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La muerte del padre

In document Filosofar como Sócrates, Oscar Brenifier (página 152-156)

Ha muerto. Acabo de saberlo ahora mismo. No puedo decir que me sienta verdaderamente triste. No como un hijo tendría que estarlo, no como debería esperarse de un hijo. Además, ¿qué debe experimentar un hijo cuando muere su padre? Creía saberlo, me parecía de lo más evidente. Sin embargo, cuando de verdad ha sucedido, me ha pillado completamente desprevenido.

Tengo la impresión de estar viendo una película más que de estar realmente vivo. Puede que en algún otro momento me haya sentido más triste que ahora, por ejemplo, leyendo un libro. ¡“La muerte del padre” sería el título de un capítulo tan emotivo! ¿Acaso será el destino último de los hijos no estar tristes con la muerte de sus padres? Es entonces cuando dejan de ser niños.

Tampoco puedo decir que sienta indiferencia, aunque no sé si sería capaz de definir con precisión qué es lo que siento. Siento muy bien que algo en mi se ha muerto y no me refiero a algo lejano y extraño. Puede que sienta tristeza, pero no siento dolor. ¿Seré un ser frío e insensible? ¿De tanto imaginar la muerte se ha vuelto algo indiferente para mí? Una de tantas ideas, como otra cualquiera. Al cabo de cierto tiempo, mi cara se ha contraído y he derramado algunas lágrimas. ¿Lo he hecho por conformismo, para que me proporcionen un poco de satisfacción? La sensación no es desagradable del todo. Escucho el Réquiem alemán de Brahms y nunca como hoy me ha parecido tan bello. ¿Será el destino de la muerte de todo hombre el de proporcionar un momento estético a los que aún están vivos? Último gesto útil; visión plena de significado que preside la relación entre las cosas y los seres.

Comedia mortal

No puedo evitar pensar en esas plañideras que rodean el féretro de los difuntos, en esa tradición que hoy nos parece tan ridícula. Esas profesionales de la muerte tan parecidas a las profesionales del amor. Pero seguimos utilizando a los empleados de las funerarias, que fingen estar tristes mientras

esperan el momento para poder acodarse en la barra del bar de la esquina y tomarse un trago. Es mejor que nos paguen por cumplir con estos rituales a tener que fingir un drama que no es el nuestro. No podemos negar, sin embargo, que algunas muertes se viven de manera intolerable por algunos de los familiares más íntimos. El resto no hacen más que acompañar este dolor, expresando su empatía, aceptando jugar el juego, puede que con el fin de atenuar el dolor de los que sufren. Pero, ¿por qué sufren? ¿Por qué algunos sufren tanto y otros no? Sentimos como si se nos arrancase una parte de nosotros mismos, esa parte donde se mezcla la carne y el espíritu, el afecto y las cuestiones prácticas, el amor y la incertidumbre del mañana. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué nos va a pasar a partir de ahora? Las dos preguntas se confunden formando una celosía existencial en la que no somos capaces de distinguir entre sentimientos tan contradictorios.

¿Qué voy a hacer después de la muerte de mi padre? Nada puede cambiar en el fondo, pues nuestras vidas eran casi la de dos extraños. Muy de vez en cuando nos visitábamos, con el ánimo con el que a veces asistimos a un museo, con la obligación de estar en contacto con otra dimensión, por ejemplo, la del pasado. ¿Qué voy a ser después de la muerte de mi padre? La infancia se ha borrado definitivamente, he franqueado un límite, los recuerdos se convierten en recuerdos y a partir de ahora sólo me pertenecerán a mí mismo y a nadie más. Nuestra historia nos pertenece totalmente, ya nadie nos la puede arrebatar. A partir de ahora modelaremos los detalles a nuestro gusto. Nos hemos convertido en expertos y maestros del juego, tomamos posesión de nuestro pasado, nos convertimos de verdad en adultos: ahora somos los únicos valedores de nuestra memoria. Lamentamos entonces esos momentos de confusión que a veces sobrevienen, tantas preguntas que desearíamos que nos hubiesen contestado... A partir de ahora tendremos que resolver nuestros problemas exclusivamente con nuestros propios medios.

