un universo que se ha vuelto central para denotar una nueva clase de extranjería, es el digital. Se tra- ta de un universo de competencias, de lenguajes y de códigos propios que encierran las computado- ras e internet, inaccesible aún para la mayoría, que además de las consabidas desigualdades históri- cas que condicionan el acceso de los más pobres y marginados social, económica y culturalmente, ha inaugurado una nueva clase de alteridad que se expresa de manera generacional.
Para los adultos internet representa una expe- riencia de alteridad, independientemente de las habilidades que hayan desarrollado; para los jóve- nes constituye su alter ego. la diferencia está en la manera en que los unos y los otros asumen los re- tos y desafíos que plantean las nuevas tecnologías de información y comunicación (TiC). Mientras los jóvenes se funden con ellas, estableciendo un con-
tinuum entre el mundo offline y online, los adultos
se enfrentan en una batalla de alteridades contra las «máquinas»:
Como tres veces borré toda mi informa- ción, y lloré, y lloré, y juré que no volvería a
tomar ese aparato, pero es obvio que el ego no me dejó, cómo un aparatejo iba a ser más inteligente que yo. […] No creo que me haya ganado, pero sí creo que me va ganando, es un proceso muy lento para poder entender algo con lo que te tienes que familiarizar de golpe. (Guadalupe. 51 años. Directora de se- cundaria.)1
el acceso al vecindario virtual depende de ciertas habilidades y recursos simbólicos que trascienden en mucho la capacidad de leer y escribir, o la esco- laridad de los usuarios. Podríamos decir que la cul- tura letrada constituye una condición necesaria pero no suficiente, y aquí el «suficiente» encierra un universo de sentido marcado por competencias culturales y generacionales que no se incorporan por el simple hecho de adquirir una computadora, conectarse a internet o utilizar un teléfono celular. la incorporación de las TiC planteó a los adultos desafíos epistemológicos que excedían su expe- riencia vivida y heredada de relación con otras tec- nologías de la información y de la comunicación. la historia de la relación de los adultos con los me- dios de comunicación comienza con la posibilidad del manejo completo de la tecnología disponible para hacerlos funcionar. esta se limitaba básica-
1. Cita tomada de la investigación sobre «las diferencias generacionales en la apropiación de las nuevas tecnologías de información y comunicación en diversos sectores sociales y culturales», realizada en la Ciudad de México en el año 2006. Ver: Winocur, Rosalía «los
mente al encendido y apagado de la radio, de la televisión, de la videocasetera y con marcar los nú- meros consecutivamente en el caso del teléfono. Pero el encendido y apagado de la computadora ni siquiera garantiza que ésta se ponga en marcha. las cosas se salieron del horizonte tecnológico manejable con la llegada de la computadora, de internet y del teléfono celular, que igualmente la mayoría sigue usando para la función básica de comunicarse, haciendo caso omiso de todas sus posibilidades digitales e informáticas:
Haciendo memoria, creo que todo empezó cuando yo era chico y nos pusieron en casa el teléfono fijo […]. Era un aparato gris, de plás- tico duro, con un disco transparente de diez agujeros que ronroneaban al girar, y que bá- sicamente servía para hablar y escuchar […] En aquella época los teléfonos servían para comunicarse. Y punto. Apelando a un cálculo elemental yo en ese entonces usaba el cien por ciento de la tecnología disponible en co- municaciones. Pero ese áureo punto de equi- librio empezó a resquebrajarse, poco a poco y para siempre. […] Ahora quizá todo esté per- dido. De un lado del abismo habitarán, en su burbuja tecnocrática y confortable, los que usen el «bluetooth» y el infrarrojo, el manos libres y el «I-Pod» incorporado, las Aplicacio- nes Java y el Music DJ. Del otro lado, en cam- bio, quedarán los millones de excluidos del consumo por la pobreza económica, a los que se sumarán todos aquellos que la brecha tecnológica dejó atrás por pereza mental o subdesarrollo manual. Será una larga fila doliente que se comunicará por señas, y des- de la que tal vez veremos correr a nuestros hijos y a nuestros nietos: veloces, interconec- tados, inalcanzables.2
en este universo digital, los rezagados, incómo- dos y extranjeros, son los adultos y los padres. Tal vez la metáfora más adecuada para explicar estas diferencias sea la del extranjero en la tierra de los nativos.3 el aterrizaje en el mundo virtual es equi- parable a la llegada del inmigrante a una nueva tierra: aprenderá a hablar una lengua que no do- minará del todo, se adaptará al entorno para poder sobrevivir, pero nunca se moverá con la soltura de los nativos, porque siempre su presencia tendrá algo de extraño y de forzado. está claro que los in- migrantes ricos en capital cultural y simbólico re- suelven mucho mejor sus condiciones de existen- cia que los inmigrantes pobres, pero el proceso de pertenecer, de ser parte de la nueva cultura, es algo que recién sus hijos o nietos podrán resolver de manera más satisfactoria.
