Capítulo IV: Disqueras y justificaciones teológicas
2. Ni tan caídos
Son las cinco de la tarde de un sábado de junio, y en la Iglesia Metodista Libre A Dios Sea la Gloria se preparan para celebrar su aniversario número 28. Fuera del local, ubicado en la parte alta de Ruiz Pineda, se escucha un rugido de motos que suben y bajan sin cesar. Se abre el portón de la iglesia y deja entrar a Leonardo Rojas, que viene con el carro completamente cargado por su batería. Adentro, Luigi Lugo juega con el sonido que arrojan los amplificadores cuando toca su guitarra. Leo comienza a instalarse en el pequeño escenario improvisado en el altar de la iglesia, una construcción sólida pero un tanto rudimentaria de ladrillos que a veces asoman por fuera del friso rústico y pintada de blanco. En un cuarto trasero conversan varias mujeres, mientras el grupo practica algunas versiones de temas de alabanza y adoración de Alex Campos y otros artistas cristianos.
Un hombre tiene rato arrodillado frente a una silla en el fondo del local. Después de varios minutos de oración y conversación personal con Dios -a medias
percibida por los pocos que han llegado a la iglesia a esa hora en murmullos que dan fe de un breve momento de conexión espiritual de gran intensidad- se levanta y, aún en actitud de recogimiento y concentración, camina por el patio externo de la iglesia, que hace las veces de lugar de reunión y estacionamiento. El hombre en oración se llama José Ramón Sevilla y a sus 37 años es, además de miembro de la iglesia, parte de un ministerio evangelístico que hace discipulado y misiones. Mientras la voz de la cantante que acompaña a los músicos de Pantokrator se multiplica en el micrófono para dejar escuchar con fuerza su amor por el Señor, Sevilla reflexiona sobre lo importante que es la música, pero más aún la música cristiana, en la vida diaria de un evangélico y como sostén de su fe: “Nosotros debemos escuchar música cristiana, porque se basa en la palabra de Dios y es parte de nuestra adoración a Él”.
La música cristiana es, además de entretenimiento y arma de evangelización, un apoyo diario en la reafirmación de la fe y la devoción del cristiano. La música secular es, por así decirlo, un recordatorio peligroso de todo lo que hay en ese mundo del que Dios lo rescató. “Antes escuchaba mucha música mundana”, recuerda Sevilla, “pero cuando saliste de las cosas del mundo y escuchas música secular, te proyectas a ese tiempo en el que bailabas merengue o boleros, el tiempo en que no eras cristiano. Si eres débil, puede que eso te haga desear volver a ese mundo”.
Con la voz segura y llena de convicción que tienen muchos cristianos en ese discurso que estructuran cuando hablan de Dios, Sevilla repite varias de las racionalizaciones que hacen los cristianos en justificación de sus creencias. “La gente se pregunta, ¿Cuál es la diferencia entre, por ejemplo, el rock secular y el rock cristiano, si es el mismo estilo? Está en la letra, en el mensaje”. Y en el mismo orden de cosas, defiende la existencia de reggaetón o merengue cristiano. Pero no corre riesgos y se inclina por la música de adoración, como la de Alex Campos y la de Rojo,
que prefiere a los ritmos más rápidos y alegres de la alabanza. Aparte de Pantokrator, no conoce ningún grupo de Venezuela que haga música cristiana fuera de los grupos que participan en los servicios de las iglesias, y asegura que si, como él, la gente no conoce más a estos grupos, es porque les hace falta trabajo y compromiso, no publicidad. Más aún, compara a estos músicos que no conoce con predicadores, y remata con una afirmación terminante: “Dios no da fama, da talento”.
José Ramón Sevilla continúa reflexionando sobre los compromisos que deben adquirir los músicos cristianos para exaltar el nombre de Dios, pero ya la suya no es la única voz que se escucha en el patio de la iglesia A Dios Sea la Gloria. Muy circunspectos, con la timidez de cierta etapa de la adolescencia, David Chávez y Anderson Flores escuchan sin palabras el ir y venir musical de los músicos que ensayan en el interior de la iglesia. En su apariencia no son distintos a cualquier muchacho que uno pueda encontrarse en el metro, o a los que aparecen fotografiados en la cartelera de la iglesia compartiendo en campamentos y convivencias de la comunidad. Los dos tienen 15 años y, como la de muchos adolescentes, su percepción de la vida tiene mucho que ver con la música que escuchan. “Yo oigo de todo”, dice Chávez. “Me gusta la música que hace bien, que tiene un mensaje. La escojo sobre todo por la letra”. El discurso de estos dos jóvenes cristianos, precisamente por su juventud, está mucho menos intervenido por las racionalizaciones de la iglesia. “Yo también escucho de todo, no sólo música cristiana”, interviene Flores, que se declara fanático del rock, pero no del pesado”.
Entre las preferencias musicales de ambos comienzan a sonar nombres que van casi en un mismo rango de géneros, pero oscilando indistintamente entre lo cristiano y lo secular. Del pop de Alex Campos y Sin Banderas pasamos al reggaetón de Funky. A Anderson Flores le gusta el reggaetón, pero aclara que para que la música le guste
tiene que “hablar de sentimientos”. De grupos de Caracas nada, exceptuando a Santa Locura, que conocen por la relación de amistad que tienen con los miembros del grupo a través de la iglesia. “Hemos ido a algunos conciertos cuando hemos podido, nos gusta su música. No sé por qué no hay más grupos”, dice David Chávez. “Sería bueno”, agrega Flores.
