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La oración de las pobres gentes

Jerusalén, en el Jardín de los Olivos; viernes, 27 de julio de 1951

«El que pierda su vida por mí

y por el Evangelio la salvará».

(Mc 8,35)

Regreso de una visita al Santo Sepulcro, y esperando saber si obtendré mañana por la mañana el permiso para pasar a Israel, he bajado esta tarde al santuario de Getsemaní para orar en su oscuridad silenciosa y desierta. No puedo encontrarme en el Santo Sepulcro o aquí, en el jardín de los Olivos, sin sentirme, cada vez, como obsesionado por el pensamiento de la misión de oración de las Fraternidades, y por la importancia que reviste para cada Hermanito, para cada Hermanita.

Ya os dije en la carta fechada en Mar-Elías que nuestra operación debe ser la oración de los pobres, la oración de los que penan y sufren; pero esta tarde experimento la necesidad de volver a tratar con vosotros este asunto.

Vengo de ver a vuestros Hermanitos del Líbano, y de dejar a dos de ellos en la pobre aldea de Hamud, en las cercanías de El-Kerak, capital del sur de Jordania. Ya empiezan a ofrecerse a los rudos campesinos seminómadas de la región de Moab, en el desasimiento más completo. Mientras tanto, por su lado, las Hermanitas se instalan en Beirut, en dos cuartuchos miserables, que tienen por techo una cubierta ondulada de cinc, en el centro de un patio habitado por unas pobres familias árabes, tan mal alojadas como ellas. La vida no es fácil todos los días para la Fraternidad nómada del Sáhara, con los cuidados que requiere el ganado, y bajo la tienda de lana negra cuando el sol abrasa. Y pienso con frecuencia en nuestros Hermanitos marineros, durante las largas jornadas de pesca y durante las noches de mar gruesa; y pienso en aquellos de vosotros a los que el Señor ha llevado entre los negros de la selva, o a los barrios «callampa»[38]

de los suburbios de Santiago de Chile.

Cada vez con más frecuencia, Jesús conducirá a sus Hermanitos hasta el corazón de las masas más abandonadas y más despreciadas. Ya vais sintiendo todo su peso sobre vosotros, y cada día soportaréis con más acuidad sus vicisitudes, sus servidumbres; en tanto que los hombres desamparados, los que no encuentran ninguna salida para sus vidas, acudirán a vosotros para acogerse en vuestras Fraternidades.

Vuestras cartas vienen a decirme aquí, en la ciudad en la que el Salvador murió por haber amado hasta el fin, todas las dificultades renovadas constantemente y a veces inextricablemente, a las que os conduce una caridad sincera hacia los hombres. Ya lo sé. Yo os dije que tendréis que saber llegar en ciertos casos hasta el heroísmo en la caridad, pero que también tendríais que saber preservar unas condiciones que son esenciales a la vida profunda de vuestros hermanos. Entre estas condiciones hay unas que son

indispensables para conseguir un mínimo de intimidad, necesaria para la realización de una unión de corazón y de espíritu entre vosotros con vistas a una ayuda que os permita servir mejor a Cristo, vuestro dulce Maestro. También hay otras requeridas para que permanezcáis fieles a vuestra misión de «consecuentes en la oración». Esta tarde me siento impulsado a hablaros de esta vida de oración, tan importante me parece en el momento en que estamos.

Hace un instante, cuando iba por el camino que conduce hasta la cumbre del monte de los Olivos, pensaba en los apóstoles, cuando pidieron a su Maestro que les enseñase a orar. Me parece que esta tarde comparto con vosotros todas vuestras dificultades en el camino de la oración y me parece escuchar la confesión de vuestras impotencias, de vuestros temores, en el presente o por el futuro, a causa de las difíciles condiciones de vida en las que tan a menudo tendrá que integrarse vuestra oración. También quisiera contestar a vuestras preguntas acerca del modo de orar.

* * *

La tarde cae; apenas veo ya dónde estoy, cerca de la roca de la Agonía. Aun en pleno día, los sombríos ventanales violados casi no dejan pasar la luz, lo cual obliga, en este lugar, a una oración sin libro, una oración desnuda, una oración de todo el ser. Un hermano franciscano, muy atento, viene a traerme una vela, y a su claridad continúo escribiéndoos.

¡Tengo tantas cosas que deciros acerca de la oración, y tan difíciles de expresar! Me parece que para que comprendiérais unas realidades de esta naturaleza, sería preciso otra cosa que mis palabras. Sería precisa la experiencia personal, la que puede otorgar el espíritu de Jesús, por medio de intuiciones secretas de las que sólo él tiene el secreto. Ni siquiera las palabras pronunciadas por el Señor bastaron para que los apóstoles hicieran el aprendizaje de la oración.

