CAPITULO XXV: EL SIGNIFICADO DE LA CONFEDERACIÓN
VII. LA MORTALIDAD DE LA IDEA CONFEDERAL
La falta de fuerza y de continuidad en el partido favorable a la Confederación es otro de los factores históricos que el crítico debe tomar en cuenta. Si sólo la violenta intervención chilena la echó por tierra ¿por qué no volvió ella a exhibir más tarde un victorioso movimiento en el Perú o en Bolivia? cabe sostener que la tenaz vigilancia de los tres gobiernos durante varios años para impedir el regreso de Santa Cruz contribuyó bastante al infortunio en la vida posterior de este caudillo. Pero, desde las luchas por la independencia, se sabía, demasiado bien, que, dentro de las limitaciones entonces operantes sobre la maquinaria del estado, la fuerza constreñía o aplazaba los ímpetus populares; pero no los ahogaba ni impedía su ulterior estallido. Los adeptos del 21 La existencia del Estado Sur peruano, la "República Sur-Peruana" como dieron las monedas emitidas
allá, fue un peligro para la unidad nacional. Con algunos años más de vida, se habría afianzado. En el caso de un colapso de la Confederación por muerte o derrocamiento de Santa Cruz en fecha posterior a 1839 habrían habido intereses creados resueltos a mantener esa entidad política y hasta a anexarla a Bolivia. Ese fue el punto de vista de Juan Gualberto Valdivia en el periódico El Yanacocha. No quedó solitario. Santa Cruz se inclinó a dicha fórmula cuando encontró dificultades en el norte. En una investigación efectuada en Inglaterra, Celia Wu L. ha hallado en archivos británicos pruebas de que el cónsul británico Belford Brading Hinton Wilson, gran amigo de Santa Cruz y aparentemente partidario de la Confederación, no lo fue en realidad, "Cree, en cambio, dice Celia Wu, que la unión del Sur-Perú y Bolivia, por los vínculos entre estas regiones, sería deseable, así como por la unión del Nor-Perú con Ecuador". (Celia Wu L., Introducción al estudio de Sir Belford Hinton Wilson, tesis doctoral. Universidad Católica, Lima 1965). Es muy factible la probabilidad de que la consolidación del Estado Sur Peruano hubiera, a la larga, llevado al Perú a un proceso de desintegración similar al de América Central después de su breve experiencia unionista.
protector llegaron en Bolivia a obtener la deposición de Velasco bajo el nombre de "Regeneración"; sin embargo, ello fue por corto tiempo y para dar lugar al surgimiento de un nuevo caudillo, Ballivián, con ambiciones, intereses y banderías propias aunque también le sedujo el señuelo de Arica. En el Perú, totalmente anarquizado en 1841 y 1842, en cambio, nadie proclamó abiertamente a Santa Cruz como jefe supremo. He aquí una entre las muchas sugerencias que la historia narrativa ofrece a la historia genética. La verdad es que, con sus actos, nadie intentó escarbar en la tumba de la Confederación para resucitar su cadáver hasta el precario y ocasional y, al mismo tiempo, retórico episodio de 1880 durante la guerra con Chile. Sin embargo, hubo, como veremos, algunos que, sobre papeles, insistieron en los méritos de ella sin que fuesen escuchados por los gobiernos, los partidos o la opinión pública.
En resumen, Santa Cruz y su empresa hallaron más admiradores lejos de América del Sur que dentro de ella. Para los europeos, sobre todo los ingleses y los norteamericanos, simbolizó el anuncio de una administración eficaz y lúcida, favorable a los intereses extranjeros. Su derrumbe llegó a ser interpretado por dichos sectores como una verdadera calamidad.
Santa Cruz y Garibay. Santa Cruz presenta así una extraña falta de balance en su
significado histórico. Aparece como figura fuerte administrativamente, como que a mucho de su obra en ese campo se volvió más tarde; y, a la vez, como figura débil desde el punto de vista político al extremo de que su ideal no tuvo continuadores.
