1 Los Espacios verdes en la ciudad
1.4 El modelo de Ciudad
El debate alrededor de desarrollo urbano sostenible asume, entre otros razonamientos, la cuestión del modelo de ciudad. En este debate, la importancia adquirida por la ciudad compacta como modelo ideal coloca los espacios libres ante un compromiso de adecuación a los principios de sostenibilidad, lo que apenas puede ser juzgado a razón de su valor funcional, o sea, desde su aportación a la calidad de vida urbana, por confronto con las implicaciones de su presencia en los procesos de desarrollo urbano.
Entre los debates más frecuentes cuanto a la sostenibilidad urbana, está la definición de cuál es el modelo de desarrollo urbano que mejor sirve sus fundamentos. En su epicentro está la dicotomía entre los dos modelos alternativos de desarrollo, cuidad compacta o ciudad dispersa. La ciudad dispersa y con menor densidad absoluta, estaba inevitablemente presente en las ideas de los partidarios del movimiento ciudad Jardín, que proponían un modelo de ciudad en clústeres urbanos y que en la propuesta de Ebenezer Howard (2008 [1902]), tendría una densidad de quince viviendas por acre (aprox. seis por hectárea), pero también en las
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propuestas Modernistas de Le Corbusier, que defendía un modelo de construcción vertical del que resultaría una baja densidad global, con amplios espacios libres.
La negación de la ciudad dispersa surgiría en las últimas décadas y asume preponderancia cuando el impacte territorial resultante de la expansión, omnipresente en casi todos los contextos urbanos, es vista como un elemento contrario a la sostenibilidad, puesto que supone la alteración en mayor extensión del entorno natural, con impactes sobre la funcionalidad del territorio. La ciudad dispersa alarga el modelo de gestión territorial urbana, con desventajas para la predominancia de usos productivos como el uso agrícola o forestal, además de efectos variables sobre el balance energético resultante de la expansión de las redes de transportes, con una tendencia para el agravamiento del consumo de fuentes energéticas no renovables. Como el valor del espacio está asociado a su uso potencial, la expansión urbana representa además una tentadora oportunidad para el cambio de uso de suelo y de incremento de la disponibilidad de suelo edificable, interpretada por el mercado como un mecanismo de multiplicación del valor del suelo, lo que a su vez genera una presión suplementaria sobre los mecanismos de planificación.
La expansión urbana sigue siendo la tendencia dominante en las ciudades europeas y fue identificada por la Agencia Europea de Medioambiente (EEA, 2006) como la principal fuente de presión sobre el cambio del uso del suelo.
La antítesis de la ciudad dispersa es la ciudad compacta, estando asociada a modelos generalmente asociados a un ideal de sostenibilidad urbana. Este razonamiento está presente en las teorías de Paolo Soleri, de finales de la década de 60, cuando este sugiere la fusión de los conceptos de Arquitectura y ecología en el término Arcologia, proponiendo la creación de ciudades altamente integradas y tridimensionales, como forma de generación de conexiones entre la población y de ahorro de la tierra, la energía y los recursos. Este autor trataría de llevar a cabo su visión en Arcosanti (Estados Unidos) (Downton 2009).
El modelo de ciudad compacto está igualmente presente en el razonamiento de la Carta Verde del Medio Ambiente Urbano (CEC 1990) y es defendido por influyentes autores de la actualidad como Rogers (2000 [1997]), Wheeler (2003 [1998]), Rudlin y Falk (2001), Register (2006), Downton (2009), Hester (2006) o Ng (2009), que lo señalan como un modelo clave para la sostenibilidad urbana. En la base de este razonamiento están diversas ventajas que incluyen la menor demanda energética y menor aportación potencial en Dióxido de carbono atmósfera de los modelos urbanos concentrados, siempre y cuando sean acompañados por una reducción de los factores de movilidad como sean la disminución de la distancia entre la vivienda y el empleo, el ocio o el comercio. A estos argumentos se pueden añadir aspectos sociales, como la mayor proximidad entre diferentes grupos sociales o incluso factores climáticos en especial en contextos de clima frio, donde la proximidad de estructuras puede ayudar a conservar el calor en la ciudad (Frey 1999).
El grado de compactación urbano ideal es variable y depende de la capacidad de los sistemas humanos y naturales en permanecer funcionales pese al incremento de la presión generada. Si las condiciones de densidad son excesivas, pueden surgir problemas como la sobrecarga de infraestructuras, la sobrepoblación, la obstrucción solar en muchas de las habitaciones, el congestionamiento, la contaminación atmosférica, la degradación medioambiental,
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enfermedades o la perdida de espacios verdes necesarios, mientras que puede contribuir para el incremento del efecto de isla de calor (Burgess 2000; Frey 1999). Otro importante debate sobre la ciudad compacta resulta de los efectos sobre el mercado de la vivienda, que en teoría deberían de determinar un incremento de los costes de la vivienda, pero que como reconocen Jones et al. (2010) son difícilmente previsibles debido a la gran número de variables intervinientes en el proceso y a su extrema dinámica.
El modelo de la ciudad compacta como modelo único y universal es en sí mismo cuestionable. Aunque las razones de eficiencia energética y de uso del suelo son extremamente relevantes en la sostenibilidad urbana, a semejanza de otras opciones de diseño, la ciudad compacta tiene que considerar además de estos razonamientos los efectos sobre las condiciones económicas, sociales y medioambientales. En cada ciudad existen factores específicos que pueden viabilizar o inviabilizar modelos de mayor densidad y que incluyen aspectos locales como la historia, la topografía, el clima o las condiciones socio-económicas de la población (Frey 1999). La decisión sobre el modelo de uso del suelo y del grado de compactación debe resultar de una construcción metodológica que evalúe las distintas variables del plano para que posteriormente puedan incorporar opciones de densificación urbana que, de todos modos, deben de emerger como las soluciones más sostenibles.
Desde la perspectiva de los espacios verdes, la ciudad compacta puede fácilmente resbalar hacia una minoración del valor funcional de los espacios verdes. Fuller y Gaston (2009b) comparando 386 ciudades europeas cuanto a su dimensión, a la oferta de área verde pública y su grado de densidad, demuenstran que este último factor determina la reducción efectiva de la disponibilidad per capita de espacios verdes, lo que no supone necesariamente una reducción de la calidad de los mismos, pero que constituye un factor cuantitativo relevante. Como afirman Pauleit et al. (2005), el equilibrio entre la tendencia hacia la densificación urbana y la protección de los espacios verdes, para la recreación y la calidad medioambiental, es probablemente el mayor desafío para la prosperidad de las regiones urbanas.