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Para comprobar esta analogía (más que variable) planteada por Paul Hodkinson y Sian Lincoln (“online journals as virtual bedrooms” 2008), simplemente visité las habitaciones de todos mis informantes, y llevé a cabo una observación de los entornos virtuales que conforman el conjunto de sus perfiles de miembros en las diferentes redes sociales en las que están participando.

El resultado fue bastante concluyente: nueve de los diez informantes del grupo tienen algún tipo de decoración “propia” en su habitación. Las más utilizadas son de dos tipos; posters de diferentes intereses, y fotografías personales. Aunque también figuran, entre otras cosas, poemas o citas escritas en un papel y colgadas en la pared, dibujos o pinturas llevadas a cabo por el propio adolescente, incluso Oscar tiene cubierta toda una pared por un graffiti pintado por el mismo.

En cuanto a los entornos virtuales, en seis de los nueve visitados encontré alguna analogía entre ambos espacios. En el caso de Oscar, éste tiene como plantilla visual de su cuenta en Fotolog una reproducción del graffiti citado anteriormente. Por su parte, Moro tiene en su habitación varios posters de diferentes grupos de música Rock. En su cuenta de Facebook tiene varios “widgets” de miembros de uno de los grupos que decoran la pared de su habitación. Shorja tiene en su habitación varias fotos de ella misma con su novio. En su cuenta de Facebook tiene varios albums de fotos con alguna de las fotografías que tiene enmarcadas en su habitación.

Pero además, cuando Paul Hodkinson y Sian Lincoln (2008) presentan esta analogía, no se están refiriendo únicamente a la analogía visual, aunque ésta quizás sea la más evidente. Ellos se refieren también a otro tipo de analogías más sutiles como son la privacidad, o el tratarse de un espacio donde compartir experiencias con amigos.

Efectivamente, el hecho de que en estas redes sociales prácticamente el 80-90% de sus contactos sean amigos conocidos presencialmente y con anterioridad a su inclusión en la

lista, es una clara analogía con respecto a la habitación, en cuanto a que en la habitación solo entran los amigos que uno desea y permite que entren. Esto es exactamente lo que se produce cuando un adolescente declina la invitación de un desconocido que solicita unirse a la lista de contactos.

Igualmente, los cuatro informantes con un mayor uso de redes sociales (Oscar, Moro, Alejandro y Shorja)) me aseguraron que tenían la certeza de que sus padres no leerían ni conocerían sus actuaciones, actividades etc. en la red-es social-es de la-s que son miembros. Esto, unido al hecho de que ellos pueden configurar su espacio para que su perfil y su información solo sea vista por los contactos ya aceptados, comporta para ellos un grado de privacidad análogo al que un adolescente requiere cuando cuelga un cartel en su puerta advirtiendo de que debe llamarse a la puerta antes de entrar. En cualquier caso, como ya mencionan Paul Hodkinson y Sian Lincoln (2008), la privacidad para muchos de estos adolescentes se da en aquel espacio que queda cerrado y no accesible para los padres.

En las redes sociales los adolescentes cuelgan su música para que sea escuchada por los invitados a su web, actualizan albums de fotos para compartirlos cuando alguien les visita, hablan, se dejan mensajes, se invitan a jugar a algún juego online, o se invitan a realizar alguna aplicación sobre cualquier tema... en definitiva, los adolescentes se socializan mediante un montón de herramientas, la mayoría de las cuales no hacen sino reproducir lo que los adolescentes harían tranquilamente en la habitación de sus casa.

Conclusiones

Comencé el presente trabajo afirmando que el proceso mediante el cual los adolescentes producen significados sobre las TIC, se efectúa a través de la apropiación de las mismas, y es por tanto un proceso activo y colectivo. Ahora, una vez terminada la investigación, debo concluir que, además es un proceso social y marcadamente cultural.

Hablamos de proceso activo en cuanto a que el proceso de producción de significados, ya sean éstos individuales o sociales, se lleva a cabo a través de la apropiación de la herramienta tecnológica, es decir, a través de su uso cotidiano.

Igualmente, hablamos de proceso colectivo por cuanto tal proceso se efectúa a través de la mediación de dicho uso con una colectividad, como son los amigos, los padres, los hermanos-as, los profesores etcétera.

