II. La obra de Osvaldo Soriano según la temática.
1.1 Triste, solitario y final
1.1.1 Los orígenes de la novela
Triste, solitario y final, la primera novela de Osvaldo Soriano, fue publicada
por la editorial Corregidor de Buenos Aires en junio de 1973 y pronto se convirtió en un éxito de ventas. El escritor recordaba en una entrevista realizada poco antes de su muerte:
“(...) en el diario Clarín del 2 de agosto aparece segunda en la lista de bestsellers, detrás de Silvina Bullrich y adelante de Cortázar... todo muy mezclado.Tuvo una buena repercusión. Salieron comentarios en todos los medios, hasta en televisión, que en esa época no era usual”80.
Jacobo Timerman, director del diario La Opinión, en el que Soriano trabajaba por entonces, le felicitó como lector y le ofreció redactar personalmente la crítica del libro, a lo que el autor se opuso, porque pensaba que sus compañeros no se lo perdonarían.
La novela fue presentada al premio de la Casa de las Américas de La Habana, en 1973, pero no lo obtuvo81.
Esta obra es considerada por la mayoría de los críticos como la mejor de Osvaldo Soriano junto con su última obra, La Hora sin sombra. Marcelo Pichón Riviere publicó una reseña en la revista “Panorama” en la que, según afirma Tomás Eloy Martínez, “desentrañaba de una vez para siempre el gran tema de Soriano”: el fracaso de los personajes. Martín Caparrós comenta que la novela le pareció un buen producto de época. Otros autores, como Francisco Juárez, critican el maniqueísmo que aparece en la novela, lo que constituye
80 MUCCI, Cristina: Entrevista con Osvaldo Soriano, en Voces de la cultura argentina., Buenos Aires, El
Ateneo, 1997, pp. 201-202.
81 Ariel Dorfman, que era miembro del jurado, recuerda lo siguiente: “Todas las obras que teníamos como
jurado de novela eran una porquería, eran de lo peor. Y yo estaba desesperado porque íbamos a tener que declarar desierto el concurso. Eran las dos de la mañana y abro algo que dice Triste, solitario y final. Tenía seudónimo. Empiezo a leer y me doy cuenta de que era algo extraordinario, una revelación. Salí corriendo, desperté a todos los jurados y a los que no eran jurados también, golpeando en las puertas y gritando: “¡Eureka, eureka, lo encontré, lo encontré!”. Pero fue con tan mala suerte que los otros dos jurados no quisieron darle el premio. Los amigos cubanos consideraban que esto era transgresor contra Carlitos Chaplin y era demasiado a favor del Gordo y el Flaco. Entonces ellos decidieron no darle el premio a Osvaldo y yo tuve que hacer un voto
una constante en la obra de Soriano: “Es una ingenuidad eso del Gordo, ya en su primera novela, de separarlos malos y los buenos de una manera contundente. Esa simpleza es lo que le valió el camino de la comunicación hacia lo popular”82.
Los tres personajes que Soriano incorpora en esta obra son: Laurel y Hardy, el detective Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler y, finalmente, a Osvaldo Soriano como partícipe del relato.
El escritor sentía por Laurel y Hardy una gran admiración83 que se remontaba a su infancia, cuando su madre le contaba las historias del Gordo y el Flaco.
Cuando tiene veintiún años y vivía en Tandil, leyó su primera novela, Soy
Leyenda, de Richard Matheson, en la que aparece un personaje con forma de vampiro que al
protagonista le recuerda a Oliver Hardy84.
de minoría”.En MONTES-BRADLEY, Eduardo: Osvaldo Soriano. Un retrato, Buenos Aires, Norma, 2000, pp. 27-28.
