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,42 nación de una palabra

SINCRONÍA Y DIACRONÍA

,42 nación de una palabra

SINONIMIA

Supone otro de los tecnicismos lingúísticos, cuyo contenido es ineludible en todo trabajo de investigación; es de muy difícil de—

limitación cabal, por lo que supone uno de los escollos, y de las claves a la par, sobre los que se sustenta el gran edificio de la

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semántica. Por su variada y controvertida concepción es necesaria una breve panorámica, que ilustre como se halla el problema en la actualidad y cuál es nuestra opcíon.

La definición de sinonimia en S.ULLMANN es demasiado radical: “Only those words can be described as synonimous which can replace each other in any given context, without the slightest alteration

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either in cognitive or in emotive import” . Parecida es la de LYONS:”Two (or more> items are synonimous if the sentences which result from the substitution of one for the other have the same

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meaning” . En base a estos enunciados no existen en realidad sinó- nimos; sólo en las lenguas técnicas, y no en las formadas históri- camente, cabría su funcionamiento. En griego, en el concreto campo de los adjetivos cromáticos, menos aun.

Los tratados sobre sinónimos en la filología griega son muy escasos y adolecen de una puesta al día de acuerdo con la moderna lingúística. Hemos utilizado el más completo de los publicados,

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obra de J.H.H. SCHMIDT; no disponemos de otro en el plano del co- lor. Los manuales especiales en cromatismo griego hablan muy ais- ladamente de sinónimos con cierta ligereza, dado que no aclararan qué entienden exactamente por tales. Esto sucede desde el de la

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propia A.KOBER al mas completo y actual de H.DURBECK, o en los

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parciales de G.REITER, ‘ E.HANDSCHUR o H.KRIEGLER . Los dos vo- lúmenes publicados de P.G.MAXWELL-STUART52 sobre

xaPouos

y TX«UKOS no incluyen un apartado especial a esta cuestión. Lo mismo aconte—

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ce con E.IRWIN, en su conocido estudio parcial, que toca un poco lo que para ella es sinonimia entre KU«V~OS y ¡i¿)~«s, sin mucho ti- no y sin partir en primer término de una definición conceptual.

Idéntica tendencia acusan los artículos y trabajos, generalmente de muy breve extension.

Ante un panorama semejante, en los pocos casos en que existe la posibilidad de hablar de sinonimia cromática en la lengua grie- ga, hemos atendido a las bases de la semántica moderna. Ésta habla de la cuestión en términos más amplios, en base a los trabajos de

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H.GECKELLER y H.G.GRIMM. “Sinonímico” y “sinonimidad”, son los tecnicismos más generales, siempre en base a una relación de seme—

janza <no de estricta identidad>, o a las relaciones semánticas existentes entre los términos. La más real aproximación a dichos conceptos es la de H.M.GAUGER: sinómimos son palabras de contenido semejante, denotadoras de algo semejante o idéntico con meras di- ferencias aspectuales; “sinonimia” es el fenómeno lingiiístico mis- mo basado en la existencia de tales palabras, y “sinonimidad” es la relación del parecido semántico, es decir la relación relativa

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semánticamente específica que existe entre los sinónimos. Los si— nonímos aparecen en enunciados concretos <“Spracháusserung”) y son elementos no actualizados de la “langue”

<

“Sprachbesitz>. En la

base de su estudio late la distinción de SAUSSURE entre “langue y

“parole”, a la par que la de N.CHOMSKY entre “performance” y “com— petence”. En el ámbito de la “parole” un contexto es sinonímico cuando los sinónimos que en él aparecen se encuentran actualizados de forma particular, de manera que sus diferencias <que en el con-

texto no—sinonímico están veladas> afloran con claridad; en ese ámbito de la parole” se pueden “manipular” los sinónimos; la com— pleta identidad de contenido es un fenómeno de “parole’ (“perfor— mance”>

,

pero no de “langue” <“competence”) . En el ámbito de la “langue”