Pero también es un proceso social debido al matiz socializador que adoptan herramientas como, por ejemplo, las redes sociales, la mensajería instantánea, los foros, los chats, y en general, cualquier otra herramienta cuya finalidad principal sea la intercomunicación personal o social.

A través del análisis e interpretación de los relatos de vida “tecnológica” de mis informantes, queda claro como éstos adquieren conocimiento de la existencia de la mayoría de las herramientas tecnológicas, que a la postre acaban formando el esqueleto del cuerpo de prácticas online características de la cultura común (juvenil) en Internet (Redes sociales, mensajería instantánea, software P2P, foros...), a través de otros miembros de dicha cultura juvenil, o si se prefiere, de otros adolescentes.

La asimilación y el uso de estas herramientas tienen, en gran medida, un cariz cultural, como se desprende de aquella explicación ofrecida por un informante, al ser preguntado por su principal motivación para participar en redes sociales: “todos mis amigos están

ahí, toda mi clase del instituto está ahí...”. Este informante sustenta la explicación de su pertenencia a estas redes, con el hecho de la omnipresencia de las mismas entre todos los “iguales” con quienes comparte un mismo entorno físico u offline. Es decir, esa red social por la que es preguntado, es un elemento social y – sobre todo – cultural para su grupo de iguales, y para él mismo. Es una prolongación dimensional de la cultura juvenil offline, a una nueva dimensión tecnológica online. Pero al fin de cuentas, es un proceso claramente social y cultural.

Yo todavía formo parte de una generación donde el no ser usuario de las redes sociales presentes en Internet, es un acto racional plenamente justificable. Sin embargo, esta misma situación tiene solamente dos explicaciones convincentes para la generación actual de adolescentes: o uno no es usuario por ser víctima de la cada vez más difusa brecha digital, o directamente es un ser con matices sospechosamente antisociales.

Por otra parte, en este trabajo he hecho un análisis de las principales variables manejadas - principalmente por sociólogos y antropólogos - para explicar el proceso de articulación de las experiencias online-offline, o dicho de otro modo, la articulación de las prácticas online-offline por parte de los adolescentes. De los resultados de dicho análisis se desprende que ninguna de las variables explicativas, adoptadas de manera individual, se erige en la variable explicativa con mayúsculas que determine unilateralmente dicha articulación.

La accesibilidad - por parte de mis informantes – a Internet ha sido registrada a través de diversas variables;

- Disponibilidad espacial. Nueve de los diez adolescentes tienen ordenador con conexión a Internet en su casa. Sólo Kike no tiene ordenador en su casa. Siete de los diez tienen ordenador en su propia habitación. Solamente Ana y Susi lo tienen en otro lugar de la casa.

- Disponibilidad de uso: Tres de mis informantes gozan de una disponibilidad absoluta de uso del ordenador. Es decir, no comparte su uso con nadie más de la familia. Seis de mis informantes comparten el uso del ordenador con hermanos- as, padres, o ambos (tres de ellos solo con hermanos-as, y los otros tres con

- Registro de software y herramientas tecnológicas utilizadas. Todos mis informantes usan el correo electrónico y software de mensajería instantánea. Nueve de los diez son usuarios de alguna red social. Ocho usan software P2P de descarga de archivos y utiliza Internet para obtener información de algún tipo. Seis de ellos usan algún tipo de chat. Por último, la mitad son usuarios (activos o pasivos) de foros temáticos.

- Restricciones de uso. Solo dos informantes tienen algún tipo de restricción de uso por parte de los padres (Ana y Susi).

Las dos primeras variables se relacionan con el estatus socioeconómico de la unidad familiar. Así, en el primero de los casos (disponibilidad espacial), a pesar del abaratamiento y la consiguiente democratización tecnológica con respecto a la adquisición de los ordenadores personales y el acceso a Internet, el factor económico sigue siendo importante a la hora de acceder a la tecnología.

En el segundo de los casos (disponibilidad de uso), el número de hermanos y el propio comportamiento tecnológico de los padres con respecto a Internet, determina parcialmente la disponibilidad de uso, unido a otros condicionantes como, por ejemplo, los propios deseos del adolescente de ser o no usuario, la pericia tecnológica por parte del adolescente etc.

