3. Obediencia como aceptar la vocación a ser llamado a participar en la vida divina 69
3.2. Hijo: recibir toda la divinidad y ser enviado
3.2.2. Obediencia del Hijo e inversión trinitaria
Todo lo que hemos observado hasta ahora en la obediencia del Hijo a su misión deja abiertas, por lo menos, dos preguntas sobre la consideración de von Balthasar acerca de la vida intratrinitaria, a saber, cuál es el papel del Espíritu Santo en la relación entre Padre e Hijo y, considerando la missio como la forma económica de la processio, si es posible que no haya confusión entre estas en el Hijo o en la Trinidad misma.
Las dos interrogantes son solo aparentemente distintas, porque, en realidad, ambas nos llevan a considerar el punto tal vez más original de la teología trinitaria de nuestro autor. Estamos haciendo referencia a lo que von Balthasar llama inversión trinitaria. Para abordar este concepto debemos retomar los principios que la teología ha conquistado paulatinamente, el de la espiración del Espíritu Santo y el de la concepción virginal de María.
En la eterna processio trinitaria, como hemos podido ver, el Padre se entrega por completo al Hijo, donándole su divinidad y llegando a poseerla junto con él. Donarle la divinidad quiere decir donarle la capacidad de la autoentrega más radical en el amor, tan radical como para dejar espacio a otro y para depender de la relación con este nuevo
Cf. TD III, 177.
“otro”. De tal suerte que, entregándole la divinidad, el Padre está entregándole también la capacidad de co-espirar el Espíritu. La relación de generación entre el Padre y el Hijo es tan radical que los dos, en el movimiento recíproco que los une, abren su proprio espacio de comunión a un tercero, el Espíritu. Podríamos decirlo también de otra manera: la comunión y la obediencia que une el Hijo al Padre es de tal manera verdadera que se hace persona en el Espíritu.
Ahora, si seguimos a von Balthasar en la observación de la actividad del Espíritu en el Nuevo Testamento, descubriremos cómo es obvio que el primer momento en el cual hace su aparición es en la casa de Nazareth, donde María recibe el anuncio por parte del ángel y manifiesta su disponibilidad. En ese momento el Espíritu se presenta como una sombra que cubre a la Virgen y pone al Hijo en el estado humano.
En esta actividad del Espíritu el Hijo es ya obediente en cuanto que, según la voluntad del Padre, se somete al criterio de la acción del Espíritu. (…) En este abandono, el Hijo, en cuanto hecho hombre, es ahora en un aspecto un fruto del Espíritu, que lo origina ex Maria Virgine, aunque el Espíritu sea en el plano intratrinitario el fruto de la espiración común del Padre y del Hijo . 234
El fruto de la obediencia eterna del Hijo al Padre es el mismo que guía al Hijo en la encarnación, aquel a quien Jesús sigue porque a través de él puede conocer la voluntad del Padre y madurar, así, humanamente su propia conciencia de la misión. Una verdadera inversión en la relación entre el Hijo y el Espíritu alrededor del Padre.
La obediencia del Hijo que se encarna no comienza solamente en el momento de comenzar su vida pública, cuando el Espíritu lo conduce en los pasos de su vida; el acto mismo de la encarnación es vivido por Él como una obediencia dócil al Espíritu que hace que se encarne en el vientre da la Virgen.
Su encarnación puede ser libre y voluntaria, pero no el resultado de una disposición sobre sí. (…) Donde se trasluce la diferencia entre disponer y
TD III, 176.
obedecer, hace necesariamente su aparición una mediación en concordia entre el Padre y el Hijo, que sólo corresponde al Espíritu Santo . 235
Una vez más, von Balthasar muestra cómo el Hijo abraza la misión libre y voluntariamente, pero no como una disposición autónoma, no como una idea suya a través de la cual afirmar su propia individualidad, ni tampoco la abraza como una ley que se le impone desde fuera, como si fuera solamente una idea del Padre que él tendría que llevar a cabo.
La relación entre la disposición del Padre y la obediencia del Hijo es mediada por el Espíritu Santo. Von Balthasar pone el acento de esa relación en el acuerdo absoluto y libre entre Padre e Hijo, en la distancia que, separando las dos personas en la misma unidad, les permite vivir la comunión más profunda y radical.
