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Néstor Alberto Barbon

In document revista-1Topia (página 69-77)

“[…] la boca encuentra el pecho, encuentra y traga un primer sorbo del mundo.”

Piera Aulagnier (1975)

A modo de introducción

La estructuración del aparato psíquico es coextensa con la construcción de la psicosexualidad, concepción ésta que nos legara el genio creador de Freud y que fuera luego tomada en consideración y desarrollada por dis- tintos autores posfreudianos.

En este sentido, consideramos que las vicisitudes de los vínculos tem- pranos, cuyos resultados se verán reflejados en la estructuración del psi- quismo, habrán de determinar un comportamiento sexual acorde con dicha estructura y dinámica, como así también la posibilidad o no de ac- ceder a esa incomparable posibilidad de amar.

Mal puede un cuerpo deficientemente libidinizado participar de una sexualidad placentera; mal puede un yo defectuosamente constituido participar de una historia de amor.

En los inicios

Los dos procesos mencionados tendrán como punto de partida el en- cuentro infans-madre que sigue inmediatamente al advenimiento del primero a la vida extrauterina, con su particular estado de desvalimien-

* Dirección: Juncal 2351, 5º “A”, (C1125ABE) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

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que el cuerpo sea bien advenido por la psique. Por otra parte, el contac- to adecuado del objeto con el cuerpo del infans da lugar a un placer ero- tizado que constituye la base del “anclaje somático del amor” (Aulagnier, 1986).

De ese amor en los vínculos primarios ha de surgir la posibilidad de vincularse al cuerpo de otros con amor. De lo contrario, el afecto que do- mine la escena será el odio (hacia sí mismo, hacia el objeto y el mundo). También será de importancia la teoría que el niño construya sobre su origen, en función de considerarse proveniente de un vínculo de amor o de odio.

Recordemos también que el niño construirá una representación de su cuerpo en función de los contactos primarios con el objeto-mundo; y que la relación yo-cuerpo habrá de reproducir la que el niño tuvo con su madre. Freud (1938) señala: “La vida sexual incluye la función de la ga- nancia de placer a partir de zonas del cuerpo”.

Agreguemos, a lo ya dicho, que P. Aulagnier nos ha enseñado que la psique, al representar la unión objeto-zona sensorial, se representa tam- bién a sí misma como organización viviente.

Ahora bien, en aquellas situaciones en las que exista un adecuado nivel de libidinización, habrá de quedar inaugurado el campo de la re- presentabilidad. De lo contrario, toda falla del medio psíquico ambiente, todo encuentro con un objeto que no experimente placer en sus contac- tos, cuyo aporte libidinal sea inadecuado (tanto en exceso como en de- fecto); que no sea portador de un auténtico “deseo de hijo” (Aulagnier, 1992), impedirá dicha inscripción psíquica, en tanto no serán investidas las huellas mnémicas que dan cuenta del encuentro y estaremos, en tér- minos metapsicológicos, en el terreno de lo no representado, del más allá del proceso primario, de las cantidades no ligadas, de la vivencia de dolor, del trauma, de la compulsión de repetición, de la pulsión de muer- te… del sufrimiento, en definitiva. Por ello, la madre debe poder ejercer una acción amortiguadora de la pulsión de muerte.

Recordemos también que otra de las posibilidades es la de que el in-

fans, ante lo proveniente del mundo externo e inadecuado para sí, ponga

en juego el mecanismo de desmentida (Verleugnung), mecanismo que si bien es en parte estructurante, puede alcanzar ribetes patológicos, dando lugar a escisiones en el yo. Ello lleva a Aisemberg (1998) a pun- tualizar que “si este más allá de la representación se debe a que nunca pudo acceder a ser representable o a que actuó la desmentida o la de- sestima, es uno de los tantos interrogantes a plantearse”.

