¡ ra algo- le parece al sofista, no ya difícil, sino estrictamen- 1" • imposible de cumplir. Y como el sofista se las arregla
si ·.mpre para hacer fácil lo imposible, no se arredra a la hora
1 decirlo y, al hacerlo así, hace fracasar el sentido de su de
·i r, hace que su decir no diga nada (o sólo la nada) y, por t·nn to, esquiva la petición (de principio) de Aristóteles.
La regla del juego
(aprender inglés en quince días, enseñar a amar en dos sesio nes, etc.), lo propio del filósofo es, como hemos visto, des plazarse de lo imposible a lo difícil. De la misma manera que Platón nos muestra a Sócrates frente a los sofistas, esforzán dose por convertir la imposibilidad en dificultad, Aristóteles se enfrenta a un adversario que dice ser capaz de decir con tra el decir, de decir lo imposible, lo indecible, y se extenúa hasta conseguir convertir esa contra-dicción o im-posibilidad (imposibilidad, por tanto, de aprender o comprender el sen tido de lo que se dice) en contrariedad (que también es una traducción verosímil de «aporía>> )27. Y como el principio de marras no viene a decir otra cosa sino que lo imposible (que las cosas sean lo que no son o que las cosas no sean lo que son) es imposible, y como no se trata de una proposición susceptible de ser demostrada, entonces escuetamente signi fica que quienes se dicen capaces de hacer lo imposible sim plemente mienten, porque eso, para nosotros los mortales, es imposible28• El <<para nosotros, los mortales >> no es una 27. El vocabulario de Aristóteles perderá gran parte de su fuerza al convertirse en <<lógica>> (cosa que quizás estaba ya ocurriendo mientras él agonizaba). En estos términos relativamente <<despotenciados>> , la diferen cia entre contradicción y contrariedad puede explicarse diciendo que las proposiciones contradictorias ( <<Todos los hombres son suecos»/<<Existen hombres que no son suecos», por ejemplo) no pueden coexistir al mismo tiempo (porque no pueden ser falsas ni verdaderas a la vez), y por lo tan to designan una radical imposibilidad. Las contrarias ( <<Todos los hombres son suecos»/<<Ningún hombre es sueco» ) o subcontrarias ( <<Hay hom bres suecos»/<<Hay hombres que no son suecos» ) , sin dejar por ello de opo nerse, tienen al menos una posibilidad -aunque sea dificilísima-de coexis tir, pueden ser verdaderas al mismo tiempo o falsas al mismo tiempo.
28. No es, por tanto, únicamente el filósofo (Aristóteles) quien <<nece sita un adversario» para probar mediante el diálogo la validez del princi pio en que se sustenta, sino que lo propio le sucede al adversario en cues tión: todo aquel que intenta desmentir la posibilidad de un discurso predicativo, de un hablar que diga algo de algo, lleva consigo al adversa rio que lo refuta, pues para decir eso ya necesita decir algo de algo. Esto, según Sócrates, les ocurre a todos los que pretenden soslayar el diálogo -y, para empezar, ese diálogo consigo mismo que es el pensamiento-, que, como sólo pueden hacerlo mediante ese mismo discurso, <<son incapaces de evitar (estas expresiones) y de combinar en sus discursos (el sujeto y el pre dicado), de modo que no necesitan ser refutados (pues) llevan consigo a su enemigo y a su contrincante» (Sofista, 2 5 2 e).
Práxis r 8 5
advertencia trivial. Nos indica que lo imposible no tiene por qué ser <<absoluta,mente imposible >> : quizás haya seres capa ces de soportar tamaña contradicción, capaces de no decir (algo de algo), de no decir nada (de nada) o de decirlo todo (de todo). Pero a nosotros nos es imposible no decir algo. Nosotros ya siempre estamos en el lógos (y no porque siga mos las prescripciones de una disciplina llamada <<lógica>> , cosa que difícilmente podríamos hacer cuando esa disciplina aún no existe). Basta introducir esta indicación para com prender lo que significa genuinamente lógos, que no es otra cosa sino el cumplimiento (ya siempre anticipado) de esa << mínima condición>> que el filósofo exige a su adversario. He aquí cómo Aristóteles descifra el enigma: lo imposible, a saber, que
-las cosas no son lo que son, y que -las cosas son lo que no son,
al advenir al espacio del lógos (que es donde nosotros ya siempre estamos de antemano), se convierte en <<simplemen te>> difícil mediante lo que Sócrates, cuando peleaba con los sofistas, llamaba << un añadido >> :
-las cosas no son del todo lo que son algo -las cosas son algo lo que no son del todo,
o, lo que viene a ser lo mismo:
-las cosas no son en acto lo que son en potencia
-las cosas son en potencia lo que no son en acto.