Son las seis de la tarde y ya los músicos han dejado de ensayar. El interior del templo está vacío, y las pocas personas que han llegado, anticipándose al menos una hora al comienzo de este servicio especial por la celebración del aniversario de la iglesia, se congregan en el exterior a conversar de temas más o menos espirituales. Entre los reunidos llaman la atención dos personas que hablan recostadas de la reja que resguarda uno de los lados de la construcción. Ella, de pelo negro, lleva en el brazo un tatuaje de tinta azul muy gastado que muestra al muy esotérico símbolo de la pirámide egipcia con el ojo. Él es aún menos convencional. Vestido enteramente de negro, con cadenas, el pelo al nivel de los ojos y actitud desconfiada, sería el prototipo de los metaleros que se reúnen en algunos puntos del oeste de la ciudad, si no fuera por las placas que lleva al cuello y las pulseras en su brazo que celebran al único Dios y al triunfo del León de Judá. Él se llama Leonardo Yayes y ella se llama Claudia Manzo, y entre ambos se produce una especie de contrapunteo teológico.
Claudia: Lo importante no es llevar a la gente a una iglesia de alguna religión u otra, es decirles: yo soy tu amigo y tú cuentas conmigo. Al demostrarle que tú eres su pana de verdad, ellos van a querer conocer lo que nosotros conocemos.
Leonardo: Ahorita hay un problema entre los metaleros de Caracas, todos quieren exterminar a los emos. Yo quise sentarme con uno y me dijeron de todo. Quiero que mi maestro me de permiso, ir a sentarme con ellos y que los otros metaleros me vean. ¿Quieren hablar de rock? Tengo 25 años de mi vida en el rock.
¿Quieren hablar de satanismo, ocultismo? Yo me metí en eso, y rudo. ¿Quieren hablar de historia? También. Se trata de la lealtad, pero también de una palabra clave que hace la diferencia entre los seres humanos: la humildad, es decir, no fanfarronear, que un ministro pueda hablar con un huelepega. Yo no quiero ser como los teólogos. ¿Cómo es posible que la palabra de Cristo tenga que estudiarse en un instituto universitario? Hay panas que me dicen chamo, yo no leo la Biblia porque no la entiendo, ¿Dónde están los cristianos? ¿Dónde están cuando una persona se está suicidando en el metro? ¿Dónde están los cristianos cuando los punks se están cayendo a puñaladas con los metaleros? Hasta yo me he sentido intimidado. Pero ahí es donde yo voy, la iglesia tiene que ser agresiva, no tener miedo de predicar, deja el pánico.
Claudia: Así es.
Leonardo: Yo estuve metido en tantas cosas malas. Necesitaba paz en mi vida, pero mientras más la buscaba menos la tenía. Estuve en una pelea en La Candelaria entre metaleros y punks y dije, aquí me matan. En la noche me puse a orar, y no sé qué pasó, me sentí tan bien, sentí la presencia de gente a mi lado, lloré y lloré, acepté a Cristo. Me planteé un reto: vamos a ver si los evangélicos me quieren como soy, atorrante, repelente e insoportable. Y me aceptaron.
Claudia: Amén.
Leonardo: El Black Metal es malo. Yo sí escucho Black Metal, porque no escucharlo es imposible, y como todavía me reúno con los panas... Pero nunca he estado dominado por él. Cuando te dejas dominar por algo eres un esclavo, y el cristiano siempre tiene que dominar. Tienes que pelear con alguien, y el diablo se las trae. Y no lo alabo. Pero sé que no me puedo lanzar a pelear con el tipo sin la ayuda de Dios. No sólo la música es capaz de cambiarle la vida a la gente, sino el mensaje.
Lo primero que hace es confundirte. Pero cuando tú estás seguro de algo, no te confundes.
Claudia: Una vez que la gente conoce a Dios, no se aparta más de él.
Una de las mujeres de la comunidad le pide a los congregados, ya más numerosos y animados, que entren al templo para dar comienzo al servicio, y la conversación se queda allí, en el aire. Son ya las 7 de la noche. Hace rato que el pastor Héctor Simón Correa -que desde hace un tiempo hace una especie de suplencia permanente en esta comunidad por enfermedad del ministro- llegó a la iglesia. Además de la intervención de los músicos de Pantokrator, para esta ocasión especial hay dos invitados más: El dúo reggaetonero Triple J (cuyos integrantes, padre e hija, se llaman José Gregorio y Josely, acompañados de la tercera J de Jesús), y el rapero The Preacher. Esta programación no deja de sorprender cuando se cae en cuenta de que, en su mayoría, la congregación está integrada por adultos y ancianos. Pero los metodistas, mucho más liberales que otras denominaciones como la pentecostal, están acostumbrados a este tipo de licencias. Incluso a tener como pastor a un antiguo metalero secular con el pelo largo. Y a que lo primero que suene, antes de comenzar el servicio, sea una pista de reggaetón.