palabRas, pRoblemas e instRumentos
2. la neutralIdad del urBanIsmo
El peligro de la expansión de la conurbación era criticado por la metáfora poética de las “ciudades tentaculares” de Emile Verhaeren (1895), que las presentaba como los excitantes espacios de la modernidad y como peligrosos pulpos que fagocitan y vacían los hogares y la vida rural. Esa imagen es reformulada en el léxico de los especialistas que traducen el dramatismo de la metáfora mediante palabras neutras como ensanches, extrarradios, áreas metropolitanas, que desplazan las imágenes de la miseria hacia cuestiones de orden y racionalidad. En 1909 la aproximación técnica “aglomeración” fue planteada por Meuriot con connotaciones estadísticas. Sus estudios trataban de componer una suerte de región con las ciudades y las localidades vecinas, cuyos habitantes participaban de las actividades de la ciudad. En consonancia con la noción de “conurbación”, propuesta por Patrick Geddes, estas caracterizaciones tenían como objetivo mensurar y comparar, a los efectos de analizar los procesos de ocupación del territorio. La dispersión territorial se relacionaba con la capa- cidad de estructurar el territorio, propia de las unidades humanas colectivas de menor escala como la garden city, que en ese momento se visualizaba como alternativa comunitaria a la gran ciudad. También en esa clave términos como “ensanche” o “extrarradio”, acuñados en España, apuntaban a lograr una percepción unitaria e indiferenciada de las nuevas y heterogéneas periferias de las ciudades. La neutralidad de ese lenguaje erudito –sobre las huellas del proyecto lingüístico de Cedrá, de cuño decimonónico– fue anulando los lenguajes de la diferenciación. Ya no se trata de suburbios miserables, pobres o peligrosos, sino de un área geográfica de la expansión urbana sobre la que es preciso intervenir (Coudroy de Lille, 2001).
Esos desplazamientos se encuentran también en el discurso de un urba- nista argentino, formado en Francia, que promovió desde 1920 la necesidad de trazar un plan regulador para Buenos Aires (Novick & Caride, 2001). En efecto, Carlos María Della Paolera retomó la argumentación inaugurada por los higienistas asociando los barrios suburbanos y su población –en particular el área externa a la capital– en tanto peligro higiénico y social.
Su primera operación consistió en mostrar que las “comunas suburbanas”, esos “partidos limítrofes” no eran “formaciones aisladas e independientes”, sino ”parásitos”, “tentáculos”, “satélites”, en definitiva “parte de la ciudad misma”. La “aglomeración bonaerense” reinterpreta la solidaridad del centro y los suburbios planteada durante el siglo anterior. Su desarrollo discursivo apunta a mostrar el horror de esas extensas “barriadas exteriores” a las que se aplicó la palabra “cau-chemar” (pesadilla), “que utilizaría tan exactamente Le Corbusier”. La argumentación decimonónica persiste en las denominaciones que delatan el peligro en cierne de las “zonas desheredadas”, “amenazadas por el grave estado sanitario”, “polvareda arcillosa del verano”, “mar en los in- viernos lluviosos”, “terrenos bajos e inundables”, “poblaciones lacustres”. Pero su solución no se restringió al saneamiento, a la provisión de equipamientos o la normativa, tal como lo planteaban los higienistas, sino que legitimaba así la necesidad de efectuar un trabajo metódico de diagnóstico a cargo de técnicos a los efectos de formular un Plan Regulador. “La ausencia total de un plan de extensión metódica de la Capital Federal puede ser la causa de un peligro constante para el devenir de la aglomeración amenazada por el grave estado sanitario de las zonas desheredadas que la circundan. (...) la forma más eficaz de hacer propaganda en favor de la realización del plan regulador de la aglomeración bonaerense es proyectar en los grandes cinematógrafos centrales una serie de cintas tomadas en esos barrios malsanos y fangosos, que no conocen ni el verde de los yuyos y en los que en medio de densas humaredas se albergan, en tolderías de lata y materiales viejos, grandes colmenas humanas instaladas en las puertas mismas de la Capital” (Della Paolera, 1927a). Su segunda operación consistió en reformular las dimen- siones sanitarias y sociales del problema suburbano, poniendo énfasis en “el
desorden”, “el caos”, “el desarrollo incontrolado” o “vertiginoso y caótico”, “la improvisación”, “la desorganización integral”, una “cintura de construcciones que se extiende sin soluciones de continuidad ni principios directores en los trazados”. “Estos sitios ‘extramuros administrativos’ (…) constituyen un dominio abandonado que se edifica sin planos ni reglamentos, bajo la férula absoluta de la especulación sobre la tierra (...) La población obrera se des- parramó irregularmente en los barrios apartados” (Della Paolera, 1927b). A esa falta de orden le opone la “organización”, la “regulación”, la “sensatez administrativa”, la “respuesta de orden general y válida” que otorgaría un “plan orgánico y científico que encause las energías divagantes que reinan con absolutismo en el desarrollo de nuestra metrópolis”.