Desde toda la eternidad el Espíritu tiene un doble semblante: exhalado por el único amor del Padre y del Hijo, él es la expresión de la concorde libertad de ellos (en cierto modo la objetivación de su subjetividad), pero precisamente en esto es el testigo objetivo de su diferencia en la unidad o de su unidad en la diferencia . 236
El Espíritu es expresión de la unidad y de la diferencia entre el Padre y el Hijo, unidad y diferencia que se compenetran mutuamente sin contradecirse. Es por esta razón que el Hijo puede, al mismo tiempo, espirarlo en unidad con el Padre y dejarse conducir por él, siendo él quien le presenta la voluntad del Padre. La obediencia vivida económicamente por el Hijo no es solamente la manifestación de la distancia que lo separa del Padre, sino la expresión desconcertante de la eterna comunión entre los dos. Desconcertante porque el Hijo acepta vivirla de manera humana, llegando a conquistarla en la disponibilidad a la misión y a la identificación total con ella. Aceptando su misión, el Hijo acepta volver a descubrir su identidad frente al Padre a través de la misión misma que recibe a través del Espíritu Santo. La misión, que es fruto de la unidad/diferencia con el Padre, es al mismo tiempo camino para volver a descubrir (esta vez de forma humana) la unidad/
TD III, 173.
235
TD III, 176.
diferencia con él. En la actualidad de la misión, como fruto, el Hijo vuelve a descubrir el árbol, la relación que lo une al Padre como procesión.
Otra forma con la cual von Balthasar describe la relación del Espíritu con la obediencia del Hijo, la encontramos en su reflexión sobre cómo el Hijo posee el Espíritu. Este está “en” él y, al mismo tiempo, “sobre” él.
“En” él porque su encarnación es fruto del Espíritu que con su sombra ha cubierto a la Virgen y porque, según el relato de los mismo evangelios, “echa los malos espíritus en el Espíritu de Dios” (Mt 12, 28). Durante su vida mundana no deja de poseer el Espíritu sin medida y este, junto con mostrarle la voluntad del Padre, lo impulsa a vivir su misión estando “en” él.
Y, a la vez, el Espíritu está “sobre” él porque ha descendido corporalmente sobre él y lo guía, permitiéndole aprender la obediencia por lo que tiene que padecer (Cf. Hb 5, 8) y hacerse “obediente hasta la muerte” (Flp 2, 8). Si bien el Espíritu lo impulsa desde dentro, estando “en” él, lo hace moviéndolo hacia afuera, en dirección a la voluntad del Padre.
Como ya hemos podido ver, von Balthasar reconoce al Espíritu el rol de mediación en la relación entre el Padre y el Hijo, pero no nos queda todavía muy claro si es una mediación que se realiza en el ámbito de la economía o en el de la inmanencia. Cuando se introduce la mediación del Espíritu entre disponer y obedecer, ¿a qué nivel de la Trinidad está mirando nuestro autor? ¿Hasta dónde llega, según von Balthasar, la obediencia del Hijo al Espíritu? La pregunta tiene su fundamento porque von Balthasar reconoce en los dos modos de poseer el Espíritu “en-sobre” él la expresión económica del filioque y la del a Patre procedit. El Espíritu es espirado por el Hijo junto con el Padre (filioque) y, entonces, es suyo, está “en” él y, al mismo tiempo, es espirado por el Padre (a Patre procedit), hay algo en la espiración que no pertenece totalmente al Hijo, y por eso el Espíritu está “sobre” él. Es justo, entonces, acoger la provocación que L. Ladaria pone a von Balthasar cuando le pregunta si la inversión trinitaria debe empezar
ya antes de la encarnación para hacerla posible . La preocupación del teólogo español 237
es la de entender dónde comienza la obediencia del Hijo al Espíritu Santo, si es que hay que hacerla remontar ya a la Trinidad inmanente (con una consecuente inversión no bien clara en la taxis trinitaria ). 238
Las referencias que encontramos en la obra de von Balthasar no nos permiten responder del todo a la provocación porque, por un lado, habla de una inversión trinitaria
durante el tiempo que duró la misión de Jesús en la tierra , 239
y, por el otro, no admite una distinción entre la decisión eterna del Hijo en el seno de la Trinidad inmanente y la del Hijo encarnado, en el tiempo:
la eterna no está dictada por el Hijo en soledad, sino que es siempre trinitaria; en ella se conserva la jerarquía de las procesiones trinitarias aunque todas las personas tengan el mismo rango ontológico y el mismo carácter de eternidad; en ella también el Hijo capta desde siempre en el Espíritu Santo la misión que proviene del Padre . 240
Sería interesante poder entender mejor qué quiere decir esta última frase, que el Hijo capta desde siempre en el Espíritu Santo la misión que proviene del Padre . 241
Sin embargo, nos parece que la provocación que deja nuestro autor con el concepto de inversión trinitaria no sea principalmente sobre el origen que esta tiene. La reflexión se hace más honda en el momento en el cual von Balthasar describe la absorción de la
Cf. L. Ladaria, La Trinidad, 190.
