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Nodos entre lo social y lo psíquico: algunos conceptos psicoanalíticos

Capítulo V. Palabras finales y reflexiones

5.2 Nodos entre lo social y lo psíquico: algunos conceptos psicoanalíticos

Antes que nada, quiero resaltar que esta es una de las posibles lecturas de las toxicomanías y, en absoluto es una obra terminada. Asimismo, es importante que retomemos las preguntas de investigación que sirvieron de punto de partida para el presente estudio.

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En primer lugar: ¿Cómo comprender el proceso –inscripción de lo social en lo psíquico– de las toxicomanías desde aquellos sujetos que las padecen y que son estigmatizados, desde su propia narrativa?

La distancia temporal entre el planteamiento de esta pregunta y el momento actual, me permite reflexionar que la comprensión de dicho proceso es virtualmente inalcanzable en su totalidad y, sin embargo, es innegable que, para la instalación de una toxicomanía en un sujeto, deben confluir diversos factores –históricos, sociales, psíquicos, fisiológicos, etc.–. Esto revela la necesidad de un abordaje interdisciplinar, que posibilite mirar el fenómeno desde diferentes perspectivas.

No obstante, en esta investigación pude esbozar algunos puntos en los que parecen converger los registros psíquico y social en cada sujeto. Estos los obtuve mediante la triangulación de la literatura sobre discurso social y subjetividad, y los puntos en común de las narrativas individuales; lo cual me ayudó a corroborar que hay algo de lo social articulado con lo psíquico, que facilita el terreno para las toxicomanías, pero que, seguramente, también podemos ver de forma atenuada en la mayoría de los sujetos contemporáneos.

Como sabemos, el sujeto está en gran medida determinado por su inconsciente y a partir de su inserción en una sociedad (Franco, 2000), entonces para acercarnos a una comprensión de aquellos sujetos con toxicomanías y pensar los posibles tratamientos desde una perspectiva psicoanalítica, indudablemente necesitamos identificar los conceptos de la teoría que nos ayuden a amarrar lo que sucede en el sujeto con lo que está aconteciendo en la sociedad, especialmente a nivel imaginario y simbólico.

Lo anterior deriva en la segunda pregunta: ¿Tienen actualidad los conceptos freudianos de El malestar en la cultura, de las series complementarias y de producción social de

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subjetividades para comprender la toxicomanía en sujetos concretos? Y ¿podemos aproximarnos a un conocimiento de la subjetividad actual a través de los malestares singulares expresados en los discursos de estos sujetos?

Efectivamente, esos conceptos fueron fundamentales como punto de partida para reflexionar sobre los sujetos contemporáneos, y para re-pensar otros conceptos psicoanalíticos que me ayudaran a analizar cuáles son algunas de las características psíquicas que se están reproduciendo para asegurar la continuidad del modelo hegemónico; razón por la cual decidí tomar el consumo como eje para pensar tanto la subjetividad, como una característica siempre presente en los sujetos, no sólo en los considerados “adictos”. Quiero hacer énfasis en los siguientes:

1. Melancolía y narcisismo defensivo.

2. Pulsión de muerte y más allá del principio del placer. 3. Dificultades en el acceso a la simbolización.

4. Modelos identificatorios.

Aquí no profundizaré en ellos, para mayores referencias el lector deberá remitirse al capítulo IV (véase página 65) dedicado al desarrollo de la estructura argumentativa. Aquí haré algunas precisiones, pero quiero subrayar que siempre debemos tener en cuenta las particularidades de cada sujeto, aunque aquí no las mencionaré.

En primer lugar, con respecto a la melancolía y el narcisismo defensivo, podemos rastrear su génesis en los estadios más primitivos de desarrollo psicosexual, e indudablemente podemos asociar esto con algunos fenómenos sociales que se ven reflejados en la trama familiar: la fractura de los lazos sociales, la inseguridad y las violencias crudas. Los sujetos nos vemos abandonados al “destino” con poco o nada apoyo de los otros, quienes parecen convertirse únicamente en rivales u obstáculos para alcanzar los propios fines. La des-subjetivación de la que

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somos víctimas y victimarios parece sumergir al sujeto en su propio sufrimiento, que además no puede ser simbolizado, y orilla a los sujetos al narcisismo, posiblemente como única defensa ante todas las fuentes de sufrimiento y, en especial, de la pulsión de muerte.

De esta forma, la característica “autodestructiva” de las toxicomanías es una forma paradójica de defensa que los sujetos no viven como autodestrucción, porque les está procurando cierta forma de alivio; con ciertos costes, por supuesto, pero salvaguardando la vida.

Por otro lado, la discusión sobre la capacidad de simbolización en la actualidad podría ser muy controversial; yo puedo concluir que, más que una ausencia de simbolización –lo cual me parece imposible–, la realidad, ligada a la significación del capitalismo, dificulta a los sujetos el hallar representaciones, el crear figuras.