Las nuevas ópticas del urbanismo, al igual que las del higienismo, recurren a imágenes negativas que evocan el peligro. Pero los problemas higiénicos y sociales se traducen en esta instancia en términos de “desorden”, en co- rrespondencia con los instrumentos técnicos requeridos para el control de la extensión de la ciudad, con soluciones técnicas que se presentaban como universales. Ensanche, extraradio, aglomeración bonaerense —en su corres- pondencia con la solución del Plan— operan también como herramientas de legitimación de un grupo de especialistas que pretende constituir la ciudad en su objeto de estudio y acción.
Las “aventuras de las palabras” que designan esos bordes de la urbanización varían según los países, y algunas de ellas viajan y son traducidas instalán- dose en el léxico de los especialistas. En particular la expansión urbana y la incertidumbre de las delimitaciones entre el campo y la ciudad dieron lugar, en los años cuarenta en el medio anglosajón, a la noción de “periurbano”. 3. entre la cIudad y el camPo
En Inglaterra, ciudad y campo fueron planteados como dimensiones cons- titutivas del problema de la planificación. Se designaba así a los territorios que se extendían más allá de la urbanización continua, esos “espacios de in- terpenetración de la ciudad y el campo, caracterizados por la importancia de las migraciones cotidianas de trabajo hacia la ciudad y por el desarrollo en las
periferias del hábitat de casas individuales de la clases medias“ (Jean, 1995) que fuera reinterpretado más tarde en Francia como “un espacio periférico en situación de discontinuidad con relación a la aglomeración urbana” (Levy y Lussault: 706). El termino rur-ubanisation, tardíamente introducido en Francia (Bauet y Roux, 1976) según el cual las visiones del periurbano se construyen de modo irradiante desde el centro hacia la periferia, muestra que “Implícita- mente la ciudad está en el corazón de los planificadores. Hay una relación de desigualdad en relación a lo que ‘no es ciudad’. Todo lo que es periurbano está, en cierto modo, devaluado” (Chaline, 1993). En esos años se presenta también una serie de designaciones: fringe, suburbs, pseudo suburbs, satellites y pseudo
satellites que trataban de identificar las lógicas que gobiernan la urbanización
de la periferia analizadas por Thomas en 1974 y revisitadas por Nick Oatley. Thomas ponía de manifiesto la confusión terminológica, agravada por el tipo y escala de urbanizaciones marginales que difieren en sus características.
Contribuyendo a ese debate y tratando de caracterizar nuevas configura- ciones, en 1961 Gottmann propuso el término “megalópolis” a los efectos de describir la aparición de una región metropolitana polinuclear en varias ciudades de Estados Unidos, como Nueva York o San Francisco. Se trata de la emergencia de dominios urbanos gobernados por otras lógicas de localización, no continuas. Se planteaba la emergencia de una región que concentraba población, equipamientos industriales, comerciales, financieros y culturales, conformada por ciudades centrales que se rodean de multiplicidad de suburbios en los que se superponen usos de suelo urbanos y rurales. Esta concepción encontró eco en el concepto de “ciudad región”, establecido por Giancarlo de Carlo, entre otros autores europeos que la adoptaron.