La primera formulación (la que juega con el <<todo >> y el << algo>>, o sea, con el todo y la parte) nos recuerda la impor t ancia del sentido griego del vocablo lógos: que de algo se puede decir solamente algo, y no todo (porque entonces ya
no habría lógos); la segunda (la que introduce la distinción entre acto y potencia) nos recuerda que el movimiento no puede ser negado, pero sí medido. Y de esa medida puede decirse cualquier cosa menos que es <<fácil>> .
r 8 6 La regla del juego
Que el reparto (dia-)lógico del ser en varios sentidos (las diferentes maneras de decirse el ser que Aristóteles lla mará categorías) es siempre, indisolublemente, un reparto
(dia-)crónico (también en el sentido en que se dice de alguien que tiene una enfermedad crónica) viene atestiguado por el hecho de que Aristóteles no pueda formular el principio en cuestión sin aludir al tiempo (lo cual prueba, de paso, que en ese principio no se trata de <<mera lógica>> , pues supone mos que la lógica es inmune al tiempo) : no atribuirás predi cados contrarios a un mismo sujeto en el mismo sentido y al mismo tiempo (o: a la vez), del mismo modo que sucede con la antes citada diferencia entre <<contradicción>> y <<contra riedad>> . La dificultad reside, aquí, en saber cuánto tiempo debe pasar (entre dos atribuciones) para que aún sea <<al mis mo tiempo >> o, en otras palabras, cuánto dura una vez y cómo puede determinarse su medida. Ser se dice de varias maneras, las palabras significan en distintos sentidos, pero sólo pueden significar en uno cada vez: si es al mismo tiem po, no es en el mismo sentido; si es en el mismo sentido, no es al mismo tiempo29. Esta estabilidad lógica (significar lo mismo dentro de una misma categoría o de una <<manera de decir>> de las varias posibles) y crónica (significar lo mismo dentro de la misma <<vez>> de entre las sucesivas) es la única clase de unidad a la que puede aspirar un sentido que, por su propia naturaleza, nace partiéndose y repartiéndose en <<Categorías >> y en <<tiempos>> 3°. Valdría, por tanto, decir tam-
29. Todo intento de <<superar>> esta letanía es, por tanto, un intento de abolir la naturaleza crono-lógica del ser. Y aunque la dialéctica (hege liana) sea, de estos intentos, el más célebre y acaso el más logrado (o ma logrado), no es de menor importancia, como ya hemos sugerido y aún haremos en lo que sigue, la existencia de semejantes intentos en las filo sofías «racionalistas» (Descartes, Spinoza, Leibniz) y en las «irracionalis tas» (Nietzsche o, contemporáneamente, Deleuze, cuya Lógica del senti
do, M.-Morey (trad.], Barcelona, Paidós, 1989) está siempre recorrida por
esta ami-aristotélica letanía: en los dos sentidos al mismo tiempo; como si, del mismo modo que Deleuze quería probar que el enemigo -casi nun ca nombrado pero fundamental- de Nietzsche era Hegel, también pudiera sugerirse que su propio enemigo -el de Deleuze- es Aristóteles, a quien raramente nombra).
30. Cf. Pierre Aubenque, op. cit., passim.
Práxis
bién que la locura o lo imposible e indecible, a saber, el he cho de que
-las cosas no son lo que son -las cosas son lo que no son,
se torna sensata o solamente difícil si reparamos en que -las cosas no son antes lo que son después, y
-las cosas son después lo que no son antes.
No hay reparto lógico del ser (escisión << acto/potencia >> ) sin que haya también reparto crónico. Una imposibilidad se ve obligada a transformarse en contrariedad por el tiempo, porque se ve obligada a desplegarse en el tiempo, y entonces los contrarios ya no se oponen brutalmente el uno al otro causando su mutua destrucción (y, por tanto, la imposibili dad de erigir sentido), sino que se producen uno primero y el otro después, como dos que dialogan lo hacen hablando sucesivamente y no << a la vez>> o «al mismo tiempo>> . El eró nos <<divide>> lo imposible y, al articularlo según lo anterior y lo posterior, lo convierte en <<sencillamente >> difícil (como difícil es explicar cómo se puede pasar a ser después lo con trario de lo que se era antes, y difícil -dificilísimo- explicar en general que pueda pasarse del antes al después). Asimis mo, el lógos (el decir) << divide>> lo imposible en sus contra rios y, al articularlos en diferentes sentidos (en diferentes <<categorías>> o maneras de decir), hace de su relación algo igualmente <<difícil » , pero no imposible, como los contrarios dejan de contradecirse si uno de ellos se dice potencialmen te y otro actualmente.
r88 La regla del juego
. . . a cronos, . . .
