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La muerte de Sísifo

In document El Gobierno Es El Problema Spanish Edition (página 135-137)

Sísifo, en la mitología griega, fue un rey al que los dioses condenaron a arrastrar una enorme piedra por la cuesta de una ladera. El castigo de los dioses radicaba en que antes de que Sísifo alcanzase la cima, la piedra siempre rodaba hacia abajo y el rey tenía que empezar de nuevo desde el principio. Y así una y otra vez hasta la eternidad. En diversas ocasiones se ha mostrado el mito de Sísifo para representar el esfuerzo personal en la búsqueda de nuestros objetivos. Las cosas no son fáciles, y como la piedra que rueda cuesta abajo, hemos de empezar una y otra vez para conseguir aquello que queremos obtener. En otras palabras, “nadie nos regala nada”, las cosas se han de trabajar. Algo así no solo es aplicable a las ganas de medrar en una empresa, obtener más beneficios en nuestro negocio, o dedicar tiempo investigando dónde invertir para obtener mayor plusvalías, sino también en el terreno de nuestra vida personal. Nuestro hijo no se cría solo, hemos de guiarlo, enseñarle y ayudarle a madurar. Hemos de hacer sacrificios con nuestra pareja, amigos, vecinos y compañeros de trabajo para tener un buen clima de convivencia. Todo tiene un valor, y eso significa que se ha de trabajar.

Sin embargo, el filósofo Albert Camus usó este relato para representar la absurdidad del hombre en el mundo. ¿Tanto trabajar y tantas cosas que hacer, para luego qué? Bueno, la sociedad actual se ha tomado la duda de Camus al pie de la letra y lo ha llevado a la práctica. No ha sido un proceso rápido ni fácil, pero el Gobierno lo ha inducido destruyendo los valores que habían funcionado durante miles de años en todo el mundo.

Entre el colectivo se ha extendido la forma de pensar que el resto de la sociedad está creada para que nos suavice o arregle nuestros problemas. Pero como no podemos amenazar continuamente a la gente de nuestro entorno, invocamos a la fría e intimidatoria maquinaria del Gobierno para que lo haga por nosotros. Entonces los políticos usan la fuerza del Estado para comprar votos y para sacar las rentas de unos y dárselas a otros. George Bernard Shaw dijo en una ocasión que:

“Un Gobierno que roba a Pedro para dárselo a Pablo siempre contará con el apoyo de Pablo”.

Esto nos lleva a una situación tan triste como insostenible. Así se ha creado el Estado del Bienestar, no es más que el sistema del latrocinio de una parte de la sociedad (productiva) a la otra (improductiva). Es un sistema basado en el egoísmo, la

violencia institucional y el hedonismo. Sin los valores del esfuerzo personal ninguna sociedad puede sobrevivir. Vemos manifestaciones donde la gente pide auténticas aberraciones que solo implican un mayor Gobierno y donde muchos le invocan para que robe más dinero al resto de la sociedad para darlo a estas minorías que solo quieren vivir de su “dignidad”.

Tal vez considere bueno que el Gobierno sustraiga dinero de una persona rica para dársela a otra pobre. ¿Pero qué es un rico? ¿Y si esa persona rica, a ojos del Gobierno, tal vez sea usted en lugar del típico hombre gordo y con puro? Como hemos visto el mayor esfuerzo fiscal en este país lo sufre la clase media, esto es, las personas que tienen unas rentas brutas anuales de entre 12.000 euros y 60.000 euros. Estos son los que más pagan, más ayudan al Estado a financiar sus proyectos y menos reciben. Incluso desde el punto de vista ético, qué fuerza moral tenemos para criminalizar a alguien que gane “mucho dinero” si la fuente de su riqueza es legítima. Todo lo contrario, ¡mejor para él! Ojalá todos nos hagamos ricos.

El Gobierno, durante más de cien años ha desorganizado la estructura moral y ética del hombre incentivándolo a consumir con tipos interés bajos, a gastar y a olvidarse de la cultura del ahorro porque los políticos nos lo aseguran todo: justicia, medicina, educación, incluso “bienestar”. Las promesas de asegurarnos lo más básico solo es un engaño para ganar dinero, y muy especialmente Poder sobre nosotros. La muerte de Sísifo (del esfuerzo individual para conseguir metas) no ha salido gratis. Ha tenido un precio muy caro para el ciudadano. Ha inculcado el odio entre nosotros, ha fomentado el racismo por la disputa entre las subvenciones; así oímos cosas como: “¿por qué los de afuera reciben más subvenciones que los nacionales?”; ha criminalizado a personas por ganar más dinero; ha impuesto el igualitarismo en las escuelas, trabajos, en nuestra vida diaria para hacernos a todos más mediocres. Ha dividido la sociedad en colectivos, grupos y medias, anulando así todo individualismo y personalidad. Ahora la gente ha de ser de un grupo catalogado para sentirse algo: hombre, mujer, rico, pobre, de derechas, de izquierdas, religioso, antirreligioso, gay, heterosexual, nacionalista, antinacionalista… Esta catalogación en grupos tiene sentido cuando mostramos estadísticas y agregados para tener fotos de la sociedad, pero no son extrapolables a dividir y catalogar los valores de las personas para así favorecerlos o demonizarlos. Los políticos usan estos grupos en sus discursos para ganar votos y difamar a aquellos que quieren quedarse con una parte del pastel común, pero ellos hacen lo mismos para sus propios acólitos. Los políticos nos clasifican igual que un supermercado puede hacer con sus productos en las estanterías o un granjero con sus animales. Hemos de dar el paso para desvincularnos de estos artificiales grupos interesados porque no somos una extensión de un grupo de ningún programa del Gobierno. Somos personas singulares. Como escribió la novelista Ayn Rand:

ocultaba el sol a los hombres. El monstruo que estaba sentado en un trono, con cadenas en las manos, los pies sobre el pecho de un hombre, y se alimentaba con la sangre del libre espíritu humano. El monstruo de la palabra ‘Nosotros’. Y ahora contemplo el sagrado rostro de un Dios y a este dios lo levanto sobre la tierra, más arriba que el cielo, más resplandeciente que el sol, este Dios que los hombres han deseado desde que existen, este dios que les dará la dicha, la paz y el orgullo.

Este Dios, esta sola palabra: ‘Yo’”[129].

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