,

empero, no existe más que una semejanza, más o menos am- plia, con mayores o menores acentos. Por lo demás, la lengua no tiene necesidad de crear palabras de sentido absolutamente idénti- co, por la sencilla razón de que tiene siempre a mano la posibili- dad de crear, gracias al “contexto no—sinonímico”, una identidad total de contenidos en sus enunciados mediante el procedimiento de “camouflage” o de “manipulation”W

Pensadas estas definiciones y particularidades, resulta difí- cil admitir sinónimos según el molde de ULMANN o LYONS; En el en- tender de GAUGER sólo a medias: únicamente se puede hablar de pa- recido en el plano de “parole”, es decir, de la parte individual del lenguaje, la realización concreta, particular de la lengua. Recuérdese que “langue es el sistema de signos que coexisten en una época dada al servicio de los hablantes; es un organismoen el que todos sus elementos se condicionan y apoyan mutuamente. Ade- mas, es la parte social del lenguaje.

En el plano de los adjetivos de color en poesía se acrecientan los problemas anteriores por triple razón: a> La poesía griega,

como la de cualquier centuria, en su base misma es inspiración, y, en consecuencia, por su misma subjetividad esencial, es en cada poeta un hecho de “parole” en una más que amplia dosis. b> Pero tal inspiración el poeta la vierte inevitablemente con un sistema de signos, y, por ello, es “langue”, y o> en esa elaboración el poeta —sobre todo griego— tiene que aceptar unas normas que la tradición y el género le imponen, por muy libre e independiente que se sienta; puede rechazar algunas, pero no todas. Estas condi- ciones han de ser meditadas rigurosamente ya de entrada.

Al margen de estas consideraciones de principio, el escollo mayor para la sinonimia del color es su terreno resbaladizo, más que en el de otros campos semánticos. En rigor absoluto creemos que no existe sino en ínfima medida. Todo el mundo habla de sinó- nimos del blanco, negro y rojo; si se pasa al resto de la tonali- dad, la cosa cambia. Los términos de color griegos son ya diferen- tes desde el ángulo de su propia etimología; el sinonimizar tal o cual color es puro convenio, sólo válido en en aspecto muy general y nada riguroso; aparte de que los colores se tocan espectralmen— te, la percepción visual y el acto cerebral de su captación son tan específicos como diferentes. Los tratados de cromatismo exage- ran la sinonimia; un sondeo profundo de los casos más patentes, por ej. entre ITOPWUPEOS y IpOLVC~, o entre KV«YEOS y FL*«S advierte diferencias. Lo mismo hemos observado a propósito de TX«UKOS y

BOXtOS; al menos en Teócrito las diferencias parecen claras, según veremos.

Creemos que es preferible y, desde luego, mucho más productivo hablar de campo semántico semejante o similar, habida cuenta de las anteriores definiciones de sinonimia; y así se hace hoy con la idea de campo en sentido estructural por F. RODRÍGUEZ ADRADOS58: “Un conjunto de palabras entrelazadas entre sí para marcar deter- minadas diferencias de una cierta comunidad de contenido es lo que llamamos un campo semántico. Pero un campo semántico no sólo com- prende palabras que son consideradas como opuestas, es decir, como usables alternativamente, o la una o la otra, sino también pala— bras que en parte al menos corresponden a los mismos contenidos, que se superponen parcialmente. Son los llamados sinónimos, que son más bien casi siempre, semisinónimos”. Esta sinonimia a me—

dias. con diferencias semánticas a veces muy claras, sí cabe en el ámbito del color, aunque factores de estilo de un determinado poe- ta establezcan su frontera definitiva. De la dificultad sinonímica en la parcela del color da cuenta real el excursus final de LAN— DRÉ, en su articulo metodológico; porque, incluso después de fija- do el sentido físico

del

término y delimitada su extensión espec- tral, no poseemos aún el sentido cabal del mismo; a la impresión sensible se añade un valor subjetivo: “Les sentiments introduisent dans ces mots des nuances particuliéres emploi, le genre, le ton, la valeur affective ou symbolique produissent entre eux des différences secondaries et multiples. . .Aussi l’examen purement co-

loré du vocabulaire qui nous concerne ne peut—il—étre considéré cotame un terme. 11 n’est que le fondement nécessaire á partir du—

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quel on en peut saisir la pleine valeur stylistique. En otras pa- labras: el ese examen del puro color, del color en sí dentro del vocabulario, no puede ser la meta final; a partir de él se desga- jan valores de estilo y símbolo que lo completan. Es nuestra con- secuencia final, siempre que hemos analizado cada campo cromático.

