• No se han encontrado resultados

Origen histórico del concepto de ideología

ideología, 6; "Weltanschauung" o cosmovisión, 9; La cosmovisión nacionalsocialista, 12; Sus

fundamentos, 17.

____________________________________ Origen histórico del concepto de ideología

Puesto que nuestra tarea se centrará en indagar qué fue o en qué consistió una concreta ideología, será oportuno acercarnos previamente al origen histórico del concepto general expresado con ese vocablo.

La introducción del término ideología en el ámbito sociopolítico fue obra de Karl Marx, como es bien sabido. No es que inventara la expresión, que ya se conocía desde que Destutt de Tracy la utilizó a finales del siglo XVIII; pero él generalizó y difundió su uso. No obstante, en este caso igual que en otros, Marx adoleció de imprecisión. Del concepto de “clases sociales”, por ejemplo, tan importante en su sistema, sobrepasa la docena el número de significados diferentes que Georges Gurvitch ha encontrado en sus escritos y en los de sus seguidores. (01)

Casi desde que fue puesta en circulación, la palabra se impregnó de significado peyorativo, pese a que no fuera esa la intención de Destutt de Tracy. Sobre esto, Karl Mannheim ha escrito lo siguiente:

La palabra “ideología” carecía, al origen, de un significado ontológico intrínseco; no suponía afirmación alguna respecto del valor de las diferentes esferas de la realidad, ya que, primitivamente, designaba la teoría de las ideas. Los ideólogos eran, como sabemos, miembros de un grupo de filósofos franceses que, siguiendo la tradición de Condillac, rechazaban la metafísica y se esforzaban en dar como fundamento a las ciencias, la antropología y la psicología. (02)

Insiste Mannheim en el significado que en un principio tuvo el vocablo ideología. Con el fin de precisarlo mejor, se sirve de la explicación del propio Destutt de Tracy.

“Se puede dar a la ciencia el nombre de ideología, si se considera únicamente la materia que trata; de gramática general, si se consideran solamente sus métodos; y de lógica, si se considera sólo su propósito. Cualquiera que sea el nombre, contiene necesariamente estas tres divisiones, puesto que no se

puede tratar una en forma adecuada sin tratar a la vez la de su expresión y su derivación”. (03)

Napoleón, con el mayor de los desprecios, motejaba de “ideólogos” a cuantos tenían el atrevimiento de no compartir sus postulados políticos. Eran los tiempos en que la revolución había llegado hasta los últimos rincones de la nación francesa transportada por las palabras de los que a sí mismos se llamaban filósofos y que con libros como la famosa Enciclopedia agitaban a las gentes y despertaban sentimientos tan ardientes que provocaban incendios en cualquier lugar. Para el Emperador, aquellos hombres eran culpables de espantosos cataclismos, constituían un peligro y, tanto ellos como las doctrinas que propagaban, a sus ojos carecían de justificación. Mannheim también se refiere a esto y lo expresa así:

El concepto moderno de ideología nació cuando Napoleón, al advertir que ese grupo de filósofos se oponían a sus imperiales ambiciones, les aplicó el despectivo marbete de “ideólogos”. Así la palabra adquirió el significado peyorativo que, con la palabra “doctrinario”, ha conservado hasta la fecha. (04)

Jean Touchard habla a su vez de esa fobia de Napoleón, y lo hace en los siguientes términos:

Napoleón detesta a los “ideólogos” y atribuye la responsabilidad de todas las desgracias sufridas por Francia a la ideología, “esa tenebrosa metafísica que, al buscar con sutileza las causas primeras, quiere fundar sobre sus bases la legislación de los pueblos, en lugar de adecuar las leyes al conocimiento del corazón humano y a las lecciones de la Historia”. (05)

Ya se ve que Napoleón no estaba, o no quería estar, bien informado acerca del trabajo de los “ideólogos”, pues sus palabras textuales transcritas por Touchard se hallan en contradicción con lo afirmado por Karl Mannheim; según éste, los “ideólogos”, ciñéndose a la tradición originada en Condillac, se apartaban de la metafísica para fundamentar las ciencias en “la antropología y la psicología”, de manera que hacían lo que Napoleón entendía que se debía hacer.

El profesor Wladimir Weidle se refiere a lo mismo cuando, tomando un párrafo de la “Vida de Napoleón” de Walter Scott, escribe:

Según él (Walter Scott), su héroe “llamaba, en tono irrisorio, ideología, a cualquier tipo de teoría que, al no asentarse de ninguna forma sobre la base de los intereses reales de la persona, no podía ejercer influencia más que

sobre los jovenzuelos de cerebro inflamado y sobre los entusiastas medio locos”. (06)

Dicho de otra manera, encontramos aquí lo mismo de antes.

