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Neoliberalismo instrumental y neoliberalismo fundamental

8. El pensamiento de John Rawls frente al desafío libertariano

9.1. Neoliberalismo instrumental y neoliberalismo fundamental

Para comprender esta distinción, es útil recordar el contexto po­ lítico intelectual en el que surge el neoliberalismo. Contra lo que se erigió y a lo que terminó por resquebrajar es el «consenso socialde- mócrata», la adhesión casi unánime, en la década del sesenta, a lo que se ha llamado de diferentes maneras la «economía mixta», la soziale

Marktwirtschaft, el welfare capitalism, o sea una economía de mercado

que otorgaba un lugar esencial al Estado providencia en el plano in­ terno, a la ayuda al desarrollo en el plano internacional. Esta adhe­ sión se basaba en la convicción de que, en ese capitalismo con Estado providencia, la eficacia económica y la justicia social son no sólo com­ patibles, sino que son una para la otra condiciones necesarias. No sólo, en efecto, es la eficacia económica la que permite que lleguen a buen puerto políticas sociales motivadas por una preocupación de jus­ ticia, sino que esas políticas sociales a su vez tienen un impacto económico benéfico: porque frenan el derrumbe de los trabajadores provisionalmente carentes de empleo asegurándoles una renta de reemplazo, porque disminuyen la importancia de los conflictos indus­ triales trasladando al nivel político la determinación de una parte no­ table de la distribución de las rentas, y sobre todo porque estabilizan la demanda efectiva y de esta manera impiden que las depresiones se hagan acumulativas. Los gobiernos se encuentran, pues, según todas las apariencias, en la situación feliz en la que pueden perseguir todos sus objetivos socioeconómicos centrales simultánea e indisociable- mente: la justicia social por la eficacia económica y la eficacia econó­ mica por la justicia social.

«¡Grave error!», dicen los neoliberales, que denuncian esta agra­ dable certeza como una dulce ilusión. Grave error por dos razones di­ ferentes, que nos permiten repartir los argumentos neoliberales en dos categorías nítidamente separadas: los que se remiten a lo que yo llamo el neoliberalismo instrumental y los que se remiten al neolibe­ ralismo fundamental.

Para el neoliberalismo instrumental, el capitalismo del Estado providencia no constituye en absoluto un compromiso óptimo entre la eficacia económica y la justicia social. Tanto desde el punto de vista de la eficiencia como desde el punto de vista de la igualdad, en efecto, su performance es mucho peor de lo que parece, en especial si se tie­ nen en cuenta sus efectos a largo plazo. Se encuentran variantes de esta argumentación tanto en la crítica monetarista de los políticos keynesianos como en los alegatos de los abogados de la desregulación, en los análisis de los economistas de la oferta como en las teorías eco­ nómicas de la burocracia y de la democracia. Ya sea en materia de po­ lítica monetaria o en materia de fiscalidad, en la institución de un sa­

lario mínimo garantizado, en la reglamentación de la publicidad o en la aplicación de una política de ayuda a los países en desarrollo, no sólo las intervenciones del Estado traban un funcionamiento eficiente del mercado, sino que además tienen el efecto perverso de crear nue­ vas desigualdades en lugar de reducirlas, de deteriorar la suerte de los

más desfavorecidos en lugar de mejorarla.

Para los partidarios del neoliberalismo fundamental, esta crítica no llega lejos. Porque si, a sus ojos, el consenso socialdemócrata debe ser denunciado, no es porque sea incapaz de combinar de manera óp­ tima la eficiencia y la igualdad, la eficacia económica y la justicia so­ cial. Es porque descuida un tercer valor, que es el valor central: la li­

bertad. «De lo que hemos hablado desde el comienzo, es de la libertad.

Aunque cierto número de mis proposiciones tuvieran el efecto inme­ diato de mejorar nuestro bienestar económico, ése no es, a decir ver­ dad, más que un objetivo secundario, con miras a la preservación de la libertad individual.» Así se expresaba, en una entrevista memorable concedida a la revista Playboy, el pensador neoliberal más célebre del planeta, Milton Friedman (1973: 37).

Además no hay ninguna necesidad de esta cita para mostrar la presencia de esta dimensión en los líderes del pensamiento neoliberal. Es suficiente, para convencemos de esto, echar una ojeada a los títu­ los de algunas de las obras que van a servir de referencias clave al conjunto del movimiento. Apelan a la libertad, en efecto, para justifi­ car el capitalismo, Milton Friedman (Capitalismo y libertad), Friedrich Hayek [La Constitución de la libertad) y Henry Wallich (El costo de la

libertad).1 Una elaboración más sistemática y rigurosa de este neolibe­

ralismo fundamental apareció más tarde, en la década de los setenta, con los filósofos libertarianos norteamericanos.2 Para la mayoría de ellos, la justificación del capitalismo es un asunto puramente concep­ tual, que no se complica con consideraciones fácticas: cuando se sabe de qué se habla al mencionar una sociedad libre, la adhesión al capi­ talismo, y aun a un capitalismo que admite a lo sumo un Estado mí­ nimo, no cabe duda a los ojos de nadie que se otorga a la libertad un valor central. Lo que distingue al neolibertalismo fundamental del neoliberalismo instrumental, no son pues los blancos que se propone —la fiscalidad, las políticas keynesianas, la rigidez resultante de las

1. Friedman (1962), Hayek (1960), Wallich (1960). Por la elección del título éste quiere precisamente subrayar que sí el socialismo es superior al capitalismo en términos de eficiencia —¡en esa época, la tasa de crecimiento de la URSS superaba ampliamente a la de EE.UU.!— esto no debe ser una razón para elegirlo: la libertad tiene un precio que debemos estar dispuestos a pagar.

2. Véase por ejemplo Hospers (1971), Rothbard (1973, 1982), Friedman (1973), Nozick (1974), Machan (ed.) (1982), £tc., así como los anteriores capítulos 5-8 y las referencias que en ellos se .citan.

reglamentaciones, etc.—, sino el fundamento último de los argumen­ tos que avanza: si esos diferentes rasgos de la economía mixta son cri­ ticables, no es porque sean contraproducentes desde el punto de vista de sus objetivos confesos de eficiencia o de equidad, sino porque afec­ tan a la libertad.

Frente a este doble desafío, existe a mi parecer una respuesta sis­ temática particularmente sólida, que a los neoliberales les resulta im­ posible recusar porque los ataca en su propio terreno. La presentaré en dos tiempos que corresponden, en orden inverso, a las dos vertien­ tes del neoliberalismo que acabo de describir.