Time after time
You refuse to even listen . . .
Del mismo modo que, durante todo el fragmento del libro r dedicado a este esfuerzo, Aristóteles está continuamente ro zando la «petición de principio» (de hecho, es imposible << demostrar» el principio de no-contradicción si no es recu rriendo a una petición de principio, o sea, si no 'se le pide al otro el principio), ya que cualquier cosa que se diga lo presupone, la definición de <<tiempo» del libro
IV
de la Fí sica ha sido en muchas ocasiones acusada del mismo defec to: definir -como hace Aristóteles- el tiempo como el <<nú mero>> (la cuenta) del movimiento <<según lo anterior y lo posterior» parece ser una petición de principio, porque los conceptos mismos de <<anterioridad» y <<posterioridad» pre suponen el tiempo. La razón es, en el fondo, análoga: el tiempo no está menos presupuesto por el decir que el pro pio principio de no-contradicción, ya que el decir es en sí mismo un movimiento (el movimiento que va del << sujeto» al <<predicado » , de aquello de lo que hablamos a aquello que decimos de ello), y todo movimiento -eso es lo que sos tiene la definición de Aristóteles- está medido por el tiem po. Por tanto, pretender una <<definición» del tiempo que no lo presuponga es pretender algo imposible, tan imposi ble como pretender un decir anterior o exterior al principio de todo decir, y tan imposible como pretender un movi miento sin medida o la ausencia total de movimiento (que equivaldrían, respectivamente, a un decir incapaz de adquirir sentido, un contra-decir, y a un no-decir nada en absoluto). A más abundamiento, es evidente que ambas <<confutacio nes>> están relacionadas: cuando lo imposible se divide en contrarios para sortear la contradicción, cuando el hombrePráxis
:ano-y-enfermo se convierte en un hombre sano en poten
·in pero enfermo en acto, el hombre enfermo está antes o des
jJués del hombre sano, pero no al mismo tiempo (es decir,
·1
hombre actualmente enfermo es un hombre que ha estadosano o que estará sano, no alguien que esté sano actualmen
t ): la potencia se reparte entre el antes y el después, mien-
r·ns que el acto se concentra en el ahora. La dificultad que
1 • a manera sustituye a la contradicción o a la imposibi
l i 1
d
( imposibilidad que los sofistas prefieren, porque no)11 a migos de dificultades) es, pues, la dificultad de pasar
1 • la potencia al acto, de pasar del <<antes» al <<después» y,
n uma, la dificultad del paso o del <<enlace» (que es la fun
·i n que el verbo cópula <<ser» realiza en la oración), la di
(i
ultad de ser o de aprender algo.La il ustración que venimos proponiendo para esta difi-
·u l t ad
(a saber, la imposibilidad de localizar en la serie del ti mpo el instante en el cual se aprende a hablar inglés, en1
que se comienza a amar o se deja de hacerlo) no revela, 1 su ma, sino que esa figura del tiempo (la colección de insnt fluyendo desde el antes hacia el después) es impoten- 1 ara dar cuenta del paso. Como si el paso estuviera en
cenario completamente diverso de aquel en donde se
��
·u
nt
ran el antes y el después. Si es imposible dar cuentalel <<paso del antes al después » , o del instante en el cual se
1 1 de a hablar inglés, o del momento en que se comienza d
ja
de amar, es porque no se trata en absoluto de unt r t , ni de un momento, ni de un escenario, sino de algo nn t u raleza enteramente diferente. En el recién aludido j •
de
su Física, a la vez que Aristóteles define el tiempo1 > la medida del movimiento según el «antes» y el «des
u S»
(2 1 9
b 2), se refiere también al ahora (elvuv)
comol l :u rte de intermezzo entre el ser y el no-ser o, para de , 1 > a n términos temporales, entre lo que ya no es (el
1 n do, el antes) y lo que será (el futuro, el después), pero
11 � 1ue el tiempo sea un «todo» compuesto de <<partes »
La regla del juego
En cuanto al ahora (1:0 vuv), no es una parte, porque la parte es una medida y es necesario que el todo se componga de par tes; por tanto, no parece que el tiempo esté compuesto de abo ras (Física, 2 1 8 a 8 ss. ).