Tan contradictorias influencias hicieron de la Confederación Perú-boliviana un experimento paradojal. En el folklore católico hay una curiosa historia acerca del alma atribulada del pobre Garibay. Para él no se abrieron jamás las rojas puertas del infierno; y sólo desde afuera pudo oír los himnos y plegarias celestiales. Santa Cruz ha venido a resultar una especie de Garibay, mirado en su época como excesivamente peruanófilo en Bolivia y como boliviano de origen y de tendencias en el Perú. Y tal vez como reacción frente a las circunstancias que lo rodearon, su alma tortuosa pasó por contractorios avatares. Primero, durante la guerra de la Independencia, hasta su candidatura presidencial de 1827 –que era la más conveniente y más lógica y, a pesar de ello, quedó marginada ya que el Congreso Constituyente incurrió en el error de preferir a La Mar–, se sintió peruano. Luego, en 1828 –cuando lo llamaron a la Presidencia de Bolivia y cuando desde 1829 su antiguo amigo, aliado o cómplice, Gamarra, persiguió a sus partidarios, y vinieron las amenazas de guerra entre 1831 y 1833–, se convirtió en boliviano. En esa época llegó a acariciar la idea de segregar el sur del Perú o por lo menos de incorporar Arica y Tarapacá a Bolivia. Fue ciudadano de un estado imaginario o sea del confederal Perú-boliviano, de 1835 a 1837. Cuando comprobó, en 1938, la defección del Estado Nor-peruano bajo el mando de Orbegoso y Nieto, volvió a pensar en la segregación del Sur, idea que expuso a O'Higgins en una carta que Vicuña Mackenna publicó más tarde22. En el destierro del Ecuador, sus planes entre 1839 y
1843 no auguraron sino males en relación con el Perú.
El programa máximo y el programa mínimo de Santa Cruz. Sus aparentes
contradicciones tenían la lógica de la ambición. Cuando se sentía fuerte, sus sueños de poder eran los de aquellos incas legendarios que desde las montañas descendieron a traer al litoral paz, orden y progreso. Entonces se abría al ideal de la "pan-peruanidad", 22 Carta de Santa Cruz a Bernardo O 'Higgins, Callao, 28 de enero de 1839. Reproducida íntegramente en
del Gran Perú. Bolivia sería la "Macedonia de América". Si lo golpeaban y humillaban y lo arrinconaban en la meseta, quería, no tanto por venganza como por previsiones de seguridad, al lado de Bolivia, un Perú dividido o impotente. Su programa máximo era el Gran Perú fuerte y extenso, es decir, la Confederación, con él como jefe. Su programa mínimo era gobernar en Bolivia; pero, a su lado, la bifurcación del Perú en dos estados y la posible caída del Estado Sur bajo la esfera de la influencia de Bolivia. Tal es la explicación de su conducta política hasta 1839. Desde entonces se ha de acentuar más y más en su vida de proscrito la aproximación exclusiva a Bolivia; y desde lo profundo de su desengaño ha de mirar al Perú como un país enemigo. Ello no ha de servirle de nada. Sea por temor a las complicaciones internacionales que una nueva administración de Santa Cruz podía acarrear (y ahí están los casos de la acción conjunta de los gobiernos del Perú, Bolivia y Chile en 1844 y del destierro de Chillán), sea por la previsión y el recelo de los caudillos de la nueva generación, o por otras circunstancias, Santa Cruz no sólo ya no mandó más, sino que ni siquiera logró regresar a su tierra natal. Bien pudo, en sus últimos años, repetir la amarga frase de Bolívar: "Los tiranos de mi país me la han quitado y ya no tengo patria por la cual sacrificarme".
La tragedia de Santa Cruz. Patética tragedia la de este hombre impotente, pero
con el ansia inmensa de hacer cosas, con el impulso primario y no frecuente en nuestra gente, de crear en el tiempo. Pese a todos sus defectos y errores, Santa Cruz dio, al fin y al cabo, a Bolivia y al Perú, siquiera una ráfaga de algo que hubo en su historia prehispánica y aun en su historia colonial y que falta casi permanentemente en la historia republicana: la ilusión de lo grande, el sueño imperial.