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OPERACIÓN «CESAREA» (1995) O BJETIVO: Fathi Shiqaqi.

POSICIÓN: ???.

FECHA: 26 de octubre de 1995.

AQUEL 22 de enero de 1995 amanecía para el Primer Ministro, el laborista Isaac Rabin, como cualquier otro en su despacho en Jerusalén. Fuertes presiones de los colonos por la posible devolución de tierras a los palestinos; fuertes presiones de los partidos ortodoxos en la Knesset

por las negociaciones llevadas a cabo el año anterior con Yasser Arafat; fuertes presiones del conservador Likud al acusar a Rabin de haberse vendido a los deseos de Estados Unidos y de los palestinos. Para aquel hombre, algo ya cansado, de setenta años, que había asumido nuevamente el cargo de Primer Ministro de Israel, el 13 de julio de 1992, quedaban ya muy lejanas las negociaciones secretas celebradas en Oslo.

También quedaba ya muy lejano el tratado de paz firmado con el rey Hussein de Jordania aquel 26 de octubre de 1994, aunque realmente hiciera tan sólo tres meses que lo había rubricado como máximo líder de Israel. Las presiones que estaba sufriendo Rabin hacían que aquellos buenos momentos se vieran empañados por la distancia. El Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, que recibió junto a su histórico enemigo Yasser Arafat, o el Premio Nóbel de la Paz que compartió también con el líder palestino y con su compañero de partido, Shimon Peres, quedaban lejos. De repente sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido del teléfono.

Rabin volvió a la realidad y descolgó el aparato. Mientras escuchaba atentamente su rostro iba cambiando de expresión. Al otro lado de la línea, el general Ehud Barak, jefe del Estado Mayor del Ejército Israelí le informaba de un ataque suicida perpetrado por terroristas islámicos de la Yihad Islámica, contra un autobús en un cruce de carretera en Beit Lid, a 25 kilómetros de Tel Aviv. Rabin intentó recuperar el habla y lanzó una lacónica pregunta a su interlocutor: «¿Cuántos?». «Por ahora 21 muertos, veinte militares y un civil, y más de 65 heridos», respondió Barak.

Isaac Rabin colgó y llamó por el teléfono interno a su Ministro de Asuntos Exteriores, Shimon Peres, con el fin de convocar una reunión de emergencia del gabinete. Horas después, los reunidos ante aquella gran mesa mostraban todos ellos rostros serios y afectados por el golpe que acababa de recibir Israel. La primera decisión adoptada fue la prohibición de entrada a Israel de palestinos procedentes de la franja de Gaza y Jericó, además de suspender la libre circulación entre ambas zonas a los residentes de los territorios.

Mientras estaban reunidos, Karmi Gilon, director del Shin Bet (Sherut ha-Bitachon ha-Klali o Servicio General de Seguridad) pasó una nota a Rabin. En la televisión palestina, Yasser Arafat, con quien había compartido meses antes el Premio Nobel de la Paz declaraba: «Mataremos y seremos matados, asesinaremos y seremos asesinados (...) nuestros hermanos, héroes de la Yihad Islámica». Al salir de la reunión del gabinete, Rabin convocó en su despacho a Gilon, al memuneh del Mossad, Shabtai Shavit y al general Uri Saguy, jefe del servicio de inteligencia militar, el

Aman. «Quiero detenciones. Quiero culpables. Quiero a los responsables», dijo el Primer Ministro a los tres hombres allí reunidos.

El 23 de enero, Rabin decidió renovar el periodo de exención de tres meses para el Shin Bet, el Servicio General de Seguridad, que permitía el reclutamiento de más agentes. El 5 de febrero, el Primer Ministro amplió el periodo máximo de prisión «administrativa» a un año, renovable para delitos de terrorismo islámico. Desde octubre de 1994 y hasta febrero de 1995, se habían detenido a 2.400 personas por motivos de seguridad. Sin embargo el país comenzaba a sumirse en un lamentable proceso de crispación que en nada ayudaban a rebajarlos atentados sucedidos en Tel Aviv el 19 de octubre del año anterior contra un autobús de la línea 5 en el que perdieron la vida 22 personas, y el sucedido en Beit Lid el día anterior en el que perdieron la vida 21 personas.

