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TRANSMUTACIÓN DE VALORES

TRANSMUTACIÓN DE VALORES Y ANTISEMITISMO

TRANSMUTACIÓN DE VALORES

Y

ANTISEMITISMO

01 Moral de señores y moral de esclavos.

Las investigaciones de Nietzsche sobre el origen de determinados conceptos morales que veíamos al comienzo del capítulo anterior, le llevaron al convencimiento de que en la antigüedad hubo dos clases de moral: una, la predominante, correspondía a los “señores"; otra, la de los sometidos, la de las razas inferiores, era la de los “esclavos”.

La “moral de los señores”, la de los nobles, los dominadores, los fuertes, poseedores en grado sumo del sentimiento de plenitud vital, se caracterizaba por su actividad desbordante, siempre unida a la arrogancia, sustentada en la fuerza, en la confianza en sí mismos y en su destino, lo que generaba la euforia de la propia conducta; además, la “moral de los señores”, entre sus rasgos peculiares, incluía dureza en el trato e insensibilidad a la compasión.

La “moral de los esclavos”, en cambio, era el polo opuesto de la anterior en todos los aspectos. Decir que era la de los “esclavos” significa que pertenecía a los débiles, a los pobres, a los enfermos, a los pusilánimes, a los angustiados... En otras palabras: quienes profesaban esta moral eran el reverso de la medalla respecto de los anteriores; y, naturalmente, su moral también lo era; se basaba en la compasión, la humildad, la resignación, la obediencia, la renuncia...

Nietzsche nos dice que hubo en la antigüedad quien tuvo la suficiente agudeza para advertir la existencia de estas dos morales. Como prueba menciona a Hesíodo, del que afirma que se sentía tan confundido por el violento contraste entre ambas, que trataba de explicarlo representando a la civilización en etapas simbolizadas por metales.

Sobre la división de Hesíodo, escribe Nietzsche:

... no pudo escapar de otro modo a la contradicción que le ofrecía el mundo homérico, tan magnífico como horrible y brutal, sino dividiendo una edad en dos partes, que se sucedían la una a la otra: primeramente, la edad de los héroes y de los semidioses de Troya y de Tebas, tal como este mundo había quedado en la imaginación de las razas aristocráticas,

que veían en estos héroes sus propios abuelos; luego la edad de acero, es decir, el mismo mundo, tal como aparecía a los descendientes de los oprimidos, de los despojados, de los violentados, de los que habían sido llevados y vendidos como esclavos: ciertamente, una edad de acero, dura y fría, cruel, insensible, sin conciencia, que todo lo aplastaba y lo cubría de sangre. NIETZSCHE 1951: 288. Volumen VIII.

El aforismo número 11 de Genealogía de la moral, del que hemos tomado la cita precedente, es uno de los más largos que escribió Nietzsche –ocupa varias páginas, caso poco frecuente en sus obras pues ya sabemos que tendía a la concisión-. Este aforismo es notable porque en él Nietzsche se esfuerza en perfilar aspectos fundamentales de su tesis. Refiriéndose a épocas alejadas de nosotros en el tiempo, mas no tan remotas como la de Homero, escribe:

Las razas nobles son las que han dejado la idea del ¨bárbaro¨ en todas las huellas de su paso; su mayor grado de cultura revela aún la conciencia y el orgullo (por ejemplo, cuando Pericles dijo a sus atenienses en su famosa oración fúnebre: ¨Nuestra audacia se ha abierto paso por tierra y por mar, dejando en todas partes monumentos imperecederos, en bien y en mal.¨). Esta audacia de las razas nobles, audacia loca, absurda, espontánea; la naturaleza misma de sus empresas imprevistas e inverosímiles –Pericles celebra sobre todo la ραϑυµια de los atenienses-; su indiferencia y menosprecio por todas las seguridades del cuerpo, por la vida, por el bienestar; la terrible alegría y el gozo profundo que experimentaban en toda destrucción, en todas las voluptuosidades de la victoria y la crueldad; todo esto se resumía, para los que eran sus víctimas, en la imagen del bárbaro, del ¨enemigo malo¨, de algo como el ¨vándalo¨.

NIETZSCHE 1951: 287, 288. Volumen VIII.

Queda así planteado lo que para Nietzsche es el problema medular de la Historia Universal: la confrontación de ambas morales.

Según la manera de concebir Nietzsche esa confrontación, los esclavos sostienen que el “hombre malo” (el que pertenece a la raza dominante, a la raza noble) inspira temor, y el “hombre bueno” es el que infunde confianza y seguridad porque ningún daño cabe esperar de él; para los señores, en cambio, el “hombre bueno” es precisamente el que inspira temor, mientras que el hombre que sólo inspira desprecio porque de él no hay nada que temer, es el “hombre malo”. No cabe mayor divergencia entre los dos sistemas de valores.

