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La mujer y la teología

In document Estudiante: Mauricio Rincón Andrade (página 99-104)

LA TEOLOGÍA ECOFEMINISTA

1. Mujer, cristianismo y teología

1.2. La mujer y la teología

La relación de las mujeres con la teología no es muy distinta a la que sucintamente acabamos de describir con el cristianismo. En palabras de un número monográfico de la revista Concilium (202) de 1985: “La mujer, ausente en la teología y en la Iglesia”. Su incorporación a la reflexión teológica se dará prácticamente en el siglo XX. Durante siglos la teología estuvo restringida a los hombres. Al respecto manifiesta Ivone Gebara: “La expresión ‘la mujer hace teología’ es nueva, como es nueva también la explicación de su contenido. Antes nunca se distinguía en términos de diferencia sexual a los autores de teología, pues era evidente que semejante tarea era atribución del hombre. Hoy parece que la evidencia no es tan segura, por lo que es necesario precisar el sexo de los autores.”155 Mary O’Driscoll se expresa en los mismos términos: “La teología ha sido considerada como una tarea exclusivamente masculina. En consecuencia, los varones y solamente los varones, alegando su derecho a interpretar el plan salvífico para todas las personas, han formulado y formado las posiciones teológicas de la Iglesia”.156

La ausencia de las mujeres en la reflexión teológica se debe a distintas causas. La teóloga Isabel Corpas157 esgrime las siguientes: el contexto patriarcal del saber y la historia de los prejuicios masculinos. En relación con el primer aspecto, recuerda que la reflexión teológica nació y se desarrolló en una cultura patriarcal y androcéntrica, donde todos los espacios de reflexión estaban reservados a los hombres. Además, dentro de la iglesia católica, habrá dos

154 Küng, Las mujeres en el cristianismo, 121. 155 Gebara, Teología a ritmo de mujer, 11. 156 O’Driscoll, Las mujeres y María, 11.

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aspectos que hará que la mujer sea más invisibilizada aún: el celibato y la clausura para la vida religiosa femenina. Ambos fenómenos fueron introducidos por el papa Gregorio VII en el siglo XI. El concilio Lateranense de 1059, por influjo de los monjes y especialmente de Hildebrando Aldobrandeschi (el futuro Gregorio VII), prohibió a los sacerdotes casarse y, aunque en muchas regiones como Lombardía y la misma Italia, muchos obispos y parte del clero se rebeló contra dicha prohibición, el celibato se termina confirmando por el mismo Gregorio VII en su primer sínodo cuaresmal de 1074. Esto “contribuyó más que cualquier otra cosa a separar y poner absolutamente por encima del “pueblo”, entendido como los “laicos” al clero; más aún, el celibato empezó a ser considerado, moralmente, más perfecto que el estado de casado”158. En esta separación las mujeres llevaron la peor parte. El otro aspecto que hará invisibilizar a las mujeres será la clausura para la vida religiosa femenina y la enorme irrupción de los conventos. Esto se debió a un movimiento piadoso de la época en donde la vida de clausura y de convento se ve como el ideal cristiano para las mujeres. Es verdad que, en estos lugares, a diferencia de gran número de mujeres laicas, ellas recibían educación, pero en general la clausura también tenía como objetivo “evitar el contacto de las monjas con el mundo exterior”.159

La otra razón que propone Isabel Corpas de la ausencia de las mujeres en la reflexión teológica es la historia de los prejuicios masculinos. Aquí se refiere básicamente a que el papel de las mujeres en la sociedad y en la familia es pensada por los hombres, más aún, las mujeres están puestas en función de los hombres. Esta superioridad del hombre sobre la mujer se verá reflejada en la sociedad y en la misma Iglesia. Para la teóloga colombiana tanto en la patrística, no toda, pero en general, como en muchos autores medievales, presenciamos una misoginia y una visión peyorativa de la mujer.160 Hasta una época tan reciente como 1930, el

158 Küng, Las mujeres en el cristianismo, 54.

159 Fuente, Las mujeres en la antigüedad y en la Edad Media, 84.

160La misoginia de los autores cristianos se evidencia también en las Etimologías de San Isidoro, para quien “el hombre fue creado por sí mismo, mientras la mujer lo fue para servir de ayuda al macho” y, en la misma línea, opinaba el obispo de Sevilla que la mujer necesitaba la protección del varón “para evitar que fuese engañada por la ligereza de su espíritu y su incapacidad para gobernarse a sí misma”. Asimismo, anota la historiadora María Jesús Fuente, para el papa Gregorio I, contemporáneo de San Isidoro, al distinguir entre mente y ánima, o razón superior y razón inferior, consideraba que la primera es la que corresponde al hombre mientras la segunda es propia de la mujer.” Corpas, “Mujeres teólogas. ¿cuál es nuestra identidad y nuestro aporte al quehacer teológico?”, 53-54.