los adultos, obligados por requerimientos labo- rales y amenazados por un fuerte sentimiento de exclusión, tienen que lidiar en un mundo que no fue concebido por ellos ni para ellos, que no reco- noce sus tradiciones ni sus habilidades previas en el manejo práctico y simbólico del lenguaje, y que escapa al control de la experiencia tecnológica an- terior.4 Por su parte los jóvenes, que llegaron muy pequeños a este mundo virtual, o los adolescentes que prácticamente nacieron en él, se mueven con la soltura y la naturalidad de los nativos y les resul- ta difícil comprender y tolerar algo que para ellos es autoevidente. en el comic norteamericano, Zits, la madre le pregunta al hijo adolescente: —¡Jere- my! ¿Cómo puedes ver la tele, hablar por teléfono, leer y escuchar música al mismo tiempo?, y el hijo le contesta— ¿Cómo no puedes hacerlo tú?5
Al igual que el inmigrante, cuando entra en rela- ción con los nativos, los adultos son estigmatiza- dos por los jóvenes y adolescentes por sus dificul- tades para integrarse y aceptar las reglas del mundo según internet, y estos, a su vez, estigmati-
2. Camou, Antonio, «elegía de la brecha tecnológica» Diario HOY, la Plata, 18 de marzo de 2006, p. 17.
3. Prensky, Marc, «Digital natives, Digital immigrants». From On the Horizon. nCB university Press, Vol. 9, n.o 5, 2001. Disponible en
www.marcprensky.com 4. Winocur, op. cit.
FRonTeRAS y eXTRAnJeRoS: DeSDe lA AnTRoPoloGíA y lA CoMuniCACión zan a los «nativos» por su negativa y rechazo a ha-
cerles el mundo más amable. Por ejemplo, incor- porando unas sencillas instrucciones escritas que vayan indicando lo que se debe hacer desde el «principio hasta el final», de «arriba hacia abajo» y de «derecha a izquierda». en lugar de eso deben enfrentarse a un mundo iconográfico que desplie- ga en una pantalla decenas de posibilidades, que sólo las habilidades digitales desarrolladas por los adolescentes y por los jóvenes permiten organizar las partes en un todo, cuyo sentido no proviene de las dos dimensiones del papel sino de las múlti- ples entradas y salidas que habilita el hipertexto.
las habilidades informáticas de los hijos versus las dificultades de los padres generan nuevas for- mas de extrañamiento en la vida familiar. en la mayoría de los casos, la iniciación de los adultos mayores de cuarenta años en internet fue propi- ciada por los hijos, a quienes recurren permanen- temente para solicitar ayuda y «paciencia». este fenómeno de inversión de la autoridad, que tam- bién es habitual en las escuelas,6 provoca conflic- tos inéditos en las relaciones filiales y una reorga- nización simbólica del poder dentro del hogar que no sólo afecta el lugar del conocimiento sino tam- bién los códigos morales y normativos que regula- ban la comunicación doméstica.
