Buda dio enseñanzas para que los seres fueran felices y se sintieran satisfechos. Alcanzó la felicidad fundamental de la iluminación y quiso compartir su experiencia, por amor y compasión hacia todos y cada uno de los seres. Pero no podía transferir su entendimiento a la mente de los demás, ni eliminar el sufrimiento con sus manos, ni limpiar con agua y jabón su ignorancia: sólo podía enseñarles a que desarrollaran sus mentes por ellos mismos, como él había hecho. Y por eso, mostró el camino a la iluminación.
La naturaleza de la mente
Existen dos tipos de seres dotados de mente: los budas y los seres. Los budas fueron primero seres que, al completar la práctica del Dharma, purificaron totalmente sus mentes, tanto de los oscurecimientos burdos como de los sutiles, alcanzando por ello la iluminación o budeidad.
Hay también otro modo de distinguir ambos tipos de seres: los que están más allá de la existencia cíclica (samsara) y los que se encuentran en ella. Los primeros (arhats) han purificado su mente de los oscurecimientos burdos pero no de los sutiles. Los seres samsáricos sufren de los dos niveles de oscurecimientos y se encuentran controlados por las mentes negativas perturbadoras (los engaños) y por sus acciones (karma).
La mente o corriente de consciencia no tiene forma ni color y es impermanente, es decir, que cambia de un momento a otro. Todos los fenómenos impermanentes son producto de unas causas, y lo mismo ocurre con la mente, que no surge de la nada. Además, como los efectos tienen que tener una naturaleza similar a las causas principales que los producen, la principal causa de la mente también ha de ser sin forma: no puede estar hecha de una sustancia material como el cerebro.
La mente procede de un estado mental anterior; cada instante de pensamiento viene precedido de un instante de pensamiento anterior, sin que nunca haya existido un primer instante. Es más, la procedencia de cada mente es su propia continuidad previa: ni otra mente tipo consciencia cósmica, ni tampoco las mentes de nuestros padres. Por lo tanto, la mente de cada individuo no tiene comienzo. Y de la misma manera que la energía física nunca cesa de existir desapareciendo en la nada, la energía mental continúa por siempre; sólo cambia su estado.
¿Cómo es posible alcanzar la iluminación?
La mente es diferente del espacio vacío (que tampoco tiene forma), en que tiene una naturaleza de luz clara y capacidad para percibir los objetos. La mente es como un espejo sucio: la naturaleza mental de luz clara está contaminada por los engaños. Sin embargo, al igual que la suciedad no se mezcla intrínsecamente con el espejo potencialmente puro y nítido que se encuentra debajo, los engaños tampoco son uno con la mente. Con un método adecuado, como sería lavarlo
con agua y jabón, se podría limpiar el espejo. La forma correcta de purificar la mente de los engaños y de sus huellas u oscurecimientos sutiles, es la práctica del Dharma. El resultado es la felicidad fundamental de la iluminación. Como la mente de todos los seres es de la naturaleza de luz clara, todos tenemos el potencial de convertirnos en budas. La dificultad reside en encontrar la oportunidad y el interés para practicar el Dharma.
Este precioso renacimiento humano
Además de tener la oportunidad y el interés necesarios, es preciso que nos instruyan en la práctica. Encontrar un maestro cualificado es lo más importante en la vida y, una vez lo encontremos, debemos seguir correctamente sus enseñanzas. Esta es la raíz del camino a la iluminación.
Hay seis tipos de seres en la existencia cíclica: los de los tres reinos inferiores, que son los seres de los infiernos (narak), los espíritus hambrientos (pretas) y los animales; y los de los tres reinos superiores, que son los humanos, los semidioses (asuras) y los dioses (suras). Los seres de los tres reinos inferiores no pueden practicar el Dharma porque se ven dominados por un enorme sufrimiento producido por la ignorancia, la carencia y el dolor; y, en los tres reinos superiores únicamente los humanos pueden esperar practicar el Dharma, porque los suras y los asuras están demasiado distraídos disfrutando de grandes placeres sensoriales o peleándose entre ellos.