Igualmente peyorativo –ahora veremos los matices que diferencian el rechazo napoleónico del rechazo marxista– era el significado que le atribuía Marx. Para el pensador alemán, “ideología” era todo conocimiento carente de base y rigor científicos. Enfocada así la cosa, resultaba que su sistema, plenamente científico, no era una ideología, mientras que sí lo eran la religión, el arte, etcétera, todo lo cual, en conjunto, constituía el opio con que la clase dominante adormecía al pueblo para defender y salvaguardar sus intereses en perjuicio de los de la mayoría.

Wladimir Weidle ve así la diferencia entre lo que decía Napoleón y lo que argumentaba Marx a la hora de criticar el concepto de ideología.

Si Bonaparte desprecia las ideologías como razonamientos gratuitos, tanto más vacías, según su biógrafo (Walter Scott), cuanto que no representan ningún self-interest, Marx y los sociólogos que le siguen en esto, las acusan, por el contrario, de presentarse como expresión de un pensamiento desinteresado cuando, en realidad, son expresión de los intereses vitales de un grupo o de una clase social. (07)

La significación peyorativa de la palabra ideología perdura en la actualidad. No obstante, el panorama no coincide con el de antaño.

Concepto marxista

Desde entonces hasta hoy la situación ha cambiado. El concepto de Marx, quizá por extremado, ha perdido terreno. Pero no ha desaparecido. Está presente en autores como Anthony Giddens, al que pertenece la siguiente definición:

Ideas o creencias compartidas que sirven para justificar los intereses de los grupos dominantes. (08)

Dentro de su brevedad, la definición, según se ve, es netamente marxista. Pero Giddens dice más:

Existen ideologías en todas las sociedades en las que se producen desigualdades sistemáticas y arraigadas entre grupos. El concepto de ideología está estrechamente relacionado con el de poder puesto que los sistemas ideológicos sirven para legitimar el poder diferencial que mantienen los grupos. (09)

Con este añadido, Giddens reafirma, sin margen para la duda, el carácter marxista de su concepción de ideología al basarla en que sirve de justificación de los intereses de los grupos dominantes y proporciona legitimidad al poder diferencial de los varios que conforman la sociedad; además circunscribe la existencia de ideologías a las sociedades en que se producen “desigualdades sistemáticas y arraigadas entre grupos”, lo que es decir que en todos los países capitalistas, porque en los de régimen marxista-leninista, al haber desaparecido los grupos, así como las clases sociales, no pueden darse, al menos en teoría, esas desigualdades que sobre arraigadas son sistemáticas puesto que se derivan necesariamente de la estructura del sistema político.

Será ahora Karl Mannheim el autor que ocupará nuestra atención. La primera edición de su libro “Ideología y utopía” -con el que fabricó los pilares de la sociología del conocimiento-, del que hemos incluido unas citas más arriba, data de 1.929. Pero el tiempo no ha afectado a sus enseñanzas, que permanecen vivas, aunque como las de todos los autores que han impreso su huella en la historia del pensamiento, hayan sido objeto de críticas y comentarios múltiples.

La desconfianza hacia la ideología que junto con la difusión del concepto introdujo Marx en el mundo de la política continúa siendo perceptible, si bien se presenta bajo aspectos diferentes del que tuvo durante los primeros tiempos de expansión de su doctrina. Esa permanencia tal vez obedezca a que siendo la desconfianza de todo miembro de la especie humana hacia sus semejantes un instinto desarrollado a lo largo de muchos milenios de evolución, se ha instalado tan esencialmente en su naturaleza que es imposible de extirpar. Por eso Mannheim ha podido escribir:

La desconfianza y el recelo que los hombres experimentan siempre para con sus adversarios, en cualquier etapa de desarrollo histórico, pueden considerarse como los precursores inmediatos de la noción de ideología. Pero sólo cuando la desconfianza del hombre hacia el hombre, que es más o menos evidente en cualquier etapa de la historia humana, se reconoce explícita y metodológicamente, podemos hablar propiamente de un matiz ideológico de las opiniones ajenas. (10)

El párrafo, como se ve, es demoledor. Desconfianza y recelo sustentan la ideología; sentimientos destructivos –en realidad uno solo expresado de dos maneras diferentes- que impiden el acercamiento fraternal entre los humanos. Dice Mannheim que esos sentimientos los hombres los experimentan “siempre para con sus adversarios”. Pero

¿quiénes son los adversarios y dónde hay que buscarlos? Adversarios, de una u otra forma, se pueden encontrar y de hecho así ocurre, tanto dentro como fuera de la comunidad a que se pertenece. Dice también que sólo cuando la desconfianza hacia los demás “se reconoce explícita y metodológicamente” se puede hablar de que las opiniones ajenas se cubren de “matiz ideológico”. Lo que significa que en tal caso la desconfianza se proyecta hacia el grupo social al que pertenece el otro, sin que eso implique la desaparición de la que él personalmente provoca.