82 En MONTES-BRADLEY, Eduardo: op. cit, p. 84.
83 Santo Biasatti, periodista y amigo de Soriano, opina que éste sentía por Stan Laurel un cariño mayor que por
Oliver Hardy: “Le era simpático el Flaco; él lo defendía porque decía que tenía un gran talento, que era un gran humorista, que en su vida privada había también hecho una demostración de lo que él era. No tenía el mismo afecto por el Gordo, que era para él la otra cara de esta moneda. Siempre quería saber más de este Flaco”. En MONTES-BRADLEY, Eduardo: op. cit., p. 79. Otro ejemplo de esto lo podemos encontrar en un comentario de Francisco Juárez. Éste recuerda que, cuando Soriano volvió definitivamente a la Argentina, en 1984, junto con su esposa, Catherine, traían desde París un gato, al que el escritor llamaba Negro vení, que tuvo que ser “pichicateado en jaula-valija”. Una vez en el apartamento que Soriano había cogido en Buenos Aires, el gato se despertó e intentó saltar por una ventana. Si no llega a ser por que Juárez consiguió coger al gato, éste se hubiera estrellado contra el pavimento de la calle. Soriano le dio las gracias, diciéndole: “¡Sos el Flaco!”. En MONTES BRADLEY, Eduardo: op. cit. pp. 125-126.
84 “Más tarde volvió a mirar y vio a Cortman paseándose, llamándolo.
Y, a la luz de la luna, recordó de pronto a quién se parecía Cortman.
¡Dios mío, Oliver Hardy! Los dos actores que había pasado en su proyector. Cortman era el eco muerto del cómico. Un poco menos rollizo, nada más. Hasta el bigote estaba ahora ahí.
Oliver Hardy cayendo de espaldas bajo el impacto de los proyectiles. Oliver Hardy volviendo siempre por más, no importaba qué ocurriese. Agujereado por las balas, pinchado por cuchillos, achatado por automóviles, aplastado por paredes, sumergido en el mar, pasado por chimeneas. Eso era Ben Cortman. Un maligno y espantoso Oliver Hardy, aporreado y resistente.
¡Dios mío! No podía dejar de reírse . Era más que risa. Era un alivio, una salida. Las lágrimas le rozaban por la cara. El vaso sacudido se derramó y el líquido lo mojó de arriba a abajo, haciéndolo reír todavía más. El vaso
cayó al fin en la alfombra, y Neville se retorció con espasmos de incontenible diversión. La risa incesante lle- nó la sala.
También en Tandil, mientras trabajaba como sereno en una fábrica, Soriano hizo sus pinitos en la política y en la literatura escribiendo algunos cuentos que él consideraba “malísimos”. Desde allí pide a una biblioteca de Los Angeles todo lo que tuvieran sobre Laurel y Hardy. Según recordaba el escritor, le mandaron una cantidad monstruosa de material que incluía hasta los partes médicos de sus enfermedades. Soriano afirmaba que en
ese momento se le hubiera podido considerar como el hombre que más sabía sobre Laurel y
Hardy en Tandil. Años después confesó que era el hombre que más sabía sobre el Gordo y el Flaco en Argentina. En enero de 1969, todavía en Tandil, escribe en la revista del Grupo Cine un artículo sobre el Gordo y el Flaco.
Con todo este material, con el que Soriano, según sus propias palabras, no sabía qué hacer en un principio, pensó escribir una biografía del Gordo y el Flaco, proyecto que desechó, pues, para él, iba a ser “inferior a la de cualquier norteamericano que tuviera acceso directo al material y a los testigos”85. Mempo Giardinelli relata que Soriano pensó hacer una historia de Hollywood y una diatriba contra Chaplin. Asimismo, tenía en mente una obra de teatro que terminaba con los actores y los espectadores “cagándose a tortazos”, es decir, con un lanzamiento de tartas. En la entrevista con Nora Catelli, continuaba diciendo que sus amigos dramaturgos le habían desaconsejado el proyecto y le habían dicho que estaba borracho pues “la gente no querría ir a ensuciarse la ropa”. Soriano terminaba diciendo que sí lo hubieran hecho. Posiblemente, Soriano quería hacer un homenaje a la película de Laurel y Hardy titulada The Battle of the Century (1927), co dirigida por el director Leo McCarey y cuyo cámara fue el posterior director de la mítica película Gigantes, George Stevens, film que contiene la mayor escena de lanzamiento de tartas de la historia del cine86.