Incluso entre los seres humanos es extremadamente difícil encontrar la libertad y las circunstancias apropiadas para practicar correctamente. Muchas personas nacen en un momento o lugar en el que no hay ni maestros ni enseñanzas; y en otras ocasiones en las cuales el momento y el lugar de nacimiento son favorables, se dan complicaciones personales o circunstanciales que impiden o dificultan la práctica. Si al reflexionar sobre ello, nos damos cuenta de que tenemos la oportunidad perfecta, alegrémonos y aprovechemos con entusiasmo esta oportunidad al máximo.
Como practicantes del Dharma, lo mínimo que podemos hacer es esforzarnos por ser felices en nuestras vidas futuras, es decir, tratar de conseguir renacer en los reinos superiores. Ahora bien, si somos más juiciosos, intentaremos alcanzar el gozo eterno del nirvana, la liberación de toda existencia cíclica. Los más sabios de entre nosotros comprenderán que tenemos la oportunidad de alcanzar la meta última de la iluminación para beneficiar a todos los seres, y centrarán su mente exclusivamente en este objetivo. Cada instante de esta preciosa vida humana nos brinda la oportunidad de purificar eones de karma negativo y de avanzar a pasos de gigante hacia la iluminación al comprometernos en las prácticas profundas de la vía Mahayana. Desperdiciar siquiera un segundo de esta vida es una pérdida incalculable.
Malgastamos el tiempo al perseguir el apego que se aferra a la felicidad exclusiva de esta vida. Practicar el Dharma significa renunciar a esta vida, es decir, a la felicidad de esta vida.
queremos ser felices en todo momento y bajo cualquier circunstancia, tenemos que tener la mente llena de karma positivo y erradicar por completo todo el karma negativo. Sólo lo lograremos practicando el Dharma, lo que significa, en primer lugar, renunciar a esta vida: ésta es la base para todas las demás prácticas.
Al practicante de Dharma le trae sin cuidado si la vida es alegre o no, porque tiene la vista puesta mucho más allá. Tan sólo a través de este sincero cambio de actitud experimenta una felicidad superior a la de la mayoría de los seres. Además, crea mucho karma positivo que conduce a vidas futuras mejores y más felices y a la liberación del samsara. Los que se dedican únicamente a esta vida rara vez experimentan satisfacción, más bien generan un enorme karma negativo y sufren durante muchas vidas futuras.
Sin embargo, no es suficiente desear una vida futura mejor: tenemos que crear la causa para un renacimiento superior, de manera consciente, con gran esfuerzo y poniendo en práctica la moralidad. Ahora bien, para conseguir un renacimiento humano perfecto, con sus ocho libertades y sus diez riquezas para practicar el Dharma, debemos también practicar la generosidad así como las perfecciones de la paciencia, la perseverancia entusiasta, la concentración y la sabiduría. Por último, todas estas causas han de estar unidas al resultado deseado a través de la oración impecable. Por consiguiente, no resulta complicado entender por qué un renacimiento humano perfecto es tan difícil de conseguir: es sumamente difícil crear sus causas. Esencialmente, se tiene que tener un renacimiento humano perfecto para poder crear la causa de otro.
Impermanencia y muerte
Con toda seguridad vamos a morir, pero no tenemos ni idea de cuándo. Cada día podría ser el último día de nuestra vida y, sin embargo, nos comportamos como si fuésemos a vivir eternamente. Esta actitud nos impide practicar el Dharma, nos hace posponer nuestra práctica, o practicar esporádicamente o de manera impura. Creamos karma negativo y no volvemos a pensar en ello porque creemos que siempre se podrá purificar, más adelante. Y cuando la muerte llega, morimos con mucha pena y remordimiento, viendo con claridad, pero demasiado tarde, cómo hemos desperdiciado una preciosa oportunidad.