En relación con la desestima o repudio (Verwerfung) recordemos que tanto McDougall (1989) como De M’Uzan (1994) hacen mención de dicho mecanismo como forma de explicar el campo de la irrepresentabi- lidad. En cuanto a la desmentida, tanto Marucco (1978a, 1978b, 1980)

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to (Hilflosigkeit) y esa “angustia primordial” que lo caracteriza y a la que Freud (1926) denominó “angustia automática”. Anticipémonos a lo que desarrollaremos más adelante recordando que, para el adulto, dicho estado de desvalimiento es el prototipo de una situación traumática (Laplanche y Pontalis, 1967).

Todo niño ha de experimentar en el inicio “[…] una ‘x’ que en el a

posteriori del discurso se designa como sufrimiento” (Aulagnier, 1975).

Ahora bien, ese estado primordial en el niño exige –a los fines de poder llevar a cabo la “acción específica”– una “asistencia ajena” (Freud, 1895) capaz de satisfacer las dos demandas vitales propias de ese momento: aporte de alimento y aporte libidinal, permitiéndole así el pasaje del es- tado de necesidad al de deseo.

Es pertinente señalar que el asistente ajeno operará como represen- tante del medio al que adviene el infans, con lo que éste se encontrará también con un discurso y con quien lo habla.

Freud (1926) nos recuerda que el objeto-madre psíquico sustituye a la madre fetal biológica. Si el objeto primario opera adecuadamente, vale decir en términos de una “madre corriente dedicada” (Winnicott, 1931- 1956), ofrecerá al infans la oportunidad de crear un estado de encuen- tro y con ello habilitará el “estado de existente” (Aulagnier, 1975) con la consecuente “puesta en vida” del aparato psíquico.

El encuentro del niño con el pecho marca el nacimiento a la vida psí- quica y el punto de partida en la construcción de la psicosexualidad. Freud (1917a) al respecto dice:

El mamar del pecho materno pasa a ser el punto de partida de toda la vida sexual, el modelo inalcanzado de toda satisfacción sexual posterior […] Incluye el pecho materno como primer objeto de la pulsión sexual; no puedo darles una idea de la importancia de este primer objeto para todo hallazgo posterior de objeto, ni de los profundos efectos que, en sus mudanzas y sus- tituciones, sigue ejerciendo sobre los más distantes ámbitos de nuestra vida anímica.

Winnicott (1954) nos recuerda que la naturaleza humana es una cues- tión de psique y soma interrelacionados y que en la evolución el soma vino primero. En efecto, es el cuerpo somático del infans, y más especí- ficamente sus zonas sensoriales, los que habrán de ponerse en contacto con el objeto materno, siendo así informada la psique de la naturaleza del encuentro inaugural, como así también de los múltiples encuentros subsiguientes. El resultado de la unión objeto-cuerpo –placiente o su- friente– preanuncia al objeto madre. Es en el cuerpo del infans donde anida, entonces, la “madre anticipada” (Aulagnier, 1986).

Serán dichas zonas sensoriales las que albergarán la ignorada ex- pectativa de ser transformadas en zonas erógenas, pudiendo lograr así

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(“Podrías cambiar las sillas, ¿no?; no son demasiado cómodas”; “¿Me podrías traer un poco de agua?”; “Tendría que haber unos caramelos para que uno coma mientras está aquí”; “¿Podés abrir la ventana?”; “¿Y si bajás un poco la persiana?”; “¿Acá no se sirve café?”), expresio- nes éstas del predominio en él de un estado de necesidad más que de deseo.

Miguel cambia de horario o de día de sesión permanentemente, faci- litado ello porque vive en una localidad de la Provincia de Buenos Aires distante unos 150 km de la Capital; hace cosas que me mueven a estar muy atento a él. Así, pone los pies sobre la silla; toma la otra silla, le- vantándola de manera tal que quede apoyada sólo en una pata, hacién- dola girar; hace pelotitas con papelitos que tiene en las manos, los que van rompiéndose y cayendo al piso; da vuelta la silla sentándose “a ca- ballo”... Es cierto, me lleva a que esté muy atento a él. Y, a su vez, él busca detectar qué ocurre en este nuevo encuentro paciente/analista. Cuál es la reacción del objeto frente a sus acciones.

