Finalmente, los hogares según el número de miembros muestra una incidencia que decrece con el número de estos hijos, de forma que la mayor incidencia se da en aquellas familias con sólo una persona, con un 20,2% en el tercer trimestre de 2007 en que todos sus activos están parados, y ese porcentaje va disminuyendo hasta el 10,7% para aquellas familias que tienen cuatro y más miembros en el hogar. Y el mismo proceso se opera con el número de hijos, de forma que en aquellos hogares sin hijos la incidencia es del 14,2%, incidencia que va disminuyendo paulatinamente hasta un 11,1% en familias con dos hijos y que luego abruptamente aumenta a partir de tres o más hijos, aunque su bajo valor absoluto podría estar expresando problemas de estadísticos de la muestra.
3.
A guisa de conclusión: una crisis más severa que
acentúa la vulnerabilidad y la polarización de los
hogares
Las páginas anteriores han permitido ubicar los registros de la crisis actual con los de las dos previas (que tuvieron lugar entre 1974 y 1985 y entre 1991 y 1994). El objetivo de esta comparación no es otro que el de suministrar algunos elementos de referencia para el análisis que se efectúa a continuación, y que pretende evaluar hasta qué punto los hogares, no los ocupados individualmente, se encuentran en una situación más vulnerable que en otras recesiones anteriores. Además, se pretende avanzar también en diagnosticar si, junto a esa mayor o menor vulnerabilidad, se está produciendo una creciente polarización entre las familias con empleo. Es decir, los elementos analizados más arriba en el ámbito individual sugieren que se está produciendo un doble proceso: de creciente vulnerabilidad entre hogares con y sin empleo y de creciente polarización dentro de los hogares que tienen sus miembros ocupados. Por ello, antes de avanzar, conviene sintetizar los elementos con especial relevancia respecto de los objetivos de este análisis.
Primero. Los hogares cuyos activos están todos en paro han alcanzado un 9,9% de las familias del país (septiembre de 2012), la cifra más elevada jamás contemplada. Esta vulnerabilidad de los hogares se acentúa cuando se toma el número de ocupados por hogar cuyo sustentador principal tiene entre 16 y 64 años. Estos han caído hasta los 1,35 millones, una cifra similar a la de 1985 y lejos de los 1,42 millones del final de la recesión de los noventa.
Segundo. A pesar de este endurecimiento en la posición laboral de los hogares, otros indicadores relativos a la dependencia de los inactivos (o del conjunto de la población) respecto de los ocupados muestran que, incluso con la intensa pérdida de empleo, la posición de las familias es, en relación a otras crisis, relativamente buena: 2,65 personas/ocupado en septiembre de 2012, a comparar con las 3,43 de 1985 y las 3,19 de 1994. Y lo mismo sucede con la tasa de dependencia propiamente dicha (niños e inactivos por empleo): 1,32 inactivos/ocupado en septiembre de 2012, un registro mejor que los 2,16 de 1985 y 1,87 de 1994. Esta mayor resistencia, unida a la creciente vulnerabilidad, sugiere un aumento de la polarización en la posición laboral de los distintos tipos de hogares. Tercero. Esta creciente vulnerabilidad, a pesar de algunos mejores indicadores, refleja la extraordinaria caída de la ocupación en la crisis 2007-12, un insólito -15,7%, una cifra que es ya la más severa de la historia del país, por encima de los registros alcanzados tras la larga recesión 1974-85 (pérdida del -14,5%). Además de más intensa, está mostrando una contracción más rápida que la que tuvo lugar en los años setenta y ochenta, la única que puede compararse en cuanto a destrucción ocupacional. Así, en ésta última, y tras cinco años de recesión, el empleo había retrocedido, un contenido -5,9%. Por su parte, en la de 1991 a 1994, y tras cinco años desde el inicio de la recesión, el empleo ya se estaba recuperando, y en 1996 se situaba con una caída acumulada desde 1991 de sólo el 2%. En cambio, tras cinco años de crisis, en septiembre de 2012, la ocupación acumula una contracción de casi un 16%.