Así, pues, resulta patente la influencia de Marx, la que, por otra parte, Mannheim no intentó negar. Pero la influencia de Marx es exactamente eso, influencia, porque Mannheim, sin desdeñar la importancia del estudio de las ideologías bajo el enfoque marxista, no participaba enteramente de la creencia de que las ideologías, y consecuentemente el enmascaramiento de los verdaderos propósitos de la clase dominante, consistentes en conservar a toda costa sus privilegios e intereses, fuese el único camino válido para estudiarlas. Si bien no lo dice explícitamente, Mannheim parece pensar que como base para asentar la investigación resultaba excesivamente simplista. No negaba que las ideologías deformasen la realidad ni que a veces la deformación fuese intencionada, pero le parecía que la operación deformadora, por otra parte inevitable, era generalmente inconsciente.

Otro aspecto en el que Mannheim se distancia de Marx es en el de atribuir al concepto de ideología una amplitud mayor que la que le daba éste. Mientras que Marx lo circunscribía a las clases sociales, Mannheim lo extendía a grupos de todo tipo, como las sectas, e incluso a las generaciones. Pese a todo, no dejaba de reconocer que en ese panorama tan amplio el papel desempeñado por las clases sociales era el más importante, manteniéndose así fiel a las enseñanzas del maestro en la medida de lo posible.

Para Mannheim había dos formas de análisis dependiendo de la perspectiva que se adoptase. Por eso las perspectivas, según él, también eran dos: intrínseca y extrínseca. La primera es la que hay dentro de cada grupo, es decir, la que se obtiene cuando el grupo proyecta la mirada hacia su interioridad. Naturalmente, lo que el grupo ve son sus propias ideas, no dudando de que le pertenecen, por entender –con razón o sin ella, pero en cualquier caso sinceramente- que son nacidas en su seno, ni de su veracidad. La segunda perspectiva, la extrínseca, es la que se obtiene al proyectar la mirada hacia el exterior. Y lo que se ve es completamente diferente, porque en el exterior, donde se encuentran los otros grupos, sólo hay ideologías, dándole al vocablo su significación más peyorativa.

De las dos formas de análisis, cada una de ellas surgida de su correspondiente perspectiva con la que además se vincula por homonimia, es casi innecesario decir que la que usará el sociólogo será la segunda, la

extrínseca, sin incurrir en la debilidad de dejarse seducir ni un instante por la primera. Porque si la meta del investigador es la objetividad científica, ha de usar una forma de análisis que le permita enjuiciar todas las ideologías con idéntica libertad de criterio, de donde se sigue que sus propias ideas serán consideradas una ideología más y recibirán el mismo frío tratamiento que las otras por mucho que a veces eso le duela.

En un primer momento es fácil pensar que la mayor afinidad ideológica, si se consideran grupos sociales de gran amplitud, es la existente entre quienes pertenecen a una misma generación. Sin embargo, en seguida surgen dificultades. El concepto de generación, como algunos otros de los que maneja la sociología, es un tanto difuso. Cada autor debe por ello procurar precisar el sentido que le atribuye. El concepto es, en principio, cronológico. Pero eso por sí mismo le dice poco a Mannheim, pues a los miembros de una generación no les unen vínculos económicos, por ejemplo, o de clase; tampoco mantienen entre ellos relaciones directas y habituales como ocurre, en cambio, con los de grupos más reducidos. El nexo que une a los pertenecientes a una determinada generación es que todos se hallan sometidos a las mismas influencias sociales de índole general, lo que les proporciona una homogeneidad que está por encima de influencias propias de la clase y grupos sociales a los que se pertenece. Con arreglo a esto, resulta que la generación no es un grupo en sentido estricto puesto que sus miembros no mantienen entre sí una relación directa y constante, es decir, no mantienen la interactuación característica indispensable para la formación grupal. Esto no excluye la posibilidad muy real de que algunos compartan influencias de un modo más estrecho y éstos son los que constituyen lo que denomina Mannheim “unidades generacionales”. Esas unidades originan discrepancias que incluso desembocan en enfrentamientos entre los miembros de una misma generación, si bien es cierto que los enfrentamientos son mucho más corrientes –se podría decir que inevitables- entre generaciones diferentes. En el pensamiento de todos están las diferencias y confrontaciones que en el seno de las familias surgen a menudo entre padres e hijos resumidas en la expresión “conflicto generacional”.

