Una de las razones de la variedad de modelos teóricos acerca de la emoción se debe al hecho de que cada disciplina incide, fundamentalmente, sobre algunas de las variables que la componen y se procede al estudio mediante procedimientos metodológicos distintos. Las principales variables que describe Chóliz en su artículo, se han abordado desde perspectivas evolucionistas, psicofisiológicas, neurológicas, conductistas, teorías de la activación y cognitivas.
En las perspectivas evolucionistas el principal punto de referencia es la teoría de Darwin que contempla, ante todo, la función adaptativa de las emociones, tanto como facilitadoras de la respuesta apropiada ante las exigencias ambientales, como inductoras de la expresión de la reacción afectiva a otros individuos. Uno de los postulados principales de esta orientación es el de la existencia de emociones básicas, necesarias para la supervivencia y que derivan de reacciones similares en los animales inferiores. En las emociones básicas, el componente innato es mucho más patente, lo que se refleja en la similitud de la expresión en todos los individuos de la misma especie. Por lo tanto, la expresión
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facial de las emociones ha sido el objeto de estudio de mayor interés en la expresión emocional. La universalidad de la expresión y el reconocimiento facial de las emociones han sido considerados, por los seguidores de estos postulados, como indicadores de la existencia de patrones innatos de respuesta emocional y como la prueba de que existen unas emociones básicas, cuyo reconocimiento sería universal en la especie humana, fruto de las cuales derivan el resto de reacciones afectivas (Ekman, 1989, 1992, 1993, 1994; Ekman y Friesen, 1975; Izard, 1977, 1992, 1993, 1994).
Según Chóliz (2005), el legado de Darwin es tan evidente que, para demostrar la universalidad de la expresión, los procedimientos experimentales actuales son los mismos que ya utilizara éste hace más de cien años, a saber: el estudio de la expresión emocional en niños sordos y ciegos de nacimiento (que no han podido aprenderla de otras personas) y el estudio de la expresión y reconocimiento de las emociones en individuos de diferentes culturas.
Las perspectivas psicofisiológicas son las seguidoras de la tradición de Williams James, que en 1884 publicó el artículo “What is an emotion?”, en el que concebía la tesis de que los cambios corporales o físicos siguen a la percepción del hecho estimulante y que la experiencia de los cambios que ocurren son las emociones. La emoción aparece como consecuencia de la percepción de los cambios fisiológicos producidos por un determinado evento y no desempeña, como para Darwin, una función biológica y social (Palmero, 1999).
Para James, el hecho excitante supone directamente cambios en algunas vísceras (corazón, pulmones, etc.) que se ven afectadas y producen un sentimiento emocional. Esta teoría implica que cuando uno siente miedo y, por ejemplo, se le ponen los pelos de punta, es porque se ha producido algún suceso que ha provocado una serie de modificaciones en el organismo que se perciben como miedo, o lo que es igual, la emoción es la consecuencia y no la causa del cambio de actividad de las vísceras. El médico danés Carl Lange presentaba a la comunidad científica, casi al mismo tiempo, una hipótesis muy parecida. Por esta similitud entre ambas suposiciones ha pasado a la historia como teoría de James- Lange (Teixidó, 2003).
Según Chóliz (2005), los resultados sobre el proceso emocional no son concluyentes. Es posible que existan patrones fisiológicos diferentes de respuesta en función de las reacciones emocionales, pero no que cada patrón corresponda a un tipo de reacción emocional determinada. Las reacciones de ira, miedo y tristeza suelen manifestar incrementos más elevados en frecuencia cardiaca que las de asco. La ira es la que suele generar incrementos de temperatura más elevados, mientras que el miedo se caracteriza por un descenso en esta respuesta. Existen diferenciaciones entre las emociones, pero no se han podido establecer diferencias entre todas las emociones, esto puede ser debido a que precisan de otro tipo de registros como la respiración o la expresión facial.