En la misma tarde del 23 de enero, Isaac Rabin se dirigió a la nación a través de la televisión israelí. Su discurso hacía realmente un llamamiento a la unidad: «En esta hora difícil no hay izquierda o derecha, seculares o religiosos: todos somos el pueblo de Israel. Y en nombre de este pueblo de Israel, que ha conocido días difíciles y grandes momentos, compartimos el dolor y las lágrimas», dijo. En aquel mismo discurso, Rabin lanzaba un claro mensaje a los líderes islamistas: «Los que fueron severamente lesionados ayer fueron heridos por una nueva forma de terrorismo que está siendo usado por nuestros enemigos, los extremistas islámicos palestinos. Hemos experimentado este tipo de terrorismo en Israel sólo en los últimos dos años. Antes lo habíamos experimentado con el Hezbollah en el Líbano. Este es un tipo de terrorismo usado por personas desequilibradas, dispuestas a adherirse explosivos al cuerpo o ponerlos en sus automóviles a fin de matar israelíes y eliminar la posibilidad de la paz en el conflicto más complejo que ha existido entre nosotros y el mundo árabe: el conflicto entre nosotros y los palestinos. Debemos enfrentarnos a estos fanáticos llenos de odio, y estoy convencido que, así como frustramos algunos de sus ataques, podremos combatirlos con todas nuestras fuerzas. Estoy seguro de que, con el tiempo, también encontraremos una solución para ellos, que han elegido atacarnos en los lugares en que todavía tienen libertad de movimiento. Esto nos obliga a estar alerta, a ser cuidadosos, a advertir cosas sospechosas. No hay otra alternativa. La realidad hoy en día es que todos somos un ejército y todo el país está en el frente, hasta que salgamos victoriosos».

Al final de un discurso enmarcado por la bandera de Israel y coronada por la Estrella de David, Rabin lanzó un mensaje claro a los hombres que debían proteger el país a través de las operaciones de inteligencia, Shabtai Shavit del Mossad, Karmi Gilon del Shin Bet y el general Uri Saguy del

Aman. «A nuestros enemigos decimos, como en el pasado: vamos a combatiros, ahora y en el futuro. (…) seguiremos buscando la paz, al tiempo que os perseguiremos y atacaremos. Ninguna frontera se interpondrá en nuestro camino. Os eliminaremos. Os venceremos. Ningún enemigo podrá derrotarnos», dijo el Primer Ministro.

Isaac Rabin iba modulando la voz mientras finalizaba su discurso: «Debemos encontrar el denominador común de todos nosotros y así lograr el sueño de generaciones de judíos en los dos mil años del exilio. Cumpliremos con la creencia judía en el retorno a Sion, la construcción de un país fuerte en el que podamos vivir en paz y seguridad. Buenas noches». Mientras las cámaras eran desmontadas y el veterano político se disponía a levantarse de la mesa y recoger los papeles que tenía depositados en ella, Gilon le hizo una señal. «Primer Ministro, tenemos en nuestro poder el testamento de los terroristas suicidas de los atentados de Tel Aviv y Beit Lid», dijo el jefe del Shin Bet. Rabin ordenó entonces convocar en su despacho a los miembros del Varash, acrónimo de Va’adat Rashei ha-Sherutim o Comité de Jefes de Servicios Secretos.

