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El triunfo era la procesión de un general romano victo­ rioso al templo de Júpiter Capitolino Etrusca en su origen,

In document Apiano Historia Romana VIII Sobre Africa (página 95-97)

que 1 derivaría directamente del arquetipo (i), y F, E derivarían de (i) a través de un hiparquetipo (Z) hoy

W. S oltau , «Zur Chronologie der hispanischen Feldzüge 212-

17 El triunfo era la procesión de un general romano victo­ rioso al templo de Júpiter Capitolino Etrusca en su origen,

después afectada por influencias helenísticas, permaneció sujeta a reglas estrictas y mantuvo su carácter ritual. La ruta seguida por el vencedor en la época clásica iba desde el Campo de Marte, a través de la Puerta Triunfal, el circo Flaminio y el circo Má­ ximo, en torno al Palatino, a lo largo de la Via Sacra, hasta el Capitolio. La procesión comprendía, básicamente, a los magis­ trados y el Senado, los despojos (incluyendo a los cautivos más destacados), animales para el sacrificio, el triunfador y su ejér­ cito. A este cortejo se le añadieron, sucesivamente, otros ele­ mentos, como músicos, pinturas, grupos alegóricos, portadores de antorchas, etc. El triunfador, precedido por sus lictores, iba de pie sobre un carro tirado por cuatro caballos con un esclavo, que murmuraba palabras apotropaicas, sosteniendo una corona sobre él; su familia le acompañaba habitualmente. Estaba ves­ tido con la túnica palmata y la toga pida (de oro y púrpura) y adornado como un dios-rey. El ejército gritaba ¡oh triunfo! y cantaba versos apotropaicos.

Los requisitos para el triunfo eran: la victoria sobre un enemigo extranjero con un mínimo de 5.000 bajas por parte enemiga, llevada a cabo por un magistrado con imperium y sus propios auspicia, y la presencia del ejército para mostrar la victoria en la guerra. Estas reglas se fueron relajando y llega­ ron a admitirse ya en el siglo i priuati con imperia especiales como Pompeyo, y después del 45 a. C., incluso legati. Cuando no se concedía el triunfo se otorgaba generalmente una ouatio.

Bajo el Imperio el triunfo llegó a ser muy pronto un mono­ polio del emperador y, con su permiso, de su familia. Al general victorioso se le otorgaban ornamentos triunfales, pero éstos fueron desprestigiados deliberadamente e, incluso, en el siglo i d. C. perdieron toda conexión con los éxitos en la milicia.

de territorio cartaginés, so pretexto de que ya le había pertenecido en otro tiempo. Entonces, los cartagineses llamaron a los romanos para pedirles que procuraran una avenencia entre ellos y Masinissa. Los romanos, en consecuencia, enviaron árbitros con órdenes de favore­ cer cuanto pudieran a Masinissa. De este modo, este último se apropió de una parte del territorio de los cartagineses y se efectuó un tratado entre ambos que tuvo vigencia durante cincuenta años. En este tiempo, Cartago, que gozó de una paz ininterrumpida, acrecentó sobremanera su poderío y población a causa de la ferti­ lidad de su suelo y de su buena posición junto al mar.

Muy pronto, como sucede en las situaciones de pros- 68 peridad, surgieron diferentes facciones, había un partido prorromano, otro democrático y un tercero que estaba de parte de Masinissa. Cada uno de ellos tenía líderes destacados por su reputación y valor. Annón el Grande era jefe del partido filorromano, a los partidarios de Masinissa los encabezaba Aníbal, apodado el Estornino, y la facción democrática tenía como líderes a Amílcar el Samnita y a Cartalón. Estos últimos, aprovechando que los romanos estaban en guerra contra los celtíberos y que Masinissa había marchado en auxilio de su hijo, que estaba rodeado por otras fuerzas iberas, conven­ cieron a Cartalón, jefe de las tropas auxiliares y que, por razón de su cargo, recorría el país, para que atacase a unas tropas de Masinissa acampadas en un territorio en litigio. Éste mató a algunos de ellos, se llevó el botín y azuzó a los africanos rurales contra los númidas. Otros muchos actos de hostilidad tuvieron lugar entre ellos, hasta la llegada de nuevos emisarios romanos, con vis­ tas a restablecer la paz, a los cuales se les ordenó, de igual manera, ayudar en secreto a Masinissa. También ellos consolidaron a Masinissa en los territorios que ha­ bía ocupado antes con la táctica siguiente. No dijeron ni escucharon nada, a fin de que Masinissa no resul-

tara perjudicado como en un juicio, sino que, situán­ dose en medio de ambos litigantes, estrecharon sus manos. Éste fue el modo en que exhortaron a ambos a mantener la paz. Poco después, Masinissa provocó una disputa con motivo del territorio conocido como «los campos grandes» 18 y del país, perteneciente a cincuenta ciudades, que llaman Tisca19. A causa de lo cual los cartagineses acudieron de nuevo a recurrir ante los ro­ manos. Y éstos les prometieron también, entonces, en­ viarles emisarios para el arbitraje, pero se demoraron hasta que supusieron que los intereses cartagineses se habían perdido casi por completo.

69 Entonces, enviaron a los emisarios y, entre otros, a Catón, los cuales, al llegar al territorio que era objeto de disputa, pidieron a ambas partes que dejaran en sus manos todo el asunto. Masinissa, en efecto, dado que ambicionaba más de lo que le correspondía y tenía plena confianza siempre en Roma, consintió, pero los cartagineses sentían sospechas, puesto que sabían que los anteriores embajadores no habían dado decisiones imparciales. Dijeron, por consiguiente, que no deseaban litigar ni hacer rectificación del tratado hecho con Es- cipión y que sólo se quejaban de su transgresión. Sin embargo, los enviados no aceptaron arbitrar en cuanto a partes y regresaron, no sin antes haber inspeccionado detalladamente el país y ver lo bien cultivado que esta­ ba y los grandes recursos que poseía. También entraron en la ciudad y comprobaron cuán grande era su fuerza y cómo había aumentado su población desde su derrota ante Escipión, no hacía mucho tiempo. Cuando estuvie­ ron de regreso en Roma, manifestaron que, más que envidia, era temor lo que debían sentir ante Cartago,

18 Sobre los «campos grandes» o «grandes llanuras» (pedíon

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