, University of London Institute of Education).

que nos lleva a valorar aspectos tales como el rigor crítico, el interés libre de utilitarismos, saber preguntar, no quedarse en apariencias, descubrir que la verdad a veces se oculta y que hay que empeñarse en su descubrimiento, ser conscientes del riesgo de la autosufi ciencia o de valorar en exceso el cri- terio propio, saber que no se sabe todo y que la oscuridad se detecta desde la luz, aprender a juzgar por cuenta propia con criterio formado, tener convicciones desde las que dialogar sin temer la argumentación, aprender a sugerir más que afi rmar, tener un sentido profundo de la dignidad de la persona y de la convivencia social, la mentalidad de servicio, etc.: todas ellas cualidades del universitario que requieren conocimientos, actitudes y habilidades o destrezas que hay que desarrollar.

Merece atención en la tarea universitaria, por su relación con la di- mensión social de la educación, esa especial sensibilidad hacia todo lo que se refi ere a la dignidad humana y a la convivencia social: la conside- ración de todo ser humano según la dignidad que le es debida y nunca sólo como medio; que un ser humano vale más que todo el mundo material; aprender a vivir públicamente la libertad: evitar el anonimato; buscar el bien común, que no es sólo el bien de una mayoría; aprender a dar y compartir lo que se tiene; a tratar de preservar y perfeccionar la naturaleza, abrirse a una ecología humanista; etc.

En la vida de una persona los años universitarios son un período de tiempo especial, también desde el punto de vista de la suscitación de su conciencia cívica. Para muchos estudiantes, es el tiempo en el que alcanzan la mayoría de edad legal o la acaban de estrenar, y por tanto son ciudadanos de pleno derecho, aunque su vida sigue siendo en muchos casos, al menos en nuestro panorama más próximo, depen- diente de sus familias. Sería un error pensar que sólo son ciudadanos los que han acabado sus estudios (cfr. Fernández, 2005). Los estudiantes universitarios tienen una misión cívica que cumplir en sus condiciones actuales, como la tienen los profesores, los investigadores o el personal de administración y servicios de una institución universitaria y que cada cual desempeña según su saber y entender.

Los universitarios de hoy son los profesores de primaria y secundaria del mañana: ésta ya es una responsabilidad social considerable que hay que tener en cuenta. Pero la cuestión de la educación cívica de los alum- nos pide que se plantee la misión y conciencia cívica de los profesores en su ejercicio profesional y también la de los fi nes de la universidad como un todo: qué criterios se siguen en los temas realmente importantes como la elección de asignaturas que se requiere cursar como obligato-

rias, qué se enseña y cómo se enseña, cómo se valora y evalúa a los estu- diantes, cómo se estructuran los programas de estudio, qué criterios se siguen en la contratación y promoción del profesorado, qué temas elige el profesorado en su investigación y docencia, cuáles son los criterios de admisión de alumnos, etc. ( Langseth y Plater, 2004).

La tan traída y llevada crisis de la universidad, en el fondo apunta a la necesidad de repensar su identidad acaso algo perdida o borrosa en sus contornos. La difi cultad, como en tantos ámbitos, es saber qué o quiénes somos, para poder serlo. ¿Cómo podríamos saber lo que nos conviene sin saber quiénes somos?

Podríamos decir con certeza que la dimensión social está de algún modo presente en cada una de las facetas de la misión que la universi- dad tiene. O lo que es lo mismo, la libertad y la responsabilidad univer- sitarias se expanden, viviéndolas cotidianamente, haciéndolas operati- vas en todas las actividades académicas. Es decir, en el desarrollo de la investigación básica y aplicada; cultivando la ciencia, con la integración ordenada de los nuevos saberes; en el desarrollo de la docencia como comunicación de conocimientos, que hoy acoge la incorporación de las nuevas tecnologías para mejorarla; y en la formación de profesionales como personas íntegras, con sentido de servicio a la sociedad y estímulo para mejorar su competencia.

Así las cosas, se ve con claridad el papel que las universidades pueden desempeñar en la consolidación de la conciencia cívica de los estudian- tes universitarios. Papel que hoy día, sin ser alarmistas, se hace urgente. Conceptos clásicos como: libertad, verdad, etc., que están incluso en los escudos o lemas de muchas universidades, han perdido parte de su profundidad, signifi cado y sentido, también entre los miembros de la comunidad académica; de ahí que convenga trabajar en su redescu- brimiento. La universidad ejerce, lo quiera o no, un papel clave en las sociedades del conocimiento en que vivimos, en la formación de sus ciudadanos por medio del fomento del pensamiento racional, la bús- queda de la verdad, la investigación e innovación constante, etc. Sin ninguna duda, hay acuerdo general en que las universidades pueden y deben ser agentes de transformación social: todo un reto para quienes estamos implicados en esa tarea, que no siempre se cumple.5

5. Cfr. el artículo de Egerton, M. (2002, pp. 603-620), quien señala, basándose en un estudio empírico, la escasa infl uencia que tiene la Educación Superior en la suscitación del compromiso cívico en los estudiantes jóvenes y maduros.

¿Cómo promover esa fi nalidad social de la universidad?, o, yendo más allá, ¿qué es y cómo se genera la conciencia cívica, el compromiso cívico? ¿Qué signifi ca hoy civismo? ¿Es sólo o sobre todo sentido de pertenencia a un grupo?