Los desarrollos teóricos neurológicos arrancan de las teorías del destacado fisiólogo de los años veinte Walter Cannon, que había estado investigando sobre las respuestas físicas que se dan en los estados de hambre o de emociones intensas, concluyendo que los patrones de respuesta en las emociones serían similares, la única diferencia entre las mismas sería la intensidad con la que reaccionan. En sus experimentos, comprobó la evidencia de que las sensaciones vísceroceptivas son mucho más lentas que la emoción y que la ausencia de éstas no produce ausencia de reacción emocional. Por lo que, cuestionó el hecho de que las reacciones fisiológicas fueran un antecedente a la reacción emocional (teoría de James-Lange). Es lo que se ha venido a denominar “Teoría de la Emergencia” de Cannon (1931), que establece que lo verdaderamente relevante en la génesis de la emoción es la actividad del sistema nervioso central14, en concreto la regulación que establece el tálamo en la génesis de la experiencia cualitativa de la emoción, tanto sobre la corteza como sobre el sistema nervioso periférico15, para la movilización de energía (Palmero, 1996).
Desde las perspectivas conductistas se enfatizan procesos de condicionamiento como Watson pusiera de manifiesto a principios del siglo
14
El sistema nervioso central (SNC) está compuesto por encéfalo y médula. 15
El sistema nervioso periférico (SNP) está constituido por los nervios –axones–, craneales y espinales, y por los ganglios periféricos –los cuerpos neuronales– que se extienden desde el SNC hacia los miembros y órganos.
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pasado y que tienen su precedente en los experimentos del Doctor Iván Paulov16 (1849-1936). Comenzando el siglo XX, John B. Watson defendió la idea de una psicología que consideraba valiosa la conducta en sí misma como objeto de estudio. Al igual que la teoría de James-Lange, Watson sugería que la conducta precede a la emoción, matizando que las emociones son reacciones corporales a estímulos específicos en las que la experiencia consciente no es en modo alguno un componente esencial. Identifica las emociones con reacciones de vísceras como el estómago e intestinos y con respuestas corporales como respiración o circulación (Watson, 1925). En la tradición conductista las emociones se entienden como respuestas que se generan cuando un estímulo neutro se asocia con un estímulo incondicionado (EI) que es capaz de elicitar una respuesta emocional (Tortosa y Mayor, 1992).
Watson y Rosalie Rayner realizaron el experimento denominado “Pequeño Albert” en 1920 (Tortosa y Mayor, 1992) para demostrar sus teorías acerca del condicionamiento de la conducta del miedo, que para estos autores, es innato y genético junto con la ira y amor. La ira aparece cuando se inmoviliza al bebé; las respuestas amorosas, con las caricias y besos; y el miedo es una reacción al ruido. En el experimento sometieron a un bebé de once meses a la presencia de una rata –estímulo neutro– junto con un ruido fuerte –el EI del miedo– y lograron asociarlos, para elicitar la respuesta emocional del miedo en el pequeño. Las primeras elaboraciones teóricas, puestas de manifiesto por Watson (Watson y Rayner, 1920; Watson, 1925), dieron pie a otras aportaciones.
Las teorías de la activación son defendidas por diferentes autores, de los que Lindsley (Palmero, 1996) puede ser considerado como uno de los autores pioneros en el estudio de la Activación en Psicología y uno de los más representativos. Fue Donald B. Lindsley, con su “Teoría de la Activación en las Emociones” de 1951, el primero que intenta establecer una correspondencia entre el continuo en los fenómenos psicológicos y el continuo en el registro de la 16
Paulov estudió el efecto de las experiencias en los reflejos salivares de los perros, concluyendo en la Ley de los reflejos condicionados: cuando un estímulo (alimento en la boca) que genera un reflejo incondicionado (segregación de saliva) es muchas veces acompañado de otro estímulo (vista u olor del alimento), éste último estímulo producirá la misma respuesta que el primero: el reflejo incondicionado (segregación de saliva).
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actividad electroencefalográfica. A partir de la información sensorial, somática y visceral se podrían explicar los niveles conductuales desde el sueño a la vigilia, de la mínima a la máxima activación, respectivamente; esto es, desde la vigilia relajada hasta la activación en la solución de problemas, que implica desde la moderación afectiva hasta la excitación emocional.