Cuarto. Esta caída tan intensa y, en especial, tan rápida, apunta tanto a la tipología del contrato (temporal vs. indefinido) como a la del sector de actividad más afectado. Así, en los años 2007-12, el empleo en la construcción ha caído un insólito -59%, un registro muy superior al de 1977-85 (-37,7%) y de 1991-94 (-16,6%). Por su parte, los asalariados con contrato temporal han retrocedido un 36,6%, una cifra que sextuplica la caída del empleo en asalariados con contrato indefinido (-6,0%) y más que duplica la de los no asalariados (-15,6%). Además, hay que destacar que el empleo asalariado público apenas ha comenzado su ajuste (un aumento entre septiembre de 2007 y de 2012 algo superior al 1%), frente a la caída cercana al 20% del empleo asalariado privado.
Quinto. Otros factores que inciden en la capacidad de resistencia de los hogares es la menor caída del empleo femenino entre 2007 y 2012 (-7,1% frente al -21,8% masculino), una diferencia sensiblemente más elevada que la observada en la larga recesión 1977-85 (-8,6% y -12,3%, respectivamente). Ello, combinado con un peso creciente de la mujer en el empleo total (el 28% en 1977, el 32% en 1991 y el 41% en 2007) emerge como un elemento de resistencia frente a la crisis.
Sexto. También aparece como un aspecto que refuerza la capacidad económica de los hogares el que el grueso de la caída del empleo se haya producido en aquellos ocupados más jóvenes (16-34 años), con una contracción del -37,7% (a comparar con el -17,5% y el -12,1% de las crisis de los setenta y ochenta y la de los primeros noventa). Al mismo tiempo, la pérdida de ocupación de los mayores de 34 años en la crisis financiera 2007- 2012 es la más baja de las tres crisis analizadas (-1,0%, frente al -1,8% de 1991-1994 y al -6,4% de 1977-85).
Séptimo. Otra característica más favorable de la crisis actual es la proporción de hogares que tienen dos ocupados. Hoy hay proporcionalmente más hogares con 2 ocupados que al final de las otras dos crisis: casi un 40%, frente al 26% y 33%, respectivamente, para 1985 y 1994. Lógicamente, esta mayor proporción de hogares con dos ocupados en esta crisis respecto a las anteriores, se traduce en un menor peso de los hogares con sólo un empleo, que en 1985 representaban el 66,4% de aquellos con activos ocupados frente al 54% actual.
Octavo. La proporción de hogares dónde no hay ningún parado, en cambio, muestra una substancial caída, desde el 87% de segundo trimestre de 2007 al 65% aproximadamente del mismo período de 2012. Esta cifra es similar a la observada al final de la crisis de 1991- 94 y sensiblemente inferior al 73% de 1985. Quiere ello decir que el impacto de la crisis del empleo, medido por el número de hogares sin parados, parece ser más elevado en esta crisis que al final de la de los años setenta y ochenta.
En síntesis, los factores analizados en las páginas precedentes no muestran un panorama de debilidad concluyente y, en todo caso, no muy distinto de otras recesiones. Y ello porqué, más que dibujar una escena de hogares cada vez menos resistentes a la crisis, apunta a una situación más compleja, en la que conviven situaciones diversas. Así, hay factores que apuntan a un grupo de hogares cada vez más vulnerable, como el creciente número de familias en que todos sus miembros activos están en paro o la caída en el empleo medio por hogar. Por otro lado, sin embargo, hay elementos que apuntan a un aumento de la resistencia de los hogares en relación a otras crisis (número de ocupados
por hogar, mayor proporción de la pérdida de empleo en los más jóvenes, etc.), lo que sugiere un proceso de creciente polarización en el seno de las familias que tienen empleo.