*Marta Kreiselman de Mosner y
**Marisa Ingrid Mosner
Introducción
El sentimiento de dolor es nodal como concepto de la teoría psicoanalíti- ca y en la comprensión clínica. Investigamos las ocasiones donde el dis- placer que la angustia promueve en el yo no es suficiente para morigerar la intensidad de dolor. Encontramos que la pena y tristeza le exigen al aparato psíquico una elaboración muy sofisticada. De hecho, mantener en el yo grandes magnitudes de displacer imposibles de disolver por la angustia es una prioridad en los procesos de elaboración de duelos. Encontramos en las personas la utilización de medidas paliativas para evitar el sufrimiento al modo de quitapenas o manías que son anestési- cos del yo. Ante la imposibilidad de conexión con emociones de tristeza se borran los enlaces con el contenido traumático y los dolores se disuel- ven. Planteamos la necesidad teórica y clínica de repensar los destinos de los afectos cuando se refieren a circunstancias extremadamente penosas. Se puede seguir el derrotero de los mismos bajo otras presentaciones: psicosomática, psicosis, accidentes o el dolor necesario para el creci- miento. Pensamos que la clínica psicoanalítica abre las puertas a este tipo de figurabilidad, y da cuenta de memorias no inscriptas como archi- vos accesibles en la mente de los sujetos que constituyen las criptas o se- pulturas secretas de traumas familiares no explorados. Es decir, el afec- to doloroso es la brújula orientadora hacia este tipo de fenómenos que comprometen o hipotecan la vida de los sujetos.
* Dirección: Avda. Las Heras 1750, 2º “B”, (C1018AAO) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
** Dirección: Rep. de la India 2945, 2º “D”, (C1425FCE) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
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Freud propone que desde el nacimiento hay marcas de la cadena gene- racional.
En Tótem y tabú (1912-1913), Freud investiga de qué modo se trans- miten de una generación a la otra los estados psíquicos. En El yo y el ello (1923, pág. 40), Freud enuncia la presencia en el ello de las existencias yoes-ancestrales:
[…] el ello hereditario alberga en su interior los restos de innumerables exis- tencias yo, y cuando el yo extrae del ello {la fuerza para} su superyó, quizás no haga sino sacar de nuevo a la luz figuras, plasmaciones yoicas más anti- guas, procurarles una resurrección.
Para Freud, por lo tanto, la transmisión se da a través del superyó, en tanto mediador entre el yo y el ello. La idea de cómo se transfiere el pen- samiento la investiga también en “Psicoanálisis y telepatía” (1941 [1921]), donde plantea la posibilidad de “leer” el inconsciente de otro.
En 1939, Freud refiere: “[…] en la vida psíquica del individuo pueden tener eficacia no solo contenidos vivenciados por él mismo sino por otros que le fueran aportados con el nacimiento, fragmentos de origen filo- genético, una herencia arcaica […] lo que se reconoce como el factor constitucional en el individuo”. Allí se puede ver una nueva vía de trans- misión, además de la cultural, en la que pedazos de la vida psíquica de las generaciones anteriores se convierten en el bagaje inconsciente de generaciones posteriores.
Mas contemporáneamente, René Kaës (1993) hace una investigación del concepto de transmisión en los textos de Freud, que es designada por cuatro términos: Vererbung (herencia genética, transmisión heredita- ria), que remite a lo que se ha legado; Erwerbung (adquisición), que es lo recibido por transmisión; Erblichkeit (carácter hereditario, heredabi- lidad1), que designa aquello que ha heredado, y Ubertragung (transfe-
rencia), que es el único término activo, que corresponde a transmitir y a transferir. El autor atribuye un fuerte carácter pulsional a la transmi- sión de los legados culturales, en cuya red de discursos, fantasías e his- torias contadas está siempre inserta la existencia del sujeto. Define un conjunto de “[…] exigencias pulsionales inconscientes, en las que pre- valecen a veces las exigencias narcisistas de conservación y continuidad de la vida psíquica, a veces las del Ideal del Yo y del Superyó, más preci- samente, la transmisión de las prohibiciones fundamentales. […] siem- pre aparece la necesidad de transferir-transmitir en otro aparato psí- quico [...]”.
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El sentimiento doloroso es necesario para iniciar un trabajo de duelo. La angustia se acerca a la vivencia de desgarro psíquico (dolor, vivencia de fin de mundo, angustia de fragmentación) sólo cuando es angustia por pérdida de objeto. En el duelo encontramos anudados los dos afec- tos, angustia y dolor. Cuando estos afectos no quedan fusionados en el trabajo de la elaboración de un duelo, el destino del afecto doloroso toma diversos caminos, a saber: colisión con el mundo exterior, o en expresio- nes psicosomáticas o psicosis. Freud muestra las diferencias entre las fuentes libidinales y las fuentes de producción del dolor. Freud dice (1929-1930):
El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, con- denado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse con nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufri- miento que emana de esta última fuente quizá nos sea más doloroso que cual- quier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen.