Abundan los aforismos en los que Nietzsche vuelve una y otra vez sobre esta cuestión de importancia capital en su concepción filosófica.

Sirva de ejemplo este pasaje, famosísimo, tomado del aforismo número 13 de Genealogía de la moral:

Que los corderos tengan horror a las grandes aves de rapiña es cosa que a nadie extrañará; pero no es una razón para odiar a las aves de rapiña el que éstas devoren a los corderillos. Y si los corderillos se dicen mutuamente: ¨Esas aves de rapiña son malas¨, el que está muy lejos de ser un ave de rapiña, antes bien es todo lo contrario, por ejemplo, un cordero, ése ¿no será bueno? No habrá nada que objetar a esta manera de erigir un ideal, a no ser que las aves de rapiña guiñarán el ojo y se dirán unas a otras burlonamente: ¨Nosotras no odiamos, ni mucho menos, a esos buenos corderillos, al contrario, los amamos; nada más sabroso que la carne tierna de un cordero¨. NIETZSCHE 1951: 291. Volumen

VIII.

Después de decir, entre bromas y veras, cosas tremendas por su trascendencia, Nietzsche abandona el tono semijovial, retoma la seriedad y agrega:

Exigir de la fuerza que no se manifieste como tal fuerza, que no sea una voluntad de dominación, una sed de enemigos, de resistencia y de triunfos, es tan insensato como exigir de la debilidad que se manifieste como fuerza. NIETZSCHE 1951:

291. Volumen VIII.

Ya hemos visto que uno de los aspectos principales de la moral de los señores consiste en que es despiadada. Al describir la “edad de acero”, como decía Hesíodo, Nietzsche la califica de “dura y fría, cruel, insensible, sin conciencia...” Ante esto, la objeción que surge inmediatamente es que en la antigüedad, cuando predominaba la moral de los señores, la piedad no estaba completamente ausente. A Nietzsche no se le pasó por alto esta posible objeción y, anticipándose a ella, en el aforismo 201 de “Más allá del bien y del mal”, escribió:

Un acto de piedad, por ejemplo, en la época floreciente de los romanos, no era llamado ni bueno ni malo, ni moral ni inmoral; y aun cuando se lo alabase, su elogio era concedido con una especie de depreciación involuntaria, desde que se le comparaba con un acto que sirviese para el progreso del bien público, de la ¨república¨. En fin, ¨el amor al prójimo¨ era siempre algo secundario, convencional en parte, algo casi arbitrario si se le comparaba con ¨el temor al prójimo¨.

En el mismo libro, en el aforismo 260, encontramos otro pasaje que muestra la característica dureza de la moral de las razas aristocráticas refiriéndose esta vez a los pueblos de la Europa septentrional:

El hombre noble, él también, viene en ayuda de los desgraciados, no por compasión, o casi no por compasión, sino más bien por un impulso que crea la superabundancia de fuerzas. El hombre noble rinde honores al poderoso en su propia persona, pero de este modo honra también al que posee el imperio sobre sí mismo, al que sabe hablar y callarse, al que siente un placer en ser severo y duro hacia sí mismo, al que venera a todo lo que es severo y duro. ¨Wotan ha puesto en mi pecho un corazón duro”, esta frase de la antigua ¨saga¨ escandinava ha salido verdaderamente del alma de un Wiking orgulloso. Pues cuando un hombre sale de una especie semejante, está orgulloso de no haber sido hecho para la piedad. Por eso añade la ¨saga¨: ¨Aquél que cuando es joven no posee ya un corazón duro, no lo poseerá jamás¨.

NIETZSCHE 1951: 223. Volumen VIII.

El rasgo del nacionalsocialismo que mayor repulsa ha merecido es la dureza, la insensibilidad con que se llevaron a cabo acciones difíciles de comprender en el siglo XX. La dificultad para entenderlo proviene de no tener en cuenta el origen profundo de la ideología nacionalsocialista, que se halla, como venimos sosteniendo a lo largo del presente trabajo, en la filosofía de Nietzsche. Después de los fragmentos que acabamos de transcribir, es más fácil entender esto que cuentan Heydecker y Leeb, aunque ellos no parezcan entenderlo:

Hitler no tenía conciencia. En una conversación revelada en Nuremberg, que se sacó de las anotaciones tomadas por Hermann Rauschning, dice:

-Libraré a los seres humanos de la sucia, denigrante y venenosa locura... llamada conciencia y moral. HEYDECKER

y LEEB 1962: 142.

Para mejorar la comprensión de las palabras de Hitler transmitidas por Rauschning, veremos otros pasajes de Nietzsche.