Al meditar en la certeza de la muerte, en cómo la vida se va acabando y en la incertidumbre del momento de la muerte, resolveremos practicar el Dharma con determinación y firmeza. Cuando meditemos además en que las posesiones materiales, el poder mundano, los amigos, la familia, e incluso nuestro tan querido cuerpo, no nos servirán de ayuda en el momento de la muerte, estaremos seguros de practicar solamente el Dharma.
Nuestra situación es la siguiente: hemos nacido como humanos y disponemos de todas las condiciones de un renacimiento humano perfecto, pero hasta ahora hemos malgastado la vida generando karma negativo. Si muriésemos ahora mismo, es casi seguro que renaceríamos en uno de los reinos inferiores, de los cuales es prácticamente imposible escapar. Pero la ignorancia nos impide
reconocer la urgencia y el peligro de nuestra posición y, en vez de buscar un objeto de refugio, nos relajamos y seguimos creando todavía más karma negativo.
Refugio
Cuando tenemos un problema solemos refugiarnos en objetos sensoriales: cuando tenemos hambre, comemos; cuando tenemos sed, bebemos. Son cosas que nos permiten resolver temporalmente las dificultades superficiales. Pero lo que realmente necesitamos es una solución a nuestros más profundos problemas crónicos: la ignorancia, el apego y la aversión, que se encuentran enraizados con firmeza en nuestra mente y son fuente de todo el sufrimiento.
Cuando estamos muy enfermos, nos ponemos en manos de un médico para que nos diagnostique y nos prescriba los medicamentos apropiados, y también confiamos en quien nos ayude a tomarlos. Nos encontramos sufriendo la más grave enfermedad que existe: la enfermedad de los engaños. El médico supremo, Buda, ya ha elaborado el diagnóstico y prescrito la medicina, el Dharma. De nosotros depende tomarla o no. La Sangha, la comunidad monástica, nos ayuda a poner en práctica las enseñanzas del Dharma.
Seguir el karma
¿Qué significa tomar la medicina del Dharma, poner en práctica las enseñanzas? Buda nos mostró la naturaleza de la realidad. Ahora tenemos que intentar vivir de acuerdo con ella, observando la ley del karma, la ley de causa y efecto. El karma positivo trae felicidad, el negativo trae sufrimiento. Las acciones del cuerpo, la palabra y la mente dejan huellas positivas o negativas en la consciencia. Estas huellas son como semillas que, plantadas en la tierra y con condiciones adecuadas, madurarán y darán fruto.
La cualidad positiva o negativa de una acción viene determinada por la motivación que la impulsa y por su efecto, no por su apariencia externa. Las acciones motivadas por el deseo de felicidad sólo en esta vida son negativas, mientras que las acciones justas motivadas por un deseo de felicidad en vidas futuras, por un deseo de liberación y de iluminación, son positivas. Como no disponemos ni de la percepción para reconocer la verdadera motivación de nuestros actos, ni de la clarividencia para determinar sus efectos, Buda estableció un código fundamental de conducta moral para principiantes: las diez acciones morales. Las acciones opuestas a las diez acciones morales son negativas y constituyen las diez no-virtudes: tres del cuerpo (matar, robar y practicar la conducta sexual incorrecta); cuatro de la palabra (mentir, calumniar, utilizar palabras duras y hablar sin sentido); y tres de la mente (codicia, malicia y los puntos de vista erróneos). En la práctica, debemos evitar llevar a cabo acciones negativas y debemos purificar las huellas que las acciones pasadas hayan podido dejar en nuestro continuo mental. Tenemos que desarrollar todas las tendencias positivas
transformando en sufrimiento; en realidad, no es más que una disminución del sufrimiento. Al igual que sentimos aversión hacia sufrimientos obvios como el dolor, la enfermedad y la preocupación, y al igual que deseamos librarnos de ellos, así tendríamos que querer renunciar a los placeres momentáneos e incluso a los renacimientos superiores y hacer todo lo posible, con la mente bien centrada, por escapar del samsara. La mente que ha logrado alcanzar la renuncia total (primera de las tres enseñanzas principales del budismo) es aquella que noche y día anhela la liberación. Ésta es la principal fuente de energía para los que buscan el nirvana, y la base para el desarrollo de una perfecta concentración y una visión correcta de la realidad en el camino hacia la meta.