Pero si el ahora no es ninguna parte del tiempo (mientras que sí parecen serlo el antes y el después), ¿no será porque el ahora es el todo del tiempo, lo cual confirmaría la evidencia, tantas veces corroborada por el sentido común, de que el tiempo siempre es ahora, siempre es presente, puesto que ni el pasado ni el futuro son? Si se trata de eso, de que el aho ra es el todo del tiempo, nos encontramos ante una extraña clase de totalidad que no es capaz de subsumir por comple to sus partes, puesto que el hecho de que el tiempo sea siem pre ahora (presente) es tan incapaz de ániquilar el hecho de que haya siempre un antes y un después como incapaz es el sentido recto de «ser>> (actualidad pura, presencia plena) de aniquilar sus sentidos figurados (potencialidad, ausencia re lativa). De esta clase de extraña relación de no identidad en tre todo y partes conocemos una ilustración procedente del propio Aristóteles, que es preciso analizar.
Así como el movimiento es medido por el tiempo, que lo escande en un antes, un ahora y un después, así también la acción (práxis) tiene siempre un principio
(apxTJ ),
un medio(¡u:crov)F
y un fin(-re/vos)
que debe contener el desenlace(lvums)
del nudo(ocns)
atado por la adversidad con la cual comienza la acción. Y por ello debe también tener estas mismas partes todo muthos, toda ficción o relato que quie ra ser «imitación de la acción>> (Poética, I 4 59 a 1 9-20). Este modo de hablar no evita, en cambio, que, de la misma manera que Aristóteles se obstina en distinguir, en su trata do acerca del tiempo, entre el ahora, por una parte, y el an tes y el después, por otra (haciendo que los últimos sean3 I. A pesar de la indudable malsonancia en castellano, preferimos tra ducir en esta ocasión mesan por <<medio>> en vez de por <<mitad>> , no sola mente por fidelidad al sentido griego, sino para que se note que, en la pura lógica de la narración, esa <<mitad» debe ser un medio para el fin que cons tituye el final de la obra.
Práxis
i rreductibles al primero, y viceversa), la composición de los hechos
(cruv8cms,-rwv
npa')'¡.ux-rwv), aun siendo la parte más importante de toda obra de ficción y de toda acción (Poéti ca, 1 4 5 0 a 5), no baste nunca para reducir a esa totalidad sus partes componentes, es decir, los episodios, que el poe ta ha de procurar no multiplicar en exceso, ni ofrecer enuna variedad desmedida, y mantener siempre en el orden de
lo
verosímil si quiere evitar que su obra se convierta en «episódica>> . Digamos, como acabamos de decir, que toda na rración comienza por una dificultad, y que el trabajo del buen compositor de ficciones consiste en tratar de que, con el tiempo (con el tiempo que dura la obra), esa dificultad pueda ser entendida como una contrariedad y no como una contradicción o, dicho de otro modo, en evitar que la ad versidad termine por hacer imposible la acción (o sea, lalección, la libertad). Cuando el narrador logra verdadera mente componer su obra -es decir, cuando consigue que al
fi nal de ella acabe lo que había comenzado en su princi pio-, nos ofrece una ilustración privilegiada del significado de las expresiones <<a la vez>> o <<al mismo tiempo>>, que Aristóteles utiliza para formular el principio de no-contra dicción. Esa acción ligada por el sentido es la respuesta a la pregunta << ¿ Cuánto dura una vez ? >>, referida a la norma a ristotélica de que no se pueden aplicar a la misma cosa predicados contrarios a la vez. Una vez (o <<un mismo tiem po>>, si se trata de la fórmula <<al mismo tiempo>> ) es lo que va desde el antes al después, del principio al final o del nudo al desenlace, y sólo en caso de que se consiga mante
n r el hilo de sentido que liga ambos extremos (el principio
y 1 final, el antes y el después) podrá decirse que ha habido
« u na veZ>> o que se ha experimentado <<un mismo tiempo» .
S i n o es así -si el hilo se corta por alguna de las razones se ñaladas por Aristóteles (excesivo número de episodios, ex
·esi va diversidad de los mismos, inverosimilitud, gratuidad o excesiva complejidad del nudo)-, entonces no hay <<vez» , y ·arece d e sentido hablar de contradicción o n o contradic
·ión puesto que no se llega a decir nada. Aplicado esto a
n u stra anterior perplejidad acerca del carácter de imitación q u ' , para nuestra sorpresa, presenta forzosamente la filoso-
La regla del juego
fía en su definición platónicaF, significa claramente que no