La compasión es una disipación del sentimiento, un parásito dañino de la salud moral; es imposible que sea un deber aumentar el mal en la tierra. Cuando sólo se hace el bien por compasión, en realidad no nos hacemos bien más que a nosotros mismos y no a los demás. La compasión no se refiere a las máximas, sino a los efectos; es patológica. El dolor ajeno nos contagia, la compasión es un contagio.

Su visión de la compasión como enemiga y debilitadora de la vida preocupaba hondamente a Nietzsche, por lo que volvía sobre ello una y otra vez.

La compasión está en contradicción con las emociones tónicas que elevan la energía del sentimiento vital, produce un efecto depresivo. Con la compasión aumenta y se multiplica la pérdida de fuerzas que en sí el sufrimiento aporta ya a la vida. El sufrimiento mismo se hace contagioso por la compasión; en ciertas circunstancias, con la compasión se puede llegar a una pérdida complexiva de vida y de energía vital, que está en una relación absurda con la importancia de la causa (el caso de la muerte del Nazareno). Este es el primer punto de vista; pero hay otro más importante. Suponiendo que se mida la compasión por el valor de las reacciones que suele provocar, su carácter peligroso para la vida aparece a una luz bastante más clara. La compasión dificulta en gran medida la ley de la evolución, que es la ley de la selección Esta conserva lo que está pronto a perecer; combate a favor de los desheredados y de los condenados de la vida, y manteniendo en vida una cantidad de fracasados de todo linaje, da a la vida misma un aspecto hosco y enigmático. NIETZSCHE 1958: 300. Volumen

X.

Nietzsche redondea su ataque contra la compasión de esta manera: Se osó llamar virtud a la compasión (mientras que en toda moral noble es considerada como debilidad); se ha ido más allá; se ha hecho de ella la virtud, el terreno y el origen de todas las virtudes; pero esto fue ciertamente hecho (cosa que se debe tener siempre presente) desde el punto de vista de una filosofía que era nihilista, que llevaba escrita en su escudo la negación de la vida. Schopenhauer estaba con ella en su derecho; con la compasión, la vida es negada y se hace más digna de ser negada; la compasión es la práctica del nihilismo. Digámoslo una vez más: este instinto depresivo y contagioso dificulta aquellos instintos que tienden a la conservación y al aumento del valor de la vida: tanto en calidad de multiplicador de la miseria, cuanto en calidad de conservador de todos los miserables es un instrumento capital para el incremento de la decadencia; la compasión nos encariña con la “nada”... NIETZSCHE 1958: 300, 301. Volumen X.

Las citas podrían continuar, pero nos parece innecesario porque sería reiterar lo que ya ha quedado claro. Por eso, para concluir con este asunto, sólo añadiremos otra, más breve que las anteriores.

Esa virtud, que Schopenhauer decía ser la virtud superior y única, el fundamento de todas las virtudes, la “piedad”, he reconocido que era más peligrosa que cualquier vicio. Dificultar por principio la selección en la especie, la purificación de ésta de todos los fracasados; esto es lo que se ha llamado hasta ahora virtud por excelencia...

Hay que guardar respeto a la “fatalidad”; la fatalidad que dice a los débiles “¡desapareced!”. NIETZSCHE 1951: 56.

Volumen IX.

El sometimiento y menosprecio de los pueblos conquistados –sobre todo si su resistencia a los invasores había sido débil-, más su consiguiente esclavitud, era práctica habitual en el mundo antiguo. De la naturalidad con que se aceptaba este hecho en civilizaciones que deslumbran por su desarrollo cultural, da idea la opinión de Aristóteles, según el cual los esclavos sólo dejarían de ser necesarios el día en que las lanzaderas tejiesen solas. Pero el que la esclavitud fuese parte importante del ordenamiento social, no impedía que los esclavos se amoldasen mal a la situación. Tan mal se amoldaban que ello originó los dos tipos de moral descritos por Nietzsche. Y el choque entre ambas fue forzoso e inevitable.

¿Cómo se produce ese choque y de qué formas se reviste? Nietzsche, en el aforismo número 10 de la “Genealogía de la moral”, lo cuenta así:

La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el ¨resentimiento¨ mismo se hace creador y engendra valores: el resentimiento de estos seres a quienes la verdadera reacción, la de la acción, les está prohibida y no encuentran compensación sino en una venganza imaginaria. Mientras que toda la moral aristocrática nace de una triunfal afirmación de sí misma, la moral de los esclavos opone desde el principio un ¨no¨ a lo que no forma parte de ella misma, a lo que es diferente de ella, a lo que es su ¨no-yo¨; y “éste” no es su acto creador. 3 NIETZSCHE 1951: 283. Volumen VIII.