Las teorías cognitivas son en la actualidad de las más representativas y se desarrollan, sobre todo, tras la publicación del artículo escrito por Stanley Schachter y Jerome Singer donde presentan el “enfoque cognitivo”, en la revista Psychological Review, en 1962 (Papanicolau, 2004). Esta teoría defiende que la emoción es una consecuencia de los procesos cognitivos. Pero otros autores, señalan como pionera a Magda B. Arnold que en 1960, indicaría que se produce una evaluación primaria de la situación antes, incluso, de la reacción fisiológica y que los procesos cognitivos no surgen solamente después de haberse producido una reacción fisiológica (Bortfeld, Smith y Tassinary, 2006; Ortony y Turner, 1990; Reisenzein, 2006; Shields, 2006). Se trata de una primera interpretación global del estímulo como beneficioso o peligroso, como bueno o malo. Los diferentes acercamientos teóricos (Chóliz, 2005) dependen del papel que se le concede a determinado proceso. De entre todos los procesos cognitivos, los más relevantes son:
La evaluación de la situación (Lazarus, 1991). La atribución de causalidad (Weiner, 1986).
Expectativas y conformidad con normas sociales (Scherer, 1984, 1994).
Imágenes mentales (Lang, 1979).
Las diferencias en procesamiento de la información emocionalmente relevante (Mathews y MacLeod, 1994).
Lazarus (1991) argumenta que, desde un primer momento, se evalúan las consecuencias positivas y negativas en una situación “valoración primaria”, después, se realiza una “valoración secundaria” que incluye los recursos para hacer frente a la situación (procesos de valoración cognitiva). Cada evaluación conduce a un tipo de emoción, acción y expresión características. No es adecuado plantear si la emoción precede a la cognición o si es consecuencia de la misma. La
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relación es bidireccional (Palmero, 1996). La controversia más conocida en lo que se refiere a la relevancia de los procesos cognitivos fue la que se estableció entre Lazarus y Zajonc, mientras que, para el primero, lo esencial son los procesos de valoración y reevaluación, para Zajonc (1980), la emoción puede existir antes de los procesos cognitivos, o sin ellos, como reacciones fisiológicas.
Según Weiner (1986) la reacción emocional puede analizarse siguiendo la secuencia atribución-emoción-acción (atribución de causalidad). Después de una determinada acción o comportamiento se realiza una valoración primaria ligada a las consecuencias agradables o desagradables y surgirá una primera emoción preliminar; acto seguido, y lo especialmente relevante para Weiner, es que se analizan las causas de dicho resultado para que la emoción ejerza un papel motivacional en la conducta posterior (Chóliz, 2005). Por ejemplo, el estado emocional agradable evocado tras la atribución causal del esfuerzo sería la relajación, y el estado emocional desagradable correspondería con la vergüenza o culpa.
Cada una de las emociones se analiza jerárquica y organizadamente en función de una secuencia de evaluación que establece Scherer (1984, 1994). La secuencia es la siguiente: la novedad del estímulo supone una primera valoración; después aparece la dimensión placentera-displacentera; la tercera, será si favorece la consecución de una meta; la cuarta valoración sería la capacidad de enfrentarse a la situación y sus consecuencias sobre el organismo; y, por último, su compatibilidad con las normas sociales o personales. Las que han sido estudiadas con mayor profundidad de acuerdo con este esquema son la alegría, tristeza, vergüenza, ira, asco y miedo (Chóliz, 2005).
El postulado de Lang (1979) determina que la emoción se codifica en la memoria mediante una representación mental; dichas imágenes mentales inducen las reacciones fisiológicas que acompañan a las emociones, de esta forma se podría entrenar la imaginación para el control de procesos o alteraciones emocionales.
Para Mathews y MacLeod (1994) existen patrones característicos de
procesamiento de la información emocionalmente relevante y los estados emocionales están relacionados con ellos.