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Capítulo III: El elemento clave: la autorepresentación en el video indígena

3.2 La necesidad de autorepresentación

Las enunciaciones de Mora (2015) acerca de la tergiversación que muchas veces se realiza en las salas de edición de las producciones audiovisuales, encuentran eco en la propuesta realizada por el teórico Bill Nichols (1997) al afirmar que, en el fondo, los testimonios en este tipo de documentales (expositivos o de observación) muchas veces son la prueba de la argumentación del autor. Es debido a esta manipulación del contenido que Mora se pregunta: “Quienes profesan una fe ciega en la objetividad documental ¿han cuestionado la

legitimidad de las voces testimoniales? algo parecido al concepto de fuentes que utilizan los periodistas: ¿lo que los testigos dicen debe aceptarse como válido?, ¿tienen ellos una posición privilegiada sobre su propio relato?, ¿dónde queda el aporte del antropólogo con su

conocimiento y cómo se expresa tácita o explícitamente este conocimiento?” (2015, p.33).

Lo que puede asegurarse es que los indígenas antes de involucrarse como sujetos activos en el mundo de las cámaras de video, nunca tuvieron una posición privilegiada en los relatos que se construían sobre ellos. María Angélica Mateus historiza el proceso en Colombia y propone una periodización en cuatro momentos:

“En el primero (décadas de 1920 y 1930) aparecen las primeras imágenes fílmicas de indígenas colombianos; en este periodo el indígena es mostrado ante todo como figura exótica y elemento del decorado. En el segundo, que corresponde al cine de evangelización (décadas 1950 y 1960) la imagen del indio es la de un ser atrasado, bárbaro, sin cultura, que ha de ser «salvado» por el misionero portador de la «verdad» y la «civilización». El tercero, caracterizado como el periodo del redescubrimiento del indígena (1968-década de 1980) construye una nueva imagen del indígena que pasa a ser un sujeto social y político que se enfrenta a la violencia terrateniente y oficial, y lucha por sus derechos. Por último, el cuarto momento parte de los años noventa y se extiende hasta nuestros días; en él se desarrolla la apropiación del video por individuos y colectivos indígenas” (Mateus, 2012, p.16).

Particularmente los pueblos de la Sierra Nevada, no estuvieron excluidos de ser fuente de aprovechamiento y engaño, puestos al servicio de diversos intereses. Como se puede ver en las pioneras películas con discurso evangelizador que servían para imponer y legitimar a la iglesia católica en el territorio, y que constituyeron una de las más conocidas fuentes de información con respecto a los pueblos indígenas durante varias décadas. Mora relata: “A partir de la segunda mitad del siglo XX, los indígenas colombianos se volvieron protagonistas en la pantalla. Su presencia, hasta entonces desconocida o fragmentaria, nació a la luz del cinematógrafo, a costa de su desprecio. El eco que tuvo la encíclica Vigilante Cura, dedicada al cine por el papa Pío XI en 1936, animó a sacerdotes claretianos y capuchinos a aventurarse en este medio, interesados hasta entonces en proscribirlo y censurarlo por su estímulo a la perversión y la corrupción. Embera-katíos y arhuacos fueron representados en películas de ficción que tuvieron el único propósito de

exaltar el esfuerzo apostólico de esas congregaciones. Estos pueblos prestaron indígenas de carne y hueso, pero solamente para quedar atrapados en las tramas de la redención cristiana” (2015, p.32).

También cuenta Mora, que los indígenas de La Sierra fueron utilizados por su prestigio de ser “nativos ecológicos” buscando posicionar las obras en circuitos de exhibición pública, como lo fue Mensajes ecológicos y culturales (1989-1990) de Hernán Darío Correa y Juan Gutiérrez. En el territorio de los indígenas del CCZ, como contamos en el capítulo anterior, se filmó la película para la BBC de Londres del director británico Alan Ereira, “Desde el corazón del mundo” (1990). Según Mora (2015) ésta película: “basó su éxito comercial internacional justamente en esas ideas, a las que les dio un tinte exótico: el director protagonista va al encuentro de un mundo hasta entonces desconocido, donde los mamos koguis le revelan un mensaje de urgencia para que el planeta no desaparezca” (p.76). Con respecto a este tipo de filmaciones, Amado reflexiona en la importancia de que no se sigan reproduciendo. Expresa en Sey Arimaku que ningún observador externo podría interpretar de forma idónea los mensajes que los Mamos desean transmitir. Esto puede ser fácilmente comprendido, en primer lugar porque estos observadores externos no comparten la misma lengua y segundo, porque están por fuera de la cultura que nace en La Sierra. Podemos intuir que el proceso de autorepresentación, en algún sentido era una deuda histórica convertida en necesidad para los pueblos de La Sierra, sobre todo porque los realizadores externos siempre estuvieron interesados en mostrar visiones apocalípticas, representando con desdén a los nativos, figurándolos como vagos, borrachos, incluso asesinos; como se puede ver en el film “El valle de los Arhuacos” (1964) de Vidal Antonio Rozo. También los representaron con visiones que se centraron en la ancestralidad de la Ley de Origen, haciendo hincapié en un pasado remoto, sin interesarse por los problemas coyunturales que atraviesan los puebloshoy, dando relevancia a asuntos que no contribuyen a solucionar sus demandas e incluso dejándolas fuera de “plano”. Es debido a esta errónea y/o escueta representatividad por parte de agentes externos, junto a los serios y complejos problemas culturales, medioambientales y sociales que atraviesa el territorio ancestral, que los pueblos Kogui, Wiwa y Arhuaco, que decidieron comenzar a transitar el camino de la autorepresentación como herramienta de comunicación. El trabajo audiovisual del Colectivo constituye de forma explícita una contrapropuesta a esas nociones de representación del ser indígena, y mediante sus propias estrategias de filmación y elementos tomados de la tradición cinematográfica tradicional, construyen sus relatos con una autonomía que sólo se

encuentra restringida por las determinaciones de los Mamos, los cuales, como ya mencionamos, buscan siempre el bienestar comunitario y la continuidad de las tradiciones. Ahora veamos cómo esa autorepresentación se constituyó en un agenciamiento político que busca disputar, entre otras cosas, sentidos comunes históricamente constituidos.