Para los hijos, que por lo general muestran al principio buena disposición para iniciar o auxiliar a sus padres en el manejo de la computadora e in- ternet, la demanda constante de ayuda termina provocándoles fastidio. este fastidio no sólo se ex- plica por la falta de pericia de los padres y de los maestros en aprender algo que para ellos resulta tan obvio, sino porque coloca a los adultos en un lugar de extrema dependencia en la relación, que emocionalmente les resulta difícil de procesar. De repente los padres se infantilizan, se vuelven de- mandantes y tienen muy poca capacidad de frus-
tración. y esto se traduce —según manifiestan los jóvenes— en que no hacen ningún esfuerzo por aprender o resolver las cosas por sí mismos:
Entonces decidí enfrentarme a este apara- to mortal e intentar entender al menos las funciones básicas, pero ahora creo que debí buscar unos maestros más pacientes que mis hijos, sé que ellos tenían toda la intención de ayudarme con mis cosas, pero sí creo que algo que no tiene esta generación es pacien- cia con los adultos, y no entienden que los que estamos atrás, también en estos tiem- pos necesitamos estar cerca de estos apara- tos. (Guadalupe, cincuenta y un años, Psicó- loga, directora de Secundaria Técnica).7 la autoridad tradicional de los padres se asenta- ba en la incuestionabilidad de lo que sabían y va- loraban, que provenía de las tradiciones familiares y comunitarias, o de la cultura oral y libresca. Pero la incorporación de las nuevas tecnologías en el hogar contribuye subjetivamente a erosionar las fuentes de legitimación de esos saberes. este po- der tradicional de administración del saber se ejer- cía en la selección de los relatos y se reforzaba sim- bólicamente con la compra de diccionarios, enciclopedias, libros de arte, de cocina, de oficios, de literatura, para los hijos —aunque los padres nunca los leyeran—, y, también, en la designación de espacios y tiempos para hacer las tareas, mirar la televisión, jugar o convivir con la familia. en este esquema de poder la escuela era una aliada incon- dicional, porque mucho de este capital simbólico estaba vinculado a la educación como reproduc- ción del status quo, o como estrategia de movili- dad social.
en cuanto al tiempo libre, los padres ejercían un control mucho mayor de las relaciones sociales, de
6. Según Gros Salvat las causas generadoras de las actitudes negativas de los maestros, son las deficiencias en el conocimiento de las herramientas, la falta de tiempo y de medios para incorporarlas, el miedo a evidenciar carencias ante los alumnos, y la idea de que la computadora puede sustituirlos. Ver en Gros Salvat, B., El ordenador invisible: hacia la apropiación del ordenador en la enseñanza. Barce- lona, Gedisa, 2000.
las actividades y de los tiempos dedicados al ocio y al estudio de sus hijos, donde los momentos de so- ledad eran poco admitidos. También podían hacer valer su autoridad sobre los contenidos de la radio, del cine y de la televisión, censurando programas y horarios, jerarquizando o catalogando lo bueno y lo malo. Cuando las TiC son incorporadas al hogar, los padres al mismo tiempo que reconocen sus ventajas, se sienten inseguros y amenazados, por- que a sus ojos internet y el teléfono celular apare- cen como mundos autorreferentes que no necesi- tan de su intervención para adquirir significados para los jóvenes. Allí están todas las preguntas y las respuestas, también están todos los puntos de vista y las opciones de aprendizaje. ya no sólo no pueden calibrar ni controlar la calidad y la canti- dad de lo que ven sus hijos, sino fundamental- mente no pueden inculcar ni dominar el sentido de la experiencia. las TiC también producen reti- cencias porque introducen «extraños» en el hogar, que escapan al control de los padres. Tener al hijo en casa ya no es garantía de que efectivamente esté en casa, con su familia y seguro. estos extra- ños (conocidos o desconocidos) que están en la red en espacios y tiempos inaccesibles, provocan recelos, fantasías de exclusión y sensación de inva- sión de la intimidad familiar.
la mayoría de estos nuevos extranjeros digitales asumen —en menor o mayor grado— sus dificulta- des, y luchan —con menor o mayor éxito— por su- perarlas. Pero algunos, como el escritor Javier Marías, se resisten a migrar porque no aceptan ser tuertos en el mundo del hipertexto después de haber reina- do en el mundo del texto lineal. y se atrincheran or- gullosamente en sus fortalezas de culturas letradas, en el límite de la subsistencia analógica:
yo me blindo lo más que puedo: para em- pezar; continúo sin móvil; el contestador está siempre puesto; como a veces eso no
basta, desconecto teléfono y fax durante horas; en cuanto puedo me largo a una ciu- dad recóndita, a un refugio en el que no hay nada de eso ni recibo correo ordinario; y por supuesto no he dejado entrar a mi casa un ordenador, con su agobiante e-mail incor- porado. […] ya digo, carezco de mail y de mó- vil y no tengo experiencia con ellos.8 Pero a diferencia de los otros distantes,9 inmi- grantes, delincuentes, pandillas juveniles, o indíge- nas, las computadoras no parecen conmoverse cuando las estigmatizamos. Podemos discriminar- las de nuestras vidas, de lo cual se enorgullece el escritor Javier Marías, pero eso no impedirá que sigan afectando el núcleo vital de nuestra existen- cia contemporánea.