Una hora y media después, Rabin se sentaba ante una gran mesa rodeada por los miembros de uno de los comités de espionaje más secretos del mundo. Karmi Gilon había dispuesto sobre la mesa una carpeta roja con la palabra «Secreto» en su portada y coronada por el escudo del Servicio General de Seguridad. En el interior varias páginas fotocopiadas mostraban dos textos en árabe. El primero estaba escrito en noviembre de 1994 por Hisham Hamed antes de inmolarse y matar a tres soldados israelíes en Nazarim. «¡Queridos parientes y amigos! Escribo este testamento con lágrimas en los ojos y tristeza en el corazón. Quiero deciros que os dejo y pediros vuestro perdón porque he decidido reunirme hoy con Alá, y esta cita es mucho más importante que seguir vivo en esta tierra…», expresaba Hamed. Los miembros del Varash leyeron el segundo texto: «Voy a vengarme de los hijos de los monos y de los cerdos, los infieles sionistas y los enemigos de la humanidad. Voy a encontrarme con mi hermano en la fe Hisham Hamed y mi maestro Fani al-Abed, y con todos los mártires y santos en el Paraíso. Por favor, perdonadme», pedía el terrorista que mató a los 21 israelíes en Beit Lid el día anterior.

Rabin dio entonces la palabra al memuneh Shabtai Shavit. Muchos de sus colegas de la comunidad de inteligencia calificaban a Shavit como un conserje de hotel barato, que vestía con ropa cuidadosamente planchada y que estrechaba la mano sin fuerza mientras desviaba su mirada. El

memuneh se levantó y explicó a sus poderosos interlocutores: «El terrorismo suicida moderno surgió a comienzos de los años ochenta en Líbano. Los pioneros fueron los militantes del grupo chií libanés del Hezbollah, el proiraní Partido de Dios, cuando en 1983 atacaron simultáneamente el cuartel general de los Marines de Estados Unidos y de la Fuerza Multinacional Francesa en Beirut y causaron más de trescientos muertos», dijo. Los jefes del Mossad y del Shin Bet relataban ante el Varash la situación que se estaba viviendo en los barrios de las ciudades palestinas en Gaza y Cisjordania. En los barrios palestinos, los pájaros verdes que simbolizaban a los suicidas aparecían en carteles y en pintadas en los grises muros de las zonas árabes. Se distribuían clandestinamente calendarios ilustrados con «el comando del mes» o pósteres con sus retratos, mostrándolos en el paraíso, triunfantes y rodeados de pájaros verdes. Este símbolo se basa en una frase del profeta Mahoma, que dijo que el alma de un mártir es llevada a Alá en un pájaro verde. Los jóvenes cantaban los nombres de los suicidas, haciendo el gesto islamista de la victoria, el puño derecho cerrado con el índice levantado hacia el cielo. «La biografía de Muawiya Ruqa, que se detonó en un carro tirado por un burro cerca de un asentamiento israelí en Gaza, cuenta cómo su alma fue llevada al cielo en un fragmento de la bomba. El pequeño ejemplar es uno de los más leídos por los jóvenes palestinos», dijo Karmi Gilon.

Rabin dejó claro que quería responsables, casi lo ordenó. Necesitaba responsables para entregarlos a Israel. Eran culpables y debían pagar por el golpe inflingido a todo el país. Nuevamente el viejo refrán hebreo del «ojo por ojo, diente por diente» volvía a salir a la luz y el Kidon debería ser quien hiciese cumplir ese regla escrita con sangre desde el nacimiento de la temible unidad del Mossad.

Mientras el carismático líder israelí continuaba por un lado con su política de estrechar la mano de su antiguo enemigo Yasser Arafat ante los medios de comunicación de todo el mundo, por el otro, establecía encuentros secretos con Shabtai Shavit para la activación de un escuadrón del

Kidon,el largo brazo de Israel.

En el mes de septiembre, el memuneh volvió a reunirse con los miembros del Varash. Esta vez el Saifanim, el departamento de la inteligencia israelí encargado de la recolección de información sobre la OLP, había conseguido juntar todas las piezas del rompecabezas y unirlo en un amplio dossier que sería presentado al Primer Ministro Rabin una vez que éste hubiese regresado de Washington. El 28 de septiembre, Isaac Rabin y Yasser Arafat firmarían en la Casa Blanca los acuerdos de Oslo II. Esto permitía ampliar los poderes de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) sobre las zonas de Jenin, Tulkaren, Nablus, Ramala, Kalkilia, Hebrón y Belén.