Por último, los modelos identificatorios son aquellos que sirven a los sujetos actuales para formar una identidad, a pesar de las frustraciones reales, heridas narcisistas tempranas y la des-subjetivación. Yago Franco (2000) señala que la característica central de la época actual es el apagamiento del proyecto social y el ascenso de la sociedad de consumo, lo que Castoriadis (1989) llama insignificancia del sujeto.

Ya no tenemos ninguna señal para orientarnos en la vida, las actividades carecen de significado, excepto ganar más dinero para consumir más; los objetivos colectivos han desaparecido y cada uno queda reducido a la existencia privada y aislada (Franco, 2000). De forma que, si bien estos modelos proveen al sujeto un proyecto, es decir, indican cuál es su lugar y función en el mundo, el sentido y su participación en la sociedad, este es siempre provisional, son identidades transitorias que hay que adquirir constantemente, es decir, son inalcanzables. En relación a los sujetos investigados, quizás se sentían muy débiles y lacerados para necesitar

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modelos identificatorios tan fuertes, hiperviolentos e hipermasculinos –los cuales podemos vislumbrar en la elección de pseudónimo que ellos hicieron–.

Asimismo, Silvia Bleicher (1997) habla sobre el malestar sobrante como aquella cuota que nos toca “pagar”, que no remite sólo a las renuncias pulsionales que posibilitan la vida en sociedad (como en El malestar en la cultura de Freud), sino que lleva a la resignación de aspectos sustanciales del ser mismo como efecto de circunstancias sobreagregadas. Dificultades materiales, la imposibilidad de garantizar la seguridad, el incremento del anonimato, la inexistencia de las metas sociales, etc. El malestar sobrante está marcado por la mutación sociohistórica de los últimos años, que despoja a los sujetos de proyecto de vida en sociedad y tiene como una de las consecuencias la dificultad de disminuir el malestar reinante.

Esto significa que, el malestar en la cultura freudiano implica la promesa de que, las renuncias pulsionales son el coste para obtener otros beneficios que prometen ayudar a alcanzar la felicidad, el malestar sobrante no. Esto se hace evidente en el hecho de que los hijos han dejado de ser depositarios de un mejor porvenir. Este malestar sobrante golpea a los sujetos, los marca, incluso desde antes de haber nacido, como una marca transgeneracional que, tarde o temprano, se manifiesta. Asimismo, cabe preguntarnos si en la génesis de las toxicomanías podemos considerar que algo hay de lo transgeneracional silenciado y transmitido a los sujetos de alguna otra manera, aunado a lo singular y lo social.

Esta es, precisamente, una de las reflexiones que me planteé a raíz de esta investigación, es decir, si se trata de una estructura o ciertas condiciones psíquicas singulares, o de un “punto de quiebre” que posiblemente remitiría a un origen traumático, sin que en el psiquismo haya registros de este. Poner el foco en los aspectos arcaicos que podrían haber coadyuvado en la “locura” singular de estos jóvenes; como “porta-malestar” de una cadena que los precede.

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Estas breves reflexiones derivan en la necesidad de profundizar en la investigación del malestar sobrante (Bleichmar, 1997), y significaciones imaginarias sociales y la insignificancia (Castoriadis, 1989), para complementar los conceptos clásicos psicoanalíticos y ajustarlos más a las necesidades de la época.

Por otra parte, en lo referido a la clínica, cabe repensar si estamos tratando con nuevas entidades gnoseográficas o con variaciones de las clásicas que van de la mano con las subjetividades que modelan las instancias del psiquismo que dependen del contacto con la realidad –yo y superyó– y que están relacionadas con las significaciones imaginarias sociales (Castoriadis, 1989). Además, si partimos de la idea de que la subjetividad nos atraviesa a todos, podemos considerar como uno de los puntos más interesantes que las características exacerbadas en los sujetos toxicómanos investigados, en realidad se encuentran –en diferente medida– en la mayoría de los sujetos que llegan al consultorio hoy en día.

Cabría también la pregunta sobre las personas que desarrolla conductas adictivas a partir de la ingesta de medicamentos o de guerras. Esta se convierte en una pregunta fundamental para ver la relación de las adicciones con malestares más leves o más profundos –insomnios, dolores físicos crónicos, traumas, etc.–, que podría parecer una pregunta ociosa, si no fuera por su aplicación práctica relacionada con las demandas reales a los clínicos; al preguntarnos si se trata de una predisposición endógena o por rupturas en la realidad lo que buscamos es eliminar toda iatrogenia.

A pesar de la complejidad de las toxicomanías, que espero haber enfatizado lo suficiente, si seguimos lo señalado por Freud (1900 [1889]/1992) en La interpretación de los sueños cuando asegura que todo acto es pleno de sentido, y salimos de un pensamiento causalista y eliminamos el peso de la etiqueta –como los diagnósticos clínicos, estructurales e, inclusive, el

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título de “adictos inactivos”64– podríamos empezar a plantearnos la posibilidad de una “cura”. Aunque habría que preguntarnos ¿qué consideramos como cura de las toxicomanías?, o incluso ¿qué consideramos salud y enfermedad?