Estas consideraciones nos llevan a uno de los puntos principales de la sociología de Mannheim: el de los dos sentidos que tiene la ideología, uno particular y otro total.

Con esa terminología deslinda lo personal de lo social, o sea, el plano individual del colectivo. Son diferentes, según su apreciación, porque en el sentido particular es donde se dan las mentiras con que cada individuo disfraza lo que sería la verdadera naturaleza de una situación, ya que no podría reconocerla sin perjudicar sus intereses. La diversidad de esos disfraces o deformaciones es amplísima, abarca todo tipo de mentiras:

desde las dichas deliberada y conscientemente hasta las involuntarias, pasando por las situadas a medio camino o semiconscientes.

Esto ha ocurrido, y ocurrirá, a lo largo de toda la historia humana; pero la noción de ideología no aparece hasta que se empiezan a estudiar las condiciones sociales del grupo al que el sujeto pertenece –sentido total de ideología-, lo que permitirá dar razón de los rasgos principales de su conducta. Mannheim lo expresa así:

Empezamos a considerar las ideas de nuestro adversario como ideología sólo cuando dejamos de considerarlas como mentiras y cuando percibimos en su total comportamiento una ausencia de fundamento que consideramos como función de la situación social en que se halla. El concepto particular de ideología significa, por tanto, un fenómeno intermedio entre una simple mentira, en un polo, y un error que es resultado de un conjunto deformado y defectuoso de conceptos, en el otro. Se refiere a una esfera de errores, de índole psicológica, que, a diferencia del engaño deliberado, no son intencionales, sino que se derivan inevitable e involuntariamente de ciertos determinantes causales. (11)

Sostenía Mannheim que los criterios acerca de lo que está bien y lo que está mal se hallan en función de la situación social concreta en la que surgen. Por eso afirma que no es válido interpretar éticamente, tachándola de inmoral, una conducta que al trangredir las normas vigentes no efectúa esa transgresión bajo el impulso de la voluntad de quien, consciente de sus actos, lleva a cabo tal acción, sino que es el resultado de aplicar normas anticuadas, que sirvieron, por tanto, en otro tiempo, pero que ya no corresponden a la realidad social en la que se pretende hacerlas valer. Efectivamente, tal acción, desde luego equivocada, no cabe tacharla de inmoral desde el momento en que se realiza de buena fe.

Luego agrega:

Por tanto, una teoría será errónea cuando, en determinada situación práctica, aplica conceptos y categorías que, si se los tomara en serio, impedirían que el hombre se acomodara a aquella etapa histórica. (12)

A esto, quizá con excesiva sutileza, cabría oponer una objeción. Es cierto que constituye un error la aplicación de teorías anticuadas a situaciones que han rebasado la estructura social para la que en su momento fueron adecuadas, pero esto no autoriza a calificarlas de erróneas. No es lo mismo decir que quien así procede está en un error, que atribuir el error a la teoría en cuestión, puesto que las categorías y los conceptos que la configuran fueron verdaderos y lo siguen siendo para su época, en

relación con la cual hay que considerarlos; relacionando esa teoría con otra época se verá que es anticuada e inadecuada y su aplicación será un error, pero la teoría considerada en relación con su propia época no será errónea. La relación de los criterios sobre lo que está bien y lo que está mal con la situación social de la que surgen, la ilustra Mannheim con un ejemplo para cuya documentación histórica remite a Max Weber. El ejemplo es el de los préstamos sin interés, práctica habitual en la sociedad precapitalista que la Iglesia hizo suya invistiéndola de dignidad ética. Pero a medida que cambiaron las estructuras sociales, relegando al pasado costumbres sólo posibles en un mundo presidido por “relaciones íntimas y de vecindad”, el desfase entre tal práctica y la nueva realidad dio lugar a que el préstamo sin interés adquiriese carácter ideológico, es decir, de deformación de la realidad. Cierra Mannheim el ejemplo con estas palabras:

En el período de completo desarrollo del capitalismo, la naturaleza ideológica de esa norma, que se manifestaba por el hecho de que era posible burlarla, pero no sujetarse a ella, se volvió tan patente que aun la Iglesia tuvo que abandonarla.

(13)

Este ejemplo lo es de lo que Mannheim llama “conciencia falsa”, y ello nos obliga a intercalar un inciso para explicar el significado que le da a esa expresión, pues por su importancia no debemos dejarlo de lado.

Lo que llama “el problema de la conciencia falsa” lo define como...

Documento similar