Aun cuando el ser humano pretenda como objetivo vital el programa que propone el principio de placer, éste se ve obstaculizado por las tres fuen- tes de sufrimiento mencionadas. El principio de placer contrasta con la tan generalizada y universal “experimentar la desgracia”. Sufrimiento, pena y dolor son exigencias de trabajo para el psiquismo; cuando las vi- vencias displacenteras no son toleradas, se convierten en enfermedad mental o daño del cuerpo.
Acerca de la transmisión transgeneracional del dolor. De secretos y dolores
Haremos un recorrido por autores que investigan estos temas. En espe- cial, enfatizar en estos autores los efectos compulsivos del trauma a través de las generaciones. La existencia en un sujeto de “vidas otras” que lo exponen a un estallido, enfermedad o psicosis por retorno com- pulsivo. Son modos de ingreso de grandes cantidades de dolor en el yo. Modos de aparición de un trazo de las vidas de los ancestros. La temáti- ca de lo que se transmite a través de las generaciones es un tema que a Freud no le pasó inadvertido. En “Introducción del narcisismo” (1914), Freud señala: “El individuo lleva realmente una existencia doble, en cuanto es fin para sí mismo y eslabón de una cadena de la cual es tribu- tario contra su voluntad o, al menos, sin que medie ésta”. Es decir,
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Kaës (1993), basándose en Bion (1965), establece una diferencia entre la transmisión de objetos transformables y la transmisión de obje- tos no transformables. Los objetos psíquicos transformables tendrían la estructura del síntoma o del lapsus, en cambio, los no transformables permanecerían enquistados, inertes.
Otras investigaciones importantes sobre la temática de la transmi- sión fueron realizadas por Tisseron (1995), quien propone que la reali- dad psíquica de los padres nunca modela la vida psíquica de los hijos en forma pasiva. La vida psíquica de cada niño se constituye en interrela- ción con la vida psíquica de sus allegados. La palabra transmisión, para Tisseron (1995), refiere únicamente a las situaciones que implican obje- tos concretos claramente identificables. Propone la palabra “influen- cia”, que designa una acción que una persona ejerce sobre otra y deja la posibilidad de interpretación por parte del receptor.
Tomando a Abraham y a Torok (1961-1975), Tisseron (1995) plantea una clara diferencia entre las influencias intergeneracionales y las transgeneracionales. Las primeras se producen entre generaciones ad- yacentes en situaciones de relación directa. Las otras se producen a través de la sucesión de las generaciones: los contenidos psíquicos de los hijos pueden estar marcados por el funcionamiento psíquico de los abue- los o de ancestros que no han conocido, pero cuya vida psíquica ha mar- cado a sus propios padres.
La vergüenza en relación con estas influencias suelen expresarse más tarde por la enfermedad psíquica o física en los descendientes (Tisseron, 1995, pág. 18). Por lo tanto, los traumatismos no superados pueden ser de naturaleza personal pero también estar ligados a la his- toria colectiva.
Cuando una generación sufre un traumatismo que no elabora, la re- sultante es un clivaje que instituirá para las siguientes generaciones la prehistoria de su historia personal. El acontecimiento en cuestión puede denominarse “indecible” en la medida en que esté presente en el psi- quismo de quien lo haya vivido, pero de tal manera que no puede hablar de ello. Este sujeto es portador de una “cripta”. En la generación si- guiente, el hijo criado por padres portadores de un traumatismo no ela- borado y clivado será afectado en el conjunto de su psiquismo. Será por- tador de un “fantasma”. Los acontecimientos que corresponden a la ge- neración precedente son para esta generación “innombrables”. Sus con- tenidos son ignorados y su existencia es presentida e interrogada. Los hijos de padres portadores de un traumatismo pueden desarrollar difi- cultades de pensamiento, de aprendizaje, etc. En la generación siguien- te los acontecimientos se vuelven “impensables”. El niño puede percibir en sí mismo sensaciones, emociones, imágenes o tener conductas que pa- recen bizarras (Tisseron, 1995, págs. 18-19).
