1 Interpretación radical y caridad
1.3. Necesidad y virtud: el principio de caridad
Son muchas las formulaciones del principio de caridad y es crucial lo que entendamos por él para saber cuáles son sus implicaciones epistemológicas. Hay que decir en primer lugar que Davidson no obtiene dicho principio ex nihilo. El principio de caridad tiene su origen en la obra de Neil Wilson donde este autor escribe que “seleccionamos como designatum (de un nombre) ese individuo que hará el mayor número de oraciones (del hablante) verdaderas” (Wilson (1959), 532). Se trata de un principio diseñado para determinar el referente de un término en las oraciones del hablante. Aunque en la introducción de 1984 a sus Investigaciones Davidson reconoce su deuda con Neil Wilson, esta deuda no aparece en ninguno de los artículos en los que aparece dicho principio y es por ello que su principal deuda relativa al principio de caridad no sea con Wilson, sino con Quine18.
Quine introduce dicho principio en el segundo capítulo de Palabra y objeto en el que estudia la traducción radical. En él, y con motivo de la traducción del significado de las conectivas veritativo-funcionales, Quine nos dice que
el fundamento de sentido común que da pie a esa máxima es que, rebasada cierta medida, la estupidez del interlocutor es menos probable que un error en la traducción –o bien, en el caso de una misma lengua, menos probable que una divergencia idiomática (Quine (1960), 88).
Esto es, no podemos atribuir a la persona interpretada, por ejemplo, la negación del principio de no contradicción, pues ello supondría, más que un descubrimiento de una mentalidad prelógica, una invitación a revisar el significado que hemos atribuido a la conjunción y a la negación en su lenguaje. El principio de buscar una lógica veritativo-funcional similar a la nuestra es algo que debemos dar por sentado a priori y, si encontráramos divergencias importantes entre su aparato lógico y el nuestro, sería síntoma de que debemos revisar nuestras traducciones más que considerarlo signo de la aceptación por parte del hablante de una lógica distinta a la nuestra.
Davidson nos dice en varios lugares de sus Investigaciones que mientras que Quine aplica el principio de caridad a las constantes lógicas, él lo aplica “de arriba a abajo”19. La política general de la caridad es definida así:
19 Davidson (1984), xvii.
La política general, sin embargo, es elegir las condiciones de verdad que hacen en la medida de lo posible mantener a los hablantes oraciones como verdaderas cuando (de acuerdo con la teoría y la opinión sobre los hechos del constructor de la teoría) esas oraciones son verdaderas (Davidson (1974b), 152).
En otras ocasiones Davidson nos habla del principio de caridad en términos de la coherencia de las creencias y de su racionalidad20. En un artículo reciente Davidson divide el principio de caridad en otros dos principios, el principio de coherencia y el principio de
correspondencia21. El primero “lleva al intérprete a descubrir un cierto grado de consistencia lógica en el pensamiento del hablante”; el segundo “lleva al intérprete a considerar que el hablante está respondiendo a los mismos rasgos del mundo a los que él (el intérprete) respondería en circunstancias similares”.
La evidencia básica en la que nos apoyábamos para penetrar en el lenguaje a interpretar era la de mantener una oración como verdadera, y como este hecho era producto de dos fuerzas, la creencia y el significado, la política del principio de caridad es la de “mantener la creencia constante tanto como sea posible”22. Tal como vimos en el anterior apartado, esto supone asumir fuertes supuestos acerca de la racionalidad del otro, tanto en lo que se refiere a la coherencia interna de sus creencias como acerca del contenido de las mismas. Mantener la creencia constante significa atribuir al interpretado a priori una visión del mundo correcta desde la propia posición del intérprete y, como veremos, la idea de que
20 Davidson (1975), 159.
21 Davidson (1991), 288. Es sin duda el principio de caridad entendido como principio de correspondencia el que tiene unas consecuencias más importantes para el escepticismo.
el principio de caridad es obligatorio será clave para evaluar las consecuencias antiescépticas que puedan seguirse del caso de la interpretación radical.
Queda clara también la aplicación general del principio quineano en Davidson. Mientras que en Quine el principio estaba diseñado para dar por supuesto, sólo, que el hablante compartía con nosotros una misma lógica, en manos de Davidson se extiende al reino de la creencia. Davidson nos dice que podemos dar por sentado que “la mayoría de sus creencias son verdaderas”23. Esto es así debido a que no nos es posible tener una única creencia verdadera acerca de un tema. Identificar una creencia en un hablante supone encontrar “su lugar en un conjunto de creencias”24. Esto no quiere decir que no haya lugar para el desencuentro y el error. El principio está diseñado no para suponer un acuerdo en tanto que acuerdo, sino en tanto que tal acuerdo se hace imprescindible para introducirnos en los significados de otro. Las diferencias de opinión son posibles, lo que ocurre es que para dar sentido a esas diferencias de opinión es necesario que haya un amplio acuerdo previo en aspectos básicos acerca de cómo está configurado el mundo. Del mismo modo que para atribuir una creencia verdadera ha de estar localizada dentro de un conjunto de creencias verdaderas, para asignar un error hemos de compartir muchas creencias con la persona interpretada. Podríamos decir que lo que hace el principio de caridad es poner límites a lo que podemos esperar racionalmente de nuestro interlocutor. Y esto porque el principio de caridad no es una opción, algo a lo que podamos renunciar a aplicar a voluntad. En “Interpretación radical” escribe:
23 Davidson (1975), 168.
El consejo metodológico de interpretar de una manera que optimice el acuerdo no debería concebirse como descansando en una suposición caritativa sobre la inteligencia humana que podría resultar ser falsa. Si no podemos encontrar un modo de interpretar las emisiones y otra conducta de una criatura en tanto que revelando un conjunto de creencias en gran parte consistentes y verdaderas de acuerdo con nuestros propios estándares, no tenemos ninguna razón para tener en cuenta a esa criatura como racional o como diciendo algo (Davidson (1973a), 366).
Es precisamente el hecho de que el principio de caridad no sea una opción y su invitación a considerar las creencias de cualquiera como mayormente ciertas lo que lo hace extremadamente atractivo desde un punto de vista epistemológico. Hemos visto como este principio nos obliga a atribuir a priori un amplio conjunto de creencias verdaderas al hablante, una visión del mundo en su mayor parte correcta. Esto, que podría ser considerado simplemente como una necesidad, puede convertirse fácilmente en virtud, pues parece poner contra las cuerdas a aquellos escenarios escépticos en los que se asume con naturalidad que las creencias de cualquiera podrían ser radicalmente falsas. Si hemos de interpretar a nuestros interlocutores como estando básicamente en lo cierto, ¿cómo será posible que podamos descubrir alguna vez un fallo masivo en las creencias, sea en las propias o en las ajenas? ¿Es ese fallo posible? El escepticismo tradicional siempre ha sostenido la posibilidad de que todas nuestras creencias sean falsas al unísono con respecto del mundo al que se aplican. Si se demuestra que el principio de caridad no es una opción
nos encontraríamos ante una gran victoria epistemológica frente al escéptico, pues supondría que, aunque quede lugar para el error, no es posible la idea de un conjunto de creencias en su mayor parte falsas que supone el escepticismo radical. Como veremos esto puede ser leído de diferentes formas que no tienen, desde luego, las mismas consecuencias. Antes de pasar a examinar estos, veamos la crítica que realiza Davidson a una teoría epistemológica ampliamente mantenida en filosofía, el empirismo.