El duelo del presente

Aunque se puede sobrellevar el duelo del pasado sin dramatismos, el presente es harina de otro costal. La joven esposa que acaba de desaparecer, la madre cuyo hijo acaba de morir o incluso el niño que ha perdido a su padre están todavía terriblemente presentes. Una parte demasiado importante de uno mismo acaba de ser arrancada, es como si en cierto modo viviesen su propia muerte. Intolerable alienación del ser. ¿Y ahora qué? Quizás debemos aprender a morir. Quizás no estamos preparados para desaparecer. Quizás tenemos demasiado aprecio a la vida.

¿Y si el otro no era más que un objeto al que queríamos tanto que lo hemos implantado en nuestro ser? Sutura más o menos profunda que disminuye la hemorragia, que cura y cicatriza nuestras heridas. El otro como cura, el otro como sostén, el otro como muleta, el otro como prótesis. O como vida artificial. Quizás era necesario que el otro muriera para que nosotros pudiésemos existir de verdad. ¡La vida está tan bien hecha! La providencia benevolente vela por nuestros destinos febriles y peligrosos: una providencia que no escatima medios, una providencia que no prevé todos los detalles, una providencia a la que no le preocupan las consideraciones psicológicas o materiales. Debemos existir, decreta ella, cueste lo que cueste. Incluso si algunos consiguen escapar a su vigilancia –pues no puede controlarnos a todos-, nos ofrece a cada uno de nosotros más de una ocasión para no morir vivos. Su lucidez carece de piedad: no duda en señalar con el dedo, no vacila en hurgar en las heridas ni en hacernos tambalear para traernos a la vida. Es inhumana. No podríamos reprochárselo, pues es su cualidad principal. No confundamos los dolores: su quemazón intenta cerrar nuestras heridas y que puedan cicatrizar.

La muerte de la muerte

¿Por qué avivar el dolor? ¿Por qué debería tener un sentido la existencia? ¿Cómo aceptar la muerte? ¿Por qué deseo yo la muerte de ese otro que soy yo? ¿Cómo pensar desde el dolor? ¿Por qué no tenemos derecho

a la felicidad en esta vida? ¿Qué responder a estas cuestiones? Estas preguntas reflejan que no sabemos, no podemos o no queremos aceptar la vida. Deberíamos comprender que quizás la muerte sea la condición de la vida, que quizás la muerte sea la muerte de la muerte. Morimos porque no sabemos vivir. Igual que el niño que se cae porque no sabe andar pero que, a fuerza de caerse una y otra vez, aprender a andar por sí mismo. Si no se cayese nunca, si alguna cuerda misteriosa le sujetase por los aires, ¿sería capaz de andar algún día? Si la muerte no existiese habría que inventarla para ayudar a los hombres a vivir, para invitarles –de forma un poco brutal- a luchar con el sentido, a combatir con la vida. Sin riesgo, sin pérdida, sin posibilidad de alienación, ¿qué sería de la vida? Se convertiría simplemente en un hábito, en una costumbre, incapaz de imaginar su propio fin. ¿Se puede admirar una obra sin fin? ¿Podemos acaso crearla? El ser humano es el único que cree en el infinito. Precisamente porque conoce la finitud, la respeta y la teme.

Ha muerto. Da igual que sea mi padre o que sea otra persona. (¿Tendría el valor de hablar así si se tratara de mi hijo?) ¿Debo estar triste de verdad o solo aparentarlo? Existen culturas en las que se gastan bromas, se ríen y se burlan del difunto, de sus pequeñeces, de sus manías, de sus defectos y de sus pequeñas miserias. Todo ello con muy buen humor, brindando y bebiendo a la salud del finado. Es la última oportunidad de decirle todo aquello que no pudimos decirle antes, aquello que no nos atrevimos a decir. ¿Quién ha muerto? Nadie importante: el objeto de algunas bromas o el pretexto para unas risas. ¿Falta de respeto por la vida? Al contrario: ellos creen que para la vida, todo esto es muy poca cosa, apenas una insignificancia, y es preciso que nosotros seamos conscientes de ello. Porque la montaña es admirable, mientras que la colina es irrisoria.

In document Filosofar como Sócrates, Oscar Brenifier (página 152-156)