Miguel está animado por un movimiento constante, que no lo deja ni quedarse quieto ni tampoco pensar. Parece haber en él una permanente necesidad de descarga; y… también, sí, ¡el moverme a mí a pensar! A pensar por él; a hacer lo que para él es una gran dificultad; a los fines de ayudarlo a poder acceder a su propio trabajo de pensamiento.

Algo típico en Miguel es su forma de tocar el timbre: al del portero eléctrico parece “quedarse pegado” y al del departamento lo pulsa repe- tidamente, y dado que el mismo suena al apretar y al soltar, genera una especie de “enloquecimiento” en el timbre y en mí.

Pegoteamiento y locura; dos cuestiones que no dejo de resaltar. Y además intrusión, ¡claro! ¡Si es lo que yo experimento!

Esto me genera también, contratransferencialmente, en muchas oportunidades, sentimientos de rechazo, de intenso malestar, ganas de sacármelo de encima, que son reemplazados luego por un deseo de poder ayudarlo a que mejore su situación, seguramente plena de sufrimientos; deseo que él se sabe ganar.

El paciente –como ya he señalado– tiene 35 años de edad; es alto, de contextura robusta, aunque parece –sin embargo– un niño, dados su comportamiento y su decir. Utiliza un lenguaje muy simple, con escaso simbolismo, y muchas veces me veo esforzado a tener que utilizar con él términos sencillos, movido quizás por el deseo de que me entienda cla- ramente. Por otra parte, en repetidas ocasiones, recurre al “¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡¿Me podés repetir lo que me dijiste?!”.

En la primera entrevista, Miguel dice: “Tengo fobias... no me dejan

moverme libremente... me tienen cansado... no puedo hacer lo que quie- ro”. Y agrega: “Yo era antes un tipo feliz y ahora... no sé... me agarró

esto...”.

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como Aisemberg (1998) hablan de la inauguración por Freud de una “tercera tópica”, en referencia a la existencia de un inconciente escindi- do y a la consecuente convivencia de un funcionamiento neurótico y otro no neurótico o narcisista.

De la naturaleza de los encuentros originarios y en función de las ex- periencias de placer o sufrimiento resultantes, dependerá también la re- lación que se establezca entre la psique y el cuerpo. Aquella deberá ac- ceder a la posibilidad de alojarse (lodgement) en este último, dando lugar al proceso de “personalización”; cuestión que, como señala Winnicott (1954), es “[…] un logro que de ningún modo les toca en suerte a todos!”.

Es pertinente recordar también que Freud (1923) habrá de señalar que el yo es “sobre todo una esencia-cuerpo” y que en la madre hay ex- pectativas respecto del mismo aun antes del nacimiento, creando un “yo anticipado [que] lleva consigo la imagen del niño que todavía no está, imagen fiel a las ilusiones narcisistas de la madre […]” (Aulagnier, 1986). Esta “sombra hablada” habrá de tener que ser proyectada luego sobre el cuerpo real del infans, y el “yo anticipado” será sometido a un proceso de cesión al niño para que él pueda llevar a cabo exitosamente su propio “proyecto identificatorio” (Aulagnier, 1975).

El nacimiento es punto de partida de una historia, libidinal e identi- ficatoria; y el cuerpo, placiente o sufriente, ha de cumplir un papel deci- sivo en la historia que el niño construirá acerca del devenir de ese cuer- po y de sí mismo (Barbon, 2004).

Transitando la clínica

Me parece importante hacer referencia, ante todo, a que Miguel, un joven paciente de 35 años –al serme derivado– dejó dos mensajes en el contestador telefónico, mediando escaso tiempo entre uno y otro.

