Nelson Torres Jiménez http://www.liderazgoymercadeo.com
Durante más de quince años hemos venido recabando vasta y significativa información a través del INSTITUTO VENEZOLANO DE PSICOLINGÜÍSTICA, la cual nos anuncia que estamos en presencia de una realidad que apunta hacia una extraordinaria combinación entre el lenguaje gestual y el lenguaje oral o verbal.
Hermanao: ¡NUESTRO INCONSCIENTE SIEMPRE SE COMUNICA!
Ya hemos concluido que cuando critico me recuerdo, ahora te regalo este otro hallazgo de cómo la mente se lingüistifica a través del gesto y/o de la palabra o de ambos simultáneamente. ¿Cómo es esto? –Me preguntarás- Déjame ponerte varios ejemplos para facilitarte la comprensión de esta obscenidad, que te adelanto, requiere afinar la observación y precisar lo que nos quiere informar Su Majestad en la mayoría de nuestras interacciones con la gente o cuando estamos solos:
Hacía algún tiempo que no veía al amigo chiricuto (Claro, este no es su nombre) y al saludarme, su mano derecha la llevó hacia la zona de su corazón. Después del abrazo y de las preguntas convencionales por la familia, el trabajo, el clima y los Leones del Caracas, me atreví a sondear por su estado de salud. Entre sorprendido y agradado me informó que un mes antes había sufrido un infarto y estaba bajo tratamiento estricto.
Tomándonos un café, mi amiga chiricuta, acompañaba la charla con un insistente carraspeo. Me atreví a preguntarle por el tema ése que deseaba plantear y no se decidía a confiármelo. Pues allí mismo se lanzó a revelarme un secreto bien guardado y por arte de magia la carraspera cesó en su fastidiosa interrupción.
Similar a esta experiencia, pasó con un pana, que, al discurrir conmigo en un diálogo jocoso, colocaba su índice derecho en el centro de sus labios. Con
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mucha prudencia y esperando el momento oportuno me atreví a preguntarle por ese secretillo que andaba reprimiendo y después de una risita nerviosa, compartió una intimidad muy particular que estaba viviendo con una amiga de su pareja.
Una paciente, tocándome de manera cariñosa la barriga, me dijo: “Doctor, hoy lo veo más gordito, como que se está excediendo en la comida…” y yo le contesté, siguiéndole la corriente y consciente de mi peso estable: “Creo que sí amiga. En estos días me he metido unas cuantas comilonas”. Y en el acto ella se lanzó a comentar todos los exabruptos que estaba cometiendo con los helados de chocolate: uno al mediodía y otro antes de acostarse. “Es que son tan divinos”.
Recientemente otra alumna, mientras me hablaba de sus tareas académicas, no dejaba de frotarse los ojos. Y al percatarse de que yo no traducía su mensaje, optó por elogiarme lo bonito de mis ojos. Recibí su cariño, halagado por su bondad de gustarle los ojos saltones con pestañas de burro. Así las cosas, me atreví a preguntarle si había conocido a alguien… (No me dejó terminar) y se explayó detallando lo bello de su nueva pareja ojos saltones pestañas de burro.
Un amigo mesonero, de un hotel preferido, me saludó así: “Ese chamo Nelson, por fin regresaste” tocándose la oreja izquierda. Como nos queremos tanto, me atreví a preguntarle sin preguntarle directamente: “¡Sí! Ya llegué, mi pana, pero cargo un dolorcito de oído bien…” (No me dejó terminar) “Igual yo, chamo, qué molleja. No he podido dormir. ¿Qué creéis vos que sea esta verga?
Una profesora amiga y colega apenas me vio combinó su saludo de despedida hurgando en su cartera buscando las llaves de su carro “Que nunca las encuentro”. Entonces me atreví a preguntarle, dada nuestra confianza, por su relación de pareja y acto seguido comenzó a narrarme los problemas de celos que estaba confrontando con su esposo cada vez que llegaba a la casa. “Es tal la persecución, Nelson, que a veces deseo no llegar para evitar la misma cantaleta”.
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En otra ocasión, respondiendo un telefonema, sentí una sudoración, poco común, en las manos. (¿Recuerdas la interconexión psitrónica?) Me atreví a indagar sobre el estado emocional del amigo: “Qué te está pasando, chiricuto, te percibo muy ansioso”. “Na’ guará –me dijo- usted es un brujo, hermano. Estoy metido en un rollo de deudas hasta el cuello. Pero eso se soluciona. Lo otro creo que va a reventar… ¿Cuándo hablamos?”.
En fin Amigaos, son tantos los encuentros ilustrativos donde queda suficientemente corroborado que nuestro inconsciente siempre se comunica. Ya estamos claros que hay un lenguaje tácito e intra-psíquico detrás del lenguaje expreso y ordinario. Es como si el inconsciente aprovechara el contacto interhumano cotidiano para revelar lo que el consciente no permite decir para que no le descubran la verdadera verdad que está viviendo en ese momento crucial de su existencia. Estamos hablando de un tipo de comunicación sui géneris, detrás de la escena, que lo único requerido es convertirse en un habilidoso TRADUCTOR muy Ético, muy Respetuoso, excesivamente Prudente, que al percatarse del mensaje subyacente, bien a través del gesto o de la palabra o de la situación, tan astutamente elaborada, capte la señal del inconsciente y nos atrevamos a ayudarlo a manifestar lo que el consciente, abiertamente, se niega a revelar.
Insisto en que hay que ser bien comedido en la traducción. La experiencia sugiere comprender que no es que andamos buscando traductores ambulantemente. Es decir, que no es cualquier persona que el inconsciente escoge para su cometido. Él sabe quien puede ser el receptor de sus secretos. Por lo tanto si fui yo el elegido, he de asumir la tremenda responsabilidad ética que esa elección me está demandando.
Por ejemplo, mi amigo mesonero no repitió el toque de su oreja con ningún otro comensal. La alumna “come chocolate” no le tocó la barriga a ningún otro compañero del curso. El compañero del infarto no le confió su secreto a más nadie durante el tiempo que interaccionó con otros amigos.
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Dicho esto, he de entender la magnitud y dimensión del compromiso intra- psíquico en que mi elector me ha colocado. Si por lo contrario decido ser un metiche imprudente, un entrépito inmaduro, un pobre traductor, lo que voy a obtener como reacción inmediata de mi hermosao electorao, es una actitud de mayor reserva y de un corte rápido y hostil de la comunicación real que deseaba sostener mi interlocutor conmigo solamente.
Por eso, cuando soy elegido, me están otorgando el íntimo título de ser un confidente especial… y un buen confidente no juzga, no regaña, no desenmascara, no pone en evidencia… simplemente, lee, traduce, busca el instante oportuno, revisa y acompaña con un amor sumamente humano y agradece, con espiritual humildad, tan merecida selección.
A veces, tan solo basta el silencio inteligente, la alcahuetería solapada que se manifiesta en la mirada pícara que se da cuando los dos inconscientes se han interconectado en una sutil, perfecta y simbiótica filosofía del instante…