Trabajar para los demás
Ecuanimidad
Esforzarnos tan sólo para la propia liberación no es suficiente. Somos idénticos a los demás seres en cuanto a que todos deseamos felicidad y no deseamos ni el más ínfimo sufrimiento, por lo que sería egoísta y cruel tratar de alcanzar la felicidad eterna y la paz perfecta sólo para sí mismo. Los más perspicaces advertirán que nuestra responsabilidad hacia los demás no habrá concluido hasta que todos y cada uno de los seres hayan dado por fin con la máxima felicidad posible. En efecto, la felicidad de nuestro pasado, presente y futuro, hasta la iluminación, depende de todos los demás seres sin excepción y es nuestro deber corresponderles por su bondad.
El primer obstáculo a superar es el hábito crónico de sentir apego por determinados seres, aversión hacia otros e indiferencia hacia el resto. El ego, es decir, la concepción errónea respecto a la manera en que existimos, nos incita a sentir intensamente este yo, lo cual nos hace luchar por nuestra felicidad egoísta y huir de todo lo que consideramos desagradable. Tendemos a asociar determinados objetos sensoriales con estos sentimientos, y cuando los objetos son otros seres, entonces les ponemos la etiqueta amigo, enemigo y desconocido. En consecuencia, nos apegamos muchísimo a los amigos y hacemos todo lo posible por ayudarles, de la misma manera que odiamos a los enemigos e intentamos perjudicarles, y evitamos e ignoramos a la gran mayoría de los seres, a los que consideramos extraños, completamente ajenos a nuestra felicidad y a nuestros problemas. Así pues, es preciso ejercitar la mente en el desarrollo de un sentimiento de ecuanimidad respecto a todos los seres, y considerarlos a todos merecedores de nuestros esfuerzos por ayudarles a encontrar la felicidad que buscan.
Podemos darnos cuenta de que incluso el amigo por el que sentimos tanto apego y al que tanto intentamos ayudar, no siempre ha sido amigo nuestro. Antes de conocerlo, no teníamos ni idea de su existencia y, como ni favorecía ni complicaba nuestra búsqueda de felicidad, lo clasificábamos como desconocido. Más tarde, de una forma u otra, esa persona complació a nuestro ego y empezamos a considerarlo útil (amigo), y fomentamos su atención siendo agradables con él y haciendo todo lo posible para que nos mirase con buenos ojos, al tiempo que disimulábamos nuestros defectos. Pero la relación amistosa entre los dos, mantenida gracias a un determinado esfuerzo y a una buena dosis de engaño por ambas partes, no puede durar, y tarde o temprano uno de los dos hará algo que moleste al otro, o se aburrirá de la relación. Entonces, la otra persona, que aparecía tan atractiva,
empezará a volverse desagradable, alguien a quien evitaremos. Gradualmente, o incluso de repente, la relación se deteriorará y nos volveremos enemigos. Por supuesto, no resulta así siempre, pero es algo que todos hemos vivido en un momento dado.
El caso es que las etiquetas amigo, enemigo y desconocido que fijamos en los demás son en realidad temporales y no están basadas en ningún aspecto fundamental de la realidad que encontramos en la otra persona. Son proyecciones del ego que se basan en si la persona nos es útil para nuestra felicidad, nos causa problemas, o no parece estar involucrada ni en lo uno ni en lo otro.