Si nos preguntamos (Naval, Ugarte y Herrero, 2003) qué rasgos deben caracterizar al ciudadano europeo del siglo xxi a quien desde la universidad debemos ayudar en su formación, la respuesta apunta a caracterizarlo, en los estados democráticos, por los derechos subjetivos que puede exigir del Estado. La ciudadanía garantiza así al individuo un ámbito de elección dentro del cual la coacción está ausente.

Ahora bien, el ciudadano se caracteriza por los derechos de partici- pación política. Estos no garantizan sólo la libertad de coacción externa sino la participación en un espacio público que le convierte en sujeto responsable de una comunidad.

Se trata por tanto de recuperar un modo de ser del ciudadano en el que quepan las diferencias dentro de una sociedad pluralista e intercul- tural, así como dentro del marco que nos ofrece la globalización, y para cuya consecución es cuestión clave aprender y querer participar.

Si atendemos al concepto de ciudadanía europea habría que decir que

esa misma noción es un concepto controvertido, y que los distintos or- ganismos europeos, especialmente la Comisión Europea, están luchan- do por que sea una realidad. Se enuncia como una forma de ciudadanía democrática, que sin duda es problemática, y se reconoce que la tarea de forjarla llevará su tiempo, aunque cabe la duda de si llegará a ser una realidad plena dada la pluralidad que encierra Europa en sí misma.6 En

esta misma línea, el desafío del Espacio Europeo de Educación Supe- rior es un reto no exento de difi cultades, como estamos viendo en estos últimos tiempos.

Este concepto de ciudadanía europea está defi nido en el Tratado de Maastrich(1993, art. 8), el Tratado de Amsterdam (1997, art. A) y el documento Education and Active Citizenship in the European Union

(1998), de la Comisión Europea. Los principios de ciudadanía euro- pea que se señalan en ellos están «basados en los valores compartidos de interdependencia, democracia, igualdad de oportunidades y respeto mutuo» (Comisión Europea, 1998, p. 16).

¿Cuál es la meta que se propone para el ciudadano europeo? Susci- tar ciudadanos autónomos, críticos, participativos y responsables. Los

valores que deben estar en la base de todo el proceso son: democracia, derechos humanos, paz, libertad e igualdad.

Se destaca especialmente, tanto en los textos de organismos inter- nacionales aprobados en los últimos años, como también en la investi- gación, el aspecto de responsabilidad o compromiso cívico activo de la ciudadanía. En las sociedades democráticas todos somos corresponsa- bles de lo que sucede.

A partir del análisis de los textos emanados de los organismos in- ternacionales sobre los derechos humanos, se puede comprobar que uno de los rasgos defi nitorios de los ciudadanos es su compromiso activo con el ejercicio de esos derechos humanos: es el mejor instru- mento para afi anzar cualquier aspecto de la vida democrática. Me re- fi ero aquí concretamente a algunas de las declaraciones de organismos internacionales tales como: el artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos;7 el artículo 25.1 del Pacto Internacional de

Derechos Civiles y Políticos;8 la Declaración y Programa de Acción

de Viena; el artículo 29.1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos9 y la 44ª reunión de la Conferencia Internacional de Edu-

cación de 1994.

Como síntesis, diría que el ciudadano al que hay que apuntar en este siglo xxi desde la universidad podría caracterizarse como alguien: a) que participa, no es indiferente; indaga causas, porqués; b) que está orientado a la justicia, a la solidaridad, al bien común; y c) que tiene un vivo sentido de la libertad y la responsabilidad personales.

Todo un horizonte en la educación para la ciudadanía democrática actual en y desde la universidad, que en su desarrollo tendrá que incluir sin ninguna duda una dimensión de conocimientos políticos10 basada

en el estudio de principios básicos de derecho, política, etc., y que tam- bién tendrá que incluir la oportunidad de realizar un aprendizaje en la práctica de servicio activo en la comunidad, como base para favorecer la

7. Se reconoce que «toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos. Toda persona tiene el derecho de acceso, en condi- ciones de igualdad, a las funciones públicas de su país».

8. Se afi rma que «todos los ciudadanos gozarán […] de los siguientes derechos y oportunidades: […] votar o ser elegidos en elecciones periódicas, auténticas, realizadas por sufragio universal e igual y por voto secreto que garantice la libre expresión de la voluntad de los electores».

9. Se reconoce que «toda persona tiene deberes respecto a la comunidad puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad».

10. Cfr. para una información adecuada en este punto la web de la American Political Science As- sociation en el apartado de Civic Education & Engagement, <http://www.apsanet.org>.

participación cívica, así como el desarrollo de las virtudes y habilidades sociales.11

Son muchas las experiencias que podrían mencionarse aquí como prácticas fructíferas a partir de las que repensar nuestra situación con- creta en la universidad y sacar consecuencias. No se trata en ningún caso de elaborar un recetario sacado de contexto, sino de indicar la orientación que se sigue.12

De las diversas metodologías que se están llevando a cabo, voy a cen- trarme en la utilización del service learning, que en estos últimos años ha

tenido especial desarrollo, primero en los Estados Unidos y después en el Reino Unido y el resto de Europa (cfr. Annette, 2000) dando lugar a algunas estrategias valiosas como la denominada Campus Compact.

3.2 La metodología del service learning (programas de servicio:

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