Ya en Buenos Aires, se produce la “brutal” irrupción de Raymond Chandler en la vida de Soriano:
“Una madrugada, caminábamos por la calle Florida con Miguel Briante, Antonio Dal Masetto y Norberto Soares, todos muy borrachos. De pronto Soares se puso a recitar un texto que a mí me pareció maravilloso. Todos le aplaudimos. Le pregunté qué era, y se ofendió: ¡Cómo, es El largo adiós!”87.
85 CATELLI, Nora: “Ni penas ni olvido. Entrevista con Osvaldo Soriano”, en op. cit., p. 29. 86 LEFFLANG, Thomas: The World of Laurel and Hardy , Leicester, Windward, 1988.
El escritor recordaba que Soares le regaló un ejemplar de la obra, y que después leyó la obra completa de Chandler y de otros autores de novela negra estadounidense como Dashiell Hammett.
A Soriano le gustaba contar que una noche se le apareció en la cocina de su
apartamento un gato negro que vino a “demostrarme que si alguien podía investigar la vida de Laurel y Hardy era un investigador privado. Y quien mejor que Philip Marlowe”88.
Sin embargo, algunos de sus amigos opinan que fue el viaje que Soriano realizó a Los Angeles en 1971, el que le sirvió de acicate para la redacción de Triste, solitario
y final. Daniel Divinsky recuerda que Soriano, que trabajaba por entonces en el diario La Opinión, sufría mucho porque no sabía inglés y quería conocer Hollywood. Un día Jacobo
Timerman le preguntó si conocía la lengua de Shakespeare, y como Soriano no dijo nada, Timerman pensó que sí sabía y lo envío a California. Por su parte, Mempo Giardinelli afirma que este viaje de Soriano a Los Angeles le sirvió para definir lo que iba a hacer con Triste,
solitario y final.
En 1972, Soriano escribe en La Opinión una serie de cuatro relatos sobre el
Gordo y el Flaco, Laurel y Hardy. El error de hacer reír89, cuyo título proviene de un
comentario que, presuntamente, hizo el gran actor Buster Keaton sobre los dos cómicos: “Ellos cometieron el error de hacer reír a un país violento y sin alma, que íntimamente los amaba pero terminó despreciándolos”90.
En 1974, escribe, también en “La Opinión”, otra serie de cuatro relatos, con el título de Tribulaciones de un argentino en Los Angeles, que contiene reminiscencias de su viaje a la ciudad californiana91.
87 MUCCI, Cristina: Entrevista con Osvaldo Soriano, en op. cit,. p. 199. 88 Ibid., p. 201.
89 Los títulos son: I. “Llegada con Chaplin”. II. “ Antesala de John Wayne”. III. “Regreso con Ollie”. IV.
“Antesala de la muerte”.
90 SORIANO, Osvaldo: Prólogo a Laurel y Hardy. El error de hacer reír, en Artistas, locos y criminales,
Madrid, Mondadori, 1990, p. 22.
Finalmente, en 1987, escribe para El Periodista, de Buenos Aires, y L’Unità, de Roma, el artículo titulado “La ingenuidad del Gordo y el Flaco y el traje gris y gastado de mi padre”, donde retoma, con motivo de conmemorarse los treinta años transcurridos desde la muerte de Oliver Hardy, la historia de los dos cómicos, a la que se une un recuerdo a su padre, que murió al año siguiente de publicarse la novela.
El tercer protagonista de la novela es el propio Osvaldo Soriano como
personaje. El escritor explicó en una ocasión que se había incluido simplemente porque, de este modo, podía participar en unos sucesos que habitualmente no le ocurren a una persona normal.