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Del mismo modo, respondiendo una inquietud de Marilú Pelento, en una conferencia, Haydée Faimberg (2005) plantea:
[…] esto no tiene que ver con lo que el paciente cree que es, ni lo que el pa- ciente se cuenta a sí mismo o a un otro, ni siquiera con lo que se dice explí- citamente; es una dialéctica entre lo dicho y lo no dicho, es una dialéctica que se desarrolla sobre todo con lo que insiste en lo no dicho y que el paciente ni nadie sabe que está no dicho. Y al mismo tiempo es una situación paradojal porque en la Verleugnung freudiana, o sea la desmentida, el objeto del des- mentido es conocido, contrariamente a lo que la tradición hace creer. Es tan conocido que se lo evita siempre, a diferencia de la represión. En la desmen- tida, lo que insiste es lo no dicho y ésta es la gran solución que tenemos por- que se empieza a dibujar un no dicho muy particular. […] Es ese no dicho, es ese mensaje que el otro va transmitiendo e insistiendo en lo que no puede decir.
Kaës (1993) también propone cuatro territorios de la transmisión en la obra de Freud: La transmisión intrapsíquica, la intersubjetiva, la transpsí- quica y la cuestión de la formación del yo. La transmisión intrapsíquica daría cuenta de lo que se transmite o se transfiere y de cómo se efectúan estos pasajes. La transmisión intersubjetiva “describe e interpreta los em- plazamientos correlativos de los sujetos en sus relaciones imaginarias, simbólicas y reales” (1993, pág. 34). La transmisión transpsíquica supone la abolición de los límites y de espacios subjetivos. Y en cuanto a la forma- ción del yo, lo concibe como una instancia psíquica particularmente reque- rida en los procesos y las funciones de la transmisión psíquica en razón de su posición intermediaria.
Kaës (1993) también investiga otros modelos de transmisión no pro- venientes del psicoanálisis y menciona:
– Modelo de la degeneración de Buffon (1749), en el que se transforman caracteres adquiridos y se transmiten cada vez más lejanos a un mo- delo ideal de hombre. Es decir, se degenera la raza.
– Modelo epidemiológico y la barrera inmunitaria que sigue el modelo médico y bacteriológico. “La transmisión se efectúa por la penetra- ción de un agente infeccioso vivo en el organismo que lo recibe” (1993, pág. 39). La transmisión se daría por la liberación de un agen- te infeccioso por un organismo infectado, el pasaje del agente al medio externo y la penetración de este agente en el organismo sano. – Modelo del contagio mental y las psicologías de las multitudes, se ba-
saría en que la multitud le confiere poder al individuo. El estado nor- mal de la multitud es la furia y la credulidad. “En los seres sugestio- nados, la idea fija tiende a transformarse en acto” (1993, pág. 42). En esto coincide con el autor de preferencia de Freud, LeBon.
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una generación a la otra. Plantea que lo que entró vía ello en el indivi- duo son huellas difíciles de asir. Para que se instalen como tradición, sín- toma o carácter necesitan conectarse con el vivenciar en uno mismo y, de ese modo, se actualizan. Así se produce un puente entre lo que entra vía ello habiendo sufrido el paso del tiempo, y lo que es yo y es actual. Entonces se mantiene viva una memoria del trauma. Lo que se repite, por lo tanto, son sucesos traumáticos que dejaron marcas y que fueron silenciados. En este sentido, Gomel (1997, pág. 19) dice: “No me planteo otra temporación que la retroactiva en las cuestiones ligadas a lo trans- generacional. La historia de una familia se construye en su transmisión: transmitir un pasado es, en verdad, construirlo”.
Las consecuencias del retorno de lo reprimido podrían ser los síntomas. Hay muchas investigaciones respecto a este tema. En la “Conferencia 17” (1917 [1916-17]), Freud dice que el “síntoma es rico en sentido y se en- trama con el vivenciar del enfermo” (pág. 235). Amplia esta idea más ade- lante (pág. 247): “La tarea que se nos plantea no es otra que ésta: para una idea sin sentido y una acción carente de fin, descubrir aquella si- tuación del pasado en que la idea estaba justificada y la acción res- pondía a un fin”. En un principio, Freud es guiado por las histéricas, podríamos decir por esos cuerpos hablantes, escuchando el deseo in- consciente. El cuerpo a través de sus síntomas se va delineando como brújula, como verdadera huella clínica, y la palabra se va manifestando como instrumento de un trabajo, a través del cual el inconsciente irá re- velándole a Freud sus mecanismos. Los síntomas son el resultado de un conflicto que se libra en torno de la satisfacción pulsional. Las dos fuer- zas que se han enemistado tienen como resultante el síntoma. Una de las fuerzas del conflicto es la libido insatisfecha, rechazada por la reali- dad, que ahora tiene que buscar otros caminos para su satisfacción. Por lo tanto (Freud, 1916-1917, pág. 328), “Así, el síntoma se engendra como un retoño del cumplimiento del deseo libidinoso inconsciente, desfigurado de manera múltiple; es una ambigüedad escogida ingenio- samente, provista de dos significados que se contradicen por completo entre sí”. ¿No deberíamos proceder de un modo similar con el senti- miento doloroso?