En cuanto al software y herramientas usadas por los adolescentes, no se aprecian diferencias significativas entre los distintos miembros del grupo estudiado, salvo aquellas referentes a la intensidad de uso. Prueba de ello son las altas frecuencias porcentuales de uso de las distintas herramientas por parte de la mayoría de ellos. Ello es debido, sin lugar a dudas, a dos razones principales; Por un lado, el acceso a dichas herramientas no requiere de excesivo tiempo, ni dinero, ni una especial competencia tecnológica. Por lo que cualquier adolescente con un ordenador y una conexión a Internet, podrá acceder a todas estas herramientas de manera sencilla y sin costes. Por otro lado, el conjunto de herramientas tecnológicas y software aquí analizado, conforman el esqueleto homogéneo de una cultura juvenil en Internet, que aun con ciertas divergencias particulares, mantiene una configuración, como digo, claramente homogénea en cuanto a hábitos, frecuencias, y significados.

Por otro lado, en ausencia de restricciones paternales de uso (solo existen dos casos y se tratan de restricciones condicionadas a otras tareas, y de escasa intensidad restrictiva), todo apunta a que la única “falla” en cuanto a la accesibilidad a un ordenador con conexión a Internet, por parte de los adolescentes de este estudio, es el gasto económico de afrontar tal adquisición. Gasto que, por otra parte, se encuentra cada vez más difuminado como igualmente ocurre con la brecha digital en nuestros días.

Por último, la privacidad y la autenticidad de las relaciones son factores importantes para los adolescentes. Sin embargo, no todos utilizan las herramientas de las que disponen para configurarlas de la misma manera. Una estrategia común de los adolescentes utilizada para asegurarse de que su privacidad no sea invadida es mantener porcentajes lo más altos posible de personas previamente conocidas en la lista de contactos. Esto queda demostrado al comprobar como la presencia de “intrusos” en la lista de contactos es justificada desde el descuido o la omisión. No obstante, en sus listas siempre hay algún personaje de quien no podemos asegurar su autenticidad, o que pone en peligro nuestra privacidad. ¿Qué hacen entonces los adolescentes? Hemos visto como para la mitad de los adolescentes de este estudio, la autenticidad de las relaciones y la privacidad para con aquellos miembros no conocidos con anterioridad, no es un excesivo problema, hasta el punto que estarían dispuestos a dar el paso de conocerles presencialmente. Para la otra mitad este escenario es impensable.

Por lo tanto, ni el estatus socioeconómico de la unidad familiar, ni la accesibilidad a la tecnología, ni tampoco el capital social, ni la privacidad y la autenticidad de las relaciones, pueden explicar por sí solas como se produce dicha articulación de las experiencias online con las offline. Sin embargo, los datos tampoco muestran que dichas variables sean fútiles en cuanto a un estatus más razonable de variables co- dependientes.

La articulación de las experiencias online-offline es, en cierto modo, un proceso similar a lo que en física y matemáticas se llama sistema dinámico. Es decir, un sistema muy sensible a las condiciones iniciales, con propiedades transitivas, y en cierto grado caótico (Caos está entendido no como ausencia de orden, sino como cierto tipo de orden de características impredecibles, pero descriptibles en forma concreta y precisa. Un tipo

Es decir, aun cumpliendo el principio estadístico de “ceteris-paribus” para la totalidad de las variables que entran en juego, no tendríamos la certeza absoluta de formular una predicción fiable de cómo se van a articular las experiencias online-offline de un sujeto individual.

Por lo tanto, nos debemos de conformar con descripciones lo más concretas y precisas posibles (como intentan serlo las de este trabajo). Al fin de cuentas, para disgusto de los defensores más acérrimos del paradigma positivista, las personas somos eso, personas. Y no números fríos, y sin más variables que la intrínsecamente cuántica, que cumplamos las leyes más elementales de la matemática lineal. En el mundo de lo empíricamente observable también existen los sistemas dinámicos, y las matemáticas no lineales, y para su estudio existen teorías tan empíricamente aceptadas como, entre otras, la propia teoría del caos. Éstas ya han sido aplicadas con reconocido éxito a campos tan diversos como la meteorología, la física cuántica, la genética o la evolución humana. Quizás, la principal conclusión de este trabajo sea mi propuesta de re-definir el proceso de articulación de las experiencias y prácticas online-offline como justamente eso, un sistema dinámico.

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Anexo

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