El 7 de octubre, el Mossad tenía ya el primer objetivo a batir. Su nombre era Fathi Shiqaqi. Rabin escuchó atentamente las explicaciones de Shavit sobre Shiqaqi y sobre la Yihad Islámica, autora de los atentados de Tel Aviv y Beit Lid.

L a Harakat al-Jihad al-Islami al-Filastini, más conocida como la Yihad Islámica Palestina fue fundada en 1979 por Fathi Shiqaqi y otros estudiantes radicales palestinos en Egipto. Ese mismo año la revolución islámica llevada a cabo en Irán influyó notoriamente en Shiqaqi, quien creía en la necesidad de la liberación de Palestina a través de la unión de todo el mundo musulmán y la destrucción de Israel a través de la yihad o «Guerra Santa». Finalmente el gobierno egipcio decidió la expulsión a Gaza de todos sus miembros debido a sus estrechas relaciones con el

grupo radical que asesinó en 1981 al presidente Anwar el Sadat. Isaac Rabin seguía leyendo atentamente el informe que tenía ante sus ojos. En febrero de 1990, miembros de la Yihad Islámica atacaron en Egipto un autobús de turistas, asesinando a once de ellos. Nueve eran israelíes. Debido a la presión de las fuerzas de seguridad egipcias que le impedían actuar en ese país, la Yihad Islámica comenzó una fuerte campaña terrorista contra Israel. En agosto de 1988 los líderes Fathi Shiqaqi y Abdul Aziz Odah fueron expulsados al Líbano, en donde se reorganizaría la llamada «Facción Shiqaqi». Allí se establecen fuertes vínculos con la Guardia Revolucionaria Iraní y Hezbollah.

«Después de la firma de los acuerdos de Oslo, hace ahora dos años, Shiqaqi expandió sus conexiones políticas hacia Siria», explicó Shavit. «Después del establecimiento de la ANP en 1994, Hamas y la Yihad Islámica estableció una cooperación de terror para llevar ataques suicidas». Isaac Rabin se dirigió a Shabtai Shavit y le ordenó conectar a un equipo del Kidon. «Desde este momento el asunto es suyo, memuneh», dijo el político.

Tal y como había establecido Meir Amit cuando era jefe del Mossad sobre las normas a seguir para la conexión del Kidon: «No habrá matanzas de líderes políticos; éstos deben ser tratados por medios políticos. No se matará a la familia de los terroristas; si sus miembros se interponen en el camino, ese no es nuestro problema. Cada ejecución tiene que ser autorizada por el Primer Ministro del momento. Y todo debe hacerse según el reglamento. Hay que redactar un acta de la decisión tomada. Todo limpio y claro. Nuestras acciones no deben ser vistas como crímenes patrocinados por el Estado sino como la última acción judicial que el Estado puede ofrecer. No debemos ser diferentes del verdugo o de cualquier ejecutor legalmente nombrado».

A mediados del mes de octubre, tres hombres se dirigían caminando hacia un piso franco del Mossad en la calle Pinsker, en pleno centro de Tel Aviv. Hacía años que en ese mismo lugar se había tomado la decisión de matar al magnate de la prensa Robert Maxwell. Todos ellos tenían en común ser altos dirigentes de los servicios de espionaje de Israel y estar de acuerdo en la utilización del Kidon para ejecutar a los enemigos del estado allí donde se encontrasen, y eso era lo que iban a decidir en unos minutos.

A la reunión asistirían aparte de Shavit, Saguy y Gilon, el general Doran Tamir, oficial de inteligencia militar, tres kidones encargados de llevar a cabo la operación y un miembro de APAM, acrónimo de Avtahat Paylut Modienit, la unidad encargada de la seguridad de las operaciones y de la seguridad interna del Mossad. En el piso reinaba el silencio hasta que Shabtai Shavit tomó la palabra: «El Primer Ministro ha dado orden de golpear a la Yihad Islámica. Hemos decidido que el objetivo será Fathi Shiqaqi. Está acción debe ser Ain Efes, una operación que no admite el fracaso. Se lo debemos a nuestros compatriotas muertos en Tel Aviv y Beit Lid». La relación entre todos los hombres que se encontraban en aquel piso, era cordial aunque de cierta forma todos ellos se mantenían a una distancia prudencial. Ninguno de los jefes de la comunidad de inteligencia deseaba inmiscuirse en la función de los otros. Uri Saguy declararía años más tarde: «No podíamos compararnos unos con otros. Como jefe de

Aman yo podía darles instrucciones. Había competencia entre nosotros pero, mientras sirviéramos al mismo propósito, todo estaba bien».