La rebelión de los esclavos determina que su moral desplace a la de los señores de la posición que ocupaba convirtiéndose ella en la predominante. No es un proceso fácil ni rápido: requiere siglos; pero con una perseverancia en la que estriba su fuerza, equiparable a la persistencia de la gota de agua que acaba triunfando sobre la dureza de la roca,

3 El final de la cita dice: ... y “este” no es su acto creador. Lo hemos transcrito lieralmente, tal como

figura en la edición que manejamos. Sin embargo, parece claro que hay dos erratas, porque para que el significado de la última frase sea acorde con lo dicho por Nietzsche en las líneas precedentes, las comillas deben desplazarse al adverbio de negación, además de suprimirse el acento del vocablo anterior, que no debe llevar tilde ya que no es pronombre sino adjetivo demostrativo (en cualquier caso, la tilde sobraría porque, con arreglo a las normas académicas de 1959, no existe obligación de ponerla en los pronombres demostrativos, pero es natural que se use en este libro por ser la edición anterior a ese año). La frase, por tanto, quedaría de esta manera: ... y este “no” es su acto creador.

finalmente se impone el sistema de valores diametralmente opuesto al anterior.

02 Sócrates y Platón.

Además de requerir un proceso lento y difícil, el predominio de la moral de los esclavos no habría sido posible si no hubieran preparado el terreno las enseñanzas de dos hombres: Sócrates y Platón. De ahí la hostilidad de Nietzsche hacia ellos. Porque la suprema expresión de la moral de los esclavos es el cristianismo, y fue al cristianismo al que ambos le allanaron el camino. Sócrates introdujo la moral en la filosofía; Platón inventó el “mundo inteligible”, el que desde entonces pasa por ser el verdadero, el único real, cuya misión consiste en denigrar el mundo sensorial, al que llama el de “las apariencias”, acusándole de falsedad, con la consecuencia inmediata e inevitable del desprestigio de la vida, que es devenir, en beneficio de una hipotética existencia en un universo de esencias inmutables.

El libro que conocemos con el título de “La voluntad de dominio” se publicó por primera vez al año siguiente de la muerte del autor, en 1901. En realidad, cuando la enfermedad mental de Nietsche se manifestó con tal gravedad que le obligó a interrumpir su trabajo no permitiéndole reanudarlo jamás, de ese libro sólo existía el título, que había sido modificado varias veces, y una enorme cantidad de anotaciones en papeles sueltos y desordenados: material básico para la redacción definitiva. Cinco años después salió otra edición que introducía importantes novedades. Entre Elizabeth, la hermana de Nietsche, y el amigo de este, Peter Gast, habían reordenado los escritos procurando darle al conjunto mayor coherencia.

La diversidad del contenido de aquellos papeles abarcaba desde los asuntos tratados hasta el grado de su elaboración, pues mientras algunos se veía que probablemente Nietzsche los había dado por concluidos, otros muchos sólo eran simples apuntes para atrapar al vuelo ideas fugaces que podían fácilmente desvanecerse y que, por tanto, más tarde tendrían que ser maduradas y desarrolladas convenientemente. Quizá de haber sido otros los compiladores, habrían prescindido de estos; pero Elizabeth y Peter Gast, con buen criterio, decidieron publicarlo todo. Lo que no impidió que Elizabeth, como es sabido, introdujese en esta y otras obras algunas alteraciones, principalmente en páginas que revelaban con excesiva crudeza la pésima relación que mantenía Nietzsche con su madre y con ella misma. Entre los papeles que sólo son recordatorios, hay lo que parece el esbozo de un plan para el estudio crítico de Sócrates. Lleva el título, puesto por el propio Nietzsche, de El problema de Sócrates. Comienza así:

Las dos antítesis: el sentimiento trágico y el sentimiento socrático, medidos según las leyes de la vida. NIETZSCHE

1951: 276. Volumen IX.

Bajo el mismo título, El problema de Sócrates, aparece en otro libro,

El ocaso de los ídolos, el desarrollo de las ideas anotadas en dicho plan.

Acerca del mencionado sentimiento socrático, dice:

Sobre la vida, los hombres han pronunciado en todos los tiempos el mismo juicio: “la vida no vale nada”... Siempre, sobre todo, se ha oído de sus labios el mismo eco, un eco lleno de duda, de melancolía, de cansancio de la vida, lleno de resistencia contra la vida: “vivir, significa estar enfermo durante mucho tiempo; yo debo un gallo a Esculapio por mi curación”. El mismo Sócrates estaba cansado de vivir. 4

NIETZSCHE 1958: 208. Volumen X.

La serenidad con que Sócrates se enfrentó a la muerte, que tanta admiración ha despertado a lo largo de los siglos, a Nietzsche le producía enorme irritación. Lo encontraba antinatural; no podía oír decir sin alterarse que la vida es una enfermedad que se cura con la muerte. Un hombre, como Sócrates, que desea abandonar la vida y por tanto se siente satisfecho de que instancias superiores a él le obliguen a ello, no hace en verdad otra

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