Pienso en lo que sucedió aquí mismo, y en cómo tras dos años de vida en común con el Maestro de la oración, los mejores de entre los apóstoles no supieron velar una hora con él. Porque el espíritu está pronto, pero la carne es flaca. Además sabéis muy bien que vosotros fuisteis escogidos por él. ¿No es esto lo primero que tengo que volver a deciros? ¿Cómo podría pensar que mis enseñanzas tuvieran más eficacia para vosotros que las palabras de Jesús?

Sin embargo, debo indicaros cómo hacer para encontrar el camino por el que, en lo sucesivo, sólo podréis avanzar con la ayuda de Dios. Vuestras pesadeces, vuestras impotencias en el instante de orar os llevan a veces a preguntaros si no habría algún método misterioso que os descubriera, al fin, el verdadero camino a seguir. No creo que exista tal método, y en caso de existir, no consistiría en otra cosa que lo que ya nos dijo el Señor en el Evangelio. Jesús seguirá siendo siempre el Maestro supremo de la oración, no tan sólo porque habló de ella con pleno conocimiento de causa, sino por el ejemplo de su vida, porque oró mejor que cualquier otro hombre. Jesús vivió la oración perfecta en una vida particularmente atropellada, a veces agotadora. Pero, por encima de todo, sigue siendo el Maestro de vuestra oración, ya que él solo, gratuitamente y por amor, puede

introducir en la inteligencia, en la memoria y en el corazón, el verdadero espíritu de la oración. Nadie sabrá orar mientras que Jesús mismo no se lo haya enseñado en su interior. Siempre que Jesús quiso llevar consigo a algunos de sus apóstoles para que oraran con él, a pesar de que habían sido escogidos, nos dice el Evangelio que se quedaban dormidos. En el Tabor, mientras Jesús habla de su próxima muerte con Moisés y Elías, «Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño» (Lc 9,32). En Getsemaní: «Volvió, los encontró dormidos, y dijo a Pedro: “¡Simón!, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? (...). Volvió otra vez y los encontró dormidos, vencidos por el sueño; y no sabían qué responder» (Mc 14,37.40). Jesús ni se descorazonó ni se impacientó. ¿Por qué habríamos de descorazonarnos nosotros? Los apóstoles eran hombres rudos, ocupados en las pescas nocturnas y acostumbrados a recuperar el sueño atrasado en cualquier momento del día. ¿Quién de nosotros no ha conocido esta especie de revancha del cuerpo sobre el espíritu, en los momentos de desaliento que invaden al trabajador? Se duerme uno en cualquier sitio. Creo, con toda probabilidad, que a veces le sucedería esto mismo al Señor: recobrar durante el día unas noches acortadas por el aflujo de visitantes o por la oración en las madrugadas; durante la travesía del lago con mal tiempo: «Jesús estaba durmiendo sobre un cabezal en la popa» (Mc 4,38).

Os recuerdo estos hechos porque esta atmósfera evangélica nos facilita y nos coloca en la realidad a fin de poder abordar el problema de la oración en nuestras vidas. Nos inquietamos acerca de cosas bien insignificantes. Ya que, a pesar de todo, Jesús encontró el medio de trabajar el corazón de sus apóstoles hasta que les enseñó a orar.

No podríamos, sin embargo, deducir de esto que vosotros no tenéis otra cosa que hacer más que esperar la visita del Espíritu Santo. Es menester ir a su encuentro y «avanzar por el camino estrecho». Para orar verdaderamente hay que esforzarse ya en la oración y al mismo tiempo esperar al Señor. No hay ninguna contradicción en todo esto. Excepto cuando viene el Señor para hacerlo Él todo, es preciso saber tener en cuenta estas dos realidades: la humilde esperanza renovada sin cesar, de su visita, y nuestra espera en el esfuerzo. Esto es lo que quisiera explicaros un poco.

* * *

Vuestra constante inquietud está en saber cómo poder encontrar en vuestra vida las condiciones necesarias para una oración auténtica y cómo disponeros para poder entregaros a ella generosamente. Tal vez en ciertos momentos se os haya ocurrido dudar que esto sea posible. Confieso que ante la gravedad de este problema me sentí a veces como a la entrada de un camino desconocido, de un sendero terriblemente estrecho y peligroso. ¿Tenía derecho a empujaros hacia él? Pero, ¿qué hacer si no? La reflexión, la interrogación de la experiencia –la nuestra, y sobre todo la de los santos–, la palabra del Señor en el Evangelio, el sentido de la tradición de la Iglesia respecto a la oración, todo esto me tranquilizó. Hoy os escribo completamente seguro de lo que os digo. Los caminos más abruptos son a menudo los mejores, los más rápidos, ya que en el curso de su subida son poco propicios al ocio. Este me parece ser el camino por el que Jesús querría conducir a sus Hermanitos, a fin de que avancen por él con atrevimiento.

