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Este nombre presenta variantes diversas en otros autores (cf De Sanctis, loe cit., pág 43, n 67e.

In document Apiano Historia Romana VIII Sobre Africa (página 141-144)

que 1 derivaría directamente del arquetipo (i), y F, E derivarían de (i) a través de un hiparquetipo (Z) hoy

W. S oltau , «Zur Chronologie der hispanischen Feldzüge 212-

24 Este nombre presenta variantes diversas en otros autores (cf De Sanctis, loe cit., pág 43, n 67e.

palancas sin hacer ruido y en el más profundo silencio. Cuando estaba bastante cerca, lo vieron desde arriba y se produjo un griterío desde las murallas. Escipión y sus tropas respondieron, a su vez, los primeros con otro clamor y, luego, los soldados enviados al lado opuesto, con otro lo más fuerte que pudieron, hasta el punto de que los cartagineses se asustaron, por primera vez, al sentirse atacados por tantos enemigos por ambos lados, de improviso y en plena noche. En este ataque contra la muralla, Escipión, aunque lo intentó, no consiguió nada, pero envió a algunos jóvenes muy valerosos a una torre abandonada, perteneciente a un particular, que estaba fuera de la muralla y era de igual altura que ésta. Éstos hicieron retroceder con sus jabalinas a los que estaban sobre la muralla y, colocando planchas de madera en el espacio entre la torre y el muro, a través de ellas alcanzaron aquél, bajaron a Mégara y, rompiendo la puerta, abrieron paso a Escipión. Éste penetró con cuatro mil hombres y los cartagineses huyeron con ra­ pidez hacia Birsa, en la creencia de que la ciudad había sido tomada. Entonces se produjeron gritos de todas clases, se hicieron algunos prisioneros y hubo tal tu­ multo, que, incluso los que estaban acampados afuera, abandonaron su fortificación y corrieron a la vez con los demás hacia Birsa. Como Mégara estaba plantada de huertos y llena de árboles frutales separados por cercados de piedra y setos de zarzas y espinos, además de canales de agua profundos que corrían en todas direcciones, Escipión temía que fuera impracticable y peligrosa la persecución del enemigo, sobre todo dado su desconocimiento de los caminos, y que pudiera caer en una emboscada durante la noche. Por tanto retro­ cedió.

Al hacerse de día, Asdrúbal, enojado por el ataque 118 contra Mégara, hizo subir a lo alto de la muralla a cuantos prisioneros romanos tenía, desde donde los

podían ver perfectamente sus compañeros, y se dispuso a acometer una serie de atrocidades. A unos les arrancó los ojos, la lengua, los tendones y órganos genitales con garfios de hierro; a otros les laceró la planta de los pies, les cortó los dedos y les arrancó la piel del cuerpo a tiras, y a todos ellos, todavía vivos, los des­ peñó. Con ello, pretendió hacer imposible una recon­ ciliación entre romanos y cartagineses. Y los enardecía de esta manera, a fin de que tuvieran sus esperanzas de salvación sólo en la lucha; sin embargo, el resultado fue contrario a su intención. Pues los cartagineses, con remordimiento de conciencia a causa de la impiedad de estos hechos, se atemorizaron, en vez de enardecerse, y odiaban a Asdrúbal por haberles privado, incluso, de toda esperanza de perdón. Y, en especial, el senado cartaginés lo acusó de haber cometido actos crueles y salvajes en medio de calamidades públicas tan grandes. Pero él, cogiendo a algunos de los senadores, les dio muerte y, haciéndose temer en todos los aspectos, se convirtió más en un tirano que en un general, al pensar que su seguridad radicaba sólo en ser temible para ellos y, por esto mismo, más difícil de atacar.

119 Escipión incendió la fortificación que el enemigo había abandonado, en su huida a la ciudad, el día antes y, con todo el istmo en su poder, comenzó a atravesarlo con un foso de mar a mar a una distancia del enemigo no mayor de un tiro de lanza. Sus adversarios lo hos­ tigaban sin cesar y debía trabajar y luchar, a la vez, en un frente de veinticinco estadios. Cuando tuvo ter­ minada la obra, cavó otra trinchera igual, no muy dis­ tante de la anterior mirando hacia el continente. Des­ pués hizo otras dos transversales a ellas, a fin de que el foso, en su conjunto, formara un cuadrado y lo erizó, todo él, de agudas estacas. Además de las estacas, cons­ truyó empalizadas ante los fosos, y en el que miraba hacia Cartago levantó un muro de veinticinco estadios

de largo y de doce pies de altura, sin contar las almenas y las torres que a intervalos estaban sobre la muralla, y cuyo grosor era aproximadamente la mitad de la al­ tura. La torre más alta estaba en el medio y, sobre ella, había otra de madera de cuatro pisos, desde la que veía lo que ocurría en la ciudad. Después de acabar esta obra en veinte días y noches con el esfuerzo de todo el ejército que trabajaba y combatía, comía y des­ cansaba por turnos, llevó a todo su ejército al interior de esta fortificación25.

Esta obra le servía, a un tiempo, de campamento y 120 de gran baluarte extendido contra el enemigo, desde el que, tomándolo como base de operaciones, podía cortar el suministro de víveres desde el interior a los cartagineses, puesto que Cartago estaba rodeada por mar por todas partes, excepto por esta lengua de tierra. Y esta fortificación fue la causa primera y principal, para ellos, del hambre y de otras desgracias; pues, dado que toda la multitud se había trasladado del campo a la ciudad y no podían salir a causa del asedio, y los mercaderes habían espaciado sus viajes a causa de la guerra, se servían sólo de las provisiones de África llevadas en escaso número a través del mar, cuando el tiempo era favorable, pero en su mayoría transpor­ tadas por tierra. Entonces, al verse privados del trans­ porte por tierra, empezaron a sufrir severamente por el hambre. Bitia, el jefe de caballería, que había sido en­ viado a por comida hacía bastante tiempo, no se atrevió a atacar ni a forzar la fortificación de Escipión y, dando un rodeo, envió las provisiones por un camino mucho más largo a través del mar, pese a que las naves de Escipión estaban bloqueando Cartago. Pero éstas no

25 En torno a esta colosal obra de asedio que puede paran­

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