Es preciso inscribir estos nuevos términos en el clima de las iniciativas de planificación de la segunda posguerra, que apuntaban a evitar la ocupación de los territorios productivos vinculados al abastecimiento de alimentos mediante cinturones verdes, sistemas de ciudades nuevas y/o polos de de- sarrollo capaces de reorganizar los territorios a escala nacional. Estos eran algunos de los temas problema que los grandes planes regionales intentaban controlar mediante la planificación del uso del suelo y la zonificación, que
permitía diferenciar unidades de planeamiento. Sobre ese esquema genéri- co se dibujan las infraestructuras y el emplazamiento de los equipamientos regionales, las zonas de preservación rural y promoción forestal junto con un sistema jerarquizado de centros, capaz de estructurar el espacio metro- politano. Por detrás de esos esquemas abstractos, signados por las miradas críticas acerca de la ocupación y el crecimiento desordenado, está presente el modelo de una ciudad que se contrapone a la existente, donde las manzanas y parcelas se sustituyen por volúmenes de habitación, donde la superposición entre residencia, comercio e industria se sistematiza en una estrategia de reversión de las tendencias de la ocupación y el crecimiento desordenado. Las nuevas formas urbanas, como la del monoblock o las barras, con sus variantes conceptuales y proyectuales, eran consensuadas por los especia- listas y los funcionarios que tenían a su cargo la responsabilidad de asegurar la vivienda, las infraestructuras y los servicios como derechos universales. Esos proyectos “modernistas” suscitaron no poca discusión. Pero, el fracaso de los conjuntos habitacionales y la expansión de las periferias degradadas no podían atribuirse solamente a las fallidas respuestas al problema de la vivienda del ciclo de posguerra, pues es necesario trascender la esfera de la arquitectura y considerar los límites del desarrollo de un proyecto a la vez político y técnico, fundado en ilusorias certezas acerca del devenir, con el auspicioso telón de fondo del desarrollo económico y el pleno empleo propios de los gloriosos treinta años de la posguerra. Como ya sabemos, esas certezas y esas ilusiones se fueron diluyendo junto con las figuras del técnico y la imagen del plan.
Desde fines de los años sesenta, el cambio de tendencias que caracterizó el nuevo ciclo de la ciudad “posindustrial” cuestionó las bases más profundas del ideario planificador. El freno del crecimiento, las transformaciones pro- ductivas por un lado, la movilización política desde el marxismo y la teoría de la dependencia y las nuevas ideas sobre el ambiente pusieron en crisis el planeamiento de esos años de posguerra. Al calor de los debates de la teoría de la dependencia y las perspectivas críticas de la sociología francesa y el marxismo, en América Latina fueron dominantes. Tal como lo planteara
Hiernaux, la noción de periferia también se resignifica, pues América Latina ya es periferia de un centro, y a su vez las ciudades se vinculan con sus pro- pias periferias, remitiendo a situaciones de desigualdad. En ese contexto se gestan las denominaciones que oponían la “ciudad legal” con la “ciudad ilegal”. El tema fue indudablemente un problema de políticas públicas desde mediados del siglo pasado (Ballent y Liernur, 2014), pero en esta instancia ya no se trataba solo de la oposición centro-periferia pues ese hábitat precario estaba también situado en los intersticios de la ciudad consolidada.
4. las PalaBras de la gloBalIzacIón
En otra esfera de reflexiones, sobre la base de los antecedentes de quienes venían reflexionando sobre las características de esas nuevas urbanizaciones, una multiplicidad de términos intentó caracterizar el nuevo paisaje territorial de concentración de empleos, industrias y otras actividades que asumen una cierta autonomía en su desarrollo. El fenómeno “exurbano” fue propuesto en términos de edge city por Garreau con el fin de definir las nuevas aglomeracio- nes de Estados Unidos. “Se trata de enormes comunidades, semiautonómas, ricas en empleos, equipadas y comunicadas por rutas y que surgen en los márgenes del tejido urbano, donde no existían más que barrios residenciales y terrenos baldíos. Estas nuevas ciudades se caracterizan por crear nuevos empleos que logran descentralizar las actividades de la ciudad central”. Con una caracterización similar, Robert Fischman propuso el término “tecnoburbio” (1977), Hall y Castells (1994) se refieren a la “tecnópolis”, Indovina se refiere a una “ciudad difusa” respecto a los núcleos dispersos que signan el territorio del norte de Italia. Soja propone por su parte la noción “exópolis” (la ciudad de afuera) para referirse irónicamente a su cualidad urbana de “no ciudad”: “… una reestructuración radical de la forma urbana y del lenguaje convencional que sirve para describir las ciudades (…) la forma urbana o la organización espacial de la ciudad posmoderna se distingue de manera significativa de la ciudad del periodo moderno, típicamente centralizado por líneas concéntricas y sectores especializados (…) Ella se distingue también de la ciudad del fin del periodo moderno, de esa metrópolis más heterogénea repartida alrededor
de un sector de negocios dominante, con barrios de pobres, de obreros, y barrios dormitorios habitados por las clases medias, que se extienden hasta la “exurbia” (Soja, 1996:111). Según este autor, esta nueva ciudad, diferente de la premoderna y de la moderna, establece una nueva red de relaciones entre el centro y la periferia. Por detrás de estas nociones e interpretaciones subyace un análisis de factores económicos, sociales políticos y culturales que puede generalizarse al mundo occidental.