237
“La humanidad de Jesús es sin duda fruto de la acción del Espíritu. Pero que lo sea la encarnación del
238
Hijo, de tal manera que ya en la aceptación del designio paterno que lleva al Hijo a hacerse hombre se dé una obediencia al Espíritu, no me parece igualmente claro. Creo que las dos afirmaciones no pueden colocarse en el mismo plano”, ibíd., 193.
TD III, 479.
239
TD III, 187.
240
El Concilio XI de Toledo, citado por Ladaria en su obra, afirma que “el Hijo ha sido enviado no sólo
241
por el Padre, sino también por el Espíritu Santo y también por sí mismo. Esta insólita formula de misión por el Espíritu no parece tener otra significación sino la de expresar que las obras ad extra de la Trinidad son comunes a las tres personas”. Cf. Ladaria, La Trinidad, 193, nota nº 61. No nos parece este el sentido de la expresión de von Balthasar.
forma económica de la Trinidad en la inmanente con la resurrección del Hijo. En ese momento, dice von Balthasar, cuando el Hijo, que se ha hecho carne y ya ha vivido la obediencia al Padre en el Espíritu, vuelve glorificado al seno del Padre, no es necesaria una segunda inversión que restablezca el orden inicial,
al contrario, no es sino la forma temporal-vertical la que ha sido retomada y elevada a la forma eterna y horizontal. El hecho de que esto sea así, impide que la encarnación del Hijo signifique una alteración «mítica» en Dios. No es Dios en sí mismo el que cambia, sino que es Dios inmutable el que entra en relación con la creaturalidad, y esta relación da a sus relaciones internas un nuevo rostro . 242
La forma temporal-vertical a la cual alude el texto citado es la de la Trinidad económica, en la cual el Padre, que está en los cielos, comunica su propia voluntad al Hijo encarnado a través de la mediación del Espíritu, en una relación entre los tres que puede ser dibujada como una flecha vertical. Mientras, la forma eterna-horizontal es la representación gráfica de la Trinidad inmanente donde el Padre y el Hijo comparten el mismo nivel mirándose en la mutua entrega en la cual se da la espiración del Espíritu. En el movimiento entre el plano vertical y el horizontal, la resurrección es indicada por von Balthasar como el acontecimiento que introduce en Dios mismo un rostro nuevo, como fruto de la relación que Él ha deseado instaurar con su criatura. La vida humana del Hijo, y con ella su obediencia filial en el Espíritu, no es un estratagema para resolver el problema de la redención de lo creado, sino que es asumida en la gloria de la inmanencia hasta dar “a las relaciones internas un nuevo rostro”. Que todo lo que pasa en la Trinidad económica permanezca inscrito en la inmanente ha sido reflexionado por nuestro autor en el mismo apartado en el cual expone su manera de considerar el nexo entre la una y la otra . Sin embargo nos habría gustado que von Balthasar profundizara 243
mejor este punto. Nos quedamos, de todas maneras, frente al misterio de inmutabilidad
TD III, 480.
242
Cf. TD IV, 295ss.
divina que, abriéndose a la relación con la libertad finita, ha deseado conocerla a través de su forma económica hasta asumirla y glorificarla.