La reunión duraría cerca de dos horas. Todos los papeles, documentos o fotografías sobre Fathi Shiqaqi estaban ahora sobre la mesa. Asesinar a Shiqaqi era un simple acto de venganza. Lo primero que estudiarían sería la información personal de Shiqaqi, sus costumbres, sus aficiones, su familia, recopilados por un combatiente (katsas israelíes enviados a países árabes para trabajar bajo identidad ficticia) en Damasco. «En 1988, el doctor Fathi Shiqaqi, uno de los fundadores de la Yihad

Islámica, escribió un documento en el que destacó la importancia de penetrar en el territorio enemigo (Israel) y fijó las reglas para el uso de operaciones con mártires. Lo hacía para contestar las críticas religiosas a los ataques con coches-bomba y camiones-bomba que ya se habían hecho corrientes en el Líbano. Shiqaqi alentaba lo que él mismo definió como el martirologio “excepcional” como una táctica en la Jihad fi Sabeel Alá (la lucha en la causa de Alá).»

En el mundo de los jóvenes suicidas, Shiqaqi era idolatrado por su gente, casi como un Dios que les prometía que la primera gota de sangre derramada en la Yihad lavaba instantáneamente todos los pecados. «En el día del juicio, el mártir no será juzgado. En el día de la resurrección, puede interceder por setenta seres queridos para que entren en el cielo y tiene a su disposición setenta y dos huríes, las bellas vírgenes del paraíso», explicaba Fathi Shiqaqi a aquellos jóvenes sin futuro que estaban dispuestos a dar su vida llevándose con ellos con sus potentes cinturones-bomba a varias decenas de israelíes.

Desde su confortable vida en Damasco, la capital Siria, junto a su esposa y dos hijos, el líder de la Yihad Islámica, Shiqaqi había pagado las esquelas en los periódicos islamistas de los suicidas de Tel Aviv y Beit Lid, y en las oraciones sagradas del viernes había alabado su sacrificio y asegurado a las familias de estos, que sus seres queridos se habían ganado un lugar en el paraíso.

En los deprimidos barrios y ciudades palestinas, para las familias era una cuestión de honor entregar un hijo o una hija a Shiqaqi. Elegido el suicida, eran los jefes militares de la Yihad Islámica en el Líbano quienes, tras estudiar las fotografías del objetivo, calculaban la cantidad necesaria de explosivos para provocar el mayor daño y por lo tanto el mayor número de víctimas. Tan sólo los planificadores eran los conocedores de palabras como «explosivo», «oxidante», «densificador», «detonadores» y cosas por el estilo. Al suicida sólo se le indicaba como accionar el detonador para explosionar la dinamita que llevaba a la espalda en una mochila o pegado al cuerpo en un cinturón.

En la reunión del piso de la calle Pinsker, continuaron estudiando detenidamente los informes sobre Fathi Shiqaqi. Había que decidir aún el dónde, el cómo y el cuándo para dar el golpe. El informe que ahora leían los miembros de los servicios de espionaje, que había sido redactado por un Shicklut del departamento de escuchas del Mossad, tras haber desarrollado un Neviof, un sistema para penetrar en el domicilio de Shiqaqi para colocar escuchas, mostraba una forma de vida muy alejada de los palestinos que vivían en Gaza y Cisjordania. La casa del líder de la Yihad Islámica, que compartía con su esposa Fathia, se encontraba en una de las mejores zonas de Damasco. Alfombras, tapices, cuberterías y vajillas