Ya os dije en la carta de Mar-Elías que una de las principales objeciones que suelen hacerse a nuestro modo de vida era que el cansancio, el ruido con que se acompaña la mayor parte del tiempo, así como la pesadez del espíritu provocada por un esfuerzo físico penoso y prolongado, parecían quitar toda posibilidad de auténtica vida de oración. Me prometí a mí mismo volveros a hablar de ello. Ya comprendéis hasta qué punto es grave esta cuestión, no sólo para vosotros, sino para millones de pobres gentes, de humildes trabajadores sujetos a un trabajo a menudo agotador para poder vivir. Presentía que para esta objeción tendría que haber una respuesta. Dios nos acuciaba hacia una participación cada vez más completa en el destino de los pobres, y al mismo tiempo profundizaba en nuestras almas el sentido de nuestra vocación a la oración; y además, leyendo el Evangelio, no parecía que Jesús hubiera querido hacer nunca de la oración algo raro, algo reservado a unos cuantos hombres que gozan de la calma y del reposo necesario a toda meditación fructuosa: «Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).

Sí, es preciso aceptarlo; cuando llega la hora de la oración la mayor parte del tiempo nos sentiremos incapaces de meditar y de pensar. Y toda la cuestión está en saber si no se ofrecerá a nosotros otro camino para llegar a unirnos con Dios en la oración.

Durante un cierto tiempo, más o menos largo, según los casos, lo normal y aun lo bueno será que nuestro diálogo con Dios comience por un intercambio en el que tendrán parte el pensamiento, la imaginación y las emociones sensibles. Pero este diálogo tiene que progresar consecuentemente hacia una zona de nosotros mismos situada mucho más allá de la sensibilidad, de las imágenes, de la reflexión.

No temáis simplificar y actualizar en cada etapa vuestro encuentro con Dios. Al principio de vuestra vida de oración –principio que puede prolongarse– abrid, por ejemplo, el Evangelio o la Biblia, no tanto para «meditar» las divinas palabras como para permanecer ahí, bajo su luz, leyendo y releyendo lentamente los versículos, sin análisis, sin discutir con vosotros mismos. Podréis escoger el decir con la misma lentitud el Padrenuestro o el Avemaría, o cualquier otra oración, dejando que sus palabras penetren en vosotros una a una. No puedo dejar de pensar aquí en la repetición rítmica de la «oración de Jesús», tan antigua y tan querida de nuestros hermanos de Oriente. Todo esto es sencillo y compatible con el gran cansancio de las jornadas de trabajo. Y son unos «comienzos» a los cuales convendrá volver de cuando en cuando mucho más tarde, ya empeñados a lo largo de la ruta.

Pero, sobre todo, no apegaros jamás a unos métodos, sean los que sean. Vamos hacia Dios con todo nuestro ser y vamos como podemos. Vamos, lo primero, por medio de todas nuestras actividades humanas, sobrenaturalizadas por la presencia de la gracia en nosotros. Pero ya, y cada vez más, son la fe, la esperanza y la caridad viviendo en nosotros las que nos unen con Dios mismo. Llegados a este punto, necesitaréis tener mucho valor. Y tenéis que saber que tales actos no dependen de las impresiones sensibles ni de los «consuelos» que encontremos dentro de nosotros. Nos basta saber que somos hijos de Dios y que queremos entregarnos a Él. La mejor parte de nuestro ser no es aquella de la que tenemos una conciencia clara. Esto lo olvidamos generalmente. Es

cierto que podemos tener conciencia de nosotros mismos por medio de nuestros pensamientos, de nuestros actos voluntarios, de nuestros sentimientos. Pero nuestra naturaleza de hijos de Dios escapa a nuestra atención. ¿Cuál de nuestras facultades sería capaz de alcanzar la realidad de la vida divina, o la señal impresa en nuestro ser por el Bautismo? Las «emociones religiosas» se sitúan más en la superficie; tienen causa distinta a las que tiene la percepción de nuestra naturaleza de hijos de Dios.

De este modo podréis llegar a ejercer vitalmente la fe, la esperanza y la caridad. Y esto es ya una oración muy auténtica, aunque despojada de todo. Tal vez entonces vendrá el Señor mismo a cumplir en vosotros sus Misericordias. No creáis que esta acción divina se verá impedida por la vida pobre que tendréis que llevar. Hermanitos, para vosotros, cuya vocación es precisamente esa vida, el trabajo cotidiano, monótono y duro podrá, por el contrario y en la medida de vuestra felicidad, permitir que Dios, si así lo quiere, obre directamente en vosotros con toda libertad, y que os arrastre en el movimiento mismo de su amor.

