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i iA . Ilustración del concepto de conjuntos de neuronas y de su incremento propuesto por el psi­ cólogo canadiense Donald Hebb en 1949, en The Organisation of Behavior: a Neuropsy- chological Theory (J. Wiley, Nueva York). Las áreas 17, 18, 19 y 20 son las áreas visuales primarias (o Vx) y secundarias (o V2, Vs, V J. E l esquema de Hebb ilustra el carácter distribu­

tivo de la reunión de neuronas con «convergencia y desarrollo de la excitación» así como con reci­ procidad de las conexiones entre áreas distintas. (Del libro de Hebb hay trad. cast.: Organi­ zación de la conducta, Madrid, Debate, 1985.)

semejantes, o bien está ya codificado en la estructura neuronal que caracte­ riza a la especie. La multiplicidad de combinaciones posibles y, por lo tanto,

p. R . - M e gustaría que nos detuviéramos un momento en el término «códi­ go» porque es una de las palabras que pasa de un discurso a otro. Probable­ mente sea una pieza del tercer discurso. Un código, por ejemplo el código fonético, léxico, etc., de una lengua natural es en sí mismo inerte mientras no se integra en un acto de palabra que actualice una capacidad cuya expe­ riencia viva poseo: un «puedo». Pero no hay nada que corresponda al «pue­ do» en un montaje neuronal que, por muy abierto que sea, sigue siendo un montaje. Nos encontramos ante una anfibología o, si lo prefiere, una ambi-

j.-p. c .—Yo utilizo el término «código» para hablar de la correspondencia

entre, por una parte, un estado de cosas exterior, un objeto, una situación, y por otra una organización neuronal y el estado de actividad que conlleva. Empleamos también ese término en el caso de la información genética, por analogía. Se dice, por ejemplo, que la secuencia de base del A D N de un gen

codifica para la secuencia de ácidos amínicos que constituye la proteína que

posee, por ejemplo, una función enzimática. Por extensión, se dice que un gen codifica esta función. Es quizá un abuso del lenguaje. Pero pretendo en todo caso tratar de decir que ese conjunto de actividades de neuronas, en la geografía perfectamente definida y abundantemente conectada a otros con­ juntos de neuronas en nuestro cerebro, posee una función de indicación o, me­ jor aún, contiene materialmente, físicamente, el sentido, el significado. Co­ rrespondería al estado C del esquema de F. Dretske12 y de J. Proust:13

12. F. Dretske, Naturalizing the Mind, Cambridge Mass., M IT Press, 1995. 13. J. Proust, Comment Vesprit vient aux bétes, París, Gallimard, 1997.

ferior del mono suscitada por la representación de un mismo rostro bajo diversos ángulos. La ima­ gen ha sido obtenida, sin cobrante, utilizando la luz reflejada a 605 nm: en esas condiciones, sin duda a consecuencia del cambio del índice de oxigenación de la hemoglobina en los capilares cere­ brales, la intensidad de la luz reflejada decrece con la actividad nerviosa y forma una mancha. Esta mancha se desplaza de modo sistemático, aquí hacia abajo, ante la rotación del rostro. En A, las imágenes se han obtenido bajo el mismo hemisferio; en B y C, en dos hemisferios diferentes.

De G. Wang, K. Tanaka, M. Tanifuj i, «Optical imaging offunctional organisation in the monkey inferotemporal cortex», Science, 272 (1996), pp. 1665-1668.

M donde F es un estado de cosas exterior y M una salida de comportamiento. El problema del «código neuronal» es menos evidente. No estamos frente a una relación topológica simple como en el caso del código genético. La paradoja consiste en el hecho de que, a pesar de una conservación de la es­ tructura de conjunto del cerebro en todos los individuos, la variabilidad es considerable de un cerebro a otro. Esta variabilidad sabemos que resulta del modo de desarrollo «epigenético» de la conexión entre neuronas. P. Courré- ge, A. Danchin y yo mismo14 hemos demostrado que, en el interior del cir­ cuito, el mismo mensaje incorporado puede estabilizar organizaciones conectivas diferentes y conducir, en cambio, a la misma relación de entrada- salida— ¡la geografía de las neuronas codificadoras de una misma significa­ ción no se asemeja a la de un juego de cartas! No obstante, se conservará un modo de relaciones funcionales entre tipos de conexiones que dominará sobre la variabilidad conectiva (Figura 13).

p. r. —Nos enfrentamos a varios empleos divergentes del término «indica­

ción». Todos están tolerados en el uso común mientras los semióticos y los defensores de la «filosofía del espíritu» {mind) no reformulen su definición. Indicar, dice el diccionario Roben, es ‘hacer ver (algo a alguien) de una ma­ nera precisa por un gesto, un signo o una señaP. Entre los significados más técnicos encontramos: ‘Dar a conocer (la existencia o el carácter de) [un ser, un objeto, un acontecimiento] a modo de indicio’. Se nos remite así a «indi­ cio»: ‘Signo aparente que indica [algo] con probabilidad,; el uso corriente contiene una regla bastante liberal de empleo, sin haber obviado el gesto de mostrar (index). A partir de ahí, las restricciones de su uso se precisan y di­ vergen. En la época de las Investigaciones lógicas, Husserl atribuye un sentido débil al indicio en contraposición a la fuerza cognitiva del signo propiamen­ te dicho: las «marcas distintivas» (canales en Marte, huesos fósiles) tienen un valor indicativo porque motivan la creencia en la realidad de la cosa de­ signada.15 En su famosa teoría de los signos,16 Peirce subraya, por el contra- 14. J.-P. Changeux, pp. Courrége, A. Danchin, «A theory of the epigenesis of neuronal networks by selective stabilisation of synapses», op. cit.

15. E. Husserl, Recherches logiques, tomo I, I, París, PUF, 1993 (hay trad. cast. de Manuel G. Morente: Investigaciones lógicas, Barcelona, Altaya, 1995).

f i g. 13. Geografía léxica.