Lo llamé y se mostró francamente molesto porque no había podido co- municarse conmigo en su primer llamado (¿necesidad de satisfacción in- mediata?, ¿cuántas y qué frustraciones habrá recibido?, ¿urgente recla- mo de una figura paterna?).

Pero me gustaría consignar además que tanto los dos mensajes, como la reacción del paciente al hablar con él, generaron en mí una sensación contratransferencial de profundo malestar; lo que también me ayudó a pensar en los malestares que sentiría el paciente al tener que enfren- tarse a determinados vínculos, especialmente a aquellos que no le depa- raban una satisfacción… en lo posible, inmediata.

Quiero aclarar que desde la primera entrevista se puso de manifies- to, en nuestros encuentros, una permanente demanda de su parte

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marios. Así, un día, Miguel llegó a sesión y comenzó su discurso contán- dome que había venido a Buenos Aires acompañado por su perro; agre- gando: “Es bárbaro… es lo que necesito… porque mi perro ¡¡me mira y no me habla!!”.

La imposibilidad de Miguel de viajar solo en la ruta por temor a que le ocurra algo y no encontrar quién lo socorra, queda íntimamente em- parentada con el sentimiento de desamparo, de abandono, de falta de ayuda o favor, que no son más que expresiones que, como ya hemos seña- lado, nos remiten al desvalimiento del yo, que es lo que caracteriza a la

situación traumática.

Miguel es hijo único de un matrimonio muy mal avenido. “Nunca se

llevaron”, dice. Subrayo el “nunca se llevaron” porque me parece muy

distinto a “nunca se llevaron bien”. “Siempre discutían y se agredían, hasta que se separaron”; cuando él tenía 16 años. Durante un tiempo prolongado no vio al padre; quien vivía en un hotel. Al año siguiente la madre se fue a España y se casó con un venezolano, quien murió dos años después, oportunidad en que ella regresa a la Argentina. El padre de Miguel reapareció luego y se reinició el contacto entre ambos. De todas maneras ese vínculo fue siempre desafectivizado. “Nunca tuve diálogo con mis padres... me llevaba un poquito mejor con mi madre... nunca fui amigo”, refiere Miguel.

El padre muere a causa de un cáncer de próstata tres años después de la separación; vale decir, cuando el paciente tenía 19 años; coinci- diendo con el regreso de la madre. Miguel refiere haber tenido en esa oportunidad lo que él denomina un “ataque de pánico”.

El vínculo con la madre fue siempre muy conflictivo. En un comien- zo, Miguel evitó hablar de ella; pero luego fue atreviéndose a hacerlo, con toda clase de agravios e insultos; acusándola de que no lo quiere; de que nunca lo quiso; y de que no respetó ni respeta lo que él dice o pien- sa. Afirma: “Ella quiere que haga siempre lo que ella dice... no me escu- cha... sólo habla ella, y siempre para decirme qué es lo que tengo que hacer... me tiene podrido… ¡¡¡es una hija de puta!!!, señalándole que tal vez sí pudo haber sido hija de una madre con dificultades para comuni- carse con ella.

La abuela materna murió poco antes de su nacimiento, por lo que al producirse el mismo su madre estaba en pleno duelo. Miguel agrega: “Mi vieja es una depresión caminando… ¡estuvo deprimida desde siempre!” Cabe recordar el efecto negativo que tiene la vivencia depresiva de la madre en los primeros contactos con el niño, en tanto es causante de de- samparo psíquico. Aulagnier (1986) recuerda que “[…] la depresión ma- terna es casi una constante entre los factores traumáticos”.