En Argentina, empiezan a discutirse las características del nuevo sistema urbano a escala internacional y su impacto territorial a la par de los debates que abre la “Ciudad Global” de Saskia Saasen, que plantea la hipótesis de la existencia de una red de ciudades principales —según su capacidad de cen- tralización y gestión de las operaciones financieras— así como de un modo de desarrollo “informacional”, en términos de Manuel Castells. Años después de redactar el prólogo a la edición argentina del libro de Sassen, bajo el telón de fondo de las privatizaciones argentinas de los años noventa y en vísperas de la crisis del 2001, Pablo Ciccolella e Iliana Mignaqui (1999) pusieron de manifiesto los procesos en curso en el caso de Buenos Aires, señalando que si bien existe un fuerte vínculo financiero e informativo con el mercado global, este se apoya fundamentalmente en los llamados servicios banales (de consumo), con efectos de polarización y desigualdad socio-territorial. La investigación latinoamericana ha intentado limitar los referentes teóricos e interpretativos a la literatura proveniente de países desarrollados, con particular cuidado en identificar lo que está en juego en cada sitio en relación, considerando “a los efec- tos espacial y socialmente fragmentadores de la globalización” (Duhau, 2000). De igual modo, la jerarquización a veces excesiva de la relación entre fuerzas macroeconómicas y resultados urbanos ha dado lugar a trabajos encaminados a dilucidar qué de global tienen las ciudades objeto de estudio en relación con el sistema internacional y el lugar que ocupan dentro de la red planetaria (ranking de ciudades), soslayando otros aspectos no menos importantes.
Un amplio conjunto de los trabajos de y sobre la Región Metropolitana (Vecslir, 2010) ponen de manifiesto una serie de nuevas configuraciones
territoriales que resulta de una lógica inmobiliaria y del mercado de suelo, que remiten a procesos de valorización territorial selectiva con el consiguiente incremento de la fragmentación territorial y segregación social. En primer lugar, las transformaciones en la movilidad de la población en relación con la oferta de transporte público metropolitano, el rediseño de la red viaria arterial, construcción de nuevas autopistas y remodelación y ampliación de las existentes, así como los sistemas portuarios y aeroportuarios de la región, dan cuenta de las nuevas din “cartografia de lana suerte de uerte de titervenciones de onfiguraciones de Saskia Saasen, que plantea la hiprios dormitorios hámicas”. En relación, en segundo lugar, con la reestructuración de la centralidad metropolitana mediante intervenciones en viejos y nuevos centros, y en relación, además, con los grandes equipamientos de la gestión empresarial, el consumo y el ocio. Asimismo, en tercer lugar, se presentan las tipologías residenciales emergentes de las élites (urbanizaciones cerradas, clubes de campo, ciudades privadas y torres), paralelamente a la consolidación de villas y la expansión de los asentamientos informales.
Es ilustrativo mencionar que, en el año 2000, las urbanizaciones cerra- das ocupaban en torno a Buenos Aires una superficie de 300 kilómetros cuadrados, es decir, una vez y media la superficie de la ciudad. En ese lapso, según el INDEC en la ciudad y su región la población con necesidades básicas insatisfechas pasó del 30 al 52 por ciento.