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EL OLFATO QUE ATACA Y LA PIEL QUE LLORA

Parte III Sexualidad y soma

8. EL OLFATO QUE ATACA Y LA PIEL QUE LLORA

Vivir la vida en un cuerpo que no se siente es la más solitaria de las soledades.

Ja m e s Ly n c h The Language of the. Heart Las viñetas clínicas que siguen son también ilustracio­ nes, pero distintas de las anteriores, de la relación entre los fantasmas sexuales arcaicos y las “creaciones” psicosomá- ticas.

Aunque ya había observado la importancia somatopsíquica de la piel en muchos pacientes que sufrían de diferentes for­ mas de alergia, al reflexionar sobre los dramas somáticos mis­ teriosos y los recuerdos de infancia de mis analizantes “alérgi­ cos” me sorprendió la importancia extrema que estos mismos analizantes solían atribuir a los olores. Puesto que el lactante busca y encuentra el pecho gracias al sentido del olfato, me pareció evidente que conoce también el olor del sexo de la ma­ dre (v del sexo del padre) y que distingue a sus progenitores gracias -entre otros puntos de referencia- a los olores que ellos desprenden. Consideré probable que en el marco de una relación madre-hijo perturbada comenzara ya a organizarse psíquicamente una tendencia a reacciones alérgicas, asocia- das al olfato v al sentido del gusto.

Asimismo, observé con Ínteres en muchos de mis analizan­ tes que los alergenos tóxicos tenían su fuente en los olores, los

gustos y las experiencias táctiles que esos pacientes habían investido positivamente e incluso buscado con avidez durante su infancia.

¿EL OLOR DEL PADRE?

Una de mis analizantes, que sufría reacciones alérgicas (dificultades respiratorias, rinitis, estornudos abrumadores) a todas las toxinas vehiculizadas por el ambiente, era sobre to­ do afectada por el olor invasor de las estaciones de servicio. La madre le había dicho que, cuando ella tenía más o menos dieciocho meses, se inclinaba sobre los automóviles para sen­ tir el olor, y que había que sacarla por la fuerza de los gara­ jes. Esto nos llevó a pensar que, de niña, había comprendido

que esa atracción por el olor del combustible era algo peligro­ so o prohibido, y que por lo tanto se debía contrainvestir. La relación de esta paciente con la madre había sido perturbada desde el nacimiento; nos vimos llevadas a preguntarnos si el olor de la nafta no se había superpuesto al “olor del padre”, que era quien manejaba el auto familiar. Además, como esa prohibición le había sido significada en un momento en que la comunicación verbal era aún rudimentaria, la respuesta prin­ cipal que encontró para protegerse de su atracción fue una “defensa” somática.

FRUTOS DE MADRE

El fragmento clínico que sigue pertenece al caso de una analizante a la cual ya he hecho referencia en mi prólogo, y que mencioné en una obra anterior (McDougall, 1989). En el inicio de su viaje analítico, Georgette se quejaba de una serie de síntomas psicosomáticos, como por ejemplo malestares cardíacos, úlceras gástricas, reumatismos, eccema severo, problemas ginecológicos y respiratorios. Estos síntomas fue­ ron morigerándose, pero con tendencia a reaparecer en los períodos de vacaciones. La angustia de separación de Geor­ gette era tal, que toda interrupción en el trabajo analítico equivalía para ella a una ruptura de nuestra relación, con el

riesgo de caer víctima de las protestas violentas de su cuerpo. No obstante, en el curso del séptimo año de análisis, Geor­ gette comenzó a encarar las vacaciones con una cierta sere­ nidad, sentimiento que hasta entonces no había nunca cono­ cido. En esa etapa del trabajo analítico la mayoría de sus síntomas psicosomáticos habían desaparecido, aunque sufría aún de algunas reacciones alérgicas cuando comía ciertas fru­ tas, pescado y frutos de mar (que yo llegué a llamar “los fru­ tos prohibidos”).

Me gustaría aportar aquí una precisión sobre la expresión “madre circundante” (que utilizo a menudo), a propósito de la sensibilidad particular de Georgette a los olores. En su caso, muchos olores parecían ser capaces de desencadenar sus alergias. Durante el primer año de análisis, se rociaba con perfume, por miedo a que su olor corporal natural llegara a ser perceptible, lo que en esa etapa de su viaje analítico hacía surgir fantasmas erótico-anales y sádico-anales. Descubrimos más tarde que se bañaba en perfume también con la esperan­ za de que mis otros pacientes notaran el olor (del cual ellos se quejaban, pues Georgette los invadía desde la planta baja), y reconocieran que ése era “su territorio”. Consideraba que ese olor transmitía el mensaje de que ella tenía un derecho exclu­ sivo sobre la madre-analista.

Entonces, a través de sus sueños y asociaciones, la pa­ ciente descubrió que su sensibilidad particular a los olores estaba también ligada a los olores sexuales, y sobre todo a su temor de que el olor del sexo femenino fuera insoporta­ ble. Un día en que cedió al deseo de degustar una ostra a causa de “su maravilloso olor”, tuvo una violenta reacción edematosa, y a la noche siguiente soñó con una mujer cuyo cuerpo tenía la forma de un mejillón. Asociando, recordó que, de niña, la palabra de jerga que utilizaban los pequeños lugareños para designar el sexo femenino era precisamente “mejillón”. El análisis de esos significados importantes, aun­ que mejoró sus relaciones sexuales, no generó ningún cam­ bio en las “explosiones” alérgicas. Como pudimos descubrir un poco más tarde, estas últimas estaban directamente liga­ das a fantasmas libidinales arcaicos, infraverbales y por lo tanto forcluidos. En vista del estado de angustia que habían desencadenado el sueño y las asociaciones, traté de interpre­

tarlos diciéndole a Georgette que aparentemente la pequeña! que había en ella, que quería sentir, tocar, gustar -y } realidad, comer- el sexo de la madre, trataba de convertirse en la madre y poseer sus órganos sexuales, con todos los prifl vilegios y el contenido que ella les atribuía. No obstante, sus deseos parecían estar fuertemente prohibidos, y ella recibía; entonces un “mensaje somático” encargado de advertirle el peligro.

No hay duda de que tales fantasmas de incorporación, en los cuales uno se convierte en el otro al comer la persona o la parte deseadas, representan anhelos libidinales arcaicos y universales. Ahora bien, su persistencia en la vida adulta ba­ jo la forma de manifestaciones psicosomáticas indica que hu­ bo una fractura en los procesos de internalización y simboli­ zación. Dejaré ahora a Georgette el cuidado de narrar (en la primera sesión a la vuelta de las vacaciones) de qué modo su; psicosoma tradujo mis intentos de interpretación. En cuanto; se tendió en el diván, me anunció con orgullo:

G.: Por primera vez, mientras estaba ausente de París, me