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Modelo energético y masculinidad hegemónica

El modelo energético existente es centralizado y se basa en los combustibles fósiles. Además, es un eje impulsor de la civilización capitalista existente, de mane- ra que sus políticas y orientación no se desligan de los fines mismos del mercado, que prioriza y jerarquiza determinado tipo de relaciones económicas con fines de acumulación. Una transición energética requiere de una profunda transfor- mación que, si bien demanda una reorganización de la producción y distribución de la energía, tiene que ver con y debe partir de una reflexión y reorientación de las formas clásicas y hegemónicas de comprender la política; en este sentido, hay elementos que debemos abordar en el marco de una transición energética.

Para comenzar, los ecofeminismos han construido una mirada que permi- te entender las crisis energética, ecológica y civilizatoria que vivimos. Plantean que estas se originan y sustentan en el relato que niega los procesos biológicos, reduce las interacciones de la naturaleza a dimensiones mecanicistas y justifica relaciones de dominación, fragmenta el mundo en dualidades y jerarquías. En esa fragmentación, lo femenino y la naturaleza se encuentran subordinados a lo masculino y a lo humano, respectivamente; a la vez, el relato asocia otras dimen- siones de la vida a esta relación dominante y dominado; por ejemplo, entre cultura-na- turaleza, humano-animal, racionalidad- emocionalidad, mente-cuerpo, produc- ción-reproducción.

Entonces, la cultura, lo humano, la racionalidad, la mente y la producción se asocian a lo masculino; se entienden como valores separados de la naturaleza y del mundo vivo, escenarios subordinados que se consideran proveedores de recursos en forma ilimitada, entidades pasiva y a disposición de la exploración y la explota- ción (Varela, 2017, citado en Herrero, 2017). Lo vinculado con el cuidado, el soste- nimiento y la reproducción de la vida experimenta, además de la subordinación, la invisibilización y los actores que alimentan su ejercicio en la vida humana son, sistemáticamente, vulnerados.

El modelo energético no ha sido ajeno a esta lógica; lo que entendemos por energía está atravesado por la comprensión del mundo capitalista y heteropatriar- cal que, mediante el ejercicio del poder político masculinizado, dispone y destina bienes comunes para el sostenimiento de la producción y el mercado. Desde el nacimiento del capitalismo, la energía generada por los combustibles fósiles se ha desarrollado y utilizado para garantizar la optimización de la capacidad produc- tiva del mercado; la industrialización, por medio de la explotación de carbón, aumenta el flujo de capital con los cambios en el transporte y optimiza la oferta energética, así, la destinación de la energía hacia estos fines ha ocultado su relación con garantías para niveles de vida adecuados y dignos.

En síntesis, al concebir la energía como un recurso para el mercado, el modelo energético que despoja, privatiza y niega la vida es un reflejo de ese sistema capita- lista heteropatriarcal y pasa por encima de los límites biofísicos del planeta y de la garantía de vida digna para la totalidad de la población global.

Otra dualidad fundamental del modelo es la separación de lo privado y lo públi- co. Ese modelo ha generado una contracara de la producción del mercado, que es la reproducción de la vida, reservada a la esfera de lo privado y los cuidados, asignados a las mujeres. Como señala Pérez Orozco (2014, p. 123), las feministas han replanteado la teoría marxista que formula que la contradicción principal se da entre capital y trabajo. Ellas afirman que la contradicción fundamental ocurre entre la acumulación de capital y el proceso de sostenibilidad de la vida: la primera no puede existir sin el segundo, pues es el que la sostiene. Es decir, la esfera del trabajo productivo (donde se da, también, la contradicción entre capital y trabajo) se sustenta en la explotación e invisibilidad de la reproducción de la vida, delega-

da, principalmente, a las mujeres y a la naturaleza y desplaza esta reproducción a la esfera privada de la vida mediante la negación de su vínculo con la producción.

En este sentido, identificamos un sistema energético incompatible con el sostenimiento de la vida y que resulta doblemente violento con los cuerpos que la sostienen, primero, porque en la distribución y el acceso a la energía hay una destinación prioritaria al mantenimiento de determinado modelo de producción y consumo, que relega los usos domésticos o locales destinados al sostenimiento y cuidado de la vida, (en 2018, la Unidad de Planeación Minero-Energética, Upme, mostró que el 43,1 % del consumo energético en Colombia se concentraba en el sector industrial manufacturero, el 24,3 %, en la explotación de minas y cante- ras y solamente el 8,4 %, en el uso de servicios sociales, comunales y personales); segundo, porque mediante los procesos extractivos desarrollados para garantizar su producción se generan condiciones de despojo, privatización y mercantiliza- ción de la naturaleza y de los entornos que garantizan la reproducción de la vida, de manera que se precariza y hace aún más complejo el ejercicio del cuidado en los sectores populares.

Finalmente, el análisis y la proyección de la política energética se encuentra marcado por la construcción de un saber técnico-científico que es, sobre todo, occidentalizado y patriarcal; que acentúa la construcción de roles sociales y expul- sa, principalmente, a las mujeres de la posibilidad de incidir en la formulación de una política pública incluyente. Esto se refleja en su baja participación en los empleos y, aún más, en los órganos de decisión de la industria (véase cuadro 1).

cuaDro 1. colombIa. PartIcIPacIónDelasmujeres enelsectormInero-energétIco. 2020.

Industria Participación en

empleos directos cargos de primer nivelParticipación en

Hidrocarburos 24 % 18% Energía Eléctrica 29 % 24% Minería industrial 8,8 % 30% Minería de subsistencia o pequeña minería en contextos locales 70 %

cuaDrobasaDoen mInIsterIoDe mInasy energía, 2020.

El mundo de la energía (conocimiento, matriz, uso y producción) ejemplifica, de manera especial, las distintas dimensiones de la dominación en el sistema capitalis- ta y patriarcal: el capital sobre la vida, el trabajo sobre la naturaleza, lo masculino sobre lo femenino. Esto también se refleja en el espacio del activismo militante, ya que, a menudo, lo minero-energético (técnico) parece caminar aparte de lo ambien- tal (la vida). Como señala el propio Ministerio de Minas, “en Colombia, como en otros países del mundo, este es un sector altamente masculinizado” (Ministerio de Minas y Energía; 2020, p. 5) e identifica las brechas más frecuentes entre hombres y mujeres: la sobrecarga del trabajo de cuidado en ellas, la falta de titularidad en cabeza de las mujeres en la minería de subsistencia y la brecha de género en esta misma o las afectaciones ambientales que las impactan en mayor medida.

Como se ve en el cuadro 1, la minería de subsistencia, por ende, informal y precaria, es el único sector de empleo donde las mujeres ocupan una mayor parte del empleo de manera que en ella se evidencia cómo la pobreza afecta de manera diferenciada a las mujeres. Dice el Ministerio (2020, p. 6):

[El] 57 % de las mujeres perciben entre medio y un salario mínimo, en compara- ción con los hombres, [que en un porcentaje de] 72 % reciben más de un salario

mínimo (Censo Minero en San Roque, 2018). Además, de esas mujeres, el 72% lo realizan en pequeñas minas sin título minero reflejando así la vulnerabilidad de las mujeres que trabajan en la pequeña minería o minería artesanal.

La discusión sobre la transición energética no puede, entonces, continuar repro- duciendo un mismo sistema de pensar y ordenar el mundo y las relaciones socia- les. Lo técnico, científico y económico debe articularse con un posicionamiento político y con las experiencias vitales y comunitarias. Es necesario reapropiarnos de la generación y gestión de la energía y, en un sentido más amplio, de nues- tras vidas y de la vida en común. Debemos hacernos la pregunta: ¿energía para qué y para quién?