No es necesario que lo sintáis. Pensad bien que vuestra oración no es nunca tan real ni tan profunda como cuando se desarrolla fuera del campo de la conciencia sensible. El que ora verdaderamente se pierde de vista, su única mirada es para Dios, y es una mirada de fe pura, de esperanza y de amor, a la que nada sensible y a menudo nada sentido podrá consolar. Tenemos que estar plenamente convencidos de ello, para que podamos ver con confianza el desarrollo de nuestra vida de oración.

Parece como si tuviéramos una falta de confianza al mismo tiempo que se nos escapa todo punto de apoyo; sin embargo, es entonces cuando empezamos a obrar en el plano propiamente divino. Parece como si nos encontráramos en un mal paso, y es justamente que vuestra vida se ordena por fin como Dios lo quiere. Cuando ya no caminamos sino obligados por la fe, cuando «permanecemos» ante el Santísimo Sacramento sin saber bien cómo o por qué, cuando nos entregamos al servicio de los demás sin gusto ni atracción, cuando las palabras del Evangelio o de la Liturgia nos parecen desprovistas de otro atractivo, de todo poder emotivo, es entonces, si fuimos fieles y si Dios lo quiere, es precisamente entonces cuando se cumple en nosotros el misterio de la fe y cuando empezamos a penetrar en aquella zona de nuestra alma en la que surge la vida divina. Únicamente a la luz de esta perspectiva y convencidos de su verdad es como podemos reflexionar sobre el problema de la oración.

Meditar no es, pues, orar. La meditación puede ser, todo lo más, como una preparación a la oración, y para algunos su puerta de entrada. No debemos querer tomar otro camino que el que Dios nos ofrece. Debemos orar como podamos y no tenemos que inquietarnos intentando rezar como no podemos. No quiero decir que la meditación no juegue su papel en este proceso, dentro de poco trataré de ello. Lo único que quiero decir es que la meditación no es la oración, que ni siquiera es esencial como preparación a la oración cuando circunstancias independientes de nuestra voluntad nos obligan a seguir otro camino. Porque existe otro camino.

Todavía más, la meditación puede en ocasiones llegar a ser un obstáculo para la oración, como una pantalla colocada entre Dios y nosotros, como una ruta demasiado

cómoda que invita a la pereza. No abandona uno fácilmente la carretera para tomar un sendero abrupto, y no obstante es indispensable abandonarla.

Ya hemos visto que Dios no puede venir a nuestro encuentro sino en la medida de la realidad de nuestro amor, y esta sólo se encuentra en el camino de la fe pura. Este sendero pasa a través de la oscuridad producida por el desasimiento de la razón y de lo sensible. Ahora bien, este desasimiento es exigido no tan sólo por la naturaleza misma de la purificación, sino también por la manera habitual de obrar del Señor Jesús, que no puede acercarse a nosotros sin abrasarnos con su agonía y con su cruz. Todos aquellos que pasan por la meditación tendrán necesariamente que llegar a esto, y el Espíritu Santo, si son fieles, vendrá a su hora para romper la ordenación demasiado racional de su «vida espiritual» y hacer imposible la meditación, con objeto de que su voluntad se vea obligada a dirigirse directamente hacia Dios solo, más allá de toda idea y de todo sentimiento. Ya que el sentimiento no es la oración, como no lo es la meditación. El sentimiento es inconstante y útil únicamente al que comienza, sirviéndole como de cebo para la voluntad. Porque el verdadero amor reside en la voluntad.

Tenemos que creer firmemente que lo verdadero de la oración, la vía de la unión con Dios, está más allá de los sentimientos, de las palabras y de las ideas. Se suele empequeñecer demasiado la realidad de la oración; no se tiene una idea bastante elevada de ella. No se cree suficientemente que Dios puede venir realmente a nosotros para hacer nuestra oración. O bien, si se cree en ello, tiene uno la tendencia a reservar su éxito para un escaso número de personas aisladas, a las que el claustro procura un ambiente de silencio favorable a la meditación.

¿Por qué tendría que ser así? Aquellos que se ven privados de meditar debido a sus condiciones de vida, ¿se verían privados de orar por el mismo motivo? ¿No está la oración más allá de la reflexión? Los pobres no pueden meditar. No están dispuestos para ello, no poseen la cultura requerida, no conocen el mecanismo de la meditación o bien están demasiado cansados. Participando en la vida de los trabajadores, tendréis también que participar en su modo de oración. Tampoco vosotros estáis dispuestos para meditar