Cuando el sentimiento doloroso se vuelve psicosis
Un joven con diagnóstico de psicosis discute enardecidamente con su hermana, grita y amenaza con pegarle. La madre dice: “Pongan paños fríos… enfríen la bronca”. A la mañana, el joven despierta con gripe, explica que durante la noche tuvo un enfriamiento. Observamos que hubo un proceso de traducción inconsciente que permitió el desliza-
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En cuanto a los momentos facilitados para la transmisión, Tisseron (1995, pág. 23) plantea que ésta se da desde el estado fetal, los primeros contactos del niño con su entorno y las primeras manifestaciones del bebé. La historia materna y su prehistoria transgeneracional constitu- yen para el bebé las primeras referencias de su mundo interno. Otro mo- mento importante de la vida psíquica se organiza en torno a las identi- ficaciones del niño con cada uno de sus padres (identificaciones edípi- cas). Momentos de nacimientos y muertes son ocasiones privilegiadas en toda familia para integrar acontecimientos que hasta el momento habían sido separados de su vida psíquica. Toda experiencia nueva obli- ga a un nuevo trabajo de introyección:
[...] en el caso de que esto no ocurra, estas experiencias no se integran en forma armoniosa a la vida psíquica y pueden imponer a los descendientes, a veces por varias generaciones, la necesidad de simbolizar aquello que lo fue sólo imperfectamente en los ascendientes (Tisseron, 1995, pág 25).
Por último, otra vía facilitada para la transmisión es por medio de la transferencia de objetos materiales de una generación a la otra.
Eiguer (1997, pág. 28) señala:
[...] lo transgeneracional vehiculiza además el modelo de parentesco, el mismo que organiza atracciones y rechazos, prescripciones y proscripciones, que distribuye el lugar de cada uno de los miembros de la familia. Está en el origen de la transmisión de los mitos, de los ideales, modula los proyectos de vida e interviene en la organización del superyó individual.
Quiere decir que lo ancestral aparece como un otro del padre que vehi- culiza mitos de origen que estructuran la familia.
Silvia Gomel (1997) dice: “Transmisión generacional será entonces el modo peculiar en el que verdades y saberes, odios y amores, deudas y le- gados, posibles e imposibles, se traspasan de los odres viejos a los nue- vos sosteniendo que la voz de las generaciones no se silencie”. Por lo tanto, la transmisión implica un trabajo doble: adueñarse de lo recibido de manos de nuestros antecesores y, al mismo tiempo, imprimir a ese ba- gaje nuestro propio sello.
Freud (1939 [1934-38]), en “La analogía”, punto C del Moisés…, re- fiere a los traumas de la infancia y los efectos positivos (fijación al trau- ma y compulsión a la repetición) y negativos (reacciones de defensa). Luego plantea (pág. 81): “[…] se discierne en las doctrinas y ritos reli- giosos dos órdenes de elementos: por un lado, fijaciones a la antigua his- toria familiar y supervivencias de ella; por el otro, restauraciones del pa- sado, retornos de lo olvidado tras largos intervalos”. En el mismo texto, Freud se pregunta cómo se pasan las tradiciones y los modos de ser de
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a realizar no tome un valor incestuoso. Observamos que el joven tiene la fuerza necesaria, pero está imposibilitado de utilizarla por su connota- ción edípica incestuosa. Entonces, la vuelta contra sí mismo implica se- guir siendo, en el delirio, el poseedor de su hermana, dueño de todas las mujeres de su familia y no corre el riesgo de perderlas. Tal como lo plan- tea Freud (1912-13), la vuelta contra sí mismo evita el duelo, el recono- cimiento de la pérdida. Prefiere ceder un pedazo de su yo y así obviar la angustia de castración. De ese modo sigue sujeto a la sexualidad y a los padres de la infancia, renuncia a los riesgos de la sexualidad adulta. Crecer es tolerar el dolor del desasimiento.
Crecer es tolerar el dolor de desasimiento
En el período de latencia, los niños recuperan la curiosidad infantil ar- dientemente explorada en la infancia bajo el modo discursivo de las teo-
rías sexuales infantiles (1908). De ellas se ocupan los niños pequeños.
Investigan las teorías sexuales infantiles por medio del juego (el falo-