Cuenta también que su madre toma bastante alcohol y que es muy desordenada: “Uno, por ejemplo, va a la casa y encuentra toda la mesa

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Miguel entonces dice: “Un día salí en auto y faltaban 10 o 15 km para llegar a mi casa y me dio una sensación de adormecimiento en las pier- nas, falta de aire y transpiración. Tuve que pararme en una estación de servicio. No quería decir qué me pasaba. Cuando se me pasó un poco, me apuré y llegué. Le tomé miedo a la ruta. Después evitaba la noche. No me animaba a venir a Bs. As. A veces venía solo, pero siguiendo a un co- lectivo. Trato de ir siempre acompañado por alguien en el auto. El otro no sabe, pero yo sé que así no me va a pasar nada”.

Freud (1895 [1894]), con relación al “ataque de angustia”, dice: “Un ataque tal puede consistir en el sentimiento de angustia solo, sin ningu- na representación asociada, o bien mezclarse con la interpretación más espontánea, como la aniquilación de la vida, ‘caer fulminado por un sín- cope’, la amenaza de volverse loco, […]”.

También expresa Miguel: “Le tengo miedo a la oscuridad y también tengo claustrofobia. No puedo subir a ascensores cerrados”. Sólo accede a ello en caso de poder hacerlo con otra persona; su temor es el de que se detenga y pueda pasarle algo, al estar solo. Aclaro también que otro de sus grandes temores es el de que se produzca, mientras va manejan- do, un atascamiento en el tránsito y “que no haya ningún lugar hacia donde escapar”.

“Cuando yo era chico me encerraban en un cuartito oscuro en peni- tencia. Y me dejaban ahí… Me llevaban la comida y muchas veces tenía que dormir ahí… ¡¡¡solo!!!” También le tengo miedo a la muerte.”

Hay en Miguel una conjunción de agorafobia-claustrofobia, lo que nos conduce a recordar que la primera es incluida por Freud (1895) dentro de los síntomas de la neurosis de angustia y que respecto de la última, afirma (1917b) que aparece comúnmente asociada a la anterior y que es una cuestión en la que el sujeto “[…] se comporta como un niño pe- queño” (1917c); tal vez experimentando un sentimiento de desamparo que revelaría la posible reinvestidura de “huellas traumáticas” (Barbon, 2005).

Ello, emparentado a otras cuestiones a las que nos referiremos más adelante, llevarían a hacernos pensar en una angustia más arcaica que la de castración, tal como la descripta por Green (1972-1986) en los casos de pacientes fronterizos y a la que él denomina “angustia de sepa- ración-intrusión”. Incluida dentro de las neurosis actuales, esa angustia sería atribuible a aumentos de tensión somática que no sufren tramita- ción psíquica.

El paciente pone además de manifiesto su dificultad para moverse li- bremente, para ser dueño de sí; para poder escapar de lo que lo apresa. Es también muy clara su necesidad de la presencia concreta de un otro para poder andar por el mundo, pero de un otro que debe poder reunir ciertas particularidades, todas ellas distintas de las de los objetos pri-

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su padre, a un padre mediador que de otra manera parece no haber exis- tido. Es cierto también que, al tomar el lugar del padre, Miguel está tam- bién más cerca de la madre. Es por ello que agrega: “Quisiera deshacer- me de mi madre, pero con el asunto del campo voy a seguir teniendo re- laciones con ella”.

En una sesión, Miguel dice: “Yo no me casé. Tengo una novia; una mujer separada, con 5 hijos (mujer-madre; pienso). La conocí hace 10 años. Tiene 6 años más que yo... Era la mujer de un amigo mío”. Quiero aclarar que más adelante el paciente habrá de decir que en realidad era

la mujer de un primo; primo al que nunca más vio. Este vínculo le ha

costado, entre otras cosas, grandes discusiones y peleas con la madre. ¿Qué lugar ocupará –para Miguel– el hombre frente a la mujer? ¿Qué será una mujer para Miguel? Y en este sentido es de especial importan- cia detenernos un poco pensando en el vínculo entre Miguel y Andrea, el que se inicia luego de la separación de Andrea del primo hermano de Miguel, lo que ocasiona la ruptura del vínculo entre los primos.

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