Nuestros mejores amigos de esta vida han sido nuestros peores enemigos en vidas anteriores. Lo mismo ocurre con nuestros enemigos actuales: en otras vidas fueron nuestros padres, amigos y también desconocidos. Debido a que estas relaciones samsáricas, siempre cambiantes, carecen de un principio, podemos comprobar que cada ser ha desempeñado el papel de amigo, enemigo y desconocido infinidad de veces. Por eso, todos los seres son iguales, y ninguno es más merecedor de nuestra ayuda que otro, independientemente de la mayor o menor apertura de nuestra percepción actual. Es más, mientras sigamos en el samsara, estas relaciones seguirán cambiando. Así que no hay razón alguna para apegarnos a nuestros amigos, que pronto se volverán enemigos perjudiciales, ni de odiar a nuestros enemigos, que seguro se convertirán en amigos adorados. Si expandimos nuestra mente por completo y miramos las cosas desde una perspectiva lo más amplia posible, veremos a todos los seres como son en realidad: iguales. De esta forma, todos nos resultarán atractivos y queridos.
Ver a todos los seres como a una madre
Podríamos pensar que si todos los seres han sido nuestros enemigos, quizás deberíamos dañarles a todos por igual… Pero en realidad, aunque sea verdad que debido a la ignorancia y la ira todos nos han lastimado en el pasado, su bondad supera de sobra su crueldad. Únicamente dependiendo por igual de cada ser, recibiremos la felicidad sublime y eterna de la iluminación. Aun de una manera mundana, todos los seres han sido bondadosos: cada uno de ellos ha sido nuestra madre.
Como hemos renacido infinidad de veces, nuestra madre en esta vida no es la misma que tuvimos en cada una de las anteriores. En realidad, ni siquiera hemos nacido juntos en un mismo reino ni con el mismo tipo de cuerpo. No existe ningún cuerpo o reino samsárico que no haya constituido una vivencia para cualquier ser; tampoco existe un primer momento en el cual los seres fueran madre por primera vez, por lo que cada ser ha sido nuestra madre infinidad de veces. Teniendo presente este hecho, intentemos percibir a cada ser como a una madre. Imaginemos que nuestra madre se hubiese quedado atrapada en un incendio y que sus quemaduras fueran tan graves que no pudiéramos reconocerla, aun así, sabríamos quién es ella; seguiría siendo la misma continuación de consciencia y sentiríamos una compasión increíble por el sufrimiento insoportable
hacia los que nos ayudan, es decir, hacia los amigos. Y una madre es la mejor amiga.
Tenemos que meditar en lo bondadosa que ha sido nuestra madre. Al fin y al cabo, soportó muchas dificultades para dar a luz; nos alimentó y protegió cuando éramos pequeños; nos enseñó a hablar, a caminar y a valernos por nosotros mismos; se aseguró de que tuviésemos una buena educación; nos proporcionó lo necesario para vivir y disfrutar de la vida. Para ella, nuestro bienestar era más importante que el suyo. ¿Qué otra persona ha sido tan bondadosa? Cuanto más pensemos en la bondad de nuestra madre, mayor será nuestro cariño por ella, es natural. Cuanto más percibamos a los demás seres como a una madre, mayor será nuestro afecto por todos ellos, y mayor será nuestro ánimo de devolverles la bondad que nos brindaron.
Devolver bondad
El deseo de querer devolver a los demás su bondad es también un sentimiento natural y positivo. Deberíamos devolver al menos tanta bondad como nos han dado. Además, como alcanzaremos la iluminación gracias a cada uno de los seres que fueron nuestra madre, es nuestra responsabilidad asegurarnos de que todos ellos también la reciban.
Querer a los demás
El mayor obstáculo para la iluminación es la mente egoísta, caracterizada por situar la felicidad propia por delante de la de los demás, y que nos hace comportarnos en consecuencia. De ahí provienen todos los problemas personales que experimentamos; lo mismo sucede con cada uno de los problemas interpersonales, desde las discusiones entre niños hasta las guerras entre países.