Si la problemática de la sinonimia en el color se reduce a una relación de semejanza poco precisa, con mayor razón rechazamos la antonimia. Antónimos exactos correspondientes a la terminología cromática no existen; es mas, son imposibles y absurdos: ¿cuál es el antónimo del amarillo &vBóS? Evidentemente ninguno. ¿Cuál el de XX<.>PóS? Los helenistas dicen que ~11pÓS o auos; pero tal oposi- ción es sólo pensable en el plano acromático; y si se traslada la pregunta a ~ou8ós “pardo—amarillo” y “sonoro o móvil”, la res- puesta es absurda e impensable; los términos lingiiísticos no se fabrican en la probeta del laboratorio. La circunstancia misma de que ignoremos la mayoría de las etimologías de la terminología cromatica griega (son muy pocos los radicales indoeuropeos autén-

ticos>, unida a una doble semántica (cromatismo/acromatismo> en muchos de ellos, hace imposible hacer sistema y hablar con rigor de sus antónimos. No obstante, a veces tocamos tal cuestión por necesidad; por ejemplo, en el caso de ~ en cuyo capítulo analizamos los sinónimos y antónimos acromáticos que los comenta— ristas proponensir«Xós, ~I«Xakós, UTPOS ~npos, «UOS. Nosotros no advertimos ni identidad ni antonimia, sino ecos muy lejanos de am—

bos conceptos.

EL COLOR Y LAS OPOSICIONES ESTRUCTURALES

Aunque en el vocabulario cromático escaseen los antónimos, ex- ceptuada la polaridad XEUKOS

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¡tt i«S, sí puede, en cambio, hablar— se en sentido general de oposiciones y contrastes. En efecto, es habitual ya hacerlo con tecnicismos referentes a tono, saturación o gama; a ello obedece la estructuración de nuestro trabajo en tres grandes apartados: la tonalidad o gama espectral cálida <ro- jos y amarillos), la fría (grises y azules> y finalmente el blanco y el negro.

Oposiciones y contrastes son los que marcan la diferencia de usos lexicales en los términos de color, y los que cooperan en no menor grado al establecimiento de la “sinonimidad” y “diferencia”

entre los mismos. Si existe oposición o contraste, evidentemente no hay identidad ni semejanza.

No ha lugar aquí para analizar las posturas, concepciones y variedades de las oposiciones estructurales, sobradamente conoci- das y nada modernas ya, sino enunciar un somero bosquejo. Huelga hablar de su importancia para el estudio fonológico de una lengua; pero no hay acuerdo nitido, unánime y definitivo en lo referente a tipos de oposicion y, sobre todo, al concepto de neutralización

,

sus límites, esfera de cumplimiento, condicionamientos, etc.

El sistema estructuralista nace del propio sonido, de la fono- logía misma. Sus máximos exponentes los representa la escuela de

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Praga a partir de la eminente figura de N.S.TRUBETZKOY , acompa— ñado por nombres como R.JAKOBSON, que amplía sus principios a la fonología diacrónica (fonología histórica> y también al campo de

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la morfología. Paralelamente se crea en 1931 el llamado Círculo de Praga, obra de L.HEJELMSLEV62 y V.BRÓNDAL63, fortalecido con

los trabajos excelentes de O.JESPERSEN64 . No es necesario que nos extendamos en demasiados datos bibliográficos al respecto; ecos de los demás representantes son conocidos entre los filólogos y lin—

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guistas españoles.

La novedad estructuralista salta muy pronto de la morfología a

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