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papa Pío XI en la encílica Casti connubi, en el número 6, calificó los reclamos de igualdad de las mujeres como “corrupción del carácter propio de la mujer y de su dignidad de madre, trastorno de toda la sociedad familiar, libertad falsa e igualdad antinatural de la mujer con el marido”. Todos estos elementos harán, lógicamente, que su relación con la teología esté completamente restringida.

Lo anterior no significa que, antes del surgimiento de la teología feminista, no haya existido mujeres que hayan incursionado en el quehacer teológico. Todo lo contrario. A pesar de un contexto marcado por el patriarcalismo conocemos la existencia de mujeres que aportaron a la reflexión teológica. Nombremos algunas de ellas. En la Iglesia primitiva se tiene el conocimiento que existió un grupo de mujeres que actuaron públicamente como doctoras en las comunidades. Se podría mencionar a Filomena, una teóloga que en la Roma del siglo II encabezó una escuela que le hizo competencia nada menos que a Marción. En relación con ella nos dice Hans Küng:

Adoptando una posición intermedia entre la gnosis y la Iglesia, esta doctora y profetisa defendía una interpretación absolutamente espiritual (no corporal) de la resurrección, pero sin caer en el docetismo. La idea de que la creación fue una obra de un demiurgo sitúa al Dios creador a distancia del mal que hay en el mundo, sin llevar a un dualismo radical en el que el mundo y la materia se rechazan como malos. Filomena, pues, fue para su tiempo una significada pionera de la nueva síntesis del pensamiento judeo-bíblico y helenístico-filosófico de la antigüedad tardía.161

En los primeros siglos del cristianismo también encontramos a las ammas o madres del desierto162. Muchos de sus apotegmas o sentencias incluso se conservan. Entre ellas podemos citar a: Macrina la joven, hermana de los obispos Gregorio de Nisa, Basilio de Cesárea y Pedro de Sebaste; Sinclética que renunció al mundo y cuya biografía se parece a la vida de San Antonio, uno de los fundadores del monacato; Teodora que se dice que tuvo muchos conocimientos teológicos y que mantuvo discusiones con los maniqueos.

En la Edad Media se podría mencionar a las beguinas y a una serie de maestras místicas. Con el respecto al movimiento de beguinas podemos decir que:

161 Küng, La mujer en el cristianismo, 37. 162 Ver: Carrasquer, Madres del desierto.

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Fueron mujeres que buscaron vivir una espiritualidad laica, sin compromisos que se derivaban de una vida religiosa monástica, optaron por trabajar, rezar, vivir los sacramentos y servir a los demás movidas por una profunda convicción de seguimiento de Jesús, de manera libre y en la gratuidad de ser mujeres, buscaron ser fieles a sí mismas, no renunciaron pertenecer a la Iglesia, pero tampoco se sometieron a ninguna regla, asumieron una postura crítica frente a la jerarquía que en muchas ocasiones se mostraba dominada por la atracción del poder y en nombre de Jesús abusaba y oprimía.163

El nombre de beguinas debió ser una abreviación de albigensis, y, por tanto, equivalía a herejes. Fueron condenadas por el concilio de Vienne de 1311. La razón de dicha condena se debe a que el movimiento tuvo un fuerte impacto en la sociedad por su vida, la praxis, la interpretación de la escritura que hacía y sus escritos. Entre las mujeres más conocidas del movimiento de las beguinas podemos citar a: Hildegarda de Bingen, Beatriz de Nazaret, Matilde de Magdeburgo, Margarita Porete164, Hadewijch de Amberes, Margarita de Oingt, Beata Angela de Foligno y Juliana de Norwich.

En lo que tiene que ver con la mística podemos empezar diciendo que muchas de las mujeres del movimiento beguinas también sobresalieron como maestras místicas, pero podemos presentar otras mujeres que tuvieron un papel destacado en la mística medieval. En el siglo XII el monasterio de benedictinas de Bingen con la famosa abadesa Hildegarda165, junto al Rin, fue un centro muy importante en lo que tiene que ver con la mística. En el siglo XIII el monasterio de las cistercienses de Hefta fue considerado como la “corona de los monasterios femeninos alemanes”. En este último monasterio se podría mencionar a: Gertrud von Hackeborn que con apenas 19 años fue elegida abadesa y dirigió el convento durante 41 años; Metchthild von Hackeborn que fue muy conocida por sus dotes místicos; Metchthild von Magdeburg que se le conoce al menos 6 libros de mística sobre la luz viva de la divinidad.

163 González, Mística medieval femenina, 62.

164 “Fue una beguina mística que hacia mediados de 1300 escribió un importante libro el Miroir des âmes (Espejo de las almas) fue condenada por en 1306 como hereje por el obispo de Cambrai. Este importante libro, después de su condena conoció, aunque sin firma, seis ediciones, la traducción a cuatro lenguas y que parece que incluso ejerció un importante influjo en el Maestro Eckhart. En 1308 volvió a ser acusada, trasladada a París, sometida a un proceso inquisitorial en el que se le negó cualquier pronunciamiento sobre su propia obra y, finalmente, quemada en la hoguera en 1310.” Küng, Las mujeres en el cristianismo, 69.

165 Hildegarda de Bingen dejó numerosos escritos sobre las mujeres y para las mujeres, compuso música, escribió sobre medicina y poesía, fundó una abadía en la que logró liberarse de la tutela y control masculinos y “está entre las y los grandes teólogos y filósofos europeos de su tiempo, el siglo XII” Ver: Martinengo, “La armonía de Hildegarda: Un epistolario sorprendente”; Navarro y Bernabé, “Hildegarda de Bingen, el báculo, la palabra y la música”.

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En el siglo XVI sobresale la figura de Teresa de Jesús o Teresa de Ávila una mística, pródiga escritora y fundadora de una orden femenina. En relación con ella, escribe Hans Küng:

Con toda nuestra admiración, por tanto, para una Teresa de Ávila, esa mujer genial que cuenta entre los más importantes místicos de la historia de la religión, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento existe un ideal de oración interior o de oración de corazón, ni se encuentra exhortación alguna a observar, describir y analizar vivencias y estados místicos, ni aparece ninguna clase de escala de oración mística que culmine en el éxtasis, ni se subraya un tipo de oración que requiera unas dotes religiosas especiales, como el que ella desarrolla.166

En el siglo XVII se podría mencionar a Madame Jeanne de Guyon, católica francesa que dejó comentarios a la Sagrada Escritura y numerosas cartas que trazan caminos de espiritualidad. También a la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), considerada “la primera mujer teóloga en las Américas del Norte y del Sur”167 y la primera feminista de América.168 Finalmente, podemos citar a dos religiosas colombianas Francisca Josefa del Castillo, mística y poetisa nacida en Tunja, quien vivió en los últimos años del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII y la prolífica escritora Soledad Acosta de Samper, que, en el contexto de la segunda mitad del siglo XIX, manifestara en sus numerosos libros y artículos de carácter histórico y pedagógico su preocupación por la promoción de la mujer y su formación religiosa.

A mediados del siglo XX esta situación excepcional de la mujer en la teología va a cambiar radicalmente. Y no solo asistiremos a que más mujeres estudien y se especialicen en teología, sino que nos encontraremos con una verdadera corriente teológica que hará un aporte significativo, no únicamente al quehacer teológico, sino a la misma situación de la mujer: la teología feminista. Y esto es precisamente lo que vamos a desarrollar a continuación.

166 Küng, La mujer en el cristianismo, 70.

167 Rosado, “La voz de las mujeres de la teología latinoamericana”, 14. Son muchos y variados los trabajos que se han hecho en torno a este tema, entre otros: Egan, Linda, Donde Dios todavía es mujer: Sor Juana y la

teología feminista; Scavino, Dardo, La teología política de Sor Juana Inés de la Cruz; Colchero, María Teresa, Perspectiva teológica del poema Primer Sueño de sor Juana Inés de la Cruz; Marín, Paola, Teología y conciencia criolla: Sor Juana Inés de la Cruz; Aguayo, Enrique, Aproximación al pensamiento teológico de Sor Juana Inés de la Cruz.

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