• No se han encontrado resultados

Esquema 8. Sistema diseñado

7. Ciclo vital del sistema diseñado

7.1. Modelo y visualización

El ciclo de vida puede entenderse como un modelo conceptual, una perspectiva; y al mismo tiempo, como una técnica y herramienta. El ciclo de vida nos permite comprender todas las etapas, los procesos, elementos y aspectos relacionados con el desarrollo progresivo del sistema diseñado, y a la vez, describir, visualizar y evaluar cómo el sistema interactúa y se conduce en el tiempo y el espacio. Así, a través del modelado y visualización del ciclo vital del sistema diseñado podemos proyectar, explorar y evaluar el propio sistema, sus propiedades, su dinámica y sus impactos económicos, sociales y ecológicos; con el propósito de identificar oportunidades de mejora, y asímismo simular y prototipar soluciones alternativas sostenibles.

No obstante, existen muy diversos enfoques y variantes del ciclo de vida, la mayoría de ellos desarrollados al final del siglo veinte. En la década de los ochenta, la reducción del uso de recursos, emisiones y residuos se basó en la optimización de las tecnologías de producción, generando ahorros económicos significativos para las empresas. Fué a principio de los años noventa cuando las empresas, y particularmente los sectores industriales,

comenzaron a implementar sistemas de gestión ambiental basados en el concepto de ciclo de vida, con el propósito de asegurar mejoras continuas de su desempeño (Remmen et al., 2007:

10). Sin embargo, tal como apuntaba McDonough el ciclo de vida “es un concepto abierto que necesita un mayor desarrollo para ser una herramienta real de evaluación” (McDonough, 1992: 38). Durante esa década surgieron inicitivas y propuestas de sectores profesionales e industriales como respuesta a las necesidades expuestas en el Convenio sobre la diversidad

biológica (Naciones Unidas, 1992a) y el Protocolo de Kyoto (Naciones Unidas, 1998)

respecto a la medición y evaluación de los impactos de la producción y el consumo. Cobraron auge herramientas como los Eco-indicadores 9547 (Goedkoop, 1995) y los Ecoindicadores 9948 (Ministry of Housing, Spatial Planning and the Environment, 2000) asociados al análisis del ciclo de vida, que sirvieron de base para modelos de análisis cuantitativo y comparativo; sin embargo, la mayoría de estas herramientas han quedado obsoletas, son inadecuadas e insuficientes en el contexto de la sostenibilidad y en nuestra perspectiva de diseño. Primero, porque están basadas en una perspectiva enfocada en el crecimiento, donde la “disociación absoluta”49 –entre la producción económica y la base de recursos y energía– es necesaria para lograr la sostenibilidad (UNDESA, 2012: 4). En segundo lugar, porque estas herramientas están orientadas a la cuantificación del daño, de modo que sólo proporcionan una imagen de las consecuencias negativas, pero no reflejan los aspectos positivos del desarrollo. En tercer lugar, porque estas herramientas están basadas en ciclos lineales de la cuna a la tumba50 incoherentes e incompatibles con la sostenibilidad de los sistemas vitales en los que las organizaciones, empresas e industrias operan y de los que dependen. Y por último, porque en la mayoría de estas herramientas el diseño se entiende –si es que se contempla–, tan sólo como un proceso unitario en la etapa de fabricación; dejando a nuestra disciplina fuera de la toma de decisiones estratégicas.

No obstante, en los últimos treinta años la noción de ciclo de vida ha evolucionado hacia modelos más coherentes con la sostenibilidad. En la primera etapa, a principios de los años noventa, el análisis de ciclo de vida estaba orientado a reducir los impactos

medioambientales e incrementar los beneficios económicos bajo la consigna “crear más valor con menos impacto” a través de la “eco-eficiencia”51 (Remmen et al., 2007: 10); y fundamentado en la economía ambiental, que aborda los problemas de gestión

medioambiental como externalidades52. En la segunda etapa, a mediados de la década de los noventa, se integraron en la perspectiva los aspectos sociales; lo que supuso un avance ya que hasta ese momento el ciclo de vida se usaba para analizar los efectos de los productos y procesos en el medio ambiente. Según Remmen, las dimensiones sociales y éticas no han recibido la misma atención en los contextos empresariales e industriales debido a que los beneficios son menos tangibles (Remmen et al., 2007: 10). Con la inclusión de los aspectos sociales, el concepto de ciclo de vida se amplía de la noción de “producción limpia”, hacia el ciclo de vida del producto y la responsabilidad social; estas nuevas conexiones permiten generar información valiosa en relación a la producción y consumo responsables (Remmen et al., 2007: 13). En la tercera etapa, a principios del presente siglo, se plantearon nuevas metodologías de la cuna a la tumba que incorporaban criterios sociales para la evaluación de bienes y servicios. Sin embargo, la Declaración del milenio (Naciones Unidas, 2000) sentó las bases para una nueva perspectiva: Evaluar la sostenibilidad del ciclo de vida. Este enfoque supone el desarrollo y evaluación de productos y servicios dentro del contexto, valores y principios del desarrollo sostenible (Andrews et al., 2009: 17). De esta manera, la evaluación de la sostenibilidad del ciclo de vida se refiere a la valoración de todos los impactos

ecológicos, sociales y económicos, tanto los negativos como los positivos –beneficios–, derivados de la toma de decisiones hacia productos más sostenibles a lo largo de todo su ciclo de vida (Ciroth et al., 2011: 3).

Aproximarnos al sistema diseñado desde esta perspectiva que integra los aspectos ecológicos, sociales y económicos, significa incorporar los principios y valores del desarrollo sostenible en los procesos de toma de decisiones, y considerar los impactos sociales,

ecológicos y económicos del sistema diseñado a lo largo de todo su ciclo de vida. Esta perspectiva multidimensional del ciclo de vida nos permite (a) ampliar la escala de observación temporal y espacial, (b) obtener una visión más amplia, integrada y comprensible de las interconexiones entre los aspectos, las fases, los procesos, los flujos de materia, energía e información, y sus impactos positivos y negativos; (c) reconocer la interconexión de aspectos y efectos ecológicos, sociales y económcos, (d) integrar el cambio y dinámica del sistema diseñado, (e) considerar el cambio y evolución del comportamiento humano individual y colectivo como factor y agente de transformación; (f) identificar los patrones de diseño, producción, consumo y desecho, así como sus impactos potenciales y reales; (g) visualizar, organizar y evaluar información compleja; (h) identificar oportunidades de mejora, (i) buscar alternativas sostenibles de diseño, producción, recursos y tecnologías; (j) tomar decisiones informadas, integradas e interconectadas; (k) estimular la innovación, la comunicación e información transparentes; y (l) modelar, visualizar y proyectar soluciones alternativas que contribuyan al bienestar humano y el desarrollo sostenible a través de la mejora del sistema diseñado, de su ciclo vital, su dinámica y sus efectos